jueves, 30 de septiembre de 2004

Una tarde con Guillermo

Desde que vi ‘Cronos’ (una de mis películas favoritas) he considerado a este mexicano uno de esos directores capaces de hacer que el cine se convierta, por arte de magia, en adrenalina, en acción sin freno, en diversión desmedida. Un director capaz de transformar en espectáculo cualquier idea que pueda parecer absurda. Su vida, rodeada de vampiros, monstruos y demonios han labrado una genial forma de ver el cine comercial que recoge el arte ancestral del México más cronista con la acción, el entretenimiento y la fastuosidad del Hollywood más digital. Genio y figura cinematográfica, Guillermo Del Toro ha labrado una carrera internacional rindiendo culto al más clásico cine de terror.
A Guillermo le conocí durante el Festival de Cine Fantástico de San Sebastián de 1998, cuando presentaba en calidad de productor la cinta ‘Un embrujo’, de Carlos Carrera. Una bella historia de amor entre una profesora madura y su alumno adolescente. Realmente, para qué coño ser lírico, era la historia de un ‘pichabrava’ con todas las de la ley. La película me gustó, sin más. Una adornada y bastante sensual historia entre Felipa y Eliseo, un chavalín que trae a la profesora por la calle de la amargura durante distintas etapas de sus vidas. Una historia de amor iniciático con descubrimiento carnal, encuentros y desencuentros debido a la diferencia de edad entre ambos.
Bueno, pues durante aquel festival se pudo ver al orondo Guillermo, o al ‘Gordo’ (que es como le llaman en México –o eso me contó él-), paseando por los pasillos del María Cristina, en el casco viejo de la ciudad, asistiendo a multitud de sesiones de Zabaltegi, incluso hablando con la diosa minúscula Salma Hayek en un par de ocasiones (la tuve a menos de un centímetro de mi cuerpo). Un día, saliendo yo de recoger mis ‘press-books’ de la sala de prensa me encontré al señor Del Toro reposando en un banco de la Plaza Okendo, relajado y mirando hacia la nada. Parecía un tanto aburrido, así que decidí que ése sería un buen momento para hacerle una pequeña entrevista, ya que no había pedido una formal dentro del festival. Ni siquiera sé si estaba anunciada su presencia. Pero allí estaba. Aquel tipo de negro me negó la entrevista. En un principio me pareció muy cabrón, porque lo dijo todo convencido: “No, güey, una entrevista no”. Pero no fue todo. Ante mi mueca de decepción y antes de que yo dijera nada, el amigo mexicano me tenía reservada una sorpresa que nunca olvidaré. Hizo algo que se quedará para siempre en mi memoria. Guillermo del Toro, al que yo tanto admiraba por ‘Cronos’ y ‘Mimic’ me ofreció dejar las entrevistas para otro momento y me invitó a una tarde memorable de pinchos, plática monográfica de cine y literatura de terror y algunos secretos de su vida y milagros.

Órale! Y así fue.
Durante más de dos horas y media, el gran cineasta, visiblemente con ganas de apagar su aburrimiento, me contó su vida entera. Me contó esa historia que tanto le gusta contar en las entrevistas formales, aquella que reza que cuando apenas era un niño de tres años y su universo se reducía a una tenebrosa habitación en Zapopan, en Jalisco, hizo un pacto con los monstruos que rondaban su cuna y le hacían mearse en la cama; si ellos no le asustaban más y le dejaban ir a hacer pis, se convertiría en su amigo para toda la vida. Los monstruos aceptaron la propuesta y él les ha conmemorado en cada película que ha podido realizar. Por eso en el cine de Guillermo del Toro sólo existen fantasmas, vampiros, bestias, demonios o cucarachas gigantes.
Entre pincho y pincho y cerveza, zuritos y demás ágapes que nos metimos entre pecho y espalda, hablamos de su herencia: 3.000 libros de terror apilados en una casa cerca de Jalisco que le dejó su abuela cuando murió, compartimos fanatismo por las historias del Santo Enmascarado de Plata, de cómo funciona el sistema de producción en Hollywood (no estaba muy satisfecho de su aventura americana con ‘Mimic’), de cine ‘gore’, pero también de Juan Rulfo, de algo de literatura y pasiones compartidas, pero sobre todo de mucho cine. Una de las cosas que me sorprendieron fue lo muy disgustado que estaba entonces con la crítica mexicana ‘chingona’ que no trató muy bien a Del Toro en sus comienzos. Me comentaba que a los críticos de su país les cuesta trabajo aceptar la idea de que existe un director capaz de tener éxito en Hollywood. Fue entonces cuando me reveló sus dos grandes sueños cinematográficos que eran adaptar ‘Hellboy’ al cine (algo de lo que estuvimos hablando bastante, porque entramos en el terreno ‘cómics’) y hacer la primera película con garra del universo de H. P. Lovecraft, en este caso adaptar ‘Las montañas de la locura’.
Acabamos medio borrachos, hartos de comer bien y hablando de grupos de narcofrontera como ‘Los tigres del norte’ o ‘Los tucanes de Tijuana’. Pagó todas las rondas de chiquitos, cervezas y pinchazos donostiarras al saber que yo era un pobre aspirante a todo y que no tenía un duro para nada. Se despidió con “ya nos veremos güey. Ha estado muy chido.” Y se perdió desapercibido entre la multitud de fans coléricos que esperaban ver a Banderas, que ese año presentaba ‘La máscara del Zorro’. Espero volver a platicar con tan inmenso cineasta (en todos los sentidos).
Para mí Guillermo del Toro es, sobre todo un gran tipo, un genio de nuestro tiempo.