martes, 30 de junio de 2015

Calor

Ha llegado el verano. Mucha gente lo celebra con la algarabía de la inconsciencia. Con él también ha venido esa bofetada insoportable de sofocante calentamiento, de bochorno en forma de masa de aire sahariano que anula cualquier resquicio físico y mental, sin modo de frenarlo. La alerta roja dispara las alarmas que avisan sobre los riesgos de estas insoportables olas de combustión ambiental. Esto es el infierno, donde el sudor y la desesperación del bufido por lo insoportable del ambiente se derrite ante el tormento al que somete el implacable termómetro.
Sin embargo, hay fórmulas para paliar este suplicio medioambiental. Un pequeño resquicio de esperanza para escapar de esta averno sin límites. Se trata de una estúpida y sencilla sensación de fruición en busca de algo de brisa sedante que no es otra que la que provoca esa incursión en un centro comercial cuando sus puertas automáticas se abren. Ese instante frugal de felicidad, de cambio de la insoportable canícula al frescor en forma de divino golpe hacia un mundo paradisiaco ajeno al verano. En ese momento en que se franquea el umbral y se nota el radical cambio de temperatura que provoca el paso del sofoco al intenso frío procedente del aire acondicionado. Ah… qué efímera felicidad transmite ése golpe de aire divino, qué deleite más pusilánime, qué pequeños momentos de la vida.
Llevo días yendo y viniendo a distintos centros comerciales, a grandes espacios neurálgicos destinados al desatar capitalista, a varios supermercados sin el objetivo de comprar absolutamente nada, a tiendas de moda que jamás visitaría por ningún otro motivo. Entro y salgo varias veces para comprobar este zafral efecto adictivo, haciendo caso omiso a las advertencias sobre los catarros inoportunos por la brusquedad del cambio, sintiéndome como una cobaya en busca de su hedonista recompensa.
Ayer por la tarde, mientras estaba disfrutando como un crío, regocijándome de modo impulsivo, saliendo y entrando en uno de estos negocios globalizados, abanicándome al son del sonido de las puertas automáticas, me di cuenta de la amenazante presencia de un guarda de seguridad que lanzó su animadversión en forma de mirada reprendedora hacia mí. Inmediatamente, disimulé con torpeza, fingiendo haber olvidado algo, rebuscando en mis bolsillos, sacando el móvil para hacer que hablaba con alguien y salí del recinto con gesto adusto y amenazador, por si alguien había advertido mi infantil juego.
Hoy pretendo volver y desafiar a los elementos. Cualquier cosa por no soportar este terrible calor que llena espacios informativos, incendia zonas forestales, amenaza la salud de parte de la población, es el centro de conversaciones vacías de ascensor y que cada año licúa cerebros y deshace suelas de zapato en el ardiente asfalto.

sábado, 20 de junio de 2015

El mundo de la literatura pierde a James Salter

Los dos vivían en la misma habitación, pero de un modo completamente platónico. En la mano de ella, advirtió él, no había alianza, ni ningún tipo de joya. Tampoco llevaba nada en las muñecas.
—A él no le gusta estar solo —le dijo—. Se debate con su obra.
Se refería a una novela. Aún faltaba mucho para que la concluyera, pero las partes escritas eran extraordinarias. En Roma le habían publicado un fragmento.
—Se titula El Goetheanum —le dijo—. ¿Sabes lo que es eso?
Intentó recordar aquella extraña palabra, pero ya se disolvía en su mente. Las luces del interior de la casa habían empezado a iluminarse bajo la noche azulada.
—Es la gran obra de su vida.
El hotel del que hablaba ella era pequeño, con habitaciones pequeñas y letras amarillas cruzando la fachada. Había muchos edificios así. Desde el lado oscuro de la catedral se podía ver en medio de estos edificios, algo más abajo y hacia el río. Y también a través de los escaparates de las tiendas de anticuarios y los callejones.
Dos días después volvió a verla a lo lejos. Era inconfundible. Se movía con una gracia indiferente, como una bailarina cuya carrera ha terminado. La gente no le hacía ningún caso.
—Ah, sí. ¿Qué tal? —le saludó.
Su tono era distraído. Estaba convencido de que ella no le había reconocido, y no supo muy bien qué decir.
—He pensando en algunas de las cosas que me dijiste... —empezó él.
Ella se había detenido mientras la gente la empujaba al pasar, los brazos llenos de paquetes. La calle se hallaba en plena actividad. Ella no había entendido quién era él, de eso estaba seguro. Había salido a hacer unos sencillos recados, los de una pareja remota y santa.
—Perdona —dijo ella—, la verdad es que no caigo.
—Nos conocimos en casa de Sarren — explicó él. —Sí, ya sé.
Siguió un silencio. Él quería decirle algo sencillo, pero ella se lo impedía.
‘La destrucción del Goetheanum’.
Fragmento de ‘Anochecer (Dusk and other histories)’ (1988).

miércoles, 17 de junio de 2015

FINALES NBA 2015: el triunfo del 'Small Ball'

