jueves, 24 de febrero de 2005

Review CONSTANTINE

Lamentable despropósito
Es curioso y triste, a su vez, pensar que esta horrorosa (con pretensiones de fidelidad a su origen para no levantar demasiadas suspicacias) adaptación del ‘Hellblazer’ creado por Alan Moore y llevado a la imaginativa extrema más reconfortante por autores como Jamie Delano, Garth Ennis, Paul Jenkins, Neil Gaiman o Warren Ellis me haya recordado a una concentrada trinidad de horrorosos filmes apocalípticos, visualmente impecables, pero con problemas de interés que van más allá del puro aburrimiento. ‘Constantine’ se emparenta, en esa reverberación de hastío y gilipolleces teológicas maniqueas encuadradas en el cine de terror moderno, a películas como ‘El fin de los días’, ‘Stigmata’ o ‘Poseídos’, tres cintas que, si bien recogían sugestivos aspectos fotográficos, no dejan de ser meros baturrillos tópicos del peor cine de género con un sedimento de sofisticación y pretenciosidad que las convirtieron, automáticamente, en olvidables productos, malogrados en todos sus designios.
‘Constantine’, de Francis Lawrence al igual que aquéllas, es un despropósito total, tan risible como luctuosa en su visión de uno de los personajes más carismáticos y oscuros de la Vertigo de DC Cómics. El exorcista que ha estado en el Infierno, John Constantine, nos introduce en un mundo de Magia y caos dimensional que rodea a nuestro universo, situando al espectador en un soporífero contexto donde los oscuros escenarios, pretendidamente lúgubres en la faceta emocional del rol torturado que interpreta el siempre hierático Keanu Reeves, transitan entre el estereotipo y el más reiterado ‘deja vù’ del reverso más execrable del terror actual.
Estamos ante una errónea y desangelada adaptación de una serie de ‘Hellblazer’, concretamente la que se extiende del número 41 al 46 en la edición USA, pertenecientes a la saga ‘Dangerous Habits (Hábitos Peligrosos)’, escrita por Garth Ennis, relatando cómo este atípico exorcista se ve obligado a realizar encargos ‘benévolos’ para evitar terminar en el Infierno debido a un cáncer de pulmón y salvar así su alma. Aquí no existe un trasfondo sin iestro en cuanto a imaginería judeocristiana se refiere y abusa en todo momento de una parafernalia satánica no justificada, pasando de puntillas en todo aquello que se insinúa. En una anodina y maniquea batalla entre el Bien y el Mal, entre el Cielo y el Infierno, toda la dimensionalidad del cómic, esa complejidad de los Híbridos (ángeles y demonios que conviven en la Tierra con el ser humano) y de los pactos duales entre ambos bandos, en esta película facturada por un insípido Lawrence se degrada hasta los términos de lo vulgar e irritante, basado en el golpe de efecto sonoro y visual (los jodidos sustitos de turno, harto previsibles, y los monstruos surgidos de los efectos digitales) que termina conformando un dispendioso artefacto tan nulo como forzado.
Se ha perdido cualquier toque de humor y cinismo, todo es neutro e inverosímil, apagado, desprovisto de fascinación que, en más ocasiones de las que uno se imagina, conllevan al bostezo. Ni siquiera la carnal Rachel Weisz, las grotescas e histriónicas interpretaciones (al borde del ridículo) de Tilda Swinton y Peter Stormare, ni el desaprovechado diseño de producción, espectacular y fastuoso, ni la persistente presencia tras la cámara del impersonal Lawrence(presente en cada plano), hacen que ‘Constantine’ evite caer en el más espantoso de los descalabros.
Tal vez lo único reseñable sea la presentación de Constantine y su primer exorcismo, así como esa metáfora de la araña en el vaso, atrapada como él en el humo que está destinado a quitarle la vida poco a poco, pero que, como en cualquier producción estadounidense, prescribe en un mensaje moral antitabaquista tan añejo como reprochable. Al fin y al cabo, ‘Constantine’ nace como un lúdico pasatiempo que aprovecha una mina de ideas para ofrecer una trivial película sobre lo bueno y lo malo, la redención y los pecados. Compostura absurda en estos tiempos de hipocresía que nos corroen.
Un producto del todo lamentable, pero olvidable al fin y al cabo.