sábado, 29 de enero de 2005

Hablando del Doctor Lecter

El otro día charlando con el afable Ángel Sala, al que tuve la oportunidad de conocer en la Muestra de Cine Fantástico y Ciencia Ficción de Calle 13 organizada por el aguerrido Adrián Guerra, me comentaba en plena Gran Vía el director del Festival de Sitges su simpatía cinematográfica por un director tan controvertido como Ridley Scott, incluido por supuesto su faceta de director comercial actual con sus títulos 'Gladiator', 'Black Hawk Derribado' y 'Hannibal', aportando sus respetables argumentos sobre un director al que le tengo que conceder mi aplauso ante una película tan despreciada como es su última cinta hasta el momento, 'Los impostores (Matchstick Men)'. Yo, desde que tengo uso de razón cinéfila dejé de creer en Ridley cuando abandonó su creación de obras maestras para realizar penosos 'blufs' como 'G.I. Jane', creo que mis preferencias se apegaron más a Tony Scott, un cineasta menos pretencioso y más honesto con su estilo el publicitario y estilizado que su hermano ni siquiera sabe fomentar, perdido en un cine sin personalidad y comercialoide. Eso sí, coincido con el señor Sala en que 'Kingdom of Heaven' tiene muy buena pinta.
Aprovechando que hace un par de semanas pasaron por Antena 3 la segunda parte de 'El silencio de los corderos', os dejo la crítica que entonces publiqué de 'Hannibal' en un añorado medio de la red como era el desaparecido y galardonado 'Elbardelauni'.

Lecter en libertad, mucho peor que encarcelado
Con una atmósfera oscura y lograda, la decepcionante ‘Hannibal’ intenta ocultar una trama fallida y comercial bajo un multidimensional Anthony Hopkins.
Levantadas las expectativas más favorables de esta esperada continuación de la obra maestra del thriller moderno ‘El silencio de los corderos’, lo mínimo que se podía esperar de ‘Hannibal’ era que el consumido talento de Ridley Scott recogiera las más destacadas partes de la irregular novela de Thomas Harris destinada a su adaptación para la gran pantalla y lograr el milagro. Pero no ha sido así. El hilo argumental se equipara pues, al espíritu de la obra literaria, es decir, a una evidente falta de progresión, astucia imaginativa y oscura psicología subvertida que nos ofrecieran hace más de una década tanto el propio Harris como Jonathan Demme. La multimillonaria ‘Hannibal’ basa su fórmula en una interesante dicotomía entre el bien y el mal escindida por la ambigüedad de las relaciones que mueven a sus personajes, animales adoradores y aprensivos de la inmensa figura que hace mínimamente sugestiva la novela y el filme: la efigie omnipresente, rozando la deidad iconográfica, de un Doctor Hannibal Lecter a campo abierto, libre, pero en el fondo encerrado en una intriga insuficiente.
Sin embargo, y a pesar de algunas notas de calidad, mínimas en esta nueva entrega del psiquiatra antropófago, Ridley Scott acentúa su falta de recursos adaptando el impreciso guión (emulsión de dos estilos tan dispares como el del clásico de la literatura americana David Mamet y el ‘productivo’ Steven Zaillian) a las prescripciones comerciales del thriller actual, abiertas en cierta medida por la antecesora de ésta, sustituyendo la eficacia y el talento de fondo de ‘El silencio...’ por los suntuosos aciertos visuales de impacto de un Scott más malabarista y estético que nunca. El director de ‘Blade Runner’ juega con su habitual y conseguida doctrina visual, elegante y enérgica, muchas veces brillante, llena de tonalidades obscuras y siniestras, cálidas y yertas al mismo tiempo, para ofrecer un ‘tempo’ narrativo ascendente que, si bien se muestra exacto y minucioso, acaba por agotar su esencia en un soporte lacio, en una trama demasiado voluble que no da más de sí. El veterano cineasta, pese a recuperar para la ocasión grandes momentos de su pasado genio visual, certifica su exigüidad creativa recurriendo a un autoplagio que envuelve la atmósfera, el elemento más puro del filme. Con una lograda fotografía de John Mathieson, ‘Hannibal’ juega con las sombras, los intencionados claroscuros, con un frágil aroma neogótico que no es suficiente para evadir la responsabilidad que tenía el filme con respecto a su precursora.
Si bien sostiene un pulso final correcto, minado a lo largo de la cinta con pequeñas dosis de violencia psicológica que lleva al espectador a un epílogo harto previsible, ‘Hannibal’ no deja de ser, al fin y al cabo, un artefacto comercial, falsa creación con vocación de transgresión (final de ‘impacto’ inolvidable) que se evapora en su propio desarrollo, en los nudos que sus prestigiosos guionistas no han sabido atar por culpa del ente mercantil impuesto, adoptando los cánones que se derivan de la taquilla. Sin embargo, lo mejor de la función recae en el verdadero protagonista de todo el artilugio, en Lecter, en un Anthony Hopkins multidimensional, ampliando el enfermo universo de su creación a través de límites interpretativos que sólo él sabe reflejar con una simple mirada, con gestos microscópicos y llevar la figura del caníbal a un extremo que se sale del total de la película. Por su parte, Julianne Moore se encarga de dar profundidad a la agente Clarice Starling y deja claro que su enorme talento está por encima de los personajes en que se convierte.
‘Hannibal’ es, en definitiva, un potente golpe de efecto, planificado escrupulosamente por un megalómano Scott poseído por la carestía de la fuerza interna, de la magia cinematográfica. El ritmo apagado, pero convulso, vivo en el fondo, falto de la esencia que Jonathan Demme demostrara en ‘El silencio de los corderos’ hace que la comercialidad haya sustituido a la inquietud, al terror, a la perturbación y al escalofrío para dejar una evidente y alargada sombra de una primera parte que perdurará a lo largo de los tiempos fílmicos.