martes, 14 de diciembre de 2004

¡Dios mio, O´Connell! ¿Qué demonios has hecho?

Pues aunque no os lo parezca, aquí tenemos a Maggie O’Connell.
A muchos les sonará el nombre del personaje o el rostro del 94 de la actriz porque evocarán con emoción ‘Northern Exposure’ (o como tuvieron a bien llamarla aquí ‘Doctor en Alaska’), aquella serie que aún perdura en nuestra memoria colectiva como una experiencia irrepetible. No sé a vosotros, pero mis recuerdos me hacen acudir constantemente a Cicely, un pequeño pueblo perdido cerca de Alaska para no postergar jamás la presencia de sus personajes, sus vecinos, convertidos por su trascendencia en mi vida en personas a las que quise y admiré como a mucha gente que realmente conozco. Algún día explicaré en estas páginas virtuales la importancia que tuvo Chris Stevens en mi forma de pensar y de ser.
Pero a lo que vamos, cuando he visto el rostro angelical de Janine Turner totalmente transformado en una década de decadencia (como apuntaron los ‘Mötley Crue’), no he visto a Janine, si no a algo cercano a un cruce entre Tamara y Carmen de Mairena. La visión me ha provocado, además de un ligero susto, un sentimiento de incomprensión, repulsión y estupor.
¿Qué es lo que ha pasado para que una las actrices más hermosas, dulces y preciosas que han pasado por la televisión se haya deformado de tal manera? Puedo comprender que la carrera de todos y cada uno de los intérpretes de ‘Doctor en Alaska’ se haya visto avocada hacia los alimenticios telefilmes baratos e infectos que no vemos ni siquiera en la sobremesa de Antena 3. Puede ser que ni los tótems Wynorsky u Olen Ray se hayan acordado de la personalidad femenina de O’Connell, de su mirada sosegada, de sus rasgos exóticos, de su pelo andrógino a lo ‘garçon’ o de aquel lunar en el lateral de su sien izquierdo que tanta sensualidad despertaba. Puede que tras 'Cliffhanger', de Renny Harlin, la bella Turner se diera a las drogas o a la mala vida. Todo es posible. No he lo investigado, ni quiero hacerlo. Pero verla ahora, así con esa cara de plástico y esos bezos siliconados, ha dinamitado cualquier visión de deseo que pudiera quedar como resquicio de aquella heroína que pilotaba y que ejercía de alcaldesa de nuestros amigos ‘cicelyanos’.
Una verdadera lástima, amigos.
Para paliar este trago, apunto como deber navideño añadir a mi agenda un reportajillo homenaje, siempre nostálgico y analítico, a aquel monumento catódico al que tanto echo de menos. Eso sí, cuando escriba de la serie creada por Josh Brand y John Falsey que empezaba con un arce entrando en el Jocelyn Pook bajo las notas de David Schwartz, recordaré los rostros y los caracteres que todos guardamos con tanto cariño.