domingo, 12 de septiembre de 2004

Recordando un atraco a mano armada

Hoy hace un año, 366 días (que este ha sido bisiesto), desde que me atracaran y me sucidiera una de las historias más extrañas, insólitas e irrepetibles que me hayan sucedido nunca.
Así sucedió, como lo narré al día siguiente.
12 septiembre 2003
5:10 AM.
Caminaba por una oscura calle de la urbe salmantina. De repente, cinco chorizos de mierda rollo ‘tuning’ me asaltan dándome una patada y sacando una pistola (se veía que era de fogueo) de forma muy violenta y atropellada. Lo primero que hago es pedirles calma y que no me atosiguen. Ante la insistencia y mi absurdo y lógico comentario acerca de su pistola (¿qué haces apuntándome con una pistola de fogueo?), uno de ellos saca una navaja y me responde “esto no es de fogueo ¿eh?”. A lo cual yo respondo que no, que eso ya es más serio. Con lo cual saco mis añorados 10 euros y les digo que es lo único que tengo, que no tengo más. El más bajito de todos me pide el móvil y le cuento la situación: el antiguo se me ha perdido y acabo de estrenar un flamante Nokia. Pienso en ese momento que es lo más anormal que me ha pasado, estrenar un móvil y perderlo a las 5 horas a manos de unos vándalos.
Entonces llega mi apasionante juego psicológico de barriobajero barato. Les empiezo a contar una movida realmente divertida, una situación dada en la que yo me apunto a irme con ellos de fiesta y disfrutar así de parte del botín requisado. Les convenzo de que paso de movidas y que me gustaría pasarlo bien y disfrutar de esta surreal situación, ante lo cual los individuos, perplejos, dudan. Hasta que uno de la banda (el más majete), me coge del hombro y me dice que sí, que qué cojones, que les he caído bien. Y me encamino hacia una extrala situación. Una demencial experiencia digna de contarse.
Bien, al girar la esquina hay un tío realmente chungo, al que llamoJefe Malo desde el mismo momento en que le veo, que me mira y me sugiere la posibilidad de partirme la cara por hacer el gilipollas, yo le cuento que soy guionista y que la situación es ideal como vivencia experimental y creativa, a lo cual él me da una torta en la cara e insiste que es imposible ir con ellos, que sólo voy para denunciarles. Algo que ni se me había pasado por la cabeza. Extrañamente y llevado por el momento de nervios etílico hago una de mis antológicas imitaciones de Torrente diciendo “bueno chavales, entonces vamos a por unas putillas”, que es contestado por todos con una sonora carcajada. Desde ese momento ya me los he ganado. Sobre todo al Jefe Malo, que parece estar de acuerdo con la idea de unirme a su vandálico grupo.
Diez minutos después y de camino a algún antro que me hizo recapacitar la chorrada que estaba cometiendo, otro de los de la ‘banda’ me dice que podía sacar dinero de la tarjeta de crédito, a la vez que otro de ellos (al que no se le ve la cara por una gorra para tíos con gigantismo) me recuerda que la situación le evoca a una canción de Sabina. Cuando el fulano seguía en sus trece de sacar pasta de mi tarjeta y su colega dijo que eso sería la hostia, me hizo pensar que definitivamente era un soplapollas (no él, sino yo, por hacerme el enrollado).
Miro el reloj (también lo tantearon, pero dijeron que era un ‘Casio de Feria’ –ignorantes-) y les digo que es muy tarde, que pensaba que era más pronto y que tengo que levantarme muy pronto porque trabajo en un almacén (para infligir un poco de lástima). Entonces llega la situación más extravagante de la noche y que podía hacer que la historia hubiera sido un bombón para contarle a la gente. El más alto de todos me pide el móvil para llamar a su ‘vieja’, ecplicándome que es muy tarde y que llama a su madr5e para que no se preocupe. Evidentemente ese tío sabe que su madre está protituyéndose en alguna esquina y que pasa de él como yo de su vida. Y le digo que no, que no confío en él y que me quedaré sin móvil.
El Jefe Malo me mira y me coge del cuello en dirección a su cabeza. En ese instante creo que voy a morir de una puñalada o que me va a propinar una patada en mis santos cojones. Pero no, me dice en plan Corleone “eres un tío legal” y con un movimiento de mano llama a uno de sus súbditos y le dice que me devuelvan la pasta y que me vaya a casa. Yo pienso que
1.- Soy la hostia, un tío con carisma
2.- Se trata de algún truco. Me devuelven ¡atentos! 15 euros y les doy las gracias.
Pero el alto que me quiere mangar el móvil me dice que de eso nada, que le dé la pasta. Miro al bajito jefazo y le digo que qué hago. Ellos discuten temperamentalmente para ver quién tiene el dominio de la situación y, finalmente, me arrebata el dinero y me dice que le dé el móvil. Los chicos de atrás insisten, casi de manera violenta, en que el móvil no me lo quitan y que me vaya. Es más, el más majete, me quiere dar dinero suyo (‘creo que era un poco imbécil y al que seguro que le meten cosas en el ano para divertirse). Total que les digo que gracias y que me voy a casa.
El Jefe Malo me choca la mano como una especie de movida ‘hip-hop’ y me da un toque en la espalda en plan ‘El Padrino’. Finalmente volví a casa pensando en doce chorradas, tocando el móvil en mi pantalón y diciéndome a mí mismo que qué es lo que había hecho. Esta mañana he reflexionado sobre el asunto y creo que hice bien, porque si llego a ser un primo que pierde los nervios y no sigue esta estrategia, hubiera perdido hasta los pantalones. Así, he perdido 10 euros y ganado la posibilidad de que si los mismos delincuentes vuelven a intentarlo, saldré ganando porque no me harán nada. En fin, esa es la historia que aconteció anoche en la vida de este chico de mundo.
Y es totalmente cierta y verídica.
PD: Un tío que se hacía llamar Michael (qué pena de deshecho humano), me dejó ver y tocar la pistola (una réplica de mierda) y la navaja automática y proponía dar el palo a una chavala que pasaba por allí. Les convencí de que era fea y no merecía la pena.