sábado, 12 de febrero de 2005

Nadie entiende cómo nadie lo evitó

Ayer pudimos soportar y sufrir en el programa de Cayetana una de las películas más triviales y superfluas que se hayan realizado en la historia del cine español. Me refiero a la alevosa y repulsiva ‘Nadie conoce a nadie’, de Mateo Gil. Así de contundente.
Haciendo ‘zapping’ colisioné de frente con una de las secuencias más ridículas, incomprensibles e imbéciles del cine moderno. Me refiero a esa que todos recordamos. Sí, ésa. No penséis más. La escena a la que me refiero es la ubicada en pleno Barrio de Triana, donde el protagonista (interpretado por Eduardo Noriega) es perseguido por unos encapuchados malvados que le acosan y le ofrecen una pistolita en un bar de tapas. Cuando sale con la Verbeke metida en kilos y sin operar, comienza una situación surreal y patética: empiezan a disparar con unas pistolitas de juguete que emiten un sonido agudo y e irradian un puntero rojo por cada recoveco del barrio, persiguiendo a un Noriega que reacciona aterrorizado a este peligroso juego (ya me diréis) huyendo como si le fuera la vida en ello. Una secuencia interminable y, concluyentemente, desastrosa.
Mateo Gil, compañero de Amenábar al menos en algunos de sus guiones, debutó en la dirección con un thriller pretendidamente intelectual y parco de ideas que, por contra, se vendió como una película original y atractiva. Gil jugó a embaucar sin fundamentos, a proponer un carísimo juego de pirotecnia anquilosado, falto de alcance, moviéndose en el complicado espacio del ‘thriller’ y cayendo, en no pocas ocasiones e inevitablemente, en el puro ridículo. Saltándose a la torera cualquier evidencia de acercamiento a la realidad, Gil impuso sus reglas reinventando incoherentes jueguecitos de guerra y ya puestos, sin ningún pudor –rozando el desprecio-, perder el respeto a una tradición tan arraigada a Sevilla como es la Semana Santa (fue comprensible la negativa de la ciudad hispalense a rodar esta... esta... bueno, esto, en su ciudad).
En definitiva, que lo que nos dejo Mati fue un intento fallido de thriller capcioso e intrigante que no resultó más que una película tan horadada que no se mereció ni la posibilidad de ser. Uno de los más descarados insultos a la identidad que en algún momento, intentó crear nuestro cine. Ignominiosa, poco imaginativa y simuladamente diligente, lo que se vendía como un intrincado puzzle perspicaz queda poco menos que en un rompecabezas de cuatro piezas para párvulos.