viernes, 4 de febrero de 2005

La efímera diversión como cúlmen de la felicidad humana

El otro día, cuando caminaba por la Plaza Mayor de Salamanca, que este año cumple 250 años desde su creación, me dio por detenerme y observar a la gente, esa masa informe e imprecisa que compone en su conjunto la sociedad actual, por lo menos, una mínima proporción de lo que representa el ser humano actual, el hombre moderno que han dado en llamar los filósofos. Caminando como autómatas, estudiantes legañosos por su autoengaño, pelafustanes funcionarios, ancianos prorrogando sus últimos años, parejas infelices, otras simulando serlo y yo, un malogrado artificio de la cultura, entre ellos, especulando sobre todos nosotros.
El hombre moderno está actualmente muy cerca de la imagen que Huxley describió en ‘Un mundo feliz’: estamos bien alimentados, bien vestidos, sexualmente satisfechos y no obstante sin una personalidad de proximidad con nadie, sin contacto alguno con los demás, salvo el más superficial, guiado por los lemas que Huxley formula tan sucintamente, tales como: "Cuando el individuo siente, la comunidad tambalea". Pensé: “¿Dónde está la felicidad?”. Sé que suena absurdo que uno se pregunte estas presuntuosas dudas existenciales sin venir a cuento, sin sentido alguno. Pero mi cabeza empezó a esgrimir posibles respuestas del tipo “la felicidad está en la diversión efímera” o “la felicidad, en su sentido determinante, no existe”. Algo lógico, por otra parte.
Es definitiva: La felicidad del hombre moderno consiste en divertirse. Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar cualquier tipo de sensación transitoria que colme una serie de pretensiones momentáneas, bien sea disfrutar de un espectáculo, sucumbir a una buena comida, beber en gran cantidad para relegar (consciente o inconscientemente) la realidad que nos rodea o simplemente para perder la indecisión, fumar en cualquier de sus modalidades, hablar con gente de trivialidades cotidianas, ver la tele, libros, cómics, películas… Eso es la felicidad moderna. Pero mi pregunta me llevó más allá: ¿Cómo es posible que hayamos llegado a un punto en el que todo lo que produce bienestar se consume? Todo se ingiere. El mundo se ha convertido en un enorme objeto de nuestra voracidad; una gran pizza de pepperoni y anchoas (yo elijo porque escribo), un gran montadito de panceta, una gran botella de cerveza, una buena paella, un chuletón, una gran película, un buen cómic, una interesante obra de teatro, una apasionante exposición de arte… es decir, una gigantesca teta de la que todos succionamos, como aquella que aparecía en ‘Todo lo que usted quiso saber sobre sexo…’, del gran Woody Allen. Da igual cómo nos sintamos, nuestra individualidad egoísta nos hará ver el mundo de maneras tan heterogéneas como equivalentes. Ya puedes ser un optimista esperanzado, un integrado conformista o un apocalíptico desilusionado. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y recibir, para traficar y consumir. Todo. Tanto los objetos materiales, como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y de consumo ¿A dónde hemos llegado?
Tras esto llegué a la conclusión de que pensar es malo para la salud psíquica. Por eso me adentré en un restaurante del centro y me dispuse a saborear un enorme chuletón con una gran cerveza para paliar cualquier inquietud que me hiciera salir de la norma, quería equipararme a toda esa gente que transitaba por la plaza; a dejar de pensar, en definitiva, en estos aspectos tan fútiles como los expuestos en esta reflexión que, como bien habéis podido comprobar, no lleva a ningún sitio y me convierte tan sólo en un ‘freak’ con demasiado tiempo libre como para no apreciar las pequeñas cosas que aportan realmente la felicidad. Aunque hay que reconocer que con mis dedos grasientos la cosa cambia. Luego llegué a casa y me estaba esperando esta weblog para verter estos intrascendentes pensamientos.