domingo, 10 de octubre de 2004

El fin de las 'conversaciones de ascensor'

Echando la vista atrás, y viendo cómo la publicidad nos sigue vendiendo belleza, fantasía y quimeras que nunca llegaremos a tener por mucho dinero que tengamos, recuerdo un anuncio en concreto, aquel de un ‘aftershave’ (Brummel, creo que era) en el que el hombretón, trajeado y bien afeitado, por supuesto, seducía a una imponente jaquetona que caía sexualmente atraída por el macho en cuestión de unos segundos. Siempre he tenido sueños recurrentes con este ‘spot’. Con la posibilidad de que un día, bajo mi olor a procacidad y a pollo frito, una espectacular ‘playmate’ se arrodillara ante mí y me hiciera sentir otra vez un muchachote apetecible y lujurioso.
Pero la realidad siempre ha sido y será bien distinta, ajena a una ensoñación publicitaria que ha terminado por convertirse en un bulo, en una falacia caritativa prometida en productos presentados por la irrealidad educativa, por el engaño moderno de algo que no existe. Me refiero a que, cuando diariamente subo en el ascensor hacia mi arcaica y mefítica casa-museo, suelo coincidir con la vieja ochentona del segundo, mentalmente fósil y que habla eternamente de la meteorología (lo más patético que existe en la relación interpersonal), a la casera que me ofrece polvorones rancios o al individuo del quinto que me mira mal, con una tensión y un odio que apenas se soporta, por lo que he terminado haciéndome a la idea de que el fulano me pueda algún día apuñalar, en cualquier momento. Luego está la simpática vecina que te acribilla a preguntas personales, en realidad su simpatía no es más que la excusa para sonsacarte tu privacidad o su antagonista, la tipeja que te suelta, con una facilidad inconmensurable, su vida en tres minutos. Seguro que a vosotros también os pasa en vuestros ascensores. Yo quiero a una chica Playboy que deje caer un guante o que me invite a su grandiosa ‘limousine’.
Todo esto se acabó, amigos.
Ya no más coloquios estólidos. Me contaba el otro día un amigo que esta lacra comunicacional entre humanos se corregirá mediante la técnica. Como todo en esta vida. Sin dolor, de forma rápida y digitalizada. Se trata de un proyecto desarrollado en Zaragoza por un empresario emprendedor que pretende sustituir la plática fungosa de ascensor por medio de una emisión de información diferida. A través de pantallas de cristal líquido instaladas en el interior de la cabina, el usuario podrá conocer todo tipo de información vía Internet sobre los más diversos temas de actualidad. Así, en vez de aguantar a la vieja que te da la barrila sobre su vida, podemos ver el ‘Bombonazo del día’ o leer el correo electrónico. Todo ello, con un microprocesador parlante que no te preguntará qué tal la te va la vida o te dirá que te ‘conoce desde que eras así’. Este microprocesador tiene un termómetro, reloj, calculadora y euro-conversor parlante equipado con tarjeta Smart.
El empresario Jean Paul Bastiaans, director de ‘Centybel’ ha desarrollado este sistema que permite la emisión, desde un centro servidor de información, de diferentes mensajes en ascensores comunitarios. Además, el sistema (denominado PubliMPD) controla y detecta las posibles alarmas que se produzcan y se establece una comunicación directa entre el ascensor y un centro de alarmas. En estos casos, la programación de mensajes queda interrumpida para actuar como un servicio On-Line.
¿Quién me iba a decir que algún día la tecnología iba a ser beneficiosa para la salud (al menos comunitaria)?
Se acabó, por tanto, cualquier tipo de tensión vecinal...