viernes, 5 de noviembre de 2004

El código de autocontrol y la telebasura

Nunca antes, el mundo televisivo había estado tan alterado, tan pendiente de la calidad de los programas que se emiten, en qué horarios se exponen o de qué manera puede afectar a la audiencia. Este hecho viene dado por el polémico y muy de actualidad nuevo código de autocontrol, un borrador que reclama un poco de autocensura para proteger al menor de los contenidos no infantiles que han acaparado y ensuciado la parrilla dedicada otrora a los más pequeños, concretamente de seis de la mañana a diez de la noche.
La directora general de RTVE, Carmen Caffarel, presentó hace poco un “Código para la protección de los menores en las emisiones de televisión y radio”, para la necesaria modificación y supresión de algunos espacios y la dedicación de ciertos horarios de especial protección y contenidos prohibidos durante los mismos; criterios para la calificación de programas y tratamiento de los contenidos en horarios protegidos.
Hasta aquí bien. El problema surge cuando esta plausible medida se quiere hacer extensible a la televisión pública, donde los programas que más audiencia tienen y más dinero dan son los dedicados al infecto mundo del ‘corazón’ y los ‘realities’ en diversos formatos. El Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, apuesta por dar un plazo a las televisiones públicas para que eliminen del horario infantil la ‘telebasura’ (un término que pocos conocen, pero que todos utilizan), pero éstas, por su parte, defienden la ‘no obligatoriedad’ del código, aceptando, eso sí, la modulación de ciertos programas o sus sustitución para dar a los niños espacios educativos o de entretenimiento ajustado a su edad y proponen que sea el control de los padres quien dicte el comportamiento televisivo de los críos.
Un punto difícil, ya que si en el pasado un chavalín salía del colegio y podía disfrutar de una parrilla dedicada a su formación (con programas educativos tipo ‘Barrio Sésamo’), series de dibujos animados (las añoradas creaciones de ‘Hannah & Barbera’, los ‘Looney Tunes’, etc.), concursos y teleseries varias, en la actualidad un niño que salga de sus clases y pretenda ver la televisión, podrá asistir al último adulterio de algún miserable torero, de alguna elegante prostituta que afirma haberle hecho una felación al cantante de moda o a una coplera absurda pidiendo atención con el ridículo más espantoso. Eso, o comprobar cómo gente anónima cuenta sus miserias por tener esos cinco minutos ‘warholianos’, narrando con pelos y señales sus traumas, conociendo a la persona con la que tanto ha hablado por Internet y nunca ha visto, etcétera…
Algunas medidas, bien es cierto, son algo absurdas y un tanto reaccionarias, como la de una explícita y gratuita presentación o representación de violencias y perversiones sexuales, actuaciones degradantes para la persona o que conduzcan a la propia degradación del ser humano. Norma que va mucho más allá del tremendismo. O la de los contenidos sexuales explícitos que se enfocan a eliminar aquellos propósitos sexuales gratuitos, que sólo estarán justificados por el contexto. Algo que nos recuerda a la censura franquista o a los dos rombos de principios de los 80. Y es que, no nos engañemos; la violencia y el sexo, en este momento, no son el principal enemigo contra la idiotez generada por la ‘Caja Tonta’, porque una buena teta no hace mal a nadie (quien no recuerda ese pecho desorbitado de Sabrina Salerno). Un niño actual también sabe perfectamente como funciona el mundo, qué es una droga, cómo se utiliza, cuál es función, sus clases y en qué momento está la sociedad. Ha visto una guerra ilegal, vive en la era del vicio digitalizado y pixelado y comprende mejor que muchos adultos cómo es la vida. No es una cuestión de ponerse gazmoños y puritanos, de excederse en la consecución de una educación digna, que les transmita unos valores profundos a los más pequeños, pero sí de moderar la competitividad catódica y con su autocomplacencia de contenidos. La intención del Ejecutivo es que el fruto de su tarea sea palpable en televisión en Navidad, la época del año en la que más sube el consumo de televisión por parte de los niños. Y así lo esperamos todos, pero sin excesos.
