miércoles, 5 de enero de 2005

Review LEMONY SNICKET'S A SERIES OF UNFORTUNATE EVENTS

Una fábula de niños perdidos
Excelente alternativa a ‘Harry Potter’, estamos ante una extrañeza de creación visual estilizada y su entendimiento del sentido de espectáculo cinematográfico para consumo de todos los públicos.
Es casi inevitable no citar al fenómeno de masas ‘Harry Potter’ al comenzar a hablar de una película tan extraña e insólita, oscura y fascinante, como es ‘Una serie de catastróficas desdichas’. Dos propuestas muy dispares, casi análogas sobre la ficción de aventuras infantiles asentadas en un niño mago de J.K. Rowling y en los tristes y sombríos huérfanos de Daniel Handler (o más conocido por su pseudónimo Lemony Snicket, dos variantes de un didactismo pedagógico afincado en obras literarias que han sido un fenómeno de masas antes de ser llevados a la gran pantalla. Y es que, después de tres entregas con dispar suerte de las aventuras del mago de Hogwarths, ya iba siendo hora de una disyuntiva, un necesario cambio que tuviera la calidad suficiente para arrebatarle la hegemonía al mago Potter. Alternativas para críos con imaginación que, más allá de los píxeles de las consolas y la gilipollez de la televisión actual, encuentran el placer de la lectura como esparcimiento y no como exigencia. Y eso, en los tiempos que corren, es todo un logro.
El filme de Brad Silverling ha condensado los tres primeros libros de la serie (‘Un mal principio’, ‘La habitación de los reptiles’ y ‘El Ventanal’) para narrar la funesta historia de Violet, Klaus y Sunny, los desdichados hermanos Baudelaire. La fábula, con claros indicios artísticos de un mundo de aristas ojivales y oscuridad tenebrosa, comienza con la noticia de la muerte de sus padres, pasando su cautela al malvado Conde Olaf, un excéntrico aficionado a los disfraces que buscará por todos los medios la manera de hacerse con la cuantiosa herencia que les ha quedado a los huérfanos. Silverbing, partiendo de un atenuada adaptación de Robert Gordon, presenta la acción en un ‘Off’ particular, hablando directamente al público, por medio de un narrador de cuentos (en la versión original con la voz Jude Law) que imbuye al público en una umbrosa crónica llena de infortunios, de enfrentamientos con el tenebroso Olaf con un tétrico modo de ver la vida de unos personajes que viven su colosal aventura atribulados ante sus penosas circunstancias.
Así, los dos hermanos mayores, Claus y Violet, destilan con evidente circunspección y melancolía una extraña precocidad, la ruptura de una niñez afligida, aquella que ni el bebé ha encontrado perceptible en su lenguaje intencional, cuando intenta pronunciar ininteligibles palabras. Las situaciones que se plantean no son amables ni edulcoradas, sino realmente terribles, como en los cuentos de corte psíquico de los Hermanos Grimm, las fábulas victorianas de Dickens o las historias de Roald Dahl. Por lo tanto, estamos ante una cinta de propósitos que van más allá de ofrendar un producto diferente, consecuencia del respeto por parte de los autores para con la obra de Snicket.
En su principio se habla de que si se espera un elfo feliz, ya podemos abandonar la sala, pues en vez de esto, comprobamos, de entrada, que la familia queda destruida con la muerte de los padres y el brutal viaje iniciático de los tres Baudelaire en su confrontación con la realidad. Cierto es que no son niños normales, ya que su capacidad intelectual está por encima de lo que un infante suele mostrar, pero el vestigio premeditado que reside en su finalidad fabulesca sigue siendo tan clásica como macabra. Y no es otra que el enfrentamiento a una infancia lacrada por la orfandad en un mundo de adultos, cruel y despiadado, algo que recuerda por momentos a la línea argumental de ‘La Noche del Cazador’, la obra maestra de Charles Laughton en insólita mezcla con una cosmología de magia oscura procedente del mejor Terry Gilliam.
En el terreno de lo sutil y de los dobles sentidos, ‘Una serie…’ podría percibirse como una excelente alegoría de todas aquellas películas infantiles (y de adultos) que se inclinan hacia la excesiva condescendencia respecto al espectador, gravitando su eficacia en un despego deliberado de cualquier atisbo almibarado del cine infantil actual, sustituyéndolo por un humor negro y bilioso que, a veces, no tiene ninguna gracia debido a la excesiva crueldad con que se muestran algunas acciones. Tal vez ahí resida la única barrera que impide que la película de Silverling se pueda convertir en un clásico del cuento gótico, en la excesiva frialdad y atrocidad de muchos de sus pasajes y porque quizás porque no se llega a empalizar lo suficiente con los niños como para meterse de lleno en sus desventuras con el conde Olaf.
Es en este personaje donde reside también otro sutil inconveniente debido a la interpretación de un Jim Carrey que, como es habitual en algunas de sus películas, no se adapta al personaje, sino que acaba dándole vida haciendo eso que tanto se le reprocha, es decir, caer en el histrionismo más desacertado con sus habituales aspavientos y contorsiones físicas y faciales. Un error, porque el conde Olaf acaba siendo un referente cómico, nunca terrorífico y amenazante. Lastre que no se percibe en los tres intérpretes infantiles Emily Browning (perturbador nuevo rostro), Liam Aiken y las gemelas Kara y Shelby Hoffman que, ayudados con sus exóticas facciones y pese al distanciamiento de sus personajes, recrean con éxito y ternura la triste historia de los Baudelaire.
