jueves, 28 de octubre de 2004

Siniestro Mundo Publicitario. El SPM (IV)

Cuando veo la televisión, suelo analizarla, juzgarla, odiarla y amarla. Todo al mismo tiempo. Pero uno de mis ‘hobbies’ más conocidos, una de las cosas que más me gusta cuando me siento embodado delante de una pantalla, es la de engullir publicidad. Cuantos más anuncios mejor. Muchas veces tengo esa extraña sensación, anormal y del todo ilógica, de creer que lo mejor de la tele son los anuncios publicitarios, los ‘spots’, que llaman los modernos y la gente del mundillo.
De esta malsana e inverosímil directriz es de donde se extrae mi predisposición a un ejercicio catódico enrevesadamente absurdo: el de estudiar y observar un universo tan apasionante como, a veces, indigno que es el Siniestro Mundo Publicitario (SPM).
En este primer capítulo voy a analizar (de soslayo, tampoco es plan de hacer sesudos estudios) un par de anuncios que están en todo momento cruzando transitoriamente delante nuestros ojos, lanzando mensajes subversivos e intencionados y que, como objetivo máximo, buscan provocar algún tipo de reacción en un espectador que, durante estos lapsos, es tratado como comprador potencial. Un hecho, nunca hay que olvidar y que todos asumimos cuando en vez de ‘zappear’ (el mayor enemigo de la diversión publicitaria), nos dejamos transportar por híbridas estrategias publicitarias en forma de pequeñas minas visuales que estallan con desigual éxito en nuestro cerebro.
Ahí voy con los dos de hoy:
1.- Toallitas Charmin
O no lo entendido muy bien, o no sé exactamente qué me están vendiendo.
Vamos a ello.
En pantalla aparece una mano que se echa una especie de pomada en la palma de la mano. Tras esto, una familia, ubicada en un aséptico váter (donde todos, curiosamente, se sientan) explica que con el papel higiénico no se logra quitar el rastro desagradable del ungüento y que con la utilización de las toallitas Charmin además de quedar más limpio, te queda un céfiro ambiental de confortable olor.
Ahora lo que yo digo:
¿La mancha de pomada esta ejemplifica la mancha de restos de excrementos que quedan en la palma de la mano?
Si es así ¿de qué profusa y descomunal manera caga esta familia para lograr mancharse la palma de la mano de semejante manera? Yo imagino que el anunciante debe pensar que la gente es muy regular a la hora de deponer sus excrementos (tanto o más que José Coronado), pero hasta tal punto...
.- Conclusión: las toallitas Charmin son especiales para la gente que cague en cantidades industriales o, directamente (y ahí viene el desprecio subversivo), para gordos a los que no le entre el culo en el retrete. Una falta de tacto, en cualquier modo.
2.- Barritas nutritivas Flink
Cuando estudié la asignatura de publicidad, concretamente en el tema ‘Intencionalidad’, había un apartado que explicaba cómo existe un procedimiento de venta publicitaria que es la de ahondar en el espectador con una canción, una imagen feísta, una cara horrible, en definitiva, algo que llamara la atención del espectador de forma seminegativa para que se quede con la marca de tu producto, en un propósito algo inquietante. Una fórmula arriesgada, pero infalible para recordar algo.
Esto es lo que sucede con la puta canción de Flink que, por si fuera poco, es pegadiza. El anuncio logra que una canción ridícula suene en tu cabeza como una sintonía malévola y, cuando estás a punto de olvidarla, ves el anuncio y te entras ganas de comer barritas Flink y de seguir cantando la horrorosa canción.
El anuncio no tiene desperdicio. Empieza, directamente, con una erección trempera, de esas matinales en la que la tienes como una barra de acero. Primer simbolismo, la barrita es una imagen chocolateada de un falo, un miembro, un ‘muñeco calvo’, un… bueno, da igual.
Bien, pues sólo es el principio.
Durante todo el ‘spot’ vemos y escuchamos (a través de la canción del ‘rastas’ fumeta que canta con una guitarra acompañado de un freakie que toca las maracas) cómo el jovenzuelo, ante un pibón descomunal recién salido de las páginas de un Penthouse, se siente triste y no quiere ni comer, ni bailar, ni reír, ni jugar... Ni siquiera mantener relaciones sexuales con semejante diosa del sexo (que vaya escotazo que luce).
Está desganado, abatido. Todo porqué, pues por que el chaval echa de menos su barrita. Es decir, que echa de menos masturbarse, que es lo que le llena en esta vida.
.- Conclusión: Las barritas Flink son un producto exclusivamente para ‘pajeros recalcitrantes’.