jueves, 23 de diciembre de 2004

Nuevas aventuras desde el Abismo: Registrar un guión

Registrar un guión es un proceso que, por lo menos aquí en Salamanca, es una aventura totalmente surreal, una experiencia por la que Dalí hubiera registrado sus grabados con más habitualidad que otra cosa. Formalizar algo en el departamento de Propiedad Intelctual puede ser, a veces, una pesadilla. Eso sí, bastante entretenida a la vez que desagradable.
Esta mañana he quedado con mi coguionista para registrar un par de tratamientos (uno sobre perdedores que apuestan todo lo que tienen y vuelven a perder, el añorado 'The legend', sobre vampiros y las primeras notas de estructura sobre nuestra obra de teatro) y un mediometraje llamado 'Melisa', la historia de una súcubo, es decir, de una mujer de hoy en día. Antes de nada, mi coguionista Chema Guevara es una especie de ‘Increíble Hulk’ metarfoseado en un escritor de pluma clásica y talento inarbodable. Bien, con semejante mamotreto de cultura y fuerza repartida en sus más de cien kilos de músculo, nos hemos dirigimos a ese antro de indeterminados trabajadores con un sueldo de por vida que es La Junta de Castilla y León, donde la calma y la placidez residen en un ambiente sosegado, lleno de quietud y descanso. No es que se trabaje bien, es que directamente no se da ni golpe. Subimos al nuevo departamento que ha pasado de llamarse Propiedad Intelectual a Acción Cultural, supongo que para darle un poco más de dinamismo a tanta vaguería. Y allí nos recibe ‘Ella’, y no precisamente Laraña, sino algo mucho peor. Una de las dos ‘superfreaks’ que te registran el original es un espectáculo digno de ver.
Muchas veces vejeta allí una anciana muy amable que no se entera de nada. Como claro ejemplo recuerdo cuando al recocer a Carlos "Manowar", el montador de mis anteriores cortos ‘Abyecto’ y ‘El código...' que me acompañó a registrar algún guión de corto o algún relato (no recuerdo bien), le preguntó por tercera vez en un año que qué tal sus padres, cuando éstos hace ya muchos años que no están entre nosotros, algo que Carlos le dejó muy claro la primera vez. Pero la tipa sigue insistiendo. Viendo que la ineptitud de la señora era reincidente, Carlos me miraba indignado. Con esta tipeja suelen ser 45 minutos en realizar una taera que una persona normal tardaría 10. Encima le va a echando un ojo al escrito dándote su opinión: “No está mal”, “¿Es de miedo?” y congratulándote por tus cualidades literarias, “Escribes muy bien ¿lo sabías”. Es desesperante. ¡¡Señora, déjeme en paz y haga su trabajo rápido que tengo prisa!!, te dan ganas de espetarle. La última vez que fui Álvaro "Vodka", aburrido de su letanía, mangó delante de sus narices dos fluorescentes, unos clips, un matasellos institucional y unas tijeras aerodinámicas y la tía ni se enteró preguntando “¿habéis visto unas tijeras?”, mientras Álvaro se descojonaba yo no sabía muy bien de qué. Cuando me enseñó su botín, comprendí.
Para los dos largos que hemos registrado nos ha correspondido en suerte no esta venerable e inepta señora, no. Cuando voy con Chema siempre nos toca toca ELLA, la más repelente y agobiante de los engendros de este mundo. Una especie de Jabba, the Hutt con verrugas y muy desagradbale. A su rugosa y desagradable faz le acompaña además un visible mostacho de pelos negros debajo de su nariz. Es, con todo esto, similar a la Mamá Fratelli de ‘Los Goonies’. Os juro que es clavada a Anne Ramsey, igual de desagradable, pero en joven. Chema la mira con cara de querer matarla porque no acierta con nada. Se equivoca, escupe al hablar, pregunta las cosas dos veces, escribe lento y nos da un recital de la incompetencia humana. Yo ya le he dicho a mi coguionista muchas veces la verdad: “¡Es funcionaria! ¿Acaso esperas eficacia?”. Intento decirle a Chema con la mirada que no pasa nada, tratando de aplacar sus ganas de coger la grapadora que está encima de la mesa y clavársela en la cabeza. Una papeleta ciertamente triste, y eso que a mí no me gusta criticar.
En cualquier caso, nuestras obras ya forman parte de los archivos de la propiedad intelectual del Ministerio de Cultura. Es legalmente nuestra. Nadie nos la puede quitar, ni plagiar o copiar parcial o íntegramente. Algo es algo. Como esta nimia y absurda historia.