Cuando comenzó la temporada, el regreso de LeBron James a Cleveland se vivió en la ciudad como la esperanza de volver a recobrar la ilusión de una franquicia con palmarés vacío volcada en su promesa de un anillo. Después de haber logrado dos títulos fuera de los límites del Quicken Loans Arena parecía que era de recibo. Debe ser duro ver cómo uno de los mejores jugadores de todos los tiempos abandona su equipo y deje huérfano de expectativas ganadoras a miles de aficionados para irse por dinero y conseguir dos anillos alejado del equipo que gestó la leyenda. “The King” volvió a su casa en previsión de un pelotazo económico en 2016 cuando se incremente el tope salarial. He ahí la razón de su vuelta.
El propietario de los Cavs Dan Gilbert generó un proyecto basado en su figura, uniéndole al genial base Kyrie Irving un alegro estrella como Kevin Love. Ya estaba compuesto un ‘big three’ junto a jugadores de calidad como Tristan Thompson o Anderson Varejao, construido como dispositivo para intentar asaltar el título. Nadie contaba con que en enero los Cavs iban a la deriva (19-20) y quintos en la Conferencia Este. Hasta que el General Manager, David Griffin, reclutó para el segundo proyecto con LeBron a JR Smith, Iman Shumpert, Timofey Mozgov o Kendrick Perkins en el mercado de invierno. Desde entonces, sólo perdieron dos partidos consecutivos y se fraguó su récord en 53-29. Su presencia en la final dejando a Celtics, Bulls y, sobre todo, Atlanta, definían un poderío a tener en cuenta liderado por esa bestia de la naturaleza llamado LeBron.
Los Warriors, por su parte, comenzaron la liga con nuevo entrenador, Steve Kerr, después de que las buenas sensaciones que dejó en el banquillo Mark Jackson, hicieran de su debut en la elite toda una incógnita. La Conferencia Oeste es hoy en día la más dura. Equipos como Memphis, Portland, Houston o Clippers así lo atestiguan. Las dieciséis victorias iniciales empezaron a despejar las dudas acerca del potencial de los de la Bahía. De repente, se comparaba a este equipo con los Bulls del 96 (récord histórico de 72-10). No lo igualaron, por supuesto. Pero se quedaron en una sorprendente temporada con 67-15, una de las diez mejores marcas de todos los tiempos. Sólo cuatro equipos fueron capaces de ganar en el Oracle Arena. El factor determinante; un juego basado en lo colectivo, gran rapidez en la circulación de la bola y la rotación buscando un objetivo común, la finalización de las jugadas en tiros mediante dobles bloqueos por línea de fondo y sabiendo neutralizar los cambios defensivos. Con los ‘Splash Brothers’ (Klay Thompson y Stephen Curry) como ejes y Draymond Green y Andrew Bogut como baluartes en el cierre del rebote defensivo junto a jugadores de carácter como Harrison Barnes, Leandro Barbosa, el “hombre milagro” Shaun Livingston y el veterano Andre Iguodala fueron capaces de asumir su rol de favorito pasando por encima de New Orleans, Memphis y Houston.
LeBron contra el mundo
Esta pasada madrugada los Golden State Warriors revivieron los laureles de hace justo ahora cuatro décadas, cuando los Warriors comandados por Rick Barry y bajo las órdenes de Al Attles lograron su primer anillo hasta hoy mismo frente a los Washington Bullets de K.C. Jones en un equipo con estrellas como Elvin Hayes, Phil Chenier o Wes Unseld. Tras 82 victorias en lo que va de campeonato, únicamente faltaba la guinda en el pastel, el corolario a una temporada de ensueño. Y lo han hecho pasando por encima de una de las mejores actuaciones de un jugador en la historia de las finales. “El Rey”, el todopoderoso y hercúleo LeBron y sus huestes no han sido suficientes para derribar el bloque de Auckland, constatando que este equipo de futuro asume las condiciones necesarias para destacar como paradigma de lo que es este deporte donde siempre se impone un propósito colectivo sobre lo individual. Esta vez al 23 de los Cavaliers no se le puede achacar su implicación o proyección como la estrella que es. Su condición de titán se ha traducido con unos guarismos fuera de toda lógica en las parcelas de anotación, rebotes y asistencias. Sin embargo, sus números se han ido apagando con las opciones reales de su equipo para lograr un título que, sobre el papel, se antojaba muy complicado.
Si nos atenemos a la pizarra, la estrategia y arquitectura de juego inteligente ha sido el factor irrevocable a la hora de desequilibrar la balanza a favor de los Warriors. Pese a la superioridad incontestable de la plantilla de Golden State, se ha subrayado la importancia de un buen entrenador que pueda reconstruir un equipo sobre la marcha en función de las carencias del rival y afrontando el riesgo de contener a su figura preponderante. Tenían un mayor fondo de armario, algo que no desacredita la valía y el desafío de Kerr ante un David Blatt al que muchos han cuestionado su voz de mando dentro del vestuario. El sistema romántico del ex jugador de los Chicago Bulls y ganador de cinco anillos (hoy ya seis) se sustenta en unos mimbres de juego que le han llevado a la excelencia del gremio.
