lunes, 6 de septiembre de 2004

Una comedia casi ‘fer… perfecta’

Bueno, amigos.
La semana pasada (el miércoles concretamente) tuve la oportunidad de asistir, invitado por el propio Álex de la Iglesia, a su última película. Un pase privado de privilegio que tuve la suerte de compartir con los chicos del 'foro de la bestia' (Mutis, Quema, Sivi, Checo, Tocho, Orvil, A Man, Ruty, Modesto & Co., Spoo y Puto) en una calurosa tarde de septiembre en la sala de proyección de FOTOFILM, en Madrid.
Un pase que me coloca como una de las pocas personas que ha visto hasta el momento la nueva peli de uno de los directores que más admiro y quiero cada día más.
Esta es mi crítica. El PRÓXIMO DÍA 22 DE OCTUBRE, la tenéis en todos los cines de España.
Una comedia casi ‘fer… perfecta’
Álex de la Iglesia logra con su nuevo filme una efectiva comedia negra sobre la obsesión, la apariencia y la miseria humana más hedionda.
Al igual que esa sólida obra, a la vez que archimaldita, que es ‘Muertos de risa’, donde la mejor de sus numerosas virtudes era la capacidad de riesgo para contar un terrible drama humano en forma de chiste con muy mala hostia, ‘Crimen Ferpecto’ se sitúa en un difícil terreno que ambiciona narrar una dramática fábula como si fuera una indiscutible comedia, tal vez la más genérica (y también la más divertida) hasta el momento en la carrera de Álex de la Iglesia. Además de conseguirlo, lo primero que llama la atención, ya en su fabuloso prólogo teatral adoctrinador de cómo hay que vender, es el modo en que el realizador propone un cambio a la hora de exponer su historia, de revelar su ansiedad por ofrecer al espectador algo insólito, lleno de sorpresas y ritmo, de volver a ensamblar el humor negro más descarriado con la mejor tradición nacional. Siendo fiel a su estilo, pero sin perder nunca de vista la comedia, su primera gran comedia con mayúsculas. En su séptima cinta Álex de la Iglesia define todos sus objetivos en la risa, en la búsqueda de la carcajada. Para ello ha sazonado su habitual microcosmos de abundantes y enloquecidos ‘gags’, algunos al más genuino estilo ‘slapstick’, abastecidos de una contundencia tan subvertida que el espectador asiste a auténticos momentos de terror atroz y crueldad llevada al extremo entre enérgicas carcajadas. Y no es que sus anteriores películas no sean portentosos divertimentos que, amparados en la comedia, formularon terroríficos viajes por el lado más lóbrego del ser humano, sino que antes de ‘Crimen Ferpecto’, sus anteriores trabajos quedan como un preludio, un extraordinario avance de esta más que estupenda película.
La nueva odisea de De la Iglesia nos presenta la vida de Rafael, un seductor ambicioso que trabaja en unos grandes almacenes y que ha hecho del triunfo y la venta un medio de vida lujoso y selecto. Aspirante a ser el nuevo jefe de planta y centro de todas las miradas femeninas, lo tiene todo. Pero por cuestiones del azar, Don Antonio, el otro aspirante al ascenso, muere accidentalmente en manos de Rafael. Con tal mala fortuna que el único testigo es Lourdes, una dependiente bastante fea que le convertirá en una pobre marioneta utilizando el chantaje. Y es que por primera vez en mucho tiempo en el cine de De la Iglesia estamos antes un triunfador que se entroniza como el antihéroe característico del realizador, para ir perdiendo en la evolución de su particular tragedia cualquier atisbo de dignidad. Algo que acabará por transformarle en el perdedor que determina el protagonista predilecto del cineasta. En esta delirante metamorfosis por la coerción más macabra de una mujer es donde brilla la figura de De la Iglesia y de su coguionista, Jorge Guerricaechevarría, que se corroboran como los mejores analistas sociales (y morales) del cine español desde la floreciente etapa de los maestros Azcona y Berlanga, con los que su cine tiene tanto en común y de los que son herederos por derecho propio.
Si a todo esto, le añadimos una espectacularidad adicionada y violencia extrema y corrosiva (que nunca falte), tenemos uno de los mejores trabajos hasta el momento en la carrera de estos dos creadores de fuliginosas aventuras cotidianas. Ostentando una tragicómica, patética y sórdida existencia, el humor de ‘Crimen Ferpecto’ enfrenta al espectador con la más cruda realidad. No encontramos personajes positivos, eso sí. Aunque bien es cierto que sus miserias son producto de una sociedad que impone y dicta normas y modas, para finalmente encumbrar o hundir de un modo caprichoso. Contundente y portentosa, es sin duda alguna, una de sus mejores y más cínicas visiones de las relaciones humanas, de pareja y de la vida.
