martes, 21 de diciembre de 2004

Anécdota con Cayetana

Pogámonos en situación. Imaginad que estáis escuchando el tema de Nawjajean que se ha hecho famosilla por el programa 'Versión Española' ¿Vale? ¿Estamos?
Muy bien. Entonces que sirva como música de fondo mientras leéis esto.
La, la, lala, la, la, la, lala...
Tengo una anécdota, amigos, que versa sobre la simpar Cayetana Guillén Cuervo, esa pequeña gran actriz de nuestro cine español.
Corría el año 97 y yo estaba realmente emocionado, expectante, en los aledaños del Hotel María Cristina durante la 44ª edición del festival de cine de Donosti ¿El motivo? Además de que era la primera vez que iba acreditado, esa misma mañana habíamos visto ‘Perdita Durango’, entregándonos a la mejor película de Álex de la Iglesia. Por la tarde, el amiguete Óscar "Patxi" llega con una fantástica noticia: había conseguido una entrevista con Barry Gifford. Acojonante. Era (y soy -aunque reconozco que he perdido algo de interés-) un lector compulsivo de la obra de este peculiar individuo con una apasionante imaginería de frontera y una literatura asequible y entretenidísima. Una entrevista con Barry es algo que merece la pena. Os lo aseguro.
Bien, subimos en ascensor (realmente la habitación estaba en el primer piso, pero nunca había subido en un ascensor de hotel de cinco estrellas; el ‘snobismo’ del provinciano, supongo) y llegamos a la planta de habitaciones para entrevistas de la peli del día. Vimos entre la puerta a Javier Bardem responder las preguntas de una atractiva señorita de algún conocido medio. En el pasillo, Jorge Guerricaechevarría solicitaba la atención de Álex que, raudo, pasó ante nosotros con bastante agobiado y, según decía, “con una resaca que no era ni medio normal”. Un tipo alto nos dijo que esperáramos, echó un vistazo a una hoja y nos comunicó que no, que no teníamos hora. Patxi le dedicó un gran monólogo discutiendo que sí, que había hablado con una fulana que le había confirmado la audiencia. El responsable de prensa nos dijo que volviéramos a esperar, que iba a solicitar un traductor.
En ese momento fue cuando llegó el petardeo de las chicas de los Menkes-Albacete: Bibi Andesen, Loles León y la pizpireta pequeña de los Guillén Cuervo (ojo a ese parrús peludo). Llegó dando saltitos y emocionada buscando a alguien. Nos preguntó realmente excitada “¿está aquí Michael?”. No sabíamos muy bien a qué se refería, y menos con ese enajenamiento pasional. "¡Michael!", volvió a repetir. Al decirle que no, le explicamos que allí, en aquella habitación, estaba el gran Barry y, ante nuestra cara de entusiasmo, ella contestó “¿y quién coño es ese? ¿dónde está Michael? ¿no lo sabéis?”. Mi amigo y yo nos quedamos acojonados, ya que habíamos hablado alguna vez de ese ramalazo intelectual de actriz culta y preparada, cuyo efecto en nosotros era puramente sexual. Qué paradojas. Pero no. Dedujimos que todo le que habíamos pensado sobre ella, era un bulo. Y así fue. Su caída a los Infiernos de la imperfección. A mí Cayetana me parece una gran profesional, pero antes de este suceso me gustaba mucho más que ahora.
Entre el desconcierto y los nervios del momento entramos en la habitación. Y allí estaba el gran Gifford, dispuesto a perder 20 minutos con nosotros. Un día inolvidable y una entrevista apasionante.
¿El Michael por el que preguntaba como una colegiala que pierde los papeles ante su ídolo? Pues no era otro que Michael Douglas, que presentaba 'The Game', de David Fincher y recogía un premio Donostia por su toda su carrera.