Los Cavs de LeBron han caído con la dignidad de un equipo amparado en un timonel excepcional, obligado a exprimirse con un involuntario individualismo provocado por las lesiones dentro un esquema que ha tenido que ajustarse para llegar con cierto optimismo a estas finales. Los aspavientos, melindres y puñetazos al aire de la victoria del segundo partido que mantenía la esperanza de los de Cleveland desataron la frustración de un genio del deporte empeñado en seguir soñando con su tercer anillo, hasta dejarse, literalmente, la cabeza por ser el mejor en el cuarto. Ni con esas ha sido suficiente.
Pese a que dos de los tres primeros partidos acabaron en prórroga y que todos alcanzaron un final emocionante hasta la bocina final, tanto los Warriors como los Cavs dejaron la sensación de estar disputando una final irregular, con partidos cerrados al desacierto y pequeños flashes de juego que aumentaron su interés cimentado en la igualdad total y absoluta en incremento de acierto en juego según iban pasando los minutos, hasta llegar a esos tramos finales donde se desató la emoción de recurrir a sendas prórrogas. La magia de la NBA tiene estas cosas, que hasta el último segundo el espectáculo es la médula que propugna la excelsitud del juego y la emoción del baloncesto en estado puro. En el primer choque, la lesión Kyrie Irving motivó un cambio de planes radical para afrontar el resto de la final por parte de los Cavs. LeBron parecía estar sólo ante el peligro, con un equipo menoscabado por la gravedad de la erosión en el equipo por la falta de Kevin Love y de Irving.
Steve Kerr persistió en una conocida estrategia con la que se han convertido en el mejor equipo de la temporada regular. Sin embargo, lo que parecía que iba a ser un paseo triunfal, sembró la duda ante los resultados posteriores a esa primera prórroga. Los Cavs supieron entorpecer el juego de un equipo errático, acostumbrado a una media de números por encima de los tres dígitos, que vio cómo sus porcentajes de tiro caían por los suelos. LeBron, más animal de la pista que nunca, contó con dos invitados de lujo como Timofey Mozgov y un sorprendente Matthew Dellavedova, que cuajó una grandiosa defensa ante Curry y apareció en momentos clave con una aportación indispensable en el segundo partido, para pasar el elemento desestabilizador en el tercer encuentro. Los Warriors no encontraban su característico juego eléctrico y transmitían una temible sensación de miedo a ganar. Nada funcionaba en el engranaje de Kerr, algún instante de magia de Klay Thompson, la falta de seguridad de Curry que despertaba en los últimos cuartos, unos perdidos Green, Bogut y Barnes… Y para colmo, los Cavs encontraron refuerzos en los habituales destellos de JR Smith y Shumpery, así como la resurrección de Tristan Thompson como recurso ofensivo capturando rebotes importantísimos para sendas victorias de los Cavs.
Un ‘scouting manager’ y un veterano, responsables del éxito
Cuando se especuló ante la posibilidad de que los Cavs encarrilaran la eliminatoria hacia su primer anillo y que ello supusiera un triunfo deportivo para la ciudad de Cleveland 51 años después que los Browns se alzaran con la Super Bowl de 1964, el giro en el juego de los Warriors difuminó todas las dudas vertidas sobre su juego y sus opciones. En el cuarto partido, sucedió algo inesperado. O tal vez no. Kerr necesitaba un cambio drástico en la dinámica de juego dentro de una eliminatoria que se empezaba a complicar después de ese inesperado 2-1 favorable a los Cavs. La reestructura llegó por medio del ‘scouting manager’ Nick U’Ren. El joven asistente se repasó los partidos de la anterior final entre San Antonio Spurs y Miami Heat para dar con la clave en la desactivación de LeBron.
La clave introducida por Greg Popovich: cambiar a Tiago Splitter por el francés Boris Diaw por en el tercer partido. Transmitido el mensaje al ‘assistant coach’ Luke Walton, Keer optó por seguir el consejo. El efecto de reacción y sorpresa ante el rival provocado por Popovich ante Erik Spoelstra, dio los mismos resultados ante Blatt, que se quedó sin recursos para frenar el ‘small ball’ propuesto para neutralizar las embestidas de LeBron. Uno de los movimientos fundamentales fue emparejar a Iguodala con LeBron, como recurso óptimo para neutralizar a la estrella, haciendo fuertes de paso a Green y Lee, que regresaba al parqué después de unos playoffs alejado de las canchas por lesión y sin jugar los dos primeros encuentros de las finales.
El veterano “Iggy” dejó a LeBron en sólo 20 puntos en el cuarto asalto y en unos insuficientes 7 de 22 en tiros de campo. Con esa misma consigna salieron a disputar el quinto partido, con la directriz de exprimir físicamente a la estrella de Akron, que se marcó su segundo triple doble en la final con unos estremecedores 40 puntos, 14 rebotes y 11 asistencias. Una de las más memorables actuaciones individuales de la historia de las finales. Tampoco fue suficiente para detener la tónica de versatilidad impuesta por los Warriors. Livingston, Barnes y Barbosa se unieron a la fiesta del juego colectivo, viendo cómo Shumpert seguía negado con el juego, proponiendo poco menos que un absurdo en cada lanzamiento a canasta o un JR Smith abonado al triple que se fue diluyendo después de agredir con una falta flagrante a Green.
