lunes, 20 de diciembre de 2004

Review THE MACHINIST

Aterrador viaje a los infiernos de un hombre atormentado
Brad Anderson consigue el mejor filme de la ‘Filmax International’ con un drama a modo de thriller en el que destaca la soberbia interpretación de Christian Bale.
No es extraño que la novela de Fedor Dostoievski ‘El idiota’, sea uno de los referentes visuales que aparecen en pantalla como expiación de Trevor Reznik, el protagonista de la última película de Brad Anderson. Ya en ‘Session 9’, los protagonistas eran víctimas del pasado, de una culpa sin mitigar que acaba, literalmente, con ellos. La novela del escritor ruso inicia su narración con un personaje mesiánico, concebido por el autor como el paradigma del hombre bueno, el príncipe Mishkin, que a pesar de irradiar sinceridad, compasión y humildad, era derrotado finalmente por sus propios odios en su cara más oscura. Un paradigma de culpabilidad, de la recuperación del pasado para enmendar los errores; en definitiva, la enmienda de los pecados. En un marco tan alejado como limítrofe a esa sensación de caer en la desgracia siendo un ser apocado y aparentemente inofensivo con un pasado oscuro se circunscribe ‘The Machinist’, la que es, hasta el momento, la producción más lograda de la 'Filmax International', de Julio Fernández, nueva divisón encargada de producciones más 'serias' para Castelao.
La angustiosa cinta de Anderson relata la insufrible vida de Trevor Reznik (Christian Bale), un fresador de una oscura fábrica que vive sumido en la realidad más asfixiante y se consume en una enfermiza delgadez unida a un desmedido insomnio que dura un año entero. Su existencia ha pasado a ser una auténtica pesadilla. Un día, Trevor conoce a Iván, un misterioso hombre que llega a la fábrica, de envenenado ambiente por un desafortunado accidente culpa de Trevor. Su única vía de escape son la prostituta Stevie (Jennifer Jason Leigh) y la camarera Marie (Aitana Sánchez Gijón) que pronto se verán afectadas por el extraño mundo que rodea a Reznik. Si por si esto fuera poco, alguien deja una nota en el frigorífico de su casa con un siniestro juego de ‘el ahorcado’ para resolverlo. Con esta propuesta, ‘The Machinist’ se presenta como una película aparentemente lenta y angustiosa que, mediante su oscuro fondo y desarrollo, se convierte en una desoladora pesadilla. Es precisamente ése ritmo agónico la mayor de las bazas de un filme incómodo, que contagia al espectador su desequilibrio emocional en un lánguido ambiente a través de los ojos de un protagonista que observa atónito como su vida se transforma en una alucinación, en pura paranoia, en un vacío existencial que le va anulando poco a poco.
En este manido juego de disfuncionalidad mental es donde el riesgo del filme de Anderson tiene sus mejores atractivos, ya que a pesar de que las posibilidades de este tipo de narración están casi agotadas, dado el número de películas contemporáneas que han ofrecido una y otra vez esa temática de memoria quebrada e imposible diferenciación de la realidad y la ficción, el experimento de imagineria de ‘The Machinist’ ennoblece sus propósitos al dibujar un drama introspectivo que brinda un fascinante contraste. Por un lado, una historia naturalista, ajustada a la realidad de un drama visible, de un hombre que pierde la capacidad de recordar el pasado y, como consecuencia, de vivir aturdido y desorientado, sin un presente sosegado en el que las dudas y el terror se han apoderado de su día a día.
Por el otro, es una lóbrega alegoría sobre el recuerdo, su valor y lo catastrófico que puede llegar a resultar perderlo, terreno donde se inscribe el género fantástico, en esa tendencia genérica donde no se diferencia la dualidad entre real y lo imaginado. Por supuesto, es en este ámbito donde Trevor empezará a cuestionarse si lo que le rodea es auténtico o sólo forma parte de una imaginación trastornada por la falta de sueño. La dignidad con que aborda el género ‘The Machinist’ se encuentra, posiblemente, en ese análisis especulativo sobre la locura, forjada en el lugar en el que se unen la verdad y la invención, allí donde nacen las decisiones, en un espacio de la mente que sirve como escondite a los pecados, allí donde se encuentra la respuesta de esta sugerente película.
