jueves, 10 de febrero de 2005

Los pantalones caídos

Supongo que no soy el único que ha visto a esos muchachos de esa extraña nueva generación. Adolescentes púberes y barbilampiños que llevan una gorra negra, varios piercings, tatuajes, anillos en sus dedos y van vestidos con ropas muy anchas, mirando por encima del hombro y profesándose insurrectos, que es lo peor que puede pasarle a un núbil novicio de la vida. Una de sus principales y risibles características es la de llevar tres tallas de pantalón más grandes que la suya, dejando ver su ropa interior. Calzoncillos de colores como símbolo de ‘vete a saber tú qué’.
Eso sí, yo mismo, siguiendo una estúpida identidad de naturaleza masculina, en el tema del vislumbramiento casual de un hermoso tanga femenino, soy más pródigo y tolerante. Aunque no siempre es así.
Para unos es una forma de expresión, para otros una moda o una descompostura en la vestimenta. Para casi todo el mundo, una horterada de aupa. Pues agarraos. En el país de la Esperanza y la Libertad, en cenagal hipócritamente moral y ético en que se está convirtiendo USA, este tipo de modalidad de indumentaria alumbrando o sugiriendo la ropa interior es UN DELITO. Así que los jóvenes que enseñen demasiado sus calzoncillos y las epicúreas chavalitas que dejen intuir sus tangas podrían recibir multas de hasta 50 dólares.
Esto ¿en qué se transcribe?
Imaginemos por un momento un coche patrulla de policía, con unos polis que se embuchan unos donuts en grandes cantidades y hablan de la Superbowl o de su próxima barbacoa el domingo por la tarde.
- Eh, Johnny, mira aquel ‘yogurín’. Está buena. Qué tanga más minúsculo lleva.
- Oh, sí, Paul. Y fíjate en ese tatuaje. Qué sugerente.
- Casi deja ver la hucha.
- Umm… quién la pillara...
- Estas muchachas de hoy en día…
- Son unas golfillas.
- Qué cosas dices Paul. Pero cuánta razón tienes.
Ambos ríen a la vez.
Pero en seguida avistan algo que les hace encender las sirenas.
¿Qué? Un jodido ‘hip-hopero’ negro, un puto ‘nigga’. Un pobre muchacho afroamericano que por llevar ropa ancha, quiera o no, abonará los 50 euros (o más) y seguramente se llevará una buena somanta de hostias.
En el sur de Estados Unidos, estas penas absurdas y aparentemente burlescas, no tienen ni puta gracia, ya que siempre son aplicadas sobre la población negra. Algie T Howell, el bastardo que propuso la ley, un reaccionario obcecado y retrógrado, dijo que “no se trata de un ataque a los pantalones holgados, sino que por la dignidad de un país con valores morales”. “La ropa interior se llama ropa interior por un motivo”, dijo por otra parte John Reid, un diputado republicano que, a buen seguro, nunca ha leído 'Superman'.
Un pequeño ejemplo de lo proverbial de un país que ha vuelto a elegir a Bush por segunda vez como presidente.