viernes, 21 de enero de 2005

El vicio de la grandeza fílmica

El misterio de los talentos insurrectos
Donatien Alphonso François, el célebre Marqués de Sade ha representado, a lo largo de dos siglos, la personificación del espíritu revolucionario en estado puro, de la grandeza infernal que puede encerrar la mente humana, la filosofía más incorrupta y directa desde Descartes. ‘Quills’, obra depurada y transgresora, delimita y propone un delicioso y amargo viaje a un posible epílogo, posiblemente ficticio, de los últimos días de este controvertido y brutal genio literario del pensamiento humano, a sus últimas lecciones magistrales bajo su reclusión en el asilo Chareston.
De sus postreras doctrinas llenas de ira y maldad sobre los frágiles y pueriles límites que imponen la moral falsamente hipócrita de los conservadores espurios. El filme de Philip Kaufman está destinado pues, a mitigar las falsarias conciencias que inspiran la hipocresía camuflada, muchas veces, en la ética aparente. El cosmos sadiano (que no sádico) impregna la cinta de Kaufman reconstruido a través de la frialdad de unas imágenes coléricas, que solazan mediante las constantes y progresivas situaciones perversas la mente oscura e intencional del genio filosófico, de la rebeldía llevaba al paroxismo de Sade.
Su análisis propone el excelente guión de Doug Wright para desarrollar una pieza cargada de nihilismo, de mala hostia, de violencia oculta, recreando con majestuosidad la figura del intratable Sade, de la época más gloriosa de Francia, crítica manifiesta a la burguesía, a la nobleza, a la medicina y sus métodos pero, sobre todo, levantando las llagas de la religión católica, logrando además que todo ello se extrapole a muchos de los conceptos falsarios que rigen la moral actual. A su vez, 'Quills' exhibe a un escritor humano, capaz de enamorarse y de contener sus instintos destructivos con la fuerza del destino humano. Geoffrey Rush, inmenso y colosal, hace de Sade una extensión de su carácter interpretativo, en estado de gracia, una metamorfosis compleja y titánica del sabio, del monstruo y del hombre que fue este arquetipo del odio benéfico, transformando al prodigio literario en una figura hipnótica. No es ajena a la excepcional calidad actoral del filme la fuerza de una ‘carnal’ Kate Winslet incandescente o las contenidas sobreactuaciones de unos inmejorables Michael Caine y Joaquin Phoenix.
Si ‘Quills’ propone un viaje a los infiernos del mundo sadiano y su contenido filosofal, Kaufman y Wright reinventan la catarsis humana con un fondo consecuentemente distorsionado por una ambigüedad que va más allá de sus intenciones, escondiendo los defectos del relato bajo un guión fascinante que escapa a cualquier tipo de sumisión y énfasis para impregnar, con ironía, dobles sentidos y goticismo, una narración de imponderables dimensiones artísticas. Kaufman aplaca el exceso fácil anteponiendo la sugerencia a la evidencia, haciendo de la perversión sexual y el sadismo una apología conceptual de la personalidad del Marqués de Sade, como ya lo hiciera con polémicos creadores como Henry Miller, Joyce, Kundera o Anaïs Nin.
‘Quills’ es, por tanto, una oda fabulesca que pondera la libertad, la rebeldía y el arte, dilatando su discurso final hasta una actualidad necesitada de personalidades comprometidas con el libertinaje y la sodomía intelectual pervertida por la hipocresía, poniendo de manifiesto estos términos con una elegancia y una puesta en escena encomiables.
Puro vicio de grandeza fílmica.