Es la última cinta de Brad Anderson un interesante thriller psicológico a modo de drama que sustenta el interés de su trama en extraños elementos alegóricos: ya sea la reiterada bifurcación, un contexto que se reitera una y otra vez con caminos (metafóricos o reales) que divergen hacia la salvación, hacia la luz de la verdad y hacia el caos y donde Trevor siempre elige la oscuridad, como también lo es la duplicidad de caracteres, no sólo en el propio Reznik o en su mundo dividido en la fantasía y lo terrenal, sino en la opción de protección y redención con los personajes femeninos, uno existente (la prostituta que está enamorada de él) y otro un tanto difuso (la camarera Marie, a medio camino entre el deseo y el recuerdo maternal). Rasgos que apuntalan la humanización de un muerto viviente que asiste intranquilo a su extenuación por unos motivos que se intuyen, pero se desconocen. Por eso, el retrato de las alucinaciones, los episodios de ‘de déjà vu’, los recuerdos defectuosos y un profético viaje en una atracción del pasaje del terror, van aportando pequeños jeroglíficos en un filme que sabe ocultar hasta el final lo sencillo de su misterio.
Aunque tal vez éste sea escollo que se le podría achacar a ‘The Machinist’: la utilización de este fácil recurso de ‘factor sorpresa’ en su última parte (que empieza a ser el cáncer del cine fantástico contemporáneo). En esta historia todo se presupone desde su inicio, llevando al espectador por incógnitas bien encubiertas para consumar las convenientes explicaciones en una conclusión de inocencia disculpable, donde abunda la trascendencia inocente e idealismo sin pretensiones. Además, es de agradecer la ausencia de cualquier sinapismo típico del género, donde solamente esa explicación (que no giro) final se hace necesaria, filtrada perfectamente tras un sólido entramado donde todo se va revelando gradualmente, sin prisas y bien construido, dejando que el espectador vaya descubriendo la trama en un asfixiante viaje a los infiernos de un hombre carcomido por la culpa y el aturdimiento vital. Por tanto, la sorpresa no sirve como coartada, ni supone un instrumento que pretenda descubrir con asombro la clave de la historia.
Es admirable así, que la intención del guionista Scott Alan Kosar haya sido la de explorar una continua sensación de asfixia, esa sensación de sentirse vigilado, perseguido y no conocer sus motivos, en hacer creíble la mortuoria pesadumbre de Trevor. Un aspecto que sublima Brad Anderson con su portentosa capacidad para la imagen, utilizándola para transportar al espectador a una atmósfera claustrofóbica, magníficamente diseñada para proyectar un deficiente estado mental. El diseño de producción destaca especialmente si tenemos en cuenta que ‘The Machinist’ sigue siendo una película realizada con dinero español, que no tiene nada que envidiar a las grandes producciones yanquis.
A ello contribuye una espléndida fotografía de Xavier Giménez, premiada en Sitges, y la música de ese genio de la partitura que es Roque Baños, un compositor que ha llevado su talento a unos extremos jamás explorados por ningún músico nacional. Esa importancia de la atmósfera va encontrando su efecto lentamente, sin asfixiar, jugando y formulando con un sentido del miedo que emerge contrapuesto con el resto en un simbólico y memorable viaje a la pesadilla de un hombre que ya no sabe distinguir lo real de lo ficticio, utilizando la imagen y su efecto plástico para imbuir al espectador de la sensación de angustia que provocan las reacciones de ese individuo en perpetuo estado de desconfianza.
Obviamente, en todo este ‘tour de force’ climático, estético y argumental, el poder de la interpretación es el elemento más destacado de ‘The Machinist’, ya que Christian Bale no sólo ha logrado una de las más asombrosas recreaciones físicas de la historia del cine al perder 28 kilos de peso para asemejarse a un desnutrido y esquelético fresador, transfigurado en escalofriante saco de huesos que se pasea por cada una de las escenas de la película, sino que la composición del personaje está fuera de todo calificativo ponderativo, brindando una escalofriante interpretación llena de matices psíquicos, lo que hace que no se entienda que la mejor actuación en muchos años no esté nominada ni a los Goya ni a los Globos de Oro (algo que ratifica la imbecilidad y partidismo de estos premios). Y Anderson tiene que ver en este logro como director, ya que Jennifer Jason Leigh y Aitana Sánchez-Gijón, pese a sus breves papeles, consiguen darle una excelente réplica a la cadavérica presencia de un admirable Bale.
‘The Machinist’ se destapa así como film de terror obsesivo, un drama en el fondo, que hace pensar que Brad Anderson está en camino de ser un maestro en ciernes dado su manejo de un suspense tan íntegro como despiadado, exento de la intencionalidad comercial de los grandes estudios, demostrando su erudición a la hora de no caer en lo fácil y saber prolongar la tensión durante mucho más tiempo sin caer en el formulismo. Una consistente historia de culpas y penitencias, adecuadamente encubierta entre su aparente aspecto de película de género fantástico, pero en realidad concedida con un plausible realismo de frialdad y causticidad turbadores.
Miguel Á. Refoyo © 2004