Pero no hay que dejarse engañar por los contenidos televisivos. La televisión ofrece perspectivas que otros soportes son incapaces de producir. Sólo en televisión es posible ver una película adulterada, cercenada por horas de anuncios publicitarios que acaban por distraer la atención a programas de otras cadenas. O teleseries de moda absurdas y manipuladoras de modelos de vida, concursos ‘familiares’ que mezclan sin ningún pudro pruebas de patio de colegio y torturas de animales dignos del pueblo sin civilizar. Algo extensible a los coloquios con dinero de por medio y conflicto de intereses sin cicatrizar. Incluso los documentales, ese espacio intelectualmente ‘culto’ de la televisión, están contaminados por el impacto, por el espectáculo sangriento de la ley de la selva. Por no hablar de los informativos, que se han convertido en festivales ‘gore’ para adictos del aquí y ahora. La televisión, por tanto, no sólo se compone de la desconocida ‘telebasura’, por lo que si se quiere regular un código de protección y de autocontrol no basta con echar un vistazo a lo endémico de la situación, al recurso fácil.
La Telebasura y su sentido de existencia
¿Este código debe ser el inicio del ocaso de la Telebasura? Evidentemente no. Pero sí tiene que darse una desinfección de la misma, en una época de visible decadencia. La telerrealidad, el formulismo del ‘reality’, del escándalo ‘rosa’, del sensacionalismo, ha nacido de la consentida y evolutiva sensación de poder, de hegemonía insultante. A lo largo de los años, la ambigua y malentendida ‘telebasura’, ha desembocado en un pozo de lodo y deyección que ha acabado por confundir su significado, su atractivo y su potencia como evento catódico heterogéneo y ‘freak’. La televisión se ha convertido en un sistema que crea sus propios personajes y vive de ellos, donde los programas de telerrealidad buscan la polémica y los informativos son presentados como puro espectáculo. El concepto de ‘telebasura’, tiene más importancia de lo que la gente cree. El control al que se puede someter puede ser positivo. Sin embargo, pretender incinerar los espacios de la degradada ‘telebasura’ es algo más que peligroso, ya que estos son mucho más inofensivos que esa otra televisión amordazada que tan escandalizados personajes reclaman.
Tal vez sea, como dice Antonio Sempere en su En tiempo real: La televisión al borde de un ataque de nervios’, porque la mayoría de los críticos y analistas televisivos ignoran, odian y desprecian el medio. Pero esta afirmación es más que dudosa, ya que nadie puede creerse con la verdad absoluta sobre el medio. Y es que el espectador, como ente inteligente, debe filtrar los contenidos y rechazarlos o aceptarlos según sus gustos. No existe, y esto es más grave, ningún agravio sobre este pretendido liberalismo de nuestros políticos tan silenciado últimamente. Ya sabíamos que el liberalismo (el verdadero liberalismo, no la coartada liberal para manejar las líneas de fuerza empresarial y de la sociedad entera) iba a la baja, pero resulta que el proceso es mucho más grave: el Estado nos debe decir qué programas tenemos que ver y cuáles no. Ahí está el peligro, amigos; cuando consigan decirnos qué es lo podemos ver y qué no. Porque entonces debemos suponer que lo siguiente, será insinuar lo que tenemos que comer (la campaña de alerta sobre la obesidad infantil y juvenil es un buen ejemplo) o qué música escuchar (la terrible escena del ‘top manta’ que se hace ver) y qué cine ver. Lo que hay procurar es que unos cuantos autoproclamados líderes de opinión, ya sean gobernantes, expertos, analistas o versados sabios de cualquier tipo, transformen a los espectadores en imbéciles, vacuos y autómatas. No son nadie para polarizar la calidad de las emisiones.
