jueves, 9 de septiembre de 2004

La gula de la felicidad

Últimamente no oigo más, de boca de todo bicho y ser despreciable que me encuentro, con simpática y despreciable ironía, que la frase “estás mucho más gordo” o “vaya vida que nos damos”. Algunos valientes incluso se atreven a tocarme el bandullo sin saber que pueden recibir un puñetazo de Mazinger en pleno mentón, descargando así mi ira y preocupación vital acumulada. Lejos de molestarme, me sugestiona, me engrandece, me resulta halagador.
He terminado por ver aquellos y aquellas que siguen dietas o van al gimnasio a perder ‘esos kilos de más’ como a ‘cyborgs’ manejados, como personas a las que han sometido a una buena sesión de descargas de shock, como esperpentos siguiendo unas normas que están homogeneizando nuestras vidas. El espejo del narcisismo, amigos, ha pasado a ser un elemento cotidiano y nos la está metiendo doblada. A mí me gusta la imperfección. Yo soy imperfecto, y mucho. Más que nadie. Estoy lleno de defectos. Pero eso es lo bonito, lo que te hace ser tú y no otro. Lo que siempre he aspirado a ser.
Soy un individuo que se sabe inferior a otros muchos en conceptos banales y físicos, pero que luego se puede reír a mala hostia de cualquier hijo de vecino y disfrutar con ello, por dentro. En vez de desarrollar músculos o preocuparme de cómo se me ve por fuera. Me he cultivado por dentro; leyendo, viendo cine, leyendo literatura y cómics, siguiendo el Taoísmo (esto último es mentira puta, pero queda tan bien...).
Si estoy cada día más gordo (sí, lo estoy, amigos) es porque cada día soy más feliz y sé más de la vida. El porqué es evidente. La pasión culinaria sigue atrayendo mi débil y venal voluntad hacia una prosperidad satisfactoria que se acerca a la gula, al poder comer lo que quiera y cuánto quiera.
Comer es uno de los placeres más deleitables de esta vida. Y comer bien, mucho más. Me muero por una panceta bien hecha, por un pincho moruno, por una buena paella, por una buena pieza de lechón, por unas buenas alubias pintas bien cocinadas, por buen pescado en su punto o por la pechuga al whisky de mi amigo Manolo. Una pitanza sólo al alcance de los grandes dioses del Olimpo Nutricio. Un plato que me vuelve omnipotente y que convierte el pedazo de pan que voy a untar en el plato en mi particular arma destructora.
Todo un lujo al alcance de unos pocos. No me había dado cuenta de hasta qué límites ha llegado el culto al cuerpo en esta sociedad moldeada a través de un narcisismo galopante escandaloso. Todo está lleno de espejos para recordarte a qué has ido y cuál es el objetivo de tanto autosufrimiento. Yo no quiero dietas, disfruto comiendo y no arrepiento de pagar la factura de tales placeres. Me gusta comer y sé que algo bueno tendrá cuando Hitchcock, Kubrick, Welles o John Ford eran orondos tipos que devoraban lo que les ponían, que disfrutaban de la vida comiendo y viviendo con su enorme volumen, teniendo en la comida un motor vital para contar historias.
Reivindico la frase de Anthelme Brillant-Savarin “Los animales se alimentan. El hombre come. Sólo el hombre de talento sabe comer”. Y yo, por fin queridos amigos, sé comer... por lo que...