sábado, 29 de enero de 2005

Llegó el nuevo CQC

Tres años después de su desaparición, ayer regresó, sin hacer mucho ruido, ‘Caiga quien Caiga 2’ a la parrilla de los viernes, el día que comenzara su predecesora. Se había hablado mucho de la vuelta del carismático programa que Wyoming y su ‘truope’ se encargaran de transformar en un fenómeno de culto basado en el espíritu crítico y cínico, en una nueva forma de reporterismo callejero. La sombra del genuino formato (creado en argentina) pesó como una losa en el estreno del Nuevo CQC. Ya no existe el cochino jabalín, ahora el fetiche visual que han querido avanzar como efigie distintiva de los objetivos intencionales del espacio es una mosca cojonera, lo que pretende sugerir la ideología cabrona y sarcástica que aspira fomentar esta nueva etapa.
Pero vamos al grano, al dictamen subjetivo.
Los nuevos presentadores son los que salen peor parados del primer ‘CQC’ de la nueva temporada; Manel Fuentes, Arturo Valls y Eduardo Aldán despiertan una excesiva evocación de Guayo, Juanjo de la Iglesia y Javi Martín. Y es de recibo, ya que Manel Fuentes (un tipo al que, personalmente, detesto) es un tipo sin gracia que se cree divertido, un presentador ceñido al guión, donde sus desaboridos chistes están estudiados al milímetro, sin espacio para la improvisación. Y esto, en la dimensión de acrimonia a la que aspira ‘CQC’ no funciona ni de coña. Valls no encuentra su ubicación en la mesa, siempre fue (y será) mejor reportero de calle, donde ofrece sin duda alguna sus mejores momentos, su desvergüenza procaz e irredenta. El tercer vértice del trángulo, Eduardo Aldán, pasó inadvertido, falto de cualquier atisbo de personalidad, descafeinado y aburrido como nadie. La mesa, por tanto, está a años luz de la predecesora, de sus improvisados ‘gags’, de su limpieza cínica y, sobre todo, del carisma que desprendían aquellos hombres de negro. Aquí, el diseño y la estudiada imagen no ofrecen nada inédito. Me hizo gracia, no obstante, esa tendencia al ‘look’ de 'peinados cuidadosamente despeinados' que lucen todos. En fin.
Todos suponíamos que sorprenderían o arriesgarían en sus nuevas secciones. Por eso no entiendo ese ‘zapping’ transformado en un reiterativo ‘Resumen semanal de noticias’ como esfera ineluctable de cualquier programa. No le vi sentido, ni gracia, ni fuerza, lo que supone otro motivo más para echar de menos la crítica despiadada y la sátira mordaz de su antecesor (qué buenos recuerdos despierta aquella mítica sección 'Actualidad en un minuto'). Otro de los monumentales errores en el que todos coinciden es en la desacertada intervención del vallisoletano Javier Díaz, ese travestido que todos conocemos como Deborah Ombres y que, paradójicamente, tiene su gracia (tan transgresora y 'fashion') en ‘MTV Hot’, pero que ayer resultó execrable con su desproporcionado discurso semiterrorista contra el cine español. Si a eso le sumamos un ritmo en ocasiones excesivamente acucioso, una plétora de postproducción visual que, en principio resulta muy impactante y divertida (con puñetazos, peloteos, enfurecimientos y rayos lanzados por los ojos), pero que acabó por saturar o la evidente falta de estabilidad en su guión ofrece como conclusión que, como es lógico en cualquier primer programa, es necesario tomar nota y mejorar.
Pero no todo iba a ser malo. Desde un punto de vista personal, ‘CQC 2’ me gustó por varias razones. Como digo, relegando la memoria de sus precursores, los nuevos reporteros de calle, los ‘hombres de negro’ de micrófono en mano, Christian Gálvez, Fernando González y Juan Ramón Bonet estuvieron a la altura de las circunstancias, mostrándose seguros y resolutivos a la hora de tocar los cojones a los entrevistados mejor que nadie, haciendo olvidar por momentos (cosa que no era difícil) a Tonino y Sergio Pazos y acercándose siempre más a los estratos sardónicos de Pablo Carbonell que a la refinamiento disciplinado de Juanjo de la Iglesia. Y ahí es donde residió lo mejor de la noche. Ver la cara de mala hostia del matrimonio Aznar; primero de Ana Botella y después a su maridito Jose Mari, descolocados de nuevo ante su eterno virus mediático (el reportero argentino estuvo inmenso a la hora de encrespar al despreciable –sí, lo sé, soy muy subjetivo- ex presidente), no tuvo precio. El progresivo desazón reflejado en el rostro de Urdaci, al gran Arturo Valls en su sección íntima entrevistando a los famosos televisivos en un urinario y la cobertura de la ‘Fiesta de San Canuto’ hicieron de sus reportajes lo mejor de la noche. Eso sí, muy politizados a la hora de ser complacientes con el presidente Zapatero, algo que va mucho con su presentador principal (Fuentes siempre ha sido un servil pelota) y que supone una tremenda desorientación en los propósitos del programa.
El caso es que, a pesar de lo malo, lo positivo prevaleció en su primer paso hacia ese largo camino que les queda para alcanzar el difícil grado de acidez y provocación de los viejos tiempos. Una mordacidad y aticismo que precisamos en un momento en que la televisión está necesitada de aquel programa que algunos recordamos como el atenuante más eficaz contra las espantosas resacas de aquellas inolvidables tardes de domingo.