jueves, 4 de noviembre de 2004

Nefasta disfunción electoral yanqui

¡I can’t believe it!
“Puffff…” ha sido mi expresión al saber que esa efigie de la imbecilidad que representa un asesino de masas potencial como es George W. Bush ha vuelto a ganar las elecciones norteamericanas de ayer. Los yanquis, mayoritariamente ‘rednecks’, por lo visto, y las superfluas mentalidades fanáticas e indignas le han concedido 'four more years' al imbécil de Bush.
Con la certeza que concede el patrocinio multitudinario de una reelección y sin nada que perder, puesto que gobernará los ocho años a los que un presidente yanqui puede aspirar, el líder republicano se enfrenta a su segunda legislatura para convencernos de lo que todos sabemos: que es un peligro para la humanidad, que es un Nuevo Anticristo y que es, como nos ha hecho ver, un soplapollas de cuidado. Quizá el mayor reto al que se enfrenta Bush es el de estabilizar la situación de Irak. Sabe que ha jodido el país entero, a pesar de la caída del régimen de Sadam y su captura, ya que la violencia es incesante y ha hecho (y hará) imposible la transición hacia la democracia. Ha ganado las elecciones un líder que ha provocado atentados en su país y en el extranjero (con la coalición de ‘colegas’ con ansias de salir en la foto con este bastardo). Algo que nadie quería, pero que, desde fuera, todos intuíamos.
Y es que, desde la ilegal Guerra de Irak las motivaciones que han movido a los republicanos encabezados por el diabólico Bush dan de por sí un miedo atroz.
1.- La económica, es decir el petróleo.
2.- La política, es decir, la hegemonía planetaria.
3.- La ideológica, es decir, materializar la globalización en el paulatinamente despreciable modelo yanqui.
Ya dijo John O’Sullivan, refiriéndose al senador de Indiana Albert Beveridge, cuando dijo en 1900: “Dios designó al pueblo estadounidense como nación elegida para dar inicio a la regeneración del mundo”. Y eso es de lo que se está encargando de llevarlo a cabo con una autocracia execrable. Bush es un fundamentalista, un peligro humano, un mono con una pistola en la mano. Y no lo digo yo, que lo reveló la revista Newsweek: Todos los días Bush se levanta antes para leer la Biblia y rezar sus oraciones. Antes de tomar decisiones, el grupo reza para que Dios les haga cumplir esa misión con determinación. Qué se va a esperar de semejante engendro.
Si algo ha quedado claro tras la campaña militar estadounidense en Afganistán, en la que el gobierno de Bush arrasó lo que quedaba de un país que salía de dos guerras previas, es que el poder político de Estados Unidos está dispuesto a emplear su imperialismo bélico sin argumentación alguna, con una bestialidad inhumana y sin ningún escrúpulo moral. Si algo se ha hecho evidente después de esa incursión es que Washington desea llevar al mundo al caos de los conflictos bélicos sin más propósitos aparentes que reactivar su economía, hacerse con el control de regiones estratégicas y abrir nuevos mercados para su industria armamentista. Si una conclusión inequívoca puede extraerse de las recientes revelaciones de Los Ángeles Times sobre los planes ‘de contingencia’ de la Casa Blanca para atacar con armas atómicas a China, Rusia, Irak, Corea del Norte, Irán, Libia y Siria, es que el máximo peligro para la paz mundial es el gobierno encabezado por George Walker Bush.
Ni siquiera Osama Bin Laden, con su reaparición del sábado por la televisión árabe Al Yazira, ha logrado acojonar a los electores.
Yo (y supongo que cualquier persona medianamente inteligente) me pregunto: ¿Cómo pudo llegar a la primera magistratura del país más poderoso del mundo una persona como George W. Bush, con un expediente académico mediocre, una inteligencia nula, sin la más mínima inquietud intelectual, con una juventud tormentosa debido a sus problemas con el alcohol y la cocaína, arruinado en sus negocios petroleros y con una derrota a sus espaldas en su único intento de optar a un cargo electivo (uno de los escaños tejanos en el Congreso federal) en 1978 antes de disputar, y ganar contra todo pronóstico, el Gobierno de Tejas en 1994 a la entonces gobernadora, Ann Richards, una de las estrellas más rutilantes del Partido Demócrata?
Los ataques terroristas contra las Torres Gemelas y el Pentágono del 11 de septiembre de 2001, fueron la excusa perfecta para abandonar el principal objetivo del partido republicano (un programa de reformas domésticas sin demasiadas incursiones en la política internacional) para sacar la bestia inmunda que lleva dentro, para dejar ver el auténtico factor que se le ha dado bien: sembrar el miedo entre su población, convertirse en un vengativo ‘sheriff’ ex alcohólico y militante en la mentira y la estupidez.
Hoy también nos hemos enterado que James Hatfield, autor del libro ‘El Nerón del siglo XXI. George W. Bush presidente’ (Edic. Apóstrofe), que ha salido hoy en España, murió en muy extrañas circunstancias (dejadme suponer que a manos de esbirros de Bush) por ser la primera persona en descubrir los aspectos más oscuros del republicano, algo que tiempo después ha sido inevitablemente desvelada por, entre otros, el cineasta Michael Moore (cachis, Mike, que no lo has logrado) o la escritora Kitty Kelley. Los devaneos de George con el alcohol y la cocaína, sus fraudes económicos, su integrismo religioso y sus relaciones con la familia Bin Laden son algunos de los delicados aspectos con que Hatfield se topó demasiado pronto.
John Kerry era una única alternativa que, a lo largo de la noche de ayer, ante la incertidumbre en Iowa y Nuevo Mexico, ha caído víctima de una esperanza que se ha transformado en pesadilla para aquellos hombres y mujeres que creían en el cambio. Ahora no sabemos si Bush y su mafia han amañado estas elecciones o no. Tampoco importa.
¿Qué será lo próximo? ¿A qué horrores universales nos enfrentará este subnormal?
La respuesta, en los próximos cuatro años.
PD: Viendo a Piqué en La Primera me dan ganas de vomitar.
PD2: Qué poco me gusta escribir de política, oyes.