miércoles, 22 de septiembre de 2004

52 Festival de Cine de Donosti (VI)

Sopor, ternura y ‘fantastique’ en una jornada heterogénea
Debido a que el festival ha recortado en su programa un día respecto a las ediciones pasadas, este año las películas se acumulan. Tanto es así, que en sola una jornada se puede llegar a ver siete filmes si uno se programa y mentaliza para esta sobredosis de cine. Pero lo sorprendente es que en un solo día se acopien hasta tres filmes pertenecientes de Sección Oficial, lo que supone organizar la agenda con colérica precisión para poder asimilar todo el celuloide que pasa por los proyectores de los cines donostiarras.
La primera de ellas fue la irlandesa ‘Omagh’, de Pete Travis, una película difícil de digerir que tiene como objetivo la memoria reciente del país, narrando un hecho real que conmocionó a toda Irlanda en 1988, cuando el país se preparaba para votar en referéndum el Acuerdo de Paz de Viernes Santo, un cruel atentado perpetrado por un grupo de disidentes del IRA opuesto al acuerdo que obligó al distanciamiento entre Londres y Dublín, hizo que los unionistas abandonaran el proceso de paz, sumiendo a Irlanda del Norte en un violento conflicto. Todo el proceso histórico es seguido en la persona de un abnegado padre que pierde a su hijo, y tras ello, la cinta nos muestra a un abnegado padre que pierde a su hijo, y continúa mostrando a un abnegado padre que pierde a su hijo. Esta redundante monotonía es la sensación que se le queda al espectador tras una película en la que no sucede nada que albergue algo de interés, donde todo es prescindible y la tragedia acaba transformándose en un auténtico ladrillo directo a la mente de un público que no puede por más que bostezar ante el ostracismo de la forma de describir las secuelas emocionales del atentado, representado por un magnífico actor como es Gerard McSorley, lo mejor del filme en su papel de apocado ‘padre coraje’.
Lineal, obtusa y discapacitada argumentalmente, ‘Omagh’ esconde su mayor defecto en el prestigioso guionista Paul Greengrass, que se ha dedicado a exhibir una serie de condicionamientos y secuencias dramáticas que tienen como colofón las receladas letras sobre negro relatando lo que debería haber descrito la película entera. Decepcionante y soporífera son los adjetivos que definen una de las más insoportables y tediosas cintas del festival.
Curiosa es ‘El cielito’, de María Victoria Menis, filme que, sin contar absolutamente nada, se deja querer debido a lo ingenuo de su propuesta: Félix, un raterito vagabundo que comienza a trabajar en la pequeña chacra de una pareja que vive con su bebé, despertará la responsabilidad de proteger al pequeño de la violencia familiar y el desamparo social que se derrumba sobre la familia. Durante 90 minutos asistimos más que a una película dramática sobre el desamparo metafórico de los más desfavorecidos en una Argentina huérfana no ubicada ni en espacio ni en tiempo, a un dulcificado publirreportaje cinematográfico de ‘Cómo ser un buen padre’, ya que el filme rehúsa a cualquier atisbo de dramatismo para enfocar su visión a la relación paternofilial del vagabundo y el chavalín. 90 minutos mostrando al joven jugando con el niño, dándole de comer, durmiéndole, proporcionándole cariño... Atiborrada de dulzura ‘El cielito, es ideal para todo aquel que crea que ha despertado la necesidad de ser padre. A pesar de que en ningún momento se sepa muy bien qué quiere contar la realizadora porteña ni mucho menos se explique su absurdo y necesario final, es una obra sin pretensiones correcta. Sin más.
La sorpresa en la temática de esta edición centrada en el acercamiento en los estratos sociales de toda índole y en los problemas de los mundos que nos rodea ha llegado de la mano, como no podía ser de otra manera, del cine oriental, en su faceta ‘fantastique’ de leyendas, fantasmas y recuerdos regresivos. La cinta en cuestión, ‘Geo mi-soop (Spider Forest)’, de Song Il-Gon, es una complicada trama con final sorpresa que se muestra como perturbador puzzle de los fantasmas del pasado de Kang Min, un hombre que acaba de presenciar un asesinato y que es atropellado posteriormente. Tras 14 días en en coma, recupera su vida sin memoria para intentar resolver su tortuoso pasado y el asombroso e inesperado presente.
