jueves, 2 de diciembre de 2004

La tragedia catódica anual llegó a nuestras vidas

Sé que suena frívolo amplificar un tema tan baladí a una esfera de dramatismo trágico, pero lo cierto es que este pasado lunes sucedió algo que deja un gran vacío en nuestras vidas. Por lo menos, hasta el próximo septiembre de 2005. Ya me extendí en un aplaudido dossier sobre ella, en uno de los temas fundamentales que me llevaron a empezar a escribir este weblog (de hecho en el segundo post ya aparecía mi reivindicación pasional por el tema). ‘24’, la serie de culto más superlativa de la historia moderna de la televisión desde ‘Twin Peaks’ cerró su tercera temporada dejándonos huérfanos de emoción, sin la intriga semanal que, dada su supremacía, ha pasado a ser un alcaloide visual, una droga adictiva sin la que poder pasar.
Ayer asistí con lágrimas en los ojos a un momento que pasará a los anales catódicos. Jack Bauer, el héroe inquebrantable, el miembro destacado de la UAT, finalizaba su tercer día más largo en su trabajo de una forma que me llegó al alma. Un tipo hierático, que jamás sonríe y tan profesional y entregado a su trabajo como antes nadie había demostrado en una serie deja salir la tensión acumulada de la manera más humana posible. Cuando el virus de Sanders es neutralizado y su último contacto es detenido. Tras 24 horas en las que está superando su adicción a la heroína, ha estado a punto de morir varias veces, se ha vengado de la mujer que asesinó a su esposa y ha matado a uno de sus superiores, Jack se retira a su coche y se viene abajo, llorando, destrozado por tanto desasosiego y pérdida de adrenalina. Ese momento de humanidad, de cercanía e identificación con el personaje ha sido una de las instantáneas que permanecerá a fuego en mi memoria a lo largo de mi laberíntica vida de convulso espectador televisivo.
Reconozco que algunas de las subtramas de esta temporada estuvieron a punto de hacerme creer que tanta magnificencia no era posible, pero no ha sido así. Tanto los productores de la Fox, Joel Surnow y Robert Cochran, como John Cassar, director de esta obra de precisión, deben estar satisfechos y orgullosos de haber parido la mejor serie de la década, contribuyendo a instantes de estimulante acción sin freno, de calculados giros inesperados, de acción inusual en la apática parrilla de televisión. Simplemente, ‘24’ es una lección magistral de teleserie. Una obra maestra de nuestros días.
El cierre de la tercera temporada ha sido una de las experiencias más impresionantes y agónicas que he tenido la suerte de vivir, como los últimos capítulos de las dos primeras temporadas, como toda la serie. Lo que ha pasado en esta con Tony Almeida, Michelle Dessler, Ryan Chapelle, Chase Edmunds, los demás componentes de la UAT y, sobre todo, con un ejemplar presidente Palmer retirado con las manos manchadas por la corrupción y las presiones políticas no tiene precio.
Espero con impaciencia a que llegue septiembre de 2005, a que los mandamases de Antena 3 sigan creyendo que hay muchos espectadores que necesitamos nuestra dosis privativa de una potente droga llamada ‘24’.