miércoles, 8 de septiembre de 2004

Erudición austriaca gangrenosa y purulenta

No hay nada como una nutritiva purificación por medio del cine más enfermo y desolador que se hace en el mundo. La televisión totalmente endémica, llena de basura e indignidad nos curte cada día con basura que nuestros ojos fagocitan sin querer haciéndonos insensibles, amorales y concupiscentes con lo peor de lo peor. Por eso, una buena ración de arte malsano, de cine realmente atroz supone una catarsis que te devuelve a la realidad, a lo que es verdaderamente algo ‘fuerte’ y no los insultos, escarnios y gilipolleces que hay que aguantar en la caja tonta.
No es serie B, ni Z, es algo indescriptible, una experiencia jamás sentida gracias al amiguete Nacho Cerdá y su sello videográfico ‘Waken Video’. Hay cineastas que se dedican a escarbar en lo más terrible de la disposición cinematográfica. Es un cine gangrenoso y purulento, donde la nausea es el fétido mensaje que golpea la psique del espectador como metáfora de sus propios miedos y víctima de su propia curiosidad.
Y es que ayer, queridos amigos, vi la luz, sintiendo arañado mi curtido estómago con cine de ‘mal rollo’, de morgues, autopsias y necrofilia. Creí que las pedantes paranoias de Buttgereit, las desagradables ‘Guinea Pig’ o ‘Sardú’ o esas simpáticas cintas ‘semi-snuff’ que se venden bajo el título de ‘Faces of Death’ eran el punto de referencia. Pero no.
El cine de transgresión que abanderó Nick Zedd, Richard Kern y todos los mórbidos cineastas que le siguieron tienen un nuevo ídolo: el austríaco Robert A. Pejo y, sobre todo, su filme ‘Camino del Edén’. En esta muestra manifiesta de cine extremo, Pejo muestra a modo de docudrama, entre la ‘performance’ y el collage de imágenes desagradables y reales, la involución hacia la personalidad de un forense que sufre en su conciencia la repugnancia y los devastadores efectos de un trabajo que le martiriza, que castiga su ya casi exigua sensibilidad. Frío como los pies de un muerto, las imágenes de Pejo te golpean infatigablemente el cerebro, recreando un asombroso ambiente de confusión y pesimismo. Algo que llega a ser una experiencia muy incómoda, realmente desapacible. Fue un ‘shock’, un ‘yu-yu’, que hacía mucho que no me golpeaba tan fuerte.
Retazos de vida y muerte se entrelazan en una historia obscura y desasosegante, iconografía documental del lado más amargo del ser humano, de su consternación más profunda. Las irrigaciones a cadáveres, la recomposición de miembros, el puto asco de vivir muriendo cada día.
El cine de Pejo insta a la reflexión, al golpe de efecto en imagen, en la irrevocable dureza del cine de ‘mal rollo’. El colega ‘freak’ que me dejó esta extraña e inolvidable cinta tenía razón al afirmar: “prepárate para sufrir la peor experiencia visual de tu vida”.
Pensé que se refería a alguna película española de nuevo cauce. Y yo, irónico y sabiendo lo mucho que he tragado, le espeté: “Ni te imaginas lo que mis ojos han llegado a ver”. Así, por gilipollas y listo, me equivoqué. Lo que allí vi siempre permanecerá grabado con pus y sangre en mi ya baqueteada memoria.
Una erudición de lo más reconfortante. Os lo aseguro.