domingo, 26 de septiembre de 2004

Viaje de regreso - Averno Trip

Bueno, amigos y amigas, ya estoy de vuelta.
El viaje fue lo peor, como siempre que se viaja de noche. Yo esperaba que fuera un vagón de asientos de a dos como en el que fui en el viaje de ida, pero me encuentro con el nefasto coche ‘Estrella’ (que bien podría llamarse coche Patera). Bien, entro y ya en el ambiente se nota un cierto a aroma a mezcla de sudor, pies y otros olores de esos que te hacen llevarte la mano a la nariz. Bien, busco asiento 66V en el vagón 121. Entro abnegado por las circunstancias y pensando que al menos podré leer el libro de relatos de H.P. Lovecraft que me ha dejado mi coguionista, Chema Guevara.
Cuando llego el vagón está en penumbras. Con una señora que pesaría unos 160 kilos (no exagero) tumbada ocupando más de medio compartimiento. Enfrente suya, un gordo que se parece al camarero de ‘La cucaracha express’ que debe ser su marido que lo primero que hace en cuanto llego es sonarse los mocos estrepitosamente, incluso escupiendo un gargajo verde en el pañuelo. A su lado, lacónicos, una pareja de mediana edad que intentan hacerse los dormidos. Yo subo las maletas a sin poder quitar la vista ni un segundo de la gorda que, sin inmutarse, ronca como un borracho irlandés.
Me toca sentarme al lado de los malolientes pies de esta remedo de Jabba, the Hut. Como no hay cristo que aguante, salgo fuera a respirar aire depurado por la ventana y, cuando ya estamos en marcha, le echo la zarpa al bocata de chorizo cocido del Juantxo y a una Coca Cola de medio litro. A lo largo del viaje calculé que estuve más de 4 horas de pie, viendo salir y entrar a personas de todas las nacionalidades del mundo (argentinos –la pareja de mi compartimiento-, asiáticos, noruegos, franceses, moros, muchos moros y, por supuestos, cientos de portugueses que dan voces cuando hablan y huelen MUY MAL.
En mitad del trayecto, una familia de lituanos es invitada por el revisor a ocupar el puto gallinero en que se ha convertido el pequeño reducto de mal olor y ronquidos que comparto con lágrimas en los ojos. La señora lituana da un par de voces diciéndole algo a su marido que, con muy malas pintas, parece ir bastante ebrio porque al intentar subir las maletas al lado contrario de las mías, se tropieza y cae encima de la señora gorda que dormía y que se levantó sobresaltada. Su cara es de los más repugnante que he visto en años. Tiene el pelo despeinado y una hilera de babas le cae por la comisura de sus arrugados labios. Su marido gordo le dice algo y el viejo lituano borracho se disculpa dando voces. El hijo del lituano es un ‘mullet’ ochenteno con el pelo a medio cardar y una chupa de cuero de los años 50 con zapatillas color ‘beige’ y lleva un walkman del 85 y escucha cosas como los Gipsy Kings.
A lo largo de este infernal trayecto sigo saliendo al pasillo varias veces, procurando aguantar el mayor tiempo posible fuera del Averno ecuménico que es el vagón. Una chica rubia bastante mona se mueve con sensuales movimientos entre los que estamos mientras habla con su amiga de las ganas que tiene de llegar a Salamanca para follarse a su novio. Un ruso caliente no le quita ojo, mientras fuma un cigarrillo de liar. En Burgos los argentinos se bajan. Cuando miro cómo está distribuido mi aposento del tren, veo a la madre y al hijo lituanos durmiendo con la boca abierta y al padre que ha ocupado mi asiento. A los 20 minutos el hijoputa se levanta y recupero mi sitio al lado de la gorda que ronca.
En Miranda de Ebro sube un fulano que me suena de algo. Cuando empieza a hablarme en el pasillo, casi se me salta la risa porque es un fulano muy ‘freakie’ del que Bernal y yo tuvimos la suerte de compartir el mismo viaje hace cuatro años. Y me cuenta lo mismo de entonces: que un día de pedo se tiró del vagón, que si una historia de monjas… Mítico.
Una chica llamada Esther (muy guapa y bastante hippie) entró en la conversación y empezó a divagar sobre si la luna estaba naranja y muy baja en el firmamento y a dejar ver su tanga (o por lo menos yo lo divisé varias veces) cuando se ponía de puntillas para abrir y cerrar la ventana. Iba a Coimbra y era de Madrid. Hablamos alrededor de una hora, hasta que el freakie se bajó. Ella se metió en su leonera de amigos portugueses que iban fumando y bebiendo. Compartí una calada y un par de tragos de birra barata y caliente y decidí salir.
Lo peor: más de una hora de retraso que sufrí con sueño, dolor de pies y medio asfixiado hasta que llegué a Salamanca. A las 6:20 en un viaje de más de siete horas.