martes, 2 de noviembre de 2004

Review COLLATERAL, de Michael Mann

A la hora y en el lugar equivocado
Michael Mann equilibra su efectismo visual a una película de múltiples virtudes que supone uno de los mejores ‘thrillers’ de este reputado cineasta. Tal vez el más ‘artesanal’.
Cuando Michael Mann estrena una película, lo lógico es acercarse con cierta predisposición a presenciar un espectáculo de acción donde el excelente manejo del discurso narrativo y visual es el mejor reclamo para un ‘autor’ no reconocido dentro de la maquinaria hollywoodiense. Lo curioso de esta compostura es que en ‘Collateral’ además de recoger ése peculiar estilo de rodar, caracterizado por la efusión de los aspectos visuales y estéticos, de encuadres estudiados, Mann equilibra sus virtudes en función de un guión de Stuart Beattie que, si bien no resulta nada original (en cualquier caso muy funcional y bien llevado), sí podría haber servido al cineasta para saturar la pantalla con sus frecuentes manierismos visuales. Mann sin embargo, compone esta interesante muestra de cine de género, como una extraña variación del cine de ‘serie B’ confeccionada con el presupuesto de una superproducción.
Ya en su espléndido prólogo, la narrativa del ‘thriller’ no se corresponde con lo que el espectador está acostumbrado al género y, muchos menos, a Michael Mann. Un taxista de Los Ángeles, Max, se muestra meticuloso con su entorno; limpio, soñador (una postal de una Isla Maldiva le sirve de vía de escape), abstraído de la suciedad moral que le rodea. Max posee ‘su propio mundo’. En esa rutina atmosférica entra en juego alguna agradable sorpresa, como Annie, una cliente con la que, tímidamente, establece una empatía que deja ver la personalidad de Max e interpone un subtexto argumental que, más allá del flirteo, tendrá un desarrollo fundamental en el filme. A Annie la recoge con la luz del sol, antes de que la noche caiga. El placentero turno del conductor arranca cuando Vincent, un elegante hombre de pelo plateado entra en el taxi, ya de noche, y le da una dirección: “1039 St. Union Street”. Desde ese momento, se comprueba cómo Vincent no es igual de receptivo con el misterioso hombre, percibido en su diálogo seco, en el que se aprecia el mutismo de Max como signo de desconfianza. Cuando llegan al punto señalado, Vincent le propone un suculento negocio al taxista: llevarle a cinco lugares concretos por una considerable suma de dinero. Cuando Max acepta, aceptará subir el primer escalón hacia una amoralidad que está a punto de cambiar su vida y transformar su ordenada vida en un auténtico infierno.
Desde el instante en que sabemos que Vincent es un ‘limpiador’, un asesino a sueldo, los acontecimientos se aceleran, el ritmo sube de tono, y es donde empieza la verdadera historia de la película. Como el frío sociópata afirma, todo es una cuestión de adaptación ‘darwinista’, de principio de sincronía, del ‘I Ching’, de la causalidad, de una coincidencia de sucesos en tiempo y espacio que significan algo más que pura casualidad. A partir de ese momento, el espectador se convierte en el tercer pasajero del taxi, donde el único criterio de validez de la concordancia es la opinión de quien observa y donde el auténtico protagonista de la película va a ser el desarrollo del estado psíquico de los protagonistas. La dialéctica de este encuentro y su súbita colisión en forma de primer cadáver de la noche, funciona como maravilloso comienzo de una relación que roza el formulismo, pero que deja que el peso recaiga en los aspectos psicológicos de un ‘thriller’ inaudito, instalando sus virtudes en la templada exposición de unas personalidades contrapuestas, en el encuentro y acercamiento entre el bien y el mal, y en cómo éste último es siempre el que influye sobre el primero.
A lo largo de la intensa relación en la que se fundamenta ‘Collateral’, Vincent no evolucionará en ningún momento, ni siquiera cuando se atisba retazos de humanidad en su personalidad (el amago de equidad con un trompetista interpretado por Barry Shabaka Henley, amante de la música de Miles Davis). Por el contrario, Max pasa de ser un apocado ‘perdedor’, carcomido por la rutina y anhelante de sus empequeñecidos sueños, a ser un individuo resolutivo, capaz de manejar situaciones de alto riesgo y enfrentarse a Vincent, saliendo indemne de cualquier desafío. Max y Vincent acabarán dependiendo el uno del otro para poder sobrevivir, desarrollando una especie de ‘síndrome de Estocolmo’ mutuo. Cabe destacar esa suntuosa secuencia en la que al vehículo se le cruza un coyote en cámara lenta. A continuación, sus caracteres llegan al clímax de choque, cuando Vincent le recuerda la frase ‘beattlemaníaca’ “la vida transcurre mientras haces planes de vida”, como saturación del choque de opuestos que marca el principio del fin, cuando la película empieza a flojear (y eso que se trata del tramo final).