De nuevo, el viejo Iguodala, transformado en el recurso clave de estas series finales, paró con fuerza a LeBron, obligándole a definir o decidir cuando la cuenta atrás del reloj llegaba a su fin. Y entonces apareció la figura etérea que todos esperaban en este show; Stephen Curry, la media parte de los ‘Splash Brothers’, el MVP de la liga. Y demostró porqué ha sido el jugador más determinante de la temporada regular. Su resurrección supuso un hermoso duelo en la cumbre de entre dos hitos del baloncesto moderno haciendo lo que mejor saben. Curry jugó entre líneas y anotó triples que escapan a las leyes físicas (7 de 13), manejando el balón como pocos jugadores han logrado hacerlo. 17 puntos en el último cuarto, 37 en total. LeBron, incombustible y exhausto en el destierro de un equipo que no respondió a su magia, vio cómo el sueño se esfumaba bajando los brazos y delegando la grandeza en un rival incontestable.
En el partido de esta pasada madrugada los fantasmas de Cleveland no hicieron más que personificarse de nuevo en el ‘small ball’ de rápida circulación del esférico, abriendo espacios en el poste y dejando en evidencia a la apagada defensa de un equipo destinada a dejar escapar la oportunidad de librar una nueva batalla en un séptimo encuentro que nunca ha llegado. Un partido de una exigencia física muy dura, que desgastó tanto a un LeBron que ha firmado la peor de sus intervenciones en esta serie final (13 de 33 en tiros de campo y seis pérdidas), como de un equipo fundido ante los sacudidas de unos Warriors que ejercieron su dominio absoluto en el juego en profundidad en la que la intervención de un recuperado para la causa Mozgov y un poco efectivo Tristan Thompson palidecieron ante un rival sin pívots, con Bogut sin disputar ni un solo minuto y con Festus Ezeli como nueva sorpresa para apuntillar a su rival en una fiesta final que terminó con la ilusión ciega hasta el último suspiro de un equipo que ha hecho lo que ha podido.
Estas series finales no sólo han dejado para la retina algunos de los momentos más apoteósicos de espectáculo sobre una cancha, también han dejado una audiencia estratosférica que no se veía desde los tiempos de los Chicago Bulls campeones, superando en un 25% de ‘share’ a las disputadas el pasado año. Muchos apuntan a que LeBron debería haber sido nombrado MVP de estas finales. Razón no les falta. Por mentalidad, físico y juego, sobresale por encima de sus compañeros y rivales. Sin embargo, su némesis sobre la pista, Andre Iguodala fue elegido el jugador más valioso de estas finales. Un jugador que no ha sido titular en todo el curso ha sido concluyente para la victoria de su equipo. Tremenda la final que ha protagonizado esta veterana estrella.
LeBron se queda sin anillo. Una vez más. Aunque de nuevo, su arrogancia señorial, volvió a emerger con esas declaraciones tras perder el quinto encuentro: “No estoy preocupado. Soy el mejor jugador del mundo”, dijo. O en este sexto encuentro buscó la manera de acaparar los objetivos al saltarse el protocolo y felicitar con desgana al rival antes de terminar el encuentro y retirarse al banquillo. El título no ha llegado, pero el mejor jugador en activo ha pulverizado récords históricos inscritos por leyendas como Jerry West u Oscar Robertson en una final, a punto de igualar en triples dobles en unas finales al mismísimo “Magic” Johnson. Eso sí, LeBron habiendo jugado las mismas finales que Michael Jordan y una menos que Kobe Bryant, está lejos de alcanzar a sus referentes. El mejor jugador que existirá jamás en la NBA las ganó todas (6-0), mientras que para alcanzar al escolta de los Lakers debe ganar aún otros tres títulos (5-2). Veremos si el tiempo recompensa la destreza física de un portento auto transformado en un antihéroe que divide al público entre el odio y el fervor.
Lo cierto es que esta finales 2015 nos han dejado un duelo satisfactorio en todos los estratos de un deporte único, haciendo reverdecer el romanticismo de lo clásico, la sensatez de la pizarra, pleno de ideas baloncestísticas y llevando hasta las últimas consecuencias una forma honesta y plausible de entender el baloncesto, como un pequeño guiño a aquel equipo de la Bahía, los orgullosos Bubs comandados por el Run T-M-C (Tim Hardaway, Mitch Richmond y Chris Mullin) que cimentaron las bases de este modelo de juego estético y eficaz que se ha acabado imponiendo a la ostentación individual y de modas basadas en el juego físico. Con la victoria de los Warriors nos descubrimos al mejor baloncesto del mundo, al triunfo de una idea, a la consecución de un proyecto que tiene continuidad en un presente lleno de futuro.