Por medio de la ‘estructura Omega’ en un guión de engarces fascinantes, que en su desarrollo se abre y se cierra en un mismo punto, variando el posicionamiento y realidad de sus personajes, Il-Gon sumerge al espectador en un juego que se metaforiza en una tela de araña, descolocando su perspectiva constantemente a través de sus recursos a medio camino entre el ‘thiller’, las historia de fantasmas orientales y pequeñas pinceladas de terror. ‘Spider Forest’ profundiza en los recuerdos ocultos que se descubren en el presente, donde la memoria enferma de los errores conciben un cenagoso y oscuro mundo imaginario donde la realidad y el pasado sirven para ocultar terribles secretos. Un puzzle que se va creando con pequeñas piezas mostradas como llaves que abren puertas al entendimiento de una película algo inasequible, a la que le faltan fragmentos, recuerdos que encubren la clave de los sueños, las leyendas de un oscuro bosque que son necesarios para asumir la propia acción que de lo que está sucediendo. Fascinante y necesariamente digerible, esta producción fantástica se siente proscrita (más factible en la Semana que esta ciudad le dedica al género) entre tanto cine social.
En Zabaltegi se está viendo muy buen cine. Sin excesivas desproporciones de calidad de otros años en los que se ve una obra maestra por cinco ínfimas producciones, en esta edición el nivel se ha asentado en interesantes muestras venidas de todo el mundo dentro de su objetivo unificador, abierto a la pluralidad genérica y cinematográfica. Así, se puede disfrutar de uno de los mejores trabajos de Claude Chabrol, en su última genialidad ‘La Demoiselle de Honneur’, como de, a juicio propio del que escribe, la mejor película vista hasta ahora en el festival, ‘In Nordwin’, excelente título de Bettina Oberli.
En la primera, el veterano cineasta francés adapta la novela de Ruth Rendell ‘Amores que matan’, la historia de un joven que, enamorado de una hermosa y excéntrica chica, hace de su vida una pesadilla cuando ésta le pide como demostración de su pasión que mate a alguien para declarar así hasta qué punto le ama. La historia juguetea en todo momento con el ‘thriller’ y el drama romántico sazonado de un humor negro ya habitual en el incombustible Chabrol. Con un ritmo cadencial, acompasado por su virtuoso manejo de la cámara, el realizador galo confiere a su película una insólita lección de ‘tempo narrativo’ con tópica historia de amor a primera vista, ajustada a la más oscura vertiente que enarbola su siniestra y enfermiza fábula de una pasión que desea ser el único fin y meta de una vida, la entrega total en cuerpo y alma, sin preguntas, sin reproches ni sospechas, hasta llegar a un sacrificio letal que compromete la integridad física y ética del individuo.
Chabrol manifiesta ser un maestro en el descubrimiento de promisorias actrices con la elección de Laura Smet, una deslumbrante y perturbadora actriz francesa (vista el año pasado en la maldita ‘Le corps impatients’), que le da a su personaje un halo de ensoñación apabullante y que es, a todas luces, lo más sobresaliente de una ya de por sí estupenda película. Un análisis sobre la debilidad humana que, más allá de la ‘femme fatale’ al uso, formula la inusual figura de un súcubo psíquico y físico convertido aquí, de nuevo, en uno de los elementos naturales del cine de su director: la tentación y el amor representado en un envenenado aguijón que conlleva al sometimiento más perturbador circunscrito, cómo no, en la burguesía representativa de los defectos sociales y humanos dentro del cine del gran Chabrol.
La segunda, traducida en nuestro país como ‘Viento del norte’, aborda un cuento que implora el realismo y naturalismo para, de forma diáfana y contundente, sondear la vida de una familia cercana y corriente en su travesía hacia el infierno que supone la realidad social del paro, de los problemas de comunicación familiar y de la mentira como excusa encubierta, como placebo ético. Mediante su apabullante verismo, su desgarradora y diáfana sencillez, la directora suiza lanza su historia con una honestidad que descoloca por lo espontáneo de sus secuencias, por el ritmo con el que se cuentan los pequeños retazos de una vida familiar en la que las tensiones, las máscaras, los anhelos y la realidad se sobreponen por encima de cualquier concesión al dramatismo o al efectismo. Un filme que, sin duda alguna, marcará con su calidad lo mejor de esta sección.
También cabe destacar, para finalizar, la comedia coral, algo apática y de vocación ‘indie’ ‘Wilby Wonderful’, de Daniel MacIvor y ‘Nietos (Identidad y memoria)', de Benjamín Ávila, efectivo y conmovedor documental sobre las Abuelas de Plaza de Mayo que persisten en su empeño de unir a los nietos de los ‘desaparecidos’ de la dictadura militar con sus familiares.