Lo curioso de ‘Collateral’, como pequeña película ‘autoral’ que incluye en su intencionalidad un sucinto nihilismo de ‘film noir’ para no verse rebasado por el excesivo ejercicio de estilo de su autor, es su manifiesto dominio visual templado y muy equilibrado para lo que se podría haber previsto. Además, en su nueva película, Mann recoge los elementos básicos que han caracterizado su cine: como el antagonismo de unos protagonistas (en referencia directa a ‘Heat’) endurecidos por una experiencia de tensión acumulada y por el respeto recíproco. En ese apartado, la integridad con la que ejecuta Vincent a sus objetivos, es equivalente a la forma de dirigir de este gran realizador, con adrenalítico sentido de la progresión, en un tono acompasado y preciso, pero si agobiar en ningún momento al espectador.
En este ‘thriller’ urbano y nocturno, el ritmo incesante, el tratamiento cromático y la acción depurada se combinan con secuencias pausadas que Mann ha sabido dosificar con un insuperable sentido de la minuciosidad narrativa y visual, dividiendo la cinta en pequeños episodios en los que no decae la tensión en ningún momento. Tal vez padezca cierta arritmia con la alargada y redundante trama paralela de los agentes del F.B.I. que siguen a los personajes principales, como visión de un atosigamiento que no resulta nada dinámico. O la secuencia de la madre de Max (Irma P. Hall) que no contribuye en nada a esa diligencia narrativa que se demanda en un filme que, precisamente, busca repetidamente el equilibrio, donde brilla la conjunción de todos los excesos estilísticos de Mann como director en esta película de tremenda agilidad.
Detrás del encuentro desencadenante, detrás de los tiros y los puntos de giros en la acción, del ‘thriller’ en definitiva, se sitúa el impacto de la imagen y del sonido, de las texturas, de la apaciguada partitura de James Newton Howard, en correlación con los motivos y las dudas que mueven a los personajes. Por eso, es tan importante el tratamiento de esa melancólica luz urbana, en constante degradación con brillantes ejercicios luminiscentes, que insinúan un análisis estructural de las cualidades de la imagen y del encuadre cinematográfico. Una fotografía de Dion Beebe y Paul Cameron que resulta más que sobresaliente en función de la perfección de una puesta en escena que está filmada con más artesanía que arte, de ahí el gran logro de Mann como cineasta visual. Por eso, en este destacado empleo de los escenarios y atmósferas, la ciudad de Los Ángeles se transforma en el tercer personaje del espectáculo, reflejando una metrópoli agresiva y luminosa, en donde los sonidos y las luces del tráfico son tan importantes como las cavilaciones y los encuentros de los protagonistas con sus destinos, apoyado en las sugerentes tomas aéreas para significar lo yermos que son los lugares por los que transitan estos personajes.
Tom Cruise, como no podía ser de otra manera, ofrece una interpretación de un nivel de evaluación imponderable, dando vida a un asesino frío y convencido, sabiendo trasmitir físicamente su indiferencia con una composición física y emocional digna de alabar. Un caso parecido al de Jaime Foxx, un cómico acostumbrado al histrionismo que aplaca cualquier ‘tic’ del ‘Saturday Night Live’ para ofrecer su mejor interpretación hasta el momento, en una perfecta réplica dramática a un Cruise colosal. Hasta la manera en que Jada Pinkett Smith elude las convenciones de personaje recursivo y ornamental aportan una credibilidad exultante.
‘Collateral’ es, como conclusión, una cinta de encuentros circunstanciales, de vidas que colisionan y de sanguinarios instantes compartidos. Un sorprendente ‘thriller’ urbano de suspense, consolidado por su moderación formal y por la soberbia dirección de un Michael Mann que reafirma su gran condición de ‘artesano’ y que sólo se fragmenta y desluce con ciertos momentos heredados de su pasado televisivo y de la concesión a un final típico de superproducción ‘mainstream’ puramente de acción. Pero se le perdona por este entretenido y destacado experimento.
Miguel Á. Refoyo © 2004