miércoles, 17 de noviembre de 2004

Ya hay un rostro célebre para Robert Langdon

¿Sabéis esa sensación tan estúpida y terca que se tiene cuando a uno se le intenta vender algo tantas veces que, a pesar de resultar atractivo, lo rechazas sólo por no incluirte en la moda, para sentirte, otra vez, inmerso en la libertad de la diferencia?
A mí me pasó con la película argentina ‘9 Reinas’, que era una cinta que me apetecía ver bastante, pero dado que fuera donde fuera, todo tipo de público, personas que nunca van al cine e intelectualoides metidos a entendidos me recomendaron fervientemente o exigían mi opinión dando por hecho que la había visto, decidí no pasar por taquilla y aún no la he visto. Se vuelven tan pesados con una única frase reiterativa (“tienes que ir a verla”), que no vas casi por orgullo, por no seguir la corriente popular, aquélla que hace que una película sin promoción sea taquillera (léase ‘El hijo de la novia’) o que un libro se convierta en un ‘best-seller’ transformándose por este motivo en uno de los libros que cogen polvo en las estanterías de los hogares de medio mundo.
Pasó con ‘Los pilares de la tierra’, de Ken Follet, un libro que hasta mis primos y amigos que no saben quién es Robert L. Stevenson, tuvieron entre sus manos y leyeron, creyendo que con ello ya habían cumplido con la lectura y se autoafirmaban como exigentes lectores y me reprochaban mi negación a seguir la corriente de sumisos culturales del ‘mainstream’ más absoluto. Y aún no lo he leído. Y sí, habrá quien me tache de indolente zafio, de reaccionario, debido a mi actitud, pero cuando todos los que hayan leído ‘Los pilares de la tierra’ se hayan zampado como yo ‘Triple’, ‘El hombre de San Petersburgo’, 'El tercer gemelo' o ‘Las alas del águila’, (evidentemente no he leido todas las obras del inglés), entonces podrán reprochármelo. Hasta entonces, no.
Lo mismo me ha pasado con ‘El código Da Vinci’, de Dan Brown, que empecé a leer y casi consigo terminar, pero que dejé por aburrmiento supino, por ineptitud narativa y por su similitud intencional con ‘El péndulo de Focault’, de Humberto Eco. Lo de este misterio en forma de fenómeno de masas literario no lo entiendo. Hasta mi madre ha caído rendida a los encantos de una novela manufacturada para vender. Analicemos: una trama policíaca a modo de inquietante ‘thriller’, conexiones políticas y religiosas, personajes estereotipados, conatos de trascendencia filosófica y una escritura plana, para que hasta Ana de Palacio pueda entenderla sin perderse. Que el (cómo no) atractivo, a lo Indiana Jones, Robert Langdon descubra que el Santo Grial no es una copa sino el nombre oculto de María Magdalena y que las Cruzadas no fueron más que hordas de mercenarios que buscaban destruir los documentos que revelaban la verdad sobre esta buena mujer y su relación con Jesús, puede parecer interesante a primera vista. Incluso una obra maestra para los neófitos o lectores fáciles de convencer. Pero nada más lejos de la realidad.
Ahora, todos aquellos (si es que hay alguno) que no hayan leído acerca del Priorato de Sión y que no sepan que el elemento clave de todo se encuentra en el apóstol que ocupó la derecha de Cristo en 'La Última Cena', de Da Vinci, no es otro que María Magdalena, están de enhorabuena (qué simpática rima, oiga). Todo, porque Hollywood ya tiene Robert Langdon para su superproducción. Nada más y nada menos que Tom Hanks será el encargado de descifrar 'El código Da Vinci'. Ron Howard, oscarizado por esa impertinencia fílmica que es la repulsiva ‘Una mente maravillosa’ será el encargado de llevar a imagen la palabra de Brown.
Como dicen en el no menos repulsivo programa 'TV. Top’ dedicado al Zapping en Telecinco con esas voces que desquician a cualquiera... “Esto es paaaa verloooo”.