Debe haber pluralidad. Y para ello, no hay que imponer ninguna medida, sino combatir la basura televisiva ‘real’ (muy diferente a la ‘ficticia’) con programas de calidad. Sabemos que existe la telebasura, y que por extensión hay radiobasura y prensabasura (ésta más reconocible en las revistas del corazón), pero a nadie se le ha pasado por la cabeza censurarlas ni cerrarlas. Por eso, imponer códigos preventivos puede estar bien, ya que hemos llegado a un punto en que el mundo de las 325 líneas está tan borroso por algunos de sus programas, merecen un toque de atención sobre sus contenidos. Pero, y eso sí que no es de recibo, en ningún momento hay que imponer nada, porque supondría una coacción a la libertad, tanto de expresión como de elección.
Josep M. Llauradó se planteaba hace poco el tema de la definición de calidad: “Desconfío de los que se llenan la boca con el término calidad; Cultura de calidad, turismo de calidad, programas de calidad… ¿Qué entenderán ellos por calidad? ¿Quiénes son ellos para monopolizar la calidad?”. Y es ahí donde entra la definición de la ‘telebasura’, ubicada en el contexto de una ‘cultura basura’ dilatada a lo largo de la última década. El concepto de ‘cultura basura’, ése vocablo de difícil catalogación, ha tomado con la diversificación de los contenidos de la ‘prensa rosa’ una acepción errónea, ya que todos aquellos que desbaratan cualquier opción cultural con ineptitud lacerante están, en último término, haciendo un mal uso de la verdadera importancia que debería tener una cultura colectiva de la que, incomprensiblemente, ellos forman parte. Un universo abisal, de texturas polimórficas, de ‘supuesta’ confrontación con las reglas impuestas de la estética y el arte está encaminado a la destrucción de las radiofórmulas, las ideas preconcebidas por el tipo docto, de lo protegido culturalmente. Tiene que haber espacio para el distanciamiento, para huir de las lecturas frontales impuestas, fomentar la libertad que supone elegir una dialéctica distinta a la preconcebida por la cultura establecida. Posiblemente sea cierto que haya que dejar funcionar a su aire, sin intervenciones ‘neoliberales’ directas o transversales, el libre de mercado y la libertad de competencia entre las empresas audiovisuales. Sólo desde la normalidad catódica es posible discutir de ‘telebasura’.
La Telebasura no es necesariamente mala y, en muchas ocasiones ofrecen la alternativa a la cultura, a lo docto, a lo políticamente correcto. También es cierto que muchos aquellos de los que juzgan la ‘telebasura’ no saben muy exactamente de qué hablan. Por eso, existen partes de esa cultura de masas tranformada en ‘basura’ que sigue siendo entretenida y que funciona como escape a la circunspección grave y formal a la que se vería avocada la televisión si no existieran programas absurdos poblado de ‘freaks’ inmundos o simpáticos monigotes totalmente ridículos. Lo que hay que buscar es la variedad. Sólo así se podrá plantear un medio con alternativas de ocio, cultura, ‘telebasura’, concursos, espacios infantiles, debates, documentales, cine...
La heterogeneidad que envuelve a la ‘cultura basura’ debe ser aceptada y, en parte, ésa libertad sin límites, es la que encomia un universo en el que se acalla al dictador del gusto, al autócrata instaurador de modas efímeras, de una ‘basura’ aceptada, que es la que representa algún ‘late show’ nocturno que impone sus leyes y no deja mucho a la inteligencia. Y son precisamente ellos los que imponen un desprecio hacia lo ‘trash’, evidenciado como el signo de la decadencia intelectual de Occidente. Hemos llegado a un momento en el que la idea de perfección está democratizada, y ahora es cuando debemos pedir la heterogeneidad diversificada de contenidos, no prohibirlos ni coartar la decisión del público televisivo.
Miguel Á. Refoyo © 2004