viernes, 10 de septiembre de 2004

El TVPH y la xenoglosia

Esta tarde iba caminando por la calle, camino de casa, con una copia de 'El vampiro negro', una película argentina de Roman Viñoly Barreto que tenía ganas de ver hace años, cuando me encuentro a Pedro Grifón, o lo que es lo mismo ‘Mr. Aypayo’, ofreciéndome la posibilidad de saber quién fui en una vida pasada.
Me empieza a hablar de algo llamado la TVPH, que significa Terapia de Vidas Pasadas con Hipnosis (ahí es nada), una moderna terapia desarrollada a partir de las pesquisas del psiquiatra norteamericano Brian Weiss. Y tras tomarnos varias birras y unos buenos pinchos me ofrece una sesión con una vieja loca que se hace llamar Madame Suiràis, cosa que, por supuesto, acepto. Dada mi disposición por todo aquello extraño y que se sale de lo normal. Revivir las traslaciones de Crowley en Salamanca puede ser divertido. “Algo definitivo” he pensado.
Lo de la regresión hipnótica es impresionante. En serio. Hace años un amigo mío me lo dijo y aseguraba que era fascinante. Hay casos en los que pacientes que se someten a esta terapia y, magnetizados, comienzan a hablar un idioma desconocido. El nombre técnico de este fenómeno es xenoglosia.
Pues bien, me he visto entrando en una sala llena de velas y elementos esotéricos de toda índole. Destacaba una cabeza de maniquí colocado encima de un recipiente con el rostro de Lina Morgan (cómo lo oís) lleno de dardos hindúes. El olor no era muy agradable mal. Más bien como cuando hay un asilo de viejos que se han meado encima. A mí me ha extrañado bastante, porque siempre he supuesto que este tipo de sitios tenía un aroma a incienso o algo así exótico. Pero no. Ha olido mal.
A lo que vamos, que el tema de saber quién he sido en épocas anteriores ha empezado a darme un mal rollo inhabitual en tu tipo tan aguerrido y machote como yo. Esto me recuerda a hechos como el de la cantante rumana Alina Moroni, que afirmó ser la reencarnación de Elena Petroska Blavatsky, la legendaria fundadora de la Sociedad Teosófica o que Shirley McLaine es una experta sacerdotisa esotérica y el peluquero Rupert que, pese a su ramalazo de maricón, es canónigo de la religión Lucumí.
Grifón y yo nos hemos mirado cuando de un habitáculo ha salido una ridícula abuela, vestida de lentejuelas multicolor, medio ebria y tirándonos cenizas con olor a ambientador. Tras unas consignas en una lengua evidentemente inventada, me ha hecho dormir a base de contarme coñazos sobre el karma y de haberme echado algo en la infusión purificadora. Cuando he despertado, la pava, con acento argentino, me ha narrado que en mi anterior vida había sido mujer, que nací en un territorio cerca de Sudáfrica, aproximadamente en el año de 1575 y que, curiosamente, fui escritora, dramaturga, organizadora de rituales religiosos. Parece ser que no ha habido xenoglosia, que se lo ha inventado.
Me he sentido, no sé porqué, como Ana Rosa Quintana. Tras esto, la tía me ha cortado un mechón del poco pelo que tengo y ha desparecido por una cortina de bolas de colores. Luego ha salido y me ha cobrado la friolera de 70 euros. Menuda hijaputa. No sé si creerme lo que he visto. A lo mejor es que con tanta telebasura me estoy volviendo gilipollas y no sé ya distinguir la realidad de la ficción.
¿Qué pensaría Antón LaVey de todo esto?
En fin, amigos.
Qué día más duro.