‘Una serie de desdichas…’ es un cuento de hadas triste y oscuro, un formato narrativo ideal para explorar una realidad alternativa no necesariamente realista, como en los cuentos de Edward Gorey, donde el espíritu misceláneo está atmosféricamente más cerca del expresionismo lúgubre que de cualquier fábula colorista. Un aspecto cuidado hasta el milímetro, cuajado de opulenta imaginería, de gradación nebulosa, con un impresionante diseño de producción de Rick Heinrichs (los decorados, el vestuario, el atrezzo, esa mezcla entre ambiente victoriano) y de la esplendorosa fotografía de Emmanuel Lubezki (que da una lección abrumadora de una excelente sobriedad en el uso de las ópticas y contraluces), ambos habituales del cine de Tim Burton, con el que tanto tiene que ver un universo de Snicket donde existe un extraño tono lóbrego y onírico, donde la belleza anida en todo aquello que hace volver la mirada del alma a las formas oscuras de la realidad. Donde la muerte, empezando por los padres Baudelerie y tutores posteriores, va dando forma y sentido a la vida de unos niños abocados a sufrir, pero paradójicamente, eso es lo que les mantiene unidos ante cualquier adversidad. Los niños pueden estar esclavizados en una casa sórdida, privados de afecto y bienestar, pero aún así encuentran refugio entre sí mismos.
Resulta curioso, citando a Tim Burton, las coincidencias que tiene ‘Una serie…’ con ‘Bitelchús’, cuyo parecido entre el surreal personaje de Burton y el conde Olaf se extrema no sólo al antedicho excentricismo histriónico, sino al vestuario, la capacidad de caracterización de ambos, una boda con una menor, su humor negro, serpientes gigantes… Y es que, como sucedía en aquella, y en toda la obra del director de ‘Sleepy Hollow’, la mezcla de dosis de aventura, fantasía fabulesca y comedia negra, se mantiene gracias a un perfecto equilibrio de todas sus disposiciones narrativas y estéticas. Por eso, el manejo del ritmo narrativo de Silverling para la creación visual estilizada y su entendimiento del sentido de espectáculo cinematográfico para consumo de todos los públicos le otorgan un territorio propio y de gran brillantez.
Un cuento no moralista de personajes en busca de su destino inmersos en una niñez terrorífica, con paisajes agrios y umbrosos, desde el abismo emocional de la pérdida de los padres hasta la nostalgia de la lejanía perdida del hogar, que convoca lo mejor de la palabra escrita en una entidad cinematográfica de personalidad y factura impresionante, reflejada, ejemplarmente, en unos créditos finales que son una pequeña joya. Una cinta destinada a ávidos lectores, futuros creativos, mentas inquietas e incluso enajenados amantes de las delicias visuales. ‘Una serie de catastróficas desdichas’ es, ante todo, una pequeña gran sorpresa.
Miguel Á. Refoyo © 2004
Tentaciones de un Humbert Humbert de tercera
Un tema aparte que tengo que destacar de esta película, no sé por qué razón, ya que percibo que no es un hecho que pudiéramos considerar habitual, legítimo y mucho menos moral, son las fuertes sensaciones que despertó en mí la jovencísima Emily Browning, la mayor de los Baudelaire, Violet. Me sentí por momentos como un Humbert Humbert de tercera, mirando con ojos lascivos a Dolores Haze, la eterna Lolita, con una irremediable atracción ‘perversa’ por las nínfulas menores de edad. En este caso, embelesado con la belleza de una chavalita como es la Browning. En mi vida cotidiana jamás se me ocurriría mirar a una menor de esta sucia manera, pero es que me dejó encandilado la belleza, la profundidad de sus ojos, de su rostro exótico, esa boca de pulposos labios, de sus inquietantes y enigmáticas facciones. Qué impropia beldad en una cría de 16 años, de verdad.
Y no es la primera vez que me pasa. Sí, amigos, me recuerda a las mismas miradas ignominiosas que lancé hace años cuando Natalie Portman hizo ‘León’, que prolongaron su efecto en películas como ‘Beautiful girls’ o ‘Heat’. Ahora, afortunadamente Portman ha crecido y no hay ningún problema en proclamar mi admiración a su hermosura y candor. Aunque recuerdo un rostro mucho más mítico por lo desconocido de la nínfula: Judith Vittet, la pequeña Miente de ‘La ciudad de los niños perdidos’ de Jeunet & Caro. Lo mismo que con Scarlett Johansson en su época de ‘El hombre que susurraba a los caballos’...
Tal vez en las teorías freudianas esté esta infrecuente afinidad por la juventud, aunque reconozco que es más utópico y platónico que carnal. Tal vez forme parte de alguna de las presunciones de Dan Kiley. No sé. El caso es que es un placer observar el potencial de esta nueva nínfula que dará mucho que hablar: Emily Browning.