domingo, 26 de diciembre de 2004

'800 Balas (800 Balas)', de Álex de la Iglesia

La furibunda y nostálgica subversión del ‘marmitako-western’
Llena de furia y de ritmo, ‘800 balas’ es una tragicomedia sobra la gente anónima que se dedicaba al mundo del cine que desmitifica los conceptos genéricos del ‘western’.
El universo de Álex de la Iglesia, siempre delirante e ineludible, diligente e inconformista se ha perfilado, a lo largo de sus seis películas, bajo unos conceptos artísticos enfáticos, definidos por una calculada estética procedente de las múltiples y novedosas influencias que construyen un mundo propio, una forma de ver cine más personal que transgresora. En su nueva y esperada cinta, el cineasta promueve nuevamente todos estos paradigmas para ofrecer la que es su obra más personal y arriesgada. Posiblemente, su mejor película hasta la fecha. ‘800 Balas’ toma como génesis el ‘spaghetti western’ para narrar la vida de unos especialistas de aquél subgénero que malviven en el desierto de Tabernas, Almería, con un espectáculo del Oeste para turistas. Es la excusa perfecta para que De la Iglesia vuelva a poner de manifiesto su imponderable intencionalidad llena de furia y de ritmo, en la que el resultado final es un producto a medio camino entre el cine de género y cine de autor. En este espacio, el realizador desmitifica los conceptos genéricos del ‘western’ y los subvierte a su antojo para recrear una particular visión del débil fondo que permanece oculto en el ser humano, como la traición, la amistad, el desafío y la muerte de personajes que son fruto de la nostalgia, del triste recuerdo del cine del Oeste que se hizo en nuestro país en los años 60 y 70. Un entorno aplicado nunca como homenaje aquel cine que hizo famoso Sergio Leone, sino para entronizar al antihéroe, al perdedor que determina el protagonista favorito del cineasta.
Como viene siendo habitual en su filmografía, el potencial de la película reside de nuevo en un sólido guión (compartido con su inseparable Jorge Guerricaechevarría) en el que los personajes se anteponen a la acción, formando una nueva y entrañable galería de ‘freaks’ que pasan a engrosar la mítica colección de perdedores de un director que aborda los dramas humanos como comedias del absurdo, con un humor negro descarriado, aprovechado en esta ocasión para nacionalizar y escarnecer el heroísmo y la preeminencia del ‘western’ clásico por un propósito de ruptura, de libertad absoluta. La nueva y apoteósica comedia de Álex de la Iglesia es una falta de respeto a la circunspección, a las formas establecidas, una brutal metáfora sobre la diversión como actitud ante cualquier problema y de supervivencia ante el fracaso ante la máxima de que ‘cualquier norma está para transgredirla’. En esta actitud de rebeldía, De la Iglesia juega a transformar un drama humano lleno de oscuridad y desdicha en una divertidísima comedia dónde lo épico y legendario se anticipa a la terrible realidad que viven unos seres entrañables y llenos de vida.
‘800 Balas’ es, por tanto, el furibundo recorrido a través de las vidas de pequeños tipos, condicionalmente miserables, que se subsisten en una cotidianidad anacrónica, anclados en un pasado que les descubre ridículos, pero que extrapola su condición de mezquinos para divertirse y romper los esquemas, para vivir de la única forma en que fueron felices. El capitán de esta espléndida aventura es Julián Torralba, un antiguo especialista que sustituyó a Clint Eastwood en 'La muerte tenía un precio' o a George C. Scott en 'Patton' y que vive de recuerdos que le sirven para vivir ajeno a la realidad, relegando con ello su trauma por la muerte de su hijo en un rodaje. Para dar vida a este ‘outsider’, Sancho Gracia concierta una de las mejores interpretaciones de su vida, erigiéndose con su portentosa actuación en el gran estandarte de esta maravillosa aventura. En este apartado, el oficio de un grupo de intérpretes como Ángel de Andrés López, Carmen Maura, Terele Pávez, Manuel Tafalle, Yoima Valdés, Eduardo Gómez o el debut del niño Luis Castro componen un catálogo de maestría actoral, llena de viveza.
Sobre este inexorable soporte, ‘800 Balas’ es una insondable síntesis de solemnidad y picaresca, de ritualidad e ignominia, de fatalismo y escepticismo, de exaltación y desengaño, pero sobre todo, de farsa y tragedia. Conceptos antagónicos que otorgan la necesaria maestría de una destacada ofrenda a la gente anónima que se dedica al difícil mundo del celuloide. Un sincero y honesto homenaje a los buenos, feos y malos que un día vivieron la gloria de Almería. Con un inicio un tanto esquemático e irregular, ‘800 Balas’ va elevando su espectáculo a lo largo de un metraje que incrementa su ritmo hasta construirse en una sólida obra llena de un ingenio que Álex de la Iglesia dilata con una desbordante honestidad hasta alcanzar un final lleno de espectacularidad, donde el director puede desplegar sus habituales arsenales de estruendosa potencial visual, allí donde la narrativa fílmica se vuelve prodigiosa. Tal vez se pueda echarle en cara a De la Iglesia su extenso e insubsistente final duelístico, pero es necesario para concluir una historia sobre enfrentamientos, debilidades, envidias. En dos palabras, miseria humana.
Bajo la portentosa partitura del imprescindible Roque Baños y la necesaria mirada de Flavio M. Laviano en un esplendoroso ‘scope’, ‘800 Balas’ es, indudablemente, una película de autor, que divierte porque no busca conceptuar ni esgrimir nuevas formas de estereotipar un género que, por primera vez, se dispone para describir un oscuro viaje la España más profunda. Álex de la Iglesia ofrece así, con esta obra, otra divertida, pero a la vez triste, historia impregnada de un sentimiento que combina, a partes iguales, acrimonia y comedia, acción y drama.
Por cierto, que en '800 balas', hay una frase que considero vital, necesaria, imprescindible en cualquier álbum de frases antológicas.
Me refiero al momento en que Carlitos acaba de sacar a su abuelo de la cárcel y el niño le dice que cómo van a hacer una fiesta sin los indios (que han quedado encerrados por posesión de hachís). Julián dice: "En la vida hay momentos jodidos, pero jodidos de verdad. Muchos más de los que tú te puedes imaginar. Eso no hay Dios que te lo quite. Hay que aprovechar los intervalos entre putada y putada. No divertirse cuando uno puede es el peor pecado que existe en este mundo".