viernes, 24 de septiembre de 2004

Festival de Cine de Donosti (VIII)

El merecido premio de ‘El Nota’
Bajo una intensa lluvia, San Sebastián se prepara para su último día de concurso. Y lo hace dejando una extraña sensación enfrentada de haberse vivido un buen festival de cine, con películas que han estado a un nivel esperado, pero sin encontrar tampoco obras trascendentes, que aporten a este espectáculo la entidad suficiente como para afirmar que ha sido un gran año.
Jeff Bridges recibió con todo el merecimiento el último premio Donostia de esta edición. Un actor carismático actor cuatro veces nominado al Oscar que es reconocido como uno de los actores más importantes del cine contemporáneo, Bridges presentó fuera de concurso su último film ‘The Door in the Floor (Una mujer difícil)’, de Tod Williams. De apariencia fría, segura y poseedor de un personalidad y talento que pocos de los actores que componen su generación tienen, Bridges es un actor todoterreno dotado para la comedia y el drama, como ha demostrado en sus recordadas interpretaciones de ‘The Last Picture Show’, en su mejor papel hasta el momento, en esa obra maestra que es ‘Los fabulosos Baker Boys’, ‘El Rey Pescador’ y, sobre todo, dando vida al ‘Nota’ de ‘El Gran Lebowski’. Consciente del gran problema del hambre en el mundo, Jeff Bridges es, además, uno de los máximos impulsores de la organización End Hunger Networt.
‘Bombón, el perro’ es el último trabajo de Carlos Sorín, el cineasta argentino realizador de ‘Historias Mínimas’, aquella pequeña película ganadora de reputación y premios y que narraba la historia de un anciano que escapaba de su casa en busca de su perro, compartiendo una noche con trabajadores viales del pueblo de Corrientes en un viejo galpón. La figura canina vuelve a ser la protagonista de su nueva cinta con una fábula sencilla y bastante enérgica, presentando a Coco, un mecánico en paro, sin muchas expectativas, que malvive en casa de su hija y se gana algún dinero vendiendo cuchillos artesanales de elaboración propia. Por azar del destino, acabará cuidando un perro dogo que se va a convertir no sólo en su amigo, sino en la esperanza de una vida mejor. Con esta oferta, Sorín explota su vena estilística residente en la fascinación por los paisajes patagónicos y por personajes ‘outsiders’ que sueñan con vivir una vida mejor. ‘Bombón, el perro’ apuesta por la inocencia de un personaje que, en su contexto y personalidad, es una especie de Forrest Gump rioplatense que, sin buscarlo ni quererlo, encuentra en el perro un golpe de suerte que cambiará su vida.
Mediante una conexión de situaciones cómicas y roles entrañables, Sorín confecciona una película que se mueve con soltura en un espectáculo de candidez y suavidad con su narrativa, preciosista y presuntuosamente visual, engalanada con la música de Nicolás Sorín, siguiendo las pautas estructurales de las películas estadounidenses más comerciales. Un filme anodino, simpático, crédulo con lo que cuenta y, en su resultado, una apuesta por la puerilidad más accesible para el público. Experto conocedor de las posibilidades de manipulación del rodaje y el montaje, Sorín maneja perfectamente los hilos de su historia para que repercuta de forma eficiente y dinámica en la retina del espectador, creyendo éste que está ante una gran película, cuando no se trata más de una amable fábula tan insustancial como olvidable, catalogo de situaciones benévolas en las que destaca la gran labor interpretativa de Juan Villegas.
La gran sorpresa del festival, la película que va a destacar por lo transgresor de su intención, la radicalidad y desgarro de su guión y la ignífuga temática sobre la que gira es la contundente ‘Turtles Can Fly’, de Bahman Ghobadi, la extraña (y debemos ir reconociendo que la mejor) película que ha cerrado la Sección Oficial. Un desesperanzador día a día que se desarrolla en un pueblo del Kurdistán iraquí, en la frontera entre Irán y Turquía, donde un grupo de chavales, capitaneados por un joven instalador de antena televisivas sobreviven como pueden en un ambiente amenazador, cubierto de incertidumbre y miedo, pero afrontando con confianza su deplorable situación dentro del mundo. ‘Turtles Can Fly’ es una fábula oscura y desesperanzadora que recrea la amistad de unos niños, cómplices de una esperanza a pesar de su realidad, contrapuesta a la violencia de la que son víctimas. El drama, sustentado en la amenaza bélica, recorre un arduo camino de penalidades en busca de un mensaje devastador, fortaleciendo la historia con pequeños toques de humor para que nada resulte excesivamente crudo.
La incomunicación, la necesidad de saber qué pasa exactamente en la frontera de Irán e Irak, la cotidianidad con las minas antipersonas que los chavales no dudan en vender, sus trabas físicas y el cáustico contexto en el que se mueven sus personajes dan al filme un tono retrospectivo casi trágico, que aprovecha Ghobadi, organizando todo con un admirable sentido del plano, del espacio y de la narración, para activar el engranaje de una historia aciaga, utilizando para ello la cultura popular y la memoria reciente que deja ver un Kurdistán donde el mercado de cambio, las enfermedades y mutilaciones, la necesidad de medios de comunicación y las armas conviven para afrontar un futuro incierto. Tanto, que con la llegada de los yanquis al final del filme, tras la guerra, impone la gran duda por medio de una profecía que augura que lo peor está por llegar. Sin ninguna alusión religiosa y sí existencial, esta joya es un grito de paz en tiempos de guerra que azota a un país que, tras sufrir siglos de agonía, se ha acostumbrado injustamente a la conflagración constante. Y es que la franqueza y tratamiento por parte de Ghobadi en lo que sucede en su país merece un destacado hueco en el palmarés de tan descafeinado apartado a concurso.
