martes, 21 de septiembre de 2004

52 Festival de Cine de Donosti (V)

Historias de amor entre cartas y tormentos
Que Robert Guèdiguian es uno de los cineastas con más reputación dentro del panorama europeo con una evolutiva trayectoria donde ha sabido desarrollar un inconfundible estilo enérgico lleno de talento analítico para con la sociedad francesa menos favorecida y marginal (sobre todo con el entorno inmigrante y desterrado) no se va a poner en duda. Que su propensión a trabajar con el mismo equipo técnico y artístico es el gran distintivo del cineasta francés, se puede empezar a discutir. Y es que cuando uno asiste a ver la última película presentada al festival por parte del francés ‘Mon père est ingènieur’, tiene la sensación de haber visto más de una vez (y de dos) lo que Guèdiguian tiene que contar. Y no es que esté mal contado, no, sino que su apego por esa temática definida en su vertiente negativa por la consolidación y creación de bolsas de marginalidad en el mundo y en el interior de las sociedades occidentales empieza a resultar reiterativo y un tanto cansino.
Su nueva historia de amor reúne lo esperado; a Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan y Pascale Roberts y una trágica historia de incomunicación, de rencor y de renacimiento del amor en la historia de Natacha y Jérémie, una pareja que, después de muchos años en los que fueron amantes, vuelven a reencontrarse. Él intentará descubrir el por qué de su estado catatónico, investigando y recuperando la vida actual de ella, conociendo así a la gente que ella conocía, que la rodeaba y a la cual atendía como pediatra. En su última cinta, el realizador galo abandona su constante de ahondar en relaciones sociales y de desigualdad para ofrecer una historia de amor, de evocaciones metafóricas en un curioso paralelismo con el nacimiento católico de Jesús encuandrado una vez más en los más pobres obreros francos. Una historia de tintes melancólicos que reflexiona sobre el amor verdadero, las oportunidades perdidas y la felicidad ignorada. Pero todo ello no es suficiente para que el público caiga en el más que taciturno de los aburrimientos. El cuento romántico de Guèdiguian se obstruye en su desmesurado pesimismo lacónico, en su lento cavilar por las emociones compartidas por la pareja, en los lentos 'flashback' que recapitulan la afinidad ideal de la pareja en el apsado. Una lástima que esto suceda, porque la idea de encierro sentimental y el drama romántico propuestos suponían un nuevo punto de giro en la sugestiva y prolífica filmografía del director.
Por contra, sí convenció, al menos al que esto relata diariamente, ‘Yi feng mo sheng nu ren de lai xin (Carta de una desconocida)’, de Xu Jinglei, ‘remake’ asiático del texto homónimo de Stefan Zweig, uno de los más populares autores de la primera mitad del siglo XX y que ya viera llevado a la pantalla su obra por el maestro Max Ophuls en 1948 cuando realizara una de las tantas obras maestras. Sin caer en el absurdo error de comparar ambas adaptaciones, Jinglei acomoda la novela a su Pekín natal, situando la acción en 1948 (en claro homenaje a Ophuls) y readapta una de las historias de amor más conmovedoras jamás concebidas. En la misma, un hombre vuelve a casa después de la guerra y descubre una carta de una mujer que afirma haber muerto. En la misiva le relata la historia de su amor por él, una pasión de toda una vida que no ha disminuido con el paso del tiempo, pero de la que él nunca ha sabido nada. La directora asiática olvida los exactos trazos de perfección de Ophuls y su drama vienés para adecuarlo a China, por medio de referencias culturales y estéticas, donde el argumento fluye melancólico y silencioso como la actitud de la amante sigilosa y oculta. Mediante una fotografía meticulosa y perfecta en su aspiración ambiental, los detalles más nimios, los concisos diálogos que pierden protagonismo en favor de las miradas, de los 'raléntis' románticos y de la emoción oculta en cada plano, el desarrollo de la acción introduce, sin embargo, ciertos cambios en el argumento que no afectan el resultado final, pero que son testimonio de lo poco que la sociedad china de los años 40 (y del mundo entero) era capaz de entender que la heroína de un amor tan delicado, tan entregado y tan fiel pudiera desprenderse del corazón impuro de pecado de una cortesana como la mujer que acaba siendo en el libro de Zweig.
