sábado, 11 de diciembre de 2004

¿Estudios científicos o paridas como catedrales?

Hace unos días pudimos leer una de las noticias más enloquecidas y extrañas de los últimos años. Venía a decir que el secreto de la ‘eterna juventud’ del héroe del cómic creado por el belga Georges Rémi ‘Hergé’, Tintín, se esconde, según Claude Cyr, profesor de medicina de la Universidad Sherbrooke de Québec, los innumerables golpes en la cabeza y pérdidas de conocimiento que el jovial (¿y tal vez gay?) personaje sufrió durante su interminable carrera como intrépido periodista a lo largo y ancho del mundo.
Según el profesor (vamos a imaginarlo con una bata blanca mugrienta, larga cabellera nacarada, gafas con varias dioptrías y enganchado al klosidol), durante los viajes de Tintín, éste sufrió en sus cómics medio centenar de pérdidas de conocimiento, un hecho que provocó en él una deficiencia hormonal y de la glándula pituitaria. No sólo sufrió la reducción de hormonas del crecimiento a causa de los prolongadas hostias en la mollera, sino también su apetito sexual fruto del retraso de la pubertad y, de ahí, que parezca un poco de la otra acera. Esto nos suena mal, pero al enterarme de que tales efectos tienen un nombre específico: hipogonadismo hipogonadrotópico (una dolencia de la glándula pituitaria también denominada síndrome de Kallmann) me ha parecido un auténtico delirio.
Al saberlo, aquejado de una nostalgia y un temor repentino por mi cada vez más cercano cumpleaños, en el que entraré en la tercera década de vida, y sin pensarlo dos veces, he corrido raudamente hacia una pared bien sólida intentando que el golpe fuera lo más eficaz y fuerte posible. En suelo, desconcertado, tras unos minutos similares a los que uno experimenta cuando bebe ingentemente alcohol, medio inconsciente, he intentado reincorporarme con un rúbeo goteo por mi rostro. Cuando me he mirado en el espejo y he observado que seguía igual, que no he rejuvenecido en absoluto, he decidido abandonar esta terapia de lesión pituitaria traumática para rejuvenecer. Tendré que aceptar que me hago mayor.
Ahora entiendo muy bien por qué, por ejemplo, Raúl González, el jugador del Real Madrid, como adalid de la mayoría de los jugadores, habla torpemente como un lego infantil que no ha utilizado en su vocabulario más de 100 palabras distintas o por qué todos los boxeadores parecen niños que aparecen en una película y no se enteran de nada.
A este paso, si siguieramos este Diario de la Asociación Médica Canadiense que ha hecho pública la noticia acabaríamos trastornados con graves problemas neurasténicos. Hace poco, esta prestigiosa revista publico una sesuda investigación sobre las perturbaciones mentales de los personajes del cuento infantil ‘Winnie the Pooh’; donde el tierno osito al que le gusta la miel se convierte en un puto hiperactivo, obsesivo, obeso, con síndrome de Tourette y ‘tics’ propios de un esquizofrénico, Eeyore está sumamente deprimido a consecuencia de su traumática amputación de su cola y Christopher Robin padece una incurable crisis de identidad sexual porque está desatendido y pasa tanto tiempo hablando con animales. No quiero imaginarme qué dirían de Heidi, Marco o, lo que es peor, Espinete.
Si hiciéramos caso a este tipo de investigaciones, todos acabaríamos convertidos en consumidores compulsivos de Ritalin, Prozac, Paroxetine… acabando enganchado a la heroína y encerrado en un psiquiátrico con una camisa de fuerza en una habitación acolchada.