jueves, 23 de septiembre de 2004

52 Festival de Cine de Donosti (VII)

El candidato, el traficante y la realidad cotidiana
Durante todos estos días se ha echado de menos por las calles de Donosti la figura de uno de los críticos más importantes que ha tenido este país. La imponente figura de Ángel Fernández-Santos ya no se acomoda cada día en el lateral izquierdo del Kursaal, ni deja su impronta cada mañana en ‘El País’, donde se podía disfrutar de su inteligencia y perspicacia para anticipar el éxito o la ruina del filme, su olfato para encontrar joyas escondidas, para emitir los juicios más arriesgados, los pensamientos más complejos y señalar lo mejor y lo peor de las películas que por aquí pasaron. Siempre con su cara de viejo marinero a lo Bukowski y su inseparable bastón, su forma de escribir continuamente fue inalcanzable. Más allá de criterios, era una artista de la palabra, un poeta que sabía ver lo mejor de la imagen y todo un señor a la hora de reprochar sutilmente los fallos de otras que no lo eran, con visión de entomólogo. Ya no podemos verle abandonar segundos antes todas las proyecciones a las que asistía.
Tras esta licencia nostálgica, en la jornada de ayer de Sección Oficial destacó la visión de la política norteamericana del polifacético John Sayles con ‘Silver City’, una sátira con tintes de cine negro que, a su vez, es descubierta como advertencia sobre el estado actual de la democracia americana. Sayles, consciente de la importancia de su discurso, comienza la película sometiendo a un candidato a senador a una ridiculización homóloga de la visión de George W. Bush en sus patéticas y bufonescas históricas apariciones televisivas, para pasar a lo que el cineasta plantea en realidad: un ‘thriller’ político en el que el jefe de campaña del gobernante contrata los servicios de un periodista para investigar posibles relaciones de un cadáver anónimo que encuentran mientras el presidente rueda un anuncio para la campaña en un apacible lago y que levanta las sospechas en relación con la posible corrupción de los enemigos de la familia del aspirante. El arranque, cínico y cómico de Sayles, sigue mostrando su más heterogénea alianza entre inteligencia para la observación y un agudo sentido del humor irónico, pero también para enramar una compleja trama de conspiración y manipulación de los entornos políticos y un certero análisis de aquellos que, tras la figura visible del gobernante, constatan la clave evidente de los manejan el mundo, es decir, el equipo de gobierno, los encargados de lavar la imagen de cualquier situación que ponga en peligro la figura del mandatario.
Con ello, Sayles vuelve a demostrar que es, por encima de uno de los directores más independientes del actual panorama cinematográfico, un espléndido guionista. Característica que le confiere el mayor de sus intereses a todas sus creaciones. Pero tal vez es ahí, paradójicamente, donde la película de Sayles le lleva a no conseguir la genialidad que se podía haber esperado de esta tesis de ridiculización de los gobiernos que mueven el mundo, por su insistente apego a la dispersión y a la complejidad de la intriga que entrecruza personajes en una historia coral excesivamente aviesa. La descripción psicológica y ética de un puñado de personajes que conforman un excelente reparto coral y el modo en que se relacionan en un entorno de corrupción y falsedad, suponen en ‘Silver City’ la piedra angular de un filme que, en su concepto, alcanza el nivel de sus últimos trabajos, buscando renunciar en todo momento a la complacencia del espectador e imputar así su compromiso con la toma de conciencia de la historia. Mediante su estilo tan personal y distintivo basado en un realismo reposado y un profunda examen del entorno que juzga y recrea, en ‘Silver City’ no hay extremos, aunque las situaciones sean extremas, no hay manipulación gratuita de las acciones o un maniqueísmo evidente, sino una exposición honesta y cercana que adosa a la narración específicos detalles y contradicciones que impulsan a sus personajes a actuar de una u otra manera.
Lo que ya no es de aplauso es la nueva película de Víctor Gaviria, ‘Sumas y restas’. Si su anterior cinta ‘La vendedora de rosas’ supuso su lanzamiento internacional con una tremenda historia que contó con varios niños de las calles de Medellín que vivían el infernal día a día entre prostitutas, vendedores de cualquier artilugio o droga enganchados al sacol para evadirse de sus problemas, en esta nueva ocasión el cineasta colombiano centra su nueva película en la cruda situación que vive el país de los cárteles de la droga. Tomando como guía de este submundo de dinero fácil, muerte y corrupción a Santiago, ingeniero de clase media, casado y de buena familia, se inicia una una espiral de drogas y decadencia que desencadenarán en el ingreso del oscuro mundo de fiestas decadentes, droga y mujeres fáciles, narcotraficantes y sicarios. Con este pretexto, Gaviria explora con cognición el abismo del narcotráfico, lo atractivo de éste en su proporción de dinero rápido, pero también del sumidero de sus consecuencias representado en la codicia y la ambición. Un mundo donde destino y azar provoca, como en sus dos anteriores películas, crisis de identidad que el cineasta considera necesarias para evitar la indiferencia y la insensibilidad del espectador, convirtiendo Medellín en un bohío de violencia donde sus inquilinos terminan, indefectiblemente, por adherirse a la economía ilegal de la droga.