miércoles, 3 de junio de 2015

'Black Mirror': La pantalla negra como reflejo distópico

‘Black Mirror’ sugiere una pérdida de sensibilidad social infectada a través de los nuevos modelos de ‘mass media’ dentro de actualidad tecnológica expuesta como un imaginario construido sobre raíces distópicas.
El escritor, humorista y guionista Charlie Broker era conocido en Gran Bretaña por su corrosiva columna de textos incendiarios en el diario The Guardian. Su debut como productor se tradujo en la serie de seis episodios ‘Dead Set: Muerte En Directo’, una especie de miscelánea que, con una clara intención crítica, reunía los ‘reality shows’ y el subgénero zombie en un mismo entorno. Channel 4, que apostó por la idea y debido al éxito que cosechó, accedió a llevar a cabo un segundo proyecto más ambicioso titulado ‘Black Mirror’ estrenado en diciembre de 2011. Hoy en día, la serie se ha convertido en un fenómeno televisivo internacional con tan sólo siete episodios repartidos en dos temporadas y un capítulo especial de Navidad recientemente emitido.
El escenario en el que sitúa la serie es cercano al mundo en el que vivimos, con una plasmación de los adelantos tecnológicos muy familiares, Internet, las redes sociales y los nuevos modelos de comunicación e hiperconectividad que han contagiado a otros contextos como el social y el político. Con ello, se adultera esta actualidad exponiéndola como un imaginario social construido sobre raíces distópicas, con un gran componente de crítica a través de metáforas dispuestas desde una mirada desalentadora sobre nuestro mundo. No es extraño que el camino seguido por la serie se oriente a una representación del cambio que estamos viviendo, con la obligada aceptación de un fatalismo que empieza a resultar evidente.
Cuando Bruce Bethke acuñó el término ‘cyberpunk’ a un subgénero literario, no esperaba que lo especulativo dejara de ser ciencia ficción tan pronto. Gran parte de la esencia de ‘Black Mirror’ llega impuesta por esa reflexión abierta a la interpretación del espectador de las consecuencias sociales que está albergando el modelo tecnológico dentro de la comunicación moderna y su disposición de un nuevo orden. Más allá de una reflexión futurista, el presente no invita a ser optimista ni con el bienestar de una sociedad equitativa, ni con una economía que se desmorona o con la corrupción con la que actúan los gobiernos, ni mucho menos con la instrumentalización por parte de las grandes corporaciones sobre el control social.
Lo que parecían ilusiones futuristas se establecen cada día en nuestra rutina, las redes sociales muestran una alternativa deformadora de la vida real y lo “humano” empieza a cuestionarse con interrogantes. Permanecemos conectados a tiempo total y dependemos de unos patrones de conducta específicos que han sido modificados en los últimos años, en los que la memoria y los recuerdos permanecen almacenados en todo tipo de plataformas tecnológicas; discos duros, móviles, tablets, ordenadores… Todo está vinculado a Internet, la memoria está conceptualizada a un chip y el mundo que nos rodea se transforma bajo una tiranía adictiva. Con sus temporadas (y las venideras) la serie creada por Brooker parece querer insinuar esa pérdida de la sensibilidad infectada a través de los nuevos modelos de ‘mass media’ en la era de Internet, donde el espectador interactúa como cómplice de situaciones bastante abigarradas y controvertidas para especular sobre esos paradigmas sociales como reflejo de una deformación de la realidad que comienza a definir nuestra forma de vida, condicionando nuestros valores y dictando los modos de relacionarse y de opinionar. ‘Black Mirror’ se compone de episodios autoconclusivos e independientes entre sí, que juegan con un mundo no muy diferente al nuestro llevado al terreno de lo hostil.
Desde la crueldad masiva en una situación política de zoofilia gubernamental a los atentos ojos de los ciudadanos que, en circunstancias reales, disfrutarían imaginando una situación parecida (‘El himno nacional’) a la sustitución de un sistema operativo personalizado que reproduzca, a modo de facsímil, a un ser querido cuando éste fallece (‘Ahora mismo vuelvo’), pasando por el oscurantismo al que llevaría una memoria exacta exportada a otros medios ajenos a los propios del ser humano que reporta peligrosas ventajas como la vigilancia y el despertar de la falsa tradición a los sentimientos (‘Tu historia completa’ y ‘White Christmas’) o una democracia frontal instaurada en el “me gusta” como degeneración de un posible sistema de comicios (‘El momento Waldo’) hasta llegar a la cruda visión y pesimista de los ‘realities’ que generan con la misma rapidez falsos ídolos y víctimas de un hedonismo universal donde la ley y los dictámenes vienen impuestos como consecuencias de los audímetros (‘15 millones de méritos’ y ‘Oso blanco’). Es la esencia de una serie reconocible en unas propuestas que definen la visualización de una ficción venidera no muy alejada de estas historias.
‘Black Mirror’ previene con su espíritu crítico acerca de unos valores que pierden su autenticidad con vidas volcadas en aparatos de última generación, capaces de regir las decisiones, la rutina y, en definitiva, la existencia en sí misma. Todos nosotros nos reflejamos como caterva invisible tan dócil como conformista ante las novedades tecnológicas que han impuesto un modo de vida abrazado como un futuro que no es más un placebo, un ese espejo negro al que se refiere el título, que proyecta la sombra de una desvirtualización de la realidad de una sociedad reconstruida bajo el absolutismo tecnológico, deshumanizando la esencia de la libertad y haciendo de los adelantos un régimen opresivo del mundo e incomunicación.
Y es que lo que propone la serie no está tan lejos de un mensaje hipotético, si no que acerca su admonición hacia la hiperrealidad en el que la nueva memoria individualizada está inmersa, en una red mucho más basta que la simple intimidad de cada persona. La serie británica es un dinámico producto, atrevido y provocador, capaz de inquietar e incomodar por medio de la reflexión que provoca, despojada de mensajes maniqueos o subtextos intencionales o demagógicos, sobre el devenir disociado de nuestro tiempo a medio plazo que refleja lo que muy bien podrían ser sus efectos secundarios.

