martes, 23 de noviembre de 2004

Historias (televisivas) para no dormir

El gran Chicho Ibáñez Serrador, probablemente el hombre que mejor conoce en este país el anverso y el reverso de la televisión, sus luces y sus sombras, su inmensa cercanía y su poder adictivo, su grandeza y su ilimitada basura, su estético espectáculo y su ineludible cochambre, su turbia verdad y su adicta mentira realizó una de las mayores gestas televisivas al ponderar el género fantástico y de terror con sus imágenes en aquella ya mítica serie ‘Historias para no dormir’, la síntesis creativa de una época irrepetible.
Años después, Chicho, inscrito como el productor y director televisivo más carismático y fructuoso de la televisión española, se retiraría de las cuitas catódicas con el gran concurso de la historia de nuestra caja tonta, el ‘Un, dos, tres...’. Parece ser que hubo un tiempo en el que Chicho se aburría, en el que la experimentación con el terror asistió a su mente y, utilizando su comercial concurso, insertó en él una de las más crueles experiencias de terror que una persona pueda degustar en este mundo. Imaginaos aquellos que tuvieron la desagradable oportunidad de participar en el programa como uno de aquellos ‘sufridores’ que acompañaban a la pareja concursante durante la segunda parte del programa, la lúdica, de tan mítico evento televisivo.
Imaginaos a alguien, un tal Manolo, allí, sentado junto a su hermana Puri, experimentando una de las peores sensaciones que se haya tenido la ocasión de sentir a lo largo de los fastos catódicos. Imaginaos estar más de siete horas metido en una calabozo de metacrilato, con un calor asfixiante, con vuestra hermana Puri a punto del síncope y con la extraña sensación del miedo alojada en la piel, descifrando la crueldad manifiesta y, a su vez, admirable, de Chicho para jugar con las más oscuras emociones de las personas.
Analizando el contexto, uno llega a la conclusión de que aquel hombre era (y sigue siendo, me consta) un genio y decano del horror humano, de las perturbaciones que nos asolan en nuestra vida diaria. Sólo a él se le podía ocurrir meter a una pobre pareja en un perímetro de 1x2 m. durante largas horas haciéndole saber todo lo que ocurría en el programa, detallando cada regalo que se escondía debajo de los cachivaches, siguiendo las estúpidas y erróneas reflexiones de los concursantes y, al final, arañando el cristal porque el apartamento en Torrevieja estaba en el papiro romano y no debajo de la piedra que había llevado "La Bombi". Mayra, mito oculto de la televisión, mirando irónica inquiría a Lidia Bosch “¿cómo lo estarán pasando nuestros sufridores?”, mientras Puri agarraba a Manolo del cuello maldiciendo y satanizando contra todo el mundo, leyendo en sus labios las barrabasadas más desmedidas de la televisión. Fina ironía cabrona la de la presentadora.
Imaginaos a esta pareja de ‘sufridores’ entre sudor y angustia, entre cóleras y anatemas, entre ganas de cagar y de morirse. Chicho lo había conseguido una vez más. Como José Luis López-Vázquez en ‘La cabina’, las parejas sufrieron la claustrofobia más brutal que nunca un concursante volverá a sentir. Imagino que cualquier ‘sufridor’ del ‘Un, dos, tres...’ recordará la experiencia de por vida. De hecho, me gustaría conocer a alguno. Muchos de ellos no lo recordarán como un suplicio porque, tras las horas de amargura y desolación, se llevarían algo más que cien latas vacías, diez váteres y cinco bidés o los 20 sacos de cemento que Manolo y Puri se llevaron a casa y en los que hubiera metido vivos a, por suponer, Alberto y Sara, la pareja concursante que hizo de aquel día perdido en los 80 una temible pesadilla para Manolo y Puri.
Uno de estos días prometo hablar del Chollo y del Antichollo, de la Botilde y su estúpido juego de meter un pie en un aro y que la puta bota diera vueltas, y de hacer un top con las azafatas que más me han puesto en todas las etapas del mejor concurso que Chicho pudo dar a la televisión.