Desglosando la faceta que más le gusta a su creador, todo el mundo, tarde o temprano, se ve obligado a fingir. En este caso, encubriendo un asesinato, un cadáver calcinado y una excusa para el chantaje más despiadado como única vía para lograr la siempre ilusoria felicidad por parte de una ‘femme fatale’ que, contra todo pronóstico, carece de la faceta físicamente atractiva y reúne todo tipo de imperfecciones. En ‘Crimen Ferpecto’ todo es fruto del azar, los asesinatos se cometen de forma accidental, las coacciones se utilizan para obtener pagos emocionales y las venganzas se planean basándose en la suerte del destino. La codicia, la obsesión, la ambición y la envidia son también temas recurrentes en este homicidio imperfecto, pero no son mostrados de un modo tan evidente como ha venido siendo habitual en la carrera del realizador, sino que enclava a sus personajes en situaciones esperpénticas, pero a la vez terribles, circunscritas al absurdo, a la idiotez y a la truculencia malvada como ámbito en el que subsistir cuando las circunstancias une a la pareja protagonista.
Como lugar emblemático Álex de la Iglesia ha emplazado su historia en unos grandes almacenes, transmutados en un importante personaje que acoge a su fauna y representando tanto el consumismo que asola a las masas, como la necesidad de aparentar para disimular frustraciones y miserias. Un entorno de glamour, riqueza y poder como cáustico contexto, fortaleza que alberga a sus terroríficos habitantes. Un mundo donde los paraísos existen sólo para perderlos, como sucede con Rafael. En un magistral retrato de la condición humana, la superficialidad, la sociedad de consumo, la belleza y la maldad, Álex de la Iglesia hace que las situaciones más normales se vayan transformando, irremediablemente, en surreales pesadillas. Pesadillas salpicadas de imágenes oníricas y alucinógenas (fantasma incluido) que avanzan en la desesperación de un hombre que tiene en la venganza la única salida.
La capacidad de fascinación, satírica y efectiva, tienen su apogeo en la ridiculización de los momentos cómicos más memorables del cine de Álex; como la impagable secuencia de la familia ‘freak’ y oscura de Lourdes, que simboliza los miedos del personaje principal en particular y de cualquier persona en general, que no es más que caer la monotonía, en el aburrimiento cotidiano, en la mediocridad que provoca lo ordinario. Un universo donde los personajes siguen estando llenos de defectos, refugiados en un mundo decadente que permite reinventar la oscura realidad por otra de ensoñación idealizada; Rafael, zambullido en el éxito mujeriego y el carisma del vendedor perfecto y Lourdes, cuando consigue retener al hombre de su vida a pesar del desafecto que ella produce en un hombre desvalido ante la argucia de su poseedora. Lo que viene a decir que en esta vida, la frágil línea del amor y del odio es apenas perceptible.
>El privilegiado sentido del arte cinematográfico, de creación de atmósfera (feísta y oscura cuanto más avanza la trama), la excelente puesta en escena a la que enaltece el trabajo de Arri y Biaffra y, sobre todo, la prodigiosa partitura de un inalcanzable músico clásico como es Roque Baños permiten al realizador vasco aprovechar al máximo la aleación del tópico, la violencia extrema, el delirio y la acción (sublime la recreación del post-asesinato), creando así una comedia casi perfecta, de una calidad incalculada, en todo momento encauzada a un complejo designio que conquista con creces: hacer reír. Es decir, una comedia ‘ferpecta’. Es además ‘Crimen Ferpecto’ un extraño mosaico de momentos sádicos, de maldad soterrada exhibida en pequeñas dosis de comedia que se hilvanan perfectamente como ejemplo de trepidación narrativa que discurre con admirable equilibrio en sus precisos giros en la acción. Lo que da como consecuencia una película de intriga siniestra, dotada de un ritmo vertiginoso, donde el director de ‘Perdita Durango’ catequiza el casi imposible reto de combinar comedia con tragedia grotesca y transformarlo en algo factible y cadencioso.
Contribuyen a que este nuevo filme de De la Iglesia sea una comedia directa y divertida el talento de un Willy Toledo que demuestra sus excelentes dotes para el género. Pero sobre todo Mónica Cervera, que ofrece un recital de miradas y talento que terminan por convertirla en la revelación de una actriz secundaria capaz de llevar el protagonismo de una película. Se echa de menos tal vez la coralidad de sus anteriores trabajos, ya que aquí los actores de reparto no tienen un peso trascendente (si exceptuamos al siempre genial Luis Varela como ánima concienciadora), lo que deja al excelente Enrique Villén, Fernando Tejero o Kira Miró como meros apoyos circunstanciales. Se acusa, como exiguo escollo, la concesión al recurso de algunas modernidades visuales puntuales (como la utilización de la ‘snorrycam’) insólitas en el mejor De la Iglesia director. También puede descolocar el final simbólico, muy habitual ya en el cine de Álex, que puede desequilibrar a un espectador que ha pasado 105 minutos enganchado a la guerra de sexos más aterradora vista en los últimos años y donde se concluye que el triunfador acaba como un perdedor mediocre, mientras que los feos obtienen la fama y la gloria absurdamente. ‘Crimen Ferpecto’ es, en definitiva, una película extrañamente romántica que habla, en su fondo, de la pareja, del amor imposible y de las vicisitudes del amor. Aunque éste sea impuesto y venga dado por un destino cruel e incierto que guarda malintencionados reveses. Sin duda, una de las mejores películas españolas del año.
Miguel Á. Refoyo © 2004