Y es que la nueva ‘Carta de una desconocida’ de Jinglei es una triste y dramática historia de amor cuya intriga que no se sostiene en la búsqueda y el descubrimiento posterior de un final sorprendente, sino en el examen de los motivos que provocan el drama ocasionado por un poderoso sentimiento de amor. Algo que eternamente sucede en el romanticismo. Un sentimiento que alcanza la condición de juramento por el carácter que imprime a su protagonista femenina (interpretada con tesón y ternura por la propia Xu Jinglei), una mujer enamorada, atrapada en un amor que ni puede ni quiere controlar, consciente de que infaliblemente su pasión la llevará a la perdición.
Una de las películas más esperadas en Zabaltegi fue ‘Diarios de motocicleta’, de Walter Sales, película de perfecta conexión que conjuga una estimulada síntesis de las anotaciones que tomó el joven Ernesto Guevara durante su viaje por Latinoamérica, que son la materia de fondo que alimenta el excelente guión mostrado en este apasionante periplo. El filme de Walter Salles define con exactitud, en breves pinceladas, a sus personajes principales, Guevara y su inseparable Alberto Granado, como burgueses argentinos con ganas de aventuras en una vieja Norton a la que llaman ‘La poderosa’ para meterse de lleno en el trayecto vital que será el apogeo de su conocimiento acerca del verdadero sentido de la vida. Bajo un estilo llano y honesto, sin caídas en la prosopopeya y en los subrayados a los que se presta obviamente la figura de Gael García Bernal, el espectador tiende a asociar sus rasgos a los del icono universal en que acabó convirtiéndose el personaje que el actor mexicano edifica con sensacional naturalidad y talento. Tal vez lo mejor de esta magnífica cinta sea la capacidad de extraer anotaciones no sólo de un relato y una atmósfera determinada, sino de algo más y de gran calado, de los problemas sociales que vivió Ernesto en su viaje siguen vigentes en la totalidad de los lugares menos privilegiados de toda Latinoamérica y que le transformaron en el idealista y revolcuonario ‘Ché’.
Lo grande de estos festivales multitudinarios es que se pueden encontrar películas que difícilmente se podrán ver en la gran pantalla. ‘Innocence’, de Lucile Hadzihalilovic, es una incógnita. Y no sólo cuando se afirma la primera frase, sino en su totalidad, como concepto llevado al cine y como idea transgresora de expresión cinematográfica. La historia de unas niñas que viven en un caserón en el que reciben clases de ballet como única vía de desarrollo personal es una de las obras más originales, metafóricas, incitantes y estéticas que se van a ver en este festival y en todo 2004. Una odisea que, encubierta en lo ambiguo de sus pilares, va abriendo su sentido en sus ascendentes impulsos hacia una significación establecida en la historia simbólica sobre la infancia, la feminidad y lo que con ello desemboca. Es decir, un recorrido hacia la pubertad mujeril. Bajo una inquietante y siniestra fotografía y una disposición de la oscura puesta en escena, Hadzihalilovic realiza todo tipo de alegorías a la metamorfosis que lleva el hecho de pasar de ser niña a mujer, a la pérdida de la inocencia referida en el título y al sentimiento de tristeza que provoca este cambio hormonal, significado en las mariposas siempre presentes en el trasfondo temático.
A estas películas destacadas en Zabaltegi, cabe añadir ‘Salvador Allende’, de Patricio Guzmán, documental que, frugalmente, lanzando ideas políticas a favor del engrandecimiento de la figura personal y gubernamental del célebre mandatario, va desgranando toda la maquinaria ideológica y política que convirtió al presidente más carismático de Chile en una leyenda y un mártir. El documental de Gumán quedará para los fastos como un nuevo panfleto idealista en el que los colaboradores de Allende, sus amigos y seguidores del partido ‘Unión Popular’ dejan bien claro que el líder socialista chileno nunca quiso una “dictadura del proletariado” y donde Edward Korry reconoce la participación de Washington en el sanguinario derrocamiento de Allende.
PD: Este post se supone que lo tenía que publicar mañana día 22, pero os lo dejo ya´. Por si no me da tiempo. AUPA!