martes, 4 de enero de 2005

¿Adicción a internet o simple gilipollez?

A lo que llega la gente asumiendo que está exprimida por la onda expansiva del furor informático. Acabo de leer que informático chino totalmente viciado a navegar en Internet ha solicitado en el registro civil que su hijo reciba el nombre de “.com”. El padre, programador de oficio y apellidado Zhao, indicó que había decidido que el apelativo completo de su hijo fuera zhao.com (en China, el apellido va delante del nombre), similar al de una página web. Para colmo, no es la primera vez que un chino intenta poner un nombre relacionado con Internet a su vástago, ya que el pasado octubre otro registro civil del país rechazó la solicitud de un padre de llamar a su hijo con el símbolo informático "@" (arroba). El creador del software informático libre Linux, el finlandés Linus Torvalds, puso en el nombre oficial de su hija Patricia el sufijo "v2.0" (segunda versión), como si la chavalita fuera un robot.
En todo este desmadre, cada uno tiene sus razones ¿Por qué un jardinero puede ponerle Rosa a su hija o Jacinto a su hijo? ¿Por qué una depresiva crónica no tiene el derecho de que su hija se llame Angustias? ¿Por qué Fernando Trueba tiene un primogénito llamado Groucho? Yo respeto las decisiones. A mí, cuya mayor afición es comer en ingentes cantidades ¿me dejarían ponerle a mi hija ‘Panceta’ o a mi hijo ‘Pincho Moruno’? El nombre que antecede al patronímico es importante, pero nunca hemos pensado hasta qué punto es importante. Por eso ahora Madonna se llama Esther, Prince ya no tiene ni apelativo, Jennifer López reniega del apellido y se quiere llamar sólo Jennifer, a secas. Nunca me he parado a pensar cuál sería el nombre que elegiría si pudiera cambiarme el que tengo.
En otro orden de cosas, y volviendo a la locura colectiva por la red de redes, a veces me pregunto si tengo verdaderamente una imperiosa necesidad de conectarme a Internet, de compartir la red con otros empanados como yo, delante de la pantalla, leyendo blogs, cliqueando el ratón como una cobaya ansiosa, yendo de página a página, escrutando cada rincón de Internet mientras varios libros reposan iniciados con un separador encima de mi mesilla de noche, tristes, reclamando algo de atención. Kavalier y Clay están definitivamente enfadados conmigo. El problema no creo que sea ningún tipo de adicción (lo curioso del tema es que la adicción a Internet no figura en el DSM, el manual más utilizado para el diagnóstico de desórdenes mentales), sino que la cuestión reside en si no estaré restando tiempo necesario a otros aspectos de su vida que también son importantes. La solución: tengo que aprender a distribuir mejor mi tiempo si no quiero acabar teniendo un hijo que se llame Abismo o cosas peores.