jueves, 11 de noviembre de 2004

La importancia del antihéroe

Yo siempre he querido ser un antihéroe.
Sí, amigos. Y no es nada triste. Todo lo contrario. Estoy orgulloso de ello.
Nunca me han gustado esos grandes hombres que salvan el mundo, que saldan su deuda heroica con gestas imposibles y que salen en la portada de los periódicos como efigie del paradigma de la valentía y la defensa social. Eso no es lo que he soñado desde pequeño. Es más, me resulta aburrido. Odio al superhéoe luminiscente e inalcanzable.
Como en todas las historias de Hitchcock, lo que me ha fascinado desde que tengo uso de razón son los antihéroes, esos tipos pequeños, miserables, aburridos, de vida oscura y gris. Lo más sugestivo de las historias que siempre he escrito (y supongo que seguiré escribiendo) ha sido poder circunscribirme a las vidas de pobres hombres aburridos, sumidos en la rutina, comidos por un día a día que no les satisface. Todo parece monótono y letárgico hasta que sucede algo muy grande, un acontecimiento que les sobrepasa como hombre de a pie, pero que puede asumir un papel de redentor sin quererlo.
Eso es lo que más me ha llamado la atención desde que era un crío soñador y fantasioso (un poco como ahora). Es lo que me gusta a la hora de ponerme a crear cualquier narración sobre la épica moderna. Perfilar un antihéroe, un cabrón perdedor convertido por la situación en ganador, un feo que se lleva a la chica, al David que vence a Goliat, aquél que intenta demostrar su mérito sin tener ni puta idea de cuáles han sido los motivos por los que está viviendo una pesadilla en la que no encaja. O esos acabados personajes que ejercen de detective privado entre la soledad del perdedor y la agonía del acabado...
Esos son los personajes sobre los que me gusta escribir. Y así está siendo hasta el momento.
Por eso me quedo con la frase del gordo británico: “Un pequeño hombre metido en una fastuosa historia”.