miércoles, 22 de diciembre de 2004

Duelo y desprecio en la Cumbre del Miedo

Atentos a esta historia.
Empieza con la tortuosa vida de Lovecraft. No sé si sabéis que la infancia y juventud del jovial Howard Phillips la pasó rodeado de sus indulgentes tías y abuelos que eran, como se dice en un lenguaje tosco y directo, unos hijos de la gran puta. Cuenta la leyenda que Lovecraft no dormía durante la noche y que escribía sin parar hasta el amanecer, que es cuando el buen escritor dormía y así, se ahorraba que aguantar a las brujas y los viejos. Es entonces cuando acontece lo que iba a ser la fuente de inspiración del gran genio. Lovecraft contaba que escribía lo que soñaba. El escritor se refería a los sueños (y pesadillas) que el creador de ‘Los Mitos de Cthulhu’ experimentaba noche a noche. En ellos vivía, según palabras del propio Lovecraft "una extraña sensación de expectación y aventura, relacionada con el paisaje, con la arquitectura y con ciertos efectos de las nubes en los cielos, donde sólo había mosntruos y bestias inmunes". Pues bien, esto que todos conocíamos, fue algo que provocó el indirecto enfrentamiento a Sigmund Freud y sus teorías del psicoanálisis.
Lovecraft siempre se negó a creer las teorías y el psicoanálisis de Freud. Por su parte, éste siempre negó que los escritos H.P. fueran producto de una influencia de sus pesadillas. Freud aseguraba que se lo inventaba, que no lo soñaba, cosa que a Lovy le tocaba mucho los cojones. Como Freud no sabía otra cosa que reducir sus disquisiciones al plano sexual, tomó a HP como un degenarado por este tipo de lóbregos y angustioso sueños, mientras que H.P. dejó constancias a lo largo de su obra el desprecio que tenía al psicoanalisis de Freud. Desde sus primeros escritos, inspirados en Poe, pasando por las narraciones derivadas de Dunsany, hasta los catorce cortos relatos de 'Los Mitos Cthulhu', hace apreciar un elemento subversivo hacia esta antipatía mutua.
También hubo una disputa teórica en las conjeturas que ambos tenían sobre el miedo, Freud lo achacó a una ruptura del inconsciente, al ‘uncanny’, ligado al efecto de lo ‘unheimlich’, es decir, aquello que no es familiar, que nos resulta extraño. El resultado psicológico puede ser experimentado en mayor o menor grado, según la experiencia individual y única de la lectura fantástica. Mientras, H.P. Lovecraft, señaló que lo fantástico precisamente, radica en la experiencia del lector, en el elemento psicológico que imparte su carácter fantástico. Lovecraft sostuvo que el horror absoluto es lo desconocido absoluto, mientras Freud nos decía que el horror definitivo es aquel que nos conduce hasta lo más familiar e íntimo. Lovecraft sabía que sus analogías con lo conocido para describir lo desconocido eran el arma natural de su cerebro, algo que no compartía Freud.
Es más, la segunda antología monumental de la obra ‘lovecraftiana’ editada por ‘Arkham House’ hacía ver que sus sueños chocaban con el conocimiento de los profesores de idiomas y de economía política de la universidad Miskatonic o de los palurdos de Catskill Mountain, que eran una metáfora de la incredulidad (en el fondo envidia de Freud a la gnosis moféica de Lovecraft). Todas las tumbas ancestrales, la legendaria y encantada Rrkham envuelta en sudarios de niebla y los monstruos creados por el genio literario fueron tan acojonantes que Freud no quiso analizarlos. No porque no quisiera, sino por el hecho de que escapaban al intelecto y al análisis del mejor psiquiatra de todos los tiempos (con permiso de Jung).
Y como diría un Creepy de tercera fila como soy yo: “Amiguitos, esta ha sido la legendaria historia de hoy. Mirad debajo de la cama antes de dormir…”.