miércoles, 8 de septiembre de 2004

'Ruido de Fondo', de Don DeLillo: Una novela magistral

Hace poco leí ‘Ruido de fondo’, una novela que, desde entonces, se ha convertido en uno de mis libros de culto. De este libro de Don DeLillo me encanta todo, la historia de ese hombre que me recuerda a la figura de Orson Welles en su descripción. Jack, un individuo que estudia y padece las consecuencias de una catástrofe medioambiental en su familia, un profesor arquetípico que es especialista en Hitler. Triste, melancólico, dubitativo y no sabe hablar alemán.
Lo que más me ha gustó es la contraposición de los adultos con respecto a los hijos, por su forma de comportarse. Los adultos no saben afrontar la vida. Algo así como entes básicos que actúan llevados por el instinto, ignorantes y burdos, mientras los niños demuestran una madurez incómoda, cruel, que jode a cuantos rodean por la sabiduría de sus palabras.
Las discusiones aparentemente intrascendentes, se convierten en duelos dialécticos que también ganan los chavales. Heinrich, Denise y Steffie son la sofisticación de un sueño, de una generación imposible en la podríamos depositar nuestra confianza si algo tan grave como una catástrofe medioambiental sucediera, en los creer si nos viéramos infectados. Y si eso no fuera suficiente, está casado con una mujer enganchada a las pastillas.
Personajes que viven angustiados existencialmente incapaces de reaccionar ante unos problemas que les ahogan y les matan. Hay un cinismo en ‘Ruido de fondo’ en torno a la unidad familiar, a las costumbres que definen estos lazos que perfilan el desencanto con el está vista la sociedad contemporánea por DeLillo. La novela es densa, deteniéndose incluso en los pequeños anuncios de radio, frases sueltas de la tele siempre encendida, mensajes de fondo en el supermercado, ruido de helicópteros, simulacros de evacuaciones de incendios a diario... ‘Ruido…’ que no deja espacio a la individualidad.
Para DeLillo y su cosmos familiar la sociedad está muerta y precisamente lo primero que muere es el silencio. Lo que más me gustó es ese apoteósico análisis del miedo a la muerte, resumido en esas pastillas Dylar, que en inglés suena a muerte, pero no demasiado. Unas pastillas que son un punto común en las vidas de los personajes infelices de DeLillo. Es un oscuro viaje a través de un hombre que se somete a las directrices de la incomprensión por parte de los que le rodean, dejándose llevar por un autopsicoanálisis que alivia la tristeza porque explica sus causas y, por otro lado, la absoluta negación de la melancolía: las pastillas.
El final desesperado, lleno de violencia y con una pregunta sin respuesta a las ansias de creer y tener fe, una fe perdida por la propia Iglesia representada en unas monjas prácticamente nihilistas antes de intentar matar los fantasmas de su agonía es un símbolo de la frustración, de la desesperanza, de la derrota moral de un hombre al que le queda poco para morir. Y lo asume desprendiéndose de objetos personales, de recuerdos, de aceptar que la vida se acaba y que es mejor vivir lo queda en armonía y olvidar los problemas. Mirar al efímero futuro sin mirar al pasado.
El mejor amigo de Jak, Murray, al principio de la novela, en el supermercado, le dice: “Aquí no morimos: compramos. Pero la diferencia es menos señalada de lo que podrías pensar”. Qué excelente encuentro con una novela que me ha fascinado como hacía años.