Lo más engorroso de todo, no es divagar con la historia tremendista, a ratos entretenida, en ocasiones infumable, sino tratar de entender qué es exactamente lo que dicen los personajes, los actores oriundos de Medellín, ya que bajo su vocabulario basado en tres palabras (‘hijodeputa’, ‘güebón’ y ‘marica’), se escupen frases ininteligibles que hace muy confuso seguir lo que se está contando. A pesar de esta salvedad, el nuevo descenso a los infiernos colombianos de Gaviria hace aguas por todas partes y termina por perder cualquier indicio de interés por parte de un público sometido a una serie de situaciones que se agotan en lo tosco y desatinado de la realidad que refleja.
Además de las fascinantes retrospectivas de este año; encabezada por el recorrido de la obra del gran Anthony Mann y la multitudinaria ‘Incorrectos’ (todo un éxito de público), en Zabaltegi se pudo asistir a la sonrojante ‘A way of life’, de la aspirante a cineasta Amma Asante. Hacía tiempo que por Donosti no pasaba una película tan ignominiosa, insostenible, estúpida y mal rodada como esta historia decididamente ‘brittish’ que describe la incultura, estulticia, intransigencia y absurdez de un grupo de jóvenes desfavorecidos que viven en los bajos fondos de algún barrio de alguna ciudad que no se molestan en especificar. La cineasta (por llamarla de alguna manera), se desvive sin ningún resultado por dramatizar en la vida de unos racistas que se aburren, están frustrados, sienten rabia por lo que les rodea y que verán en su vecino turco el blanco de toda su injustificada rabia y humillación.
Los personajes son prototipos de los británicos que estamos acostumbrados a ver en este tipo de filmes. Ellos, de coloretes derivados de su abundante ingestión de pintas, de gestos desagradables e insufrible acento de barrio marginal. Ellas, mujeres de caderas anchas, labios finos y voz chillona e inaguantable. Asante establece con su torpe e desastrosa dirección una película sin sentido, que encrespa por lo malo de su significación argumental y cinematográfica. La directora ha intentado hacer un émulo de ‘Trainspotting’ y le ha salido una burda película que parece filmada por un chaval de cinco años sin conocimiento del medio y con una cámara de Súper 8 en mano.
Todo lo contrario que ‘Whisky’, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, ganadora del Premio de la Crítica en Cannes. Uno de esos largometrajes destinados a permanecer en la memoria colectiva del público y hacerse un pequeño hueco en la historiografía del festival con su pequeña historia contenida sobre la incomunicación en la que sus tres personajes viven en sí mismos, cerrados en la cotidianidad aburrida y aplastante que les devora. Historias íntimas cargadas de pesimismo, que se abren a lo imprevisible con un mínimo viaje a un hotel cerca de la playa. Esta magnífica película mira con angustia y desespero la vida, consecuente con la lentitud con que ésta avanza, aportando sorpresas inesperadas.
A través de los ojos de unos personajes lacónicos e hieráticos, Stoll y Rebella indagan en una farsa que se destapa cómicamente brillante, que se encamina, paradójicamente, a detallar la vida de unos caracteres que se consumen complacidos al aburrimiento y a lo ordinario. Una mezcla genérica que aporta, con una simpleza desarmante, la realidad de una historia honesta, sin mayor complejidad que la que se deriva de una situación tan patética como la vida misma, la que vivimos todos nosotros cada día del año.
Además, se pudo disfrutar del espectáculo documental-musical ‘El milagro de Candeal’, proyecto muy especial dirigida por Fernando Trueba que narra la el viaje de Bebo Valdés a Salvador de Bahía (Brasil) para reencontrarse con sus orígenes africanos. Un espectáculo que tuvo en el Velódromo de Anoeta su culminación en un asombroso concierto que se ha transformado en el evento más colorista y ameno de esta edición.
También en Zabaltegi se pudo sufrir ‘La nuit de la vérité’, de Fanta Régina Nacro, que ahonda en la transitoria de paz que existe entre el Ejército Regular de los soldados de la etnia nayak y los rebeldes de la etnia bonande y de la que no un servidor no puede decir mucho debido al enorme sueño en el que cayó con esta coproducción francoafricana. Pero también de disfrutar ‘Rejas en la memoria’, de Manuel Palacios, un argumentado y ameno documental que se ubica en su impetuoso estudio de cómo 28 años después de la muerte de ese Anticristo que fue Franco, se condenó en el año 2002 el golpe de Estado de 1936 contra el Gobierno democrático de la República, ahondando en todos aquellos inocentes que sufrieron la dictadura más cruenta en campos de concentración sólo por el hecho de tener una ideología diferente. Nada nuevo. Pero supone otro extracto visual para no olvidar la terrible memoria de los condenados.