viernes, 1 de octubre de 2004

No creo en el amor... ¿o sí? No. Sí. No...

Viendo que las dos películas que más me han gustado este año han sido ‘Lost in translation’ y ‘Eternal sunshine of the splotess mind’ pienso en qué me estará pasando. Porqué esa predisposición tan proclive hacia la comedia tristona romántica, hacia el sentimiento que trata sobre el amor eterno, sobre la sensación de estar enamorado. Siempre me ha gustado, claro. Imaginar la vida y el amor en el cine es fácil porque en su vena más optimista (más si hablamos de la comedia romántica) todo es esperanzador y venturoso. En la vida real, por supuesto, no. Puede ser que yo, desde la posición del misántropo que renunció hace tiempo al amor, debido fundamentalmente a que las muy pocas mujeres a las que he amado (siempre secretamente) no me han correspondido, quiera pensar que sigo esperando a la mujer de mi vida, que está ahí, en algún sitio, esperándome. Qué estúpido ¿verdad?
No creo en toda esa la poesía lírica. Decía un señor francés llamado Ruwet que el amor puede ser interpretado como una vasta perífrasis sobre un solo enunciado: el "te quiero", pero también puede ser una pérdida de tiempo porque en realidad esta mentira sólo conlleva a un solo término, una paráfrasis de la otra: el "yo sufro".
No quiero estar enamorado, porque el enamorado está mermado de capacidades temporales y reales. Un enamorado es un alienado (el amor es un síntoma), un subversivo en estado puro, es la forma misma del nomadismo errático. A su vez, también es la forma más complaciente del asentamiento, recitador hueco del guión de la mitología social: me enamoro, me caso, soy fiel, le doy hijos a mi mujer. A un lado o a otro, a liberales o conservadores, a revolucionarios o reformistas, el enamorado es completamente inútil. O así por lo menos es aceptado de un modo consecuente el que se enamora. Un enamorado es algo así como un fantasma, como un espectro que baja la guardia cuando está con su amada o piensa en ella, pero también es un criadero de sentimientos, un titán capaz de originar gestas por amor. O no, porque anacrónicamente, el enamorado descansa en la melancolía, siempre vulnerable esperando el reencuentro, a estar solo con ella. Él está en medio de una catástrof. El mundo se derrumba y él está afligido por la rebeldía del latir de un corazón que le corresponde. He ahí al enamorado, un incremento de lo privado, de lo no generalizable, especie de militante del anticompromiso y figura antipolítica.
Lo que más sustancioso de todo ello es, sin duda alguna, el mal de amores, Según leí una vez, este término es ‘wertheriano’. Una máquina narrativa dolorosa, con final infeliz, entre un ser narcisista y otro obsesivo. El objeto amado se pierde, se enclaustra, juega a la indiferencia, aparece y desaparece en un horizonte imposible. Es impenetrable y hermoso. Es irreal. Eso es el amor, amigos. Mientras, del otro lado, la otra pieza de esa máquina asfixiante es la que sufre y llora. Esta máquina es animofágica. La belleza de la otra, mágica crueldad, parece alimentarse y crecer de la propia energía, del espíritu. Por eso no quiero enamorarme. Por eso no creo en el amor.
Viendo ‘Eternal sunshine of the splotess mind’ uno se da cuenta de que el amor o el haber estado enamorado sólo funciona si alguien te ha correspondido alguna vez. Por eso, no creo. O sí, quiero creer. O no. No sé. No. Sí. Bueno, no...
Vaya gilipollez que me ha salido. Creo que voy a pedirle a los enfermeros que me pongan la camisa esa blanca que me impide mover los brazos, me den mis pastillas y me lleven a esa habitación tan cómoda que tiene las paredes acolchadas.
Si en realidad la película que más me ha gustado han sido los dos volúmenes de ‘Kill Bill’ ¿será eso que me ha entrado instinto maternal como a Uma, o en mi caso, paternal? ¿o simplemente, es que el ‘spaghetti western’ y la violencia forman tanto parte de mi vida que se han convertido en mí mismo?
Id a saber.