viernes, 29 de mayo de 2015

Final de Copa 2015: la hora de la reconquista

De nuevo estamos en otra final imposible. Por cuarta vez en seis años. El Athletic vuelve a estar en la final de la Copa del Rey tan sólo tres años después de disputar este partido a vida o muerte de la competición que mejor representa al colectivo vasco. Un torneo que, históricamente, pertenece al club del Botxo. La que más ilusión hace en Bilbao. Estos últimos días se apela a aquel 5 de mayo de mayo de 1984, en otra final para la Historia contra el F.C. Barcelona. Aquel día se disputó en el Santiago Bernabéu, cuando el fútbol era equitativo y se medía por los méritos deportivos y no económicos. Cuando las distancias entre clubes ricos y los humildes no eran tan descomunales y diferenciadoras como las que existen hoy en día. El mismo rival y un panorama similar. Por aquel entonces, el Barça de Menotti tenía en sus filas a Diego Armando Maradona como la gran estrella del fútbol mundial. Junto a él, los Schuster, Carrasco, Julio Alberto, Alexanco o Migueli… partían como los grandes favoritos.
Pero la épica le reservaba una sorpresa al Athletic. El gol en el minuto 13 de Endika Guarrotxena sirvió para que los de Javier Clemente levantaran aquel recordado título, salpicado por la tangana final que no pudo empañar aquel día de fiesta, Gabarra y celebración que hoy en día en Bilbao sigue recordándose como uno de las gestas más especiales de cuantas se recuerdan. Zubizarreta, Urkiaga, Núñez, Liceranzu, De Andrés, Goikoechea, Dani, Patxi Salinas, Urtubi, Endika y Argote (a los que hay que añadir a Manu Sarabia y Txetxu Gallego) son nombres que cualquier aficionado vizcaíno recuerda en la actualidad. Hoy el universo del fútbol ha cambiado radicalmente, por lo que refrendar aquella legendaria hazaña se presume aún más compleja. No importa, porque el Athletic pertenece a otra prosapia incomparable, que hace prevalecer la inocencia inconsciente y el sentir de una afición de millones de seguidores que exhibirán bufandas y camisetas tanto en el Camp Nou como en la distancia, que rugirán como si fuera un solo grito, empujando al equipo de Ernesto Valverde hacia el sueño común, traspasando lo meramente deportivo y convertir el acontecimiento en un acto social unificador, como cada partido que juegan los leones.
Hacer realidad un imposible
Si hace 26 años el astro incontestable era Maradona, éste lo es su compatriota y considerado mejor jugador del mundo, Lionel Messi. Como aquél, despliega el respeto y es capaz él solo de levantar cualquier partido con su indiscutible valía. Además, hay que unir el talento de Neymar Jr. (no confundir con su padre), de Suárez, de Iniesta y de tantos otros que han hecho de este Barça un ogro irrebatible. Este equipo aspira, bajo la batuta de Luis Enrique (aunque bien podría ser cualquiera visto el plantel de jugadores del que dispone), que representa el gigantesco equipo globalizado que aspira a redondear otra de esas temporadas al alcance de los grandes imperios futbolísticos. Nada menos que el triplete formado por Liga, Copa y Champions. Parece que es un hecho resuelto antes de jugar. Máxime cuando ya lo consiguieron en 2009. La lógica, el favoritismo y las casas de apuestas dictan que el todopoderoso club de estrellas catalán se llevará este partido y el título se quedará en la ciudad condal.
Nadie va a cuestionar las indiscutibles carencias técnicas del club bilbaíno con respecto ante tan fiero rival, pero en el Athletic saben que las fortalezas más infranqueables también pueden ser destruidas. Si hay un equipo que sabe aferrarse a la teoría de que los milagros en el fútbol son posibles, negando el raciocinio de lo que tendría que suceder en el terreno de juego, ése es el Athletic. Y por si fuera poco, en el Camp Nou, en casa del enemigo. Hay que encomendarse a la Copa del Rey de 1958, la de los “once aldeanos”, en la que se obtuvo el título en Chamartín frente al Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas.
Existen más equidistancias entre ambos clubes. Para el Athletic es algo más que una final. Vuelve a ser la necesidad de reencontrarse con su Historia, de alcanzar el unánime anhelo de un título que parece resistirse. Para el F.C. Barcelona y sus aficionados es un simple trámite, un sencillo paso para conseguir la Champions League, que es lo que realmente les motiva. Esta competición es una menudencia que no despierta su ambición, porque se han acostumbrado a ganar tantos títulos que este trofeo ha dejado de tener un sentido que vaya más allá del hecho de acumular victorias y títulos. El Athletic tiene que garantizar mañana ese hermoso dicho que reza “No ser del Athletic es una oportunidad perdida”. Deberán jugar con el mismo orgullo de siempre, con la raza del león hambriento de un título esquivo y recompensar con su esfuerzo la idolatría de una afición volcada en la esperanza de esta Copa.
No hay límites ni metas inalcanzables, porque somos uno sólo, afición y equipo, que condensa un arraigo encauzado a vivir los encuentros más con el corazón que con la cabeza, ofreciendo una imagen utópica del mundo deportivo a punto de extinguirse. Es la hora de demostrar el instinto de unión, dejando la garganta en cada jugada y transmitiendo la energía de una parroquia que contribuye a la creencia ferviente de un equipo fiel a las raíces que nos representa, que inculca unos valores éticos y deportivos extraordinarios. El Athletic esconde tras su conocida filosofía descrita por prestigioso periódico deportivo francés L’Equipe como “un caso único en la historia del fútbol mundial”, a un pueblo entero y a incondicionales adeptos repartidos por todos los rincones del mundo. Todos ellos sueñan con escribir una memorable página en la Historia de la Copa. Y lo hacemos de forma ilógica e irracional, sabiendo lo imposible del duelo.
Una deuda pendiente
Las nuevas generaciones athleticzales se merecen vivir la emoción de la victoria y la gloria del equipo a orillas de la Nervion, viendo surcar la ría a la Gabarra y jalear cánticos triunfales hasta el Puente de Deusto, donde el colectivo rojiblanco desempolvaría los viejos recuerdos y reverdecería los sueños de la agitación común. Ha llegado el momento de concretar esa ilusión que nos invade desde hace días, de hacer realidad los deseos de unos seguidores cuyas vidas se detendrán durante noventa minutos para dedicarle toda su pasión a que su equipo consiga una victoria histórica. Después de las decepciones de Mestalla, Bucarest o el Calderón, el fútbol tiene una deuda pendiente con el Athletic. Nos debe una. Esta copa tiene que ser la de todos; la de los que nos han dejado y no podrán ver esta final, la de los jugadores que disputaron finales y no la ganaron, la de la memoria de los que sí, la de los que empiezan a ilusionarse desde niños con este equipo, la de los descreídos, la de los seguidores más fanáticos, la de los que llevan dentro ese escudo y que saben que, más allá del resultado, ese sentido de pertenencia permanecerá inalterable, porque el Athletic es algo más que un club.
Pase lo que pase, se ha subido otro peldaño en el testimonio de lealtad ‘zurigorri’ concebida, como la afición por estos colores, bajo el prisma del entusiasmo irrenunciable como vendrá siendo en sucesivas generaciones. Por eso, más allá del resultado, el Athletic seguirá manteniendo su identidad. Y por muchos fracasos que se den, jamás podrán deteriorar la autoestima de San Mamés, ni la de los jugadores ni la de los aficionados, comprometidos con la tradición y con puente de San Antón, el árbol de Gernika y los dos leones que resplandecen en nuestro escudo.
Mañana, los leones tienen que rugir como nunca y preservar la esperanza del milagro, sabiendo que el fútbol sólo es una excusa. No se trata del deporte, ni de un balón, ni de los goles… se trata sentimiento de alianza, como se dice de “una prolongación de nuestra vida”. Matt Le Tissier, ex futbolista inglés con un ejemplar sentido de pertenencia a un club (permaneció toda su carrera en el Southampton - 1986-2002-), pronunció una frase que debe ser el reflejo de la ambición de la final de mañana: “Jugar en los grandes clubes es un bonito desafío, pero es más difícil y bonito jugar contra ellos y ganarles”. Ha llegado el momento de la reconquista y de escuchar en nuestros corazones, bajo el influjo y la voz del inolvidable "Hoss" Iragorri, cómo nuestro Athletic soñó otra vez con ser el David que ganaba al Goliat con algún “bakalao” memorable que trasmitir mediante la tradición oral a nuestros hijos. Por mi parte, lo veré con mi pequeño cachorro, vestidos para la ocasión y disfrutando del momento. Él nació el pasado 5 de mayo, curiosamente, el día que Endika marcó el gol del último título del Athletic. Quiero creer que es una señal. En cualquier caso, siempre recordaré la final de mañana. Independientemente del resultado.
Denok batera... Koparen bila!!

