martes, 23 de noviembre de 2004

Are you talkin' to me?

Ayer fui a MediaMark, ese complejo de electrodomésticos, paraíso de la tecnología en el que casi todo está diciendo 'cómprame' con escandalosos precios nada prohibitivos, casi insultantes. Compré dos nuevas películas en DVD: 'Taxi Driver', del gran Martin Scorsese (por 8 euros y pico) y 'Ringu', de Hideo Nakata (por 4, 29 €).
Dos pequeñas obras que escogí arduamente entre una opción de compra que me hizo reflexionar sobre mi miserable esencia de vida. Si no fuera un parado sin oficio ni beneficio, si no fuera una pequeña escoria dentro de la sociedad, podría haberme llevado varias y suculentas ofertas. Pero sólo me pude un par de ellas. Es lo que tiene ser un despojo, amigos. Bueno, a lo que iba. Ayer mismo disfruté del documental de más de una hora sobre la obra maestra de Scorsese, un pequeño 'delicatessen' visual que no me desveló nada nuevo, pero sí corroboró algunas de las cosas que había leído o había imaginado, como que, por ejemplo, Robert De Niro no se afeitó la cabeza para sus secuencias de mohicano, si no que fue el asombroso Dick Smith (ganador del Oscar por 'El Exorcista'), quien creó una espectacular calva afeitada y un postizo que simulaba el pelo a lo tribal. Es lo mejor del documental. Smith cuenta con todo lujo de detalles los pormenores de las secuencias más sangrientas, de la violencia explícita, de las manos que se descuartizan con los disparos, de las heridas que nadie ha podido superar, del olfato como visionario dentro de la sala de montaje por parte de Marty para acuchillar una mano en dos planos que parecen sólo uno. También, el miedo que despertó De Niro en Cybill Shepherd, las pocas líneas de diálogo que tenía Harvey Keitel, el rechazo de Bernard Herrmann en el principio de la que sería su banda sonora póstuma y del riesgo de una película que es para mí más importante que mucha gente a la que conozco y veo por la calle.

Por lo demás, volví a reencontrarme con Travis, mi viejo amigo Travis Bickle y su historia de taxista asocial y desequilibrado, excombatiente de Vietnam atrapado en una vida sin sentido que procura redimir sus propios fantasmas protegiendo a dos mujeres interpretadas por Cybill Shepherd y la impúber Jodie Foster (que, por cierto, cuenta también que su madre le dijo a Scorsese qu estaba loco por pedirle a una cría de 12 años que interpretase a una puta). La película encumbró a la cima a un Scorsese que recreó a la perfección un ambiente sucio e hipócrita al ofrecer una agobiante historia, glorificada sobre todo por la interpretación majestuosa de De Niro en el papel del psicópata taxista con ganas de venganza social. Un inolvidable drama, casi expresionista, sobre el prototipo de personajes con vocación de mártir convertido en asesino sin escrúpulos que acaba santificado.
‘Taxi driver’ es una obra maestra, una película que transgredió en su época y que me cautivó cuando yo sólo era un crío de 10 años, seducido y malacostumbrado a un modelo erróneo de antihéroe. ‘Taxi Driver’ es también toda una leyenda externa al rodaje (el intento fallido del magnicidio a Reagan por el perturbado John Hinckley en 1981) y en la sería injusto olvidar la espléndida banda sonora compuesta por el mítico Bernard Herrmann.
Con esta película es cuando se empezó a evidenciar el inconfundible estilo de un creador de enormes proporciones: Scorsese, a pesar de mover su cámara siempre al compás de largas secuencias dilatadas, se movía entre el más de los furos controles que se contrapone a la célebre improvisación que se ha dado en su cine cuando le conviene. Esto suele hacerlo en la construcción de escenas en las que la tensión es progresiva y va sumiendo en la duda a un espectador que acomete la sucesión de sensaciones con la suspicacia, con la pregunta del ‘qué pasará’, ya que (como ha sido habitual en el cine de este genio) el carácter de los protagonistas puede estallar en la más encendida brutalidad que uno pueda imaginar, en un torrente de violencia que termina por resultar catártico para personalidad y espectador.

Este recurso consistente en dilatar el tiempo para jugar con el ritmo de la película haciendo que el tempo narrativo juegue la baza trascendental del ‘in crescendo’. En todo ello el factor más importante dentro del cine de Scorsese es el actor, que se mueve con una inaudita fisicidad, centrando la explosión de la secuencia en el protagonista. Por eso Robert De Niro se ha configurado como el actor que mejor sabe entender lo que quiere el cineasta ítaloamericano. Por eso, su creación de Travis Bickle sigue siendo uno de los mejores papeles que se hayan interpretado en la historia del cine.