La tensión del clima de violencia que se avecina, el hambre y el frío de los pequeños, y la devastadora subtrama sobre un niño bastardo y ciego que representa las penurias que ha vivido en su historia la zona, como biosfera del pesimismo, nunca condiciona una maravillosa película en la que, a pesar de la violencia, y las mutilaciones que sufren aquellos que merecen una digna infancia, dan una lección de esperanza a pesar de las tragedias. ‘Turtles Can Fly’ es, sin duda alguna, una gran película que supone de lo mejorcito de la sección oficial.
Alejado de la sencillez y el lirismo en ‘Hero’, Zhang Yimou, vuelve a la fábula romántica más poética y oriental con ‘Shi Mian Mai Fu (La casa de las dagas voladoras)', otra exhibición del cineasta chino en su nueva etapa de épico estilo a la hora de llevar a cabo particulares visiones de la inagotable fuente que es el género de artes marciales, de luchas con catana y de espectáculo coreográfico. Elementos combinados perfectamente por Yimou con la filosofía oriental y una hermosa historia de amor y que dan como consecuencia un portentoso testimonio de buen cine. Ni siquiera la autocomplacencia de la que en su conjunto hace gala esta nueva atávica leyenda china logra reprimir el fuerte efluvio de clásico de aventuras que tiene como propósito, siendo así, como ‘Hero’, una auténtica delicia para los sentidos. La historia se centra en dinastía los tiempos en que la Tang está en declive, donde dos capitanes locales deben capturar al nuevo líder y poderoso enemigo que tiene su sede secreta de la Casa de los Puñales Voladores. Para llegar hasta ella, uno de ellos tendrá que engañar a una joven ciega (magnífica como siempre Zhang Ziyi) que pertenece al clan. Pero, como en todo cuento que se precie, las cosas no van a resultar tan sencillas.
En ‘La casa de las dagas voladoras’ las pasiones no comprendidas, los toques de caligrafía escénica, amor, celos y heroísmo son de una fruición visual asombrosa, envolviendo la esencia romántica del filme con vistosos colores metafóricos y cambios de estación temporal cuando el momento argumental lo requiere. A pesar de todo, y aunque abuse del boato y el embellecimiento de los planos, Yimou sigue sabiendo brindar su mejor cine en este juego de símbolos evidentes y subrepticios, componiendo como una poética sinfonía su universo lleno de estética como apoyo natural, donde hasta su idea romántica del amor queda revelada en los imposibles y excelentemente coreografiados combates de unos guerreros que, bajo la pasión que sienten por la misma mujer, luchan por ella en un trágico final.
La gran expectación de los muchísimos documentales presentados este año en Zabaltegi estaba en ‘Super Size me’, del el ex presentador de la MTV Morgan Spurlock. Un documento de éxito garantizado antes de su realización. La historia, acorde con los tiempos de experimentación sociológica que corren, apoyados en los ‘realities’ televisivos, comprueba el efecto dinamitador que tiene la comida rápida en la sociedad de consumo moderna. Spurlock se hace examinar por tres especialistas que le declaran totalmente sano. El reto y gran atractivo comercial, de ínfulas de protagonismo y trascendencia, está en ver cómo el propio Spurlock se presta como conejillo de indias para su propio experimento. Así, a lo largo de un mes reducidos a 80 minutos de metraje, el público observa cómo el director convertido en héroe se alimentará a base de comida rápida procedente de McDonald's. Utilizando el cinismo y aparición excesiva de Michael Moore, unido a otras técnicas documentales como la utilización de microhistorias de dibujos animados y una forma atractiva y vivaz, Spurlock hace partícipe al público de su decadencia física atiborrándose de comida de la cadena de ‘fast food’. El resultado son doce kilos en un mes, donde los niveles de colesterol del cineasta aumentaron cuantiosamente y su hígado sufrieron las devastadoras consecuencias que representa esta comida, también válida como traslación a la expansión nociva de este tipo de restaurantes, de la americanización globalizadora de un país idolatrado y patrono de las modas alimenticias y de cualquier índole.
Para ello, el intrépido realizador, sabedor en todo momento del alcance de su proyecto, bromea y mina con humor un tema serio, clarificando puntualmente su tesis sobre la comida basura que viene a afirmar que Estados Unidos es culpable de no ofrecer soluciones a otro problema más. Un país que se escuda en una preponderancia que la hacen intocable y más, en el sector alimenticio que, según reflexiona Spurlock, mueven masas más que el propio gobierno. Sin embargo, ‘Super Size me’, a pesar de resultar un documental comercial más que divertido, también esconde una maquiavélica manipulación en la que el fin justifica los medios. Por lo que no hay que olvidar que el experimento de Spurlock nació para ganar dinero con su aparente denuncia. Tanto es así, que ya ha recaudado 6,1 millones de dólares, todo un éxito teniendo en cuenta su coste (65.000 dólares) y el hecho de que, durante su estreno, sólo se proyectase en 200 salas.