jueves, 28 de mayo de 2015

Review 'Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Road Fury)', de George Miller

El infierno sobre ruedas
Después de un paréntesis de más de tres décadas, regresa el futuro post-apocalíptico de gasolina y sangre en un filme que se asienta sobre los cimientos reconocibles de la saga añadiendo un trasfondo feminista y épico tan espectacular y excesivo como personal en cuanto a su sello de autor.
Cuando George Miller dirigió en 1979 ‘Mad Max. Salvajes de la autopista’ lo hizo en doce semanas y con un presupuesto muy ajustado (unos 350 000 dólares) para la exigencia de un filme ambicioso y bastante arriesgado. La inspiración llegó por la película de L.Q. Jones ‘2024: Apocalipsis nuclear (Un muchacho y su perro)’, la crisis del petróleo de 1973 en la que la OPEP que decidió no exportar combustible a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra del Yom Kippur y el “Super-Car Scare” de 1972, que concedió controvertibles homologaciones de versiones de coches para carreras construidos en Australia por General Motors-Holden, Ford Australia y Chrysler. Todo estos acontecimientos sirvió de base para crear una película con aspiraciones de cinta de culto pero que pasaría a ser un éxito internacional sin precedentes.
Su historia de venganza sin ningún discurso de conciencia moral, su agresiva influencia 'punk' y ese fondo de cetrería humana con trasfondo de supervivencia en busca de sangre y gasolina fueron el detonante para que el trabajo de Miller traspasara fronteras y generara una saga inmortal. ‘Mad Max’ pasó a elevar a icono a ese policía llamado Max Rockatansky que, habiendo perdido la fe la sociedad, es incapaz de impedir que el mundo se derrumbe en espiral hacia la destrucción. Con la muerte de su familia y una hecatombe cuyo origen no se esclarecería en sus dos secuelas, la franquicia ha pervivido en la memoria hasta este 2015, año en el que se abre un nuevo paréntesis, pasadas más de tres décadas.
‘Mad Max: Furia en la carretera’ no es la continuación lógica de sus antecesoras, sino que recoge ese páramo distópico gobernado por deshumanizados seres con tendencias sádicas en un territorio sin ley. El contexto de esta nueva superproducción se sigue fijando en ciudad descentralizada y autárquica en medio de la nada, poblada por bandas de crueles merodeadores. La catástrofe global es vagamente sugerida por unas pinceladas y unas pocas imágenes de devastación. Una poderosa voz en Off emprende la aventura con un personaje reconocible, Max, el mismo hombre con distinto rostro (Tom Hardy por Mel Gibson). “Mi nombre es Max, mi mundo es fuego y sangre” son sus primeras palabras. Mientras, vemos es el V8 Interceptor, el reconocible y anacrónico coche de sus predecesoras y la infructuosa huida del protagonista ante los “Chicos de la Guerra”. El (anti)héroe, que continúa siendo un nómada que vive para sí mismo con la única doctrina de la supervivencia, se ve inmerso una Ciudadela construida en un valle de piedra gobernada por Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne), un villano con total control sobre el combustible, el agua y leche materna para contrarrestar los efectos de las radiaciones que tiene sometida a la población y esclavizado a todo un ejército.
“Yo vivo, muero y vivo de nuevo” manifiesta ante la famélica multitud que le idolatra y espera algo de agua para subsistir. La acción arranca cuando Imperator Furiosa (Charlize Theron) traiciona a este dueño y señor del destino de sus súbditos al escapar con su harén de cinco esposas (Zoë Kravitz, Rosie Huntington-Whiteley, Riley Keough, Abbey Lee y Courtney Eaton), todas ellas hermosas concubinas dotadas y fértiles para prolongar su legado con un heredero perfecto. En su huida, Max, junto a Nux, un chico de la guerra sublevado (Nicholas Hoult), ayudarán a liberar a esta caravana de mujeres en dirección a la Tierra Verde, un antiguo páramo con esperanza de vida. Sin embargo, el tirano señor de la guerra emprenderá una implacable persecución para recuperar su propiedad con la ayuda de algunos de los más temibles opresores que acompañarán al malvado Immortan Joe en su caza sobre ruedas.
El espíritu del ‘Ozploitation’
George Miller rehabilita el espectro contextual de ese apocalipsis abstracto dentro de un futuro árido de páramos desérticos y dunas sinuosas, orquestando un mundo inhumano con personajes llevados por los instintos más primarios de supervivencia, asemejándolo a un cuadro de El Bosco, con estética acre de desazón anticipatoria. Miller regresa al género de acción con gran inspiración a la hora de poner en imágenes un frenesí que supura acción sin límite, mostrada casi a la velocidad a la que circula la aniquilación moral y espiritual que vertebra la tetralogía. Si hay algo que galvaniza la sustancia de la saga y que alcanza aquí su cota más apoteósica, es el ritmo infernal que propone la cinta. Sin levantar el pie del acelerador, la cadencia parece estar poseída por un denuedo de poder visceral tan sugestivo como agresivo, plagando sus secuencias de acción con acrobacias de cámara a alta velocidad, como una iracunda montaña rusa que incluso en los escasos instantes de calma dramática se percibe una percepción de inminencia con nuevos impactos de intimidación motorizada.
Es evidente que no hay mucho espacio para el diálogo, ya que la palabra se establece a través de la acción sin freno. Miller y sus co-escritores, el autor de cómics Brendan McCarthy y Nico Lathouris, prefieren delimitar el contexto y los personajes a una rápida descripción, sin necesidad que interiorizar ningún tipo de motivaciones e itinerarios sujetos a dictámenes argumentales. Estamos ante una larga persecución de un camión a golpe de rugido de motor que busca un objetivo y una horda de perseguidores sin rostro. Lo que importa de verdad es el ‘tour de force’ de solidez cinética en el que no falta la demostración de acrobacias coreográficas, la velocidad y los encontronazos.
‘Mad Max: Furia en la carretera’ es una película que no elucida sobre preguntas relacionadas con los personajes pretéritos que asolan la conciencia de Max, ni el significado etéreo del Valhalla, ni porqué Furiosa perdió su brazo izquierdo, ni por qué la Tierra Verde ahora está poblada por figuras grises que caminan con zancos sobre el lodo y pervive en la oscuridad plagada de cuervos. El guión no acude a la justificación para describir esa titánica cacería humana ante el chirriante rugido de motores, si no que escudriña sutilmente ese espíritu del ‘Ozploitation’ que articulara un poco conocido género australiano de finales de los 70 y principios de los 80. La gran baza es su aparente sencillez, porque bajo esa especie de ‘freakshow’ con un exceso de ingredientes que rozan lo surreal y lo grotesco (el guitarrista eléctrico colgado a modo de marioneta o la percusión que acompaña los ataques), se esconde un extraño halo de película de autor, tan personal como identificativa.
Y lo hace sin perder la esperada exposición de elementos identificativos de la franquicia; desde la brutalidad, la suciedad, el humor de trazo grueso de las antípodas, los ‘rust buckets’ tuneados o los ‘hot-rods’ imposibles, guerreros kamikazes, gladiadores ‘thrash metal’ y espeluznantes villanos definen una sobredosis de acción trepidante y sangrienta dentro de un imaginario resuelto con una brillantez fuera de toda duda en cuanto a su planificación, casi instintiva, que agradece un montaje que funciona como un mecanismo visual perfecto gracias al trabajo de la esposa de Miller, Margaret Sixel. A ello hay que sumar la luminosa tonalidad visual que John Seale propone con la violenta belleza de sus planos, aprovechando la luz natural de desierto de Namibia, con sus tonos anaranjados y ocres que se confrontan con varias secuencias de “noche americana”, así como la enfurecida música de Tom Holkenborg (o Junkie XL)  y la autenticidad de todo lo que desfila en pantalla, en la que Miller ha restringido el CGI apoyándose en vehículos y escenarios reales, lo que le confiere a la cinta un horizonte de poética esterilidad.
El factor femenino contra el nihilismo futurista
Esa aparente sencillez encubre, sin embargo, un planteamiento ideológico en forma de discurso crítico con los totalitarismos reales disfrazados de democracias que subsisten más que nunca en nuestra actualidad . En la Ciudadela de Immortan Joe las vidas de las personas son comparables a un simple sedante biocombustible o como mero ganado. Este autoimpuesto profeta de autoridad divinizada gobierna a un reducto de trastornados prosélitos que guardan cierto parecido a fanáticos grupúsculos religiosos que anhelan ser recompensados en otro mundo y que no es difícil equiparar a algún otro fundamentalismo religioso que está apegado a nuestra realidad. En un mundo sin esperanza, donde se refuta toda forma de libertad, el legado de desafuero totalitario requiere de nuevas vidas perfectas cultivadas en el odio y el patriarcado con un único objetivo: el continuismo del bienestar del sector tiránico a costa de personas oprimidas en beneficio de sólo unos cuantos privilegiados.
El poder de los patronos rige el destino de las vidas sin futuro de esta distopía que mantiene el fondo nihilista de locura tribal que envuelve toda la saga. Salvo por una excepción radical en cuanto al signo hormonal de ésta. Y es que ‘Mad Max: Furia en la carretera’ revaloriza el papel de la mujer como factor preponderante de este nuevo mundo futuro, con una proclama feminista que responde a una actitud de cambio, puesto que son ellas las que tratan de establecer las bases de una humanidad perdida en contraposición de la barbarie inhumana masculina. Tanto Imperator Furiosa como el resto de las jóvenes representan esa fuerza civilizadora, preocupadas por la fecundidad no sólo en un ámbito humano, sino natural, como signo de vida frente a la muerte. Si en sus precedentes, se revelaba un mundo posnuclear hecho trizas regido por un fiero machismo, en esta ocasión Max deja a un lado su pesimista filosofía de vida (“la esperanza es un error” confiesa en un instante del filme) para variar en su discurso con la certeza de que ese grupo de mujeres pueden abanderar una revolución hacia una expectativa de subsistencia optimista, sin dejar que la renuncia acabe con sus vidas en una huida hacia la nada. Por eso, Furiosa esquematiza ese valor de cambio en Max, que entiende que salvando su vida y la de las demás también tendrá su cuota de exoneración.
Ese esperanzador ‘happy end’ conlleva un mensaje instaurado en la idealización de la utopía, donde se constata un cambio insurrecto sólo cuando se muestra el cuerpo del líder inerte y abatido, desposeído de la iconografía mística y feroz que enmascara a un hombre enfermo, que supura enfermedad y lleva un respirador artificial para mantenerse con vida. El resquicio de esperanza para la especie humana se traduce en la construcción de un modelo de equilibrio social igualitario. Lo femenino generador de vida contra lo masculino devastador. Los roles de Hardy y Theron son almas gemelas que responden a un corte conceptual similar dentro de su designio como personajes, que no es otro que la búsqueda de la redención, asumiendo que la huida no es más que un subterfugio para soslayar la necesidad de heroicidad y enfrentamiento a sus fantasmas. Y, con ello, afrontan la lucha ante Immortan Joe y sus secuaces. Salvo por una pequeña diferencia; Max no es más que el brazo que le falta a Imperator Furiosa. Ella es la auténtica protagonista y los ojos del espectador respecto a la historia.
Un ‘blockbuster’ diferente
Llegados a este punto, es inevitable pensar qué hubiera sido de este ‘power up’ (que no ‘reboot’) con un Mel Gibson en el personaje que le dio la fama, ese Rockatansky arcaico y ceñudo, transformado en un personaje legendario inmerso en una última hazaña de este calibre. Habría sido un retorno al primer nivel de uno de los actores imprescindibles para entender el cine contemporáneo. Una lástima que Miller y Gibson no hayan satisfecho el deseo de los nostálgicos, pero Miller sabe que con la nostalgia como enemigo, ‘Mad Max: Furia en la carretera’ no hubiera sido posible. De aquello queda esa pequeña pieza de caja de música que aparecía en ‘Mad Max 2: El guerrero de la carretera’, como otra de las muchísimas e imperceptibles referencias que van apareciendo silenciosas en pantalla. Tom Hardy no desmerece en absoluto el carisma agreste de ese conductor silencioso y Charlize Theron compone con certeza uno de sus mejores y más complejos roles.
Lo que nos queda es una película desafiante, furibunda, a veces delirante… una experiencia cinematográfica que atribuye un golpe de desfibrilador al cine comercial actual. Dos horas de persecuciones espectaculares y caóticas a través de esa estepa sin esperanza que Miller ha logrado familiarizar con el espectador y alejarse de ella para entregar una nueva aventura a aquel que acuda ajeno a sus antepasados. Como un homenaje deformado de ‘La diligencia’, de John Ford o de ‘Raíces profundas’, de George Stevens, la nueva y alucinógena entrega de Miller es un ‘western’ futurista que renuncia con reciedumbre a admitir los métodos y los códigos propios del género. Con una pulsión operística cimentada en la energía y adrenalina, esta cuarta parte de ‘Mad Max' es una orgía destructiva de un caos de poderosa sugestión, una espectacular experiencia visual de alto octanaje con el genuino sabor de un cine perdido. Tras una larga espera de treinta años, el regusto por los viejos clásicos con aroma de modernidad ha conseguido ir mucho más allá del mero ‘blockbuster’ de acción pre-veraniego. Veremos si este continuismo perpetúa e incrementa la leyenda o afecta negativamente a la saga, como vienen sucediendo con otras muchas franquicias recuperadas del pasado.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015

martes, 26 de mayo de 2015

El cine español despide a Vicente Aranda

(1926-2015)
El día ha despertado con la triste noticia del fallecimiento de uno de los cineastas más importantes y completos que ha tenido hasta el momento la cinematografía española. Vicente Aranda se ha ido para siempre a los 88 años de edad, dejando hechos los deberes y escrito su nombre con contundencia en los fastos del cine patrio. Desde sus primeros años y hasta su última película ‘Luna caliente’ (2009), Aranda dejó claro que fue un director de oficio y de vocación, a contracorriente de modas y bandazos comerciales. Dejaría su impronta como una de las cabezas visibles de la llamada Escuela de Barcelona, movimