domingo, 17 de octubre de 2004

La infinitud de una boda acojonante

Ir de boda es un evento al que asisto con gran congoja e inquietud. Tener que ir de traje, corbata, chaleco y ponerme zapatos es un acto que, el menos en mi caso, me aterra. Siento pánico y opresión mental y física (mi enorme figura empieza a hacerme sentir a veces como un enorme salchichón o cualquier otro embutido). Aunque la congoja llega meses antes, cuando te llega la invitación y piensas que debes soltar una pasta que no tienes. Aún así, reconozco que soy fan de las bodas.
Ayer asistí a una. Y no una boda cualquiera, de esas cargadas de tópicos, de mujeres vestidas de caramelos envueltos en papel de regalo con bolsos futuristas o de hombres con cara de angustia porque les duelen los zapatos. Qué va. Nada de eso, amigos. Ni siquiera se cumplió el ritual de la buena organización de situar a un idiota en cada mesa. No fue así porque ni siquiera había idiotas. Bueno, estaba yo, pero me supe comportar.
Una boda de lujo, al más puro estilo imperial. A mí me rebasó tanto glamour y lujo, entre oropel y cantidades ingentes de calidad en todos los detalles de una celebración de este tipo. Una ceremonia original y guionizada por los propios novios (Curro y María José, desde ayer marido y mujer) y con proclamas sociopolíticas en sus discursos (impagable cómo le colaron al cura el rechazo a ‘las guerras preventivas’) fue el comienzo de una tarde llena de excesos. Con dos autobuses nos dirigimos a la ‘Carpa del Jardín del Páramo’, exquisito lugar de celebraciones sólo al alcance de los elegidos, y empezamos a engullir jamón ibérico como si fuéramos niños somalíes de vacaciones en Guijuelo. Tanto comí jamón de guijuelo que en una ocasión en que una bella camarera (qué guapas eran todas, coño), tuve que hacer un gesto de oposición antipática ante la visión de más pernil. Pero es que no sólo había ibéricos, no. Una retahíla de entrantes a modo de cóctel se fraguaron en mi boca en una sensación extraordinaria de sabores indescriptibles (langostinos rebozados con almendras, setas, gulas, tigres, cigalas, fués de todo tipo y condición, faisán, gambas de todas las clases, pulpo, codorniz, toda clase de quesos…). Una odisea para un tragaldabas intemperante como yo. Vinos de reserva, traídos en cajas en las que pone ‘extremadamente frágil’ y cerveza en cantidades que ni vistas en fiestas medievales hicieron que nos sentáramos a comer con una sensación de lleno total. Pobres de nosotros, porque quedaba lo mejor de la noche.
A quién le guste el marisco sabrá la sensibilidad orgásmica que provoca comer bogavante, enorme, como sacado de una foto que no puedes creer que sea de un crustáceo real, sino digitalizado y agrandado pro alguna técnica visual. Como Homer Simpson en el episodio de ‘Tenacitas’ ¡Lo mejor, amigos, es que se podía repetir! Y así lo hice. Tras esta fiesta para mi estómago, llegó una de las experiencias más devastadoramente felices que he tenido en mi vida al comer un medallón de ternera sangrante con cebollitas glaseadas…Ummm… Apasionante experiencia que desembocó en unos postres de todo tipo que hicieron que mi chaleco disparase los botones como si fuera una A-KA 47.
Después un ‘Chibas’ y un purazo cubano que me hicieron sentir como Orson Welles. Ahora ya sé porqué los gordos los están cada vez más. Y luego baile con bebidas alcoholizantes necesarias para levantar la moral y la vitalidad energética sustentada en la inhibición más desatada, de ésa que te hace bailar, hacer el ridículo con una flor en la oreja o bailar hasta con la tía abuela venida de los confines perdidos de la estepa ibérica.
Posiblemente ayer fue la mejor boda a la que asistido nunca, de un mecanismo de relojería en la que nada salió mal. Una pena que no llevara la cámara digital para hacer unas fotos que colgar aquí.
Qué gran festín y qué gran noche la de aquel día.
Enhorabuena a los recién casados.
PD: por cierto, Bernie, que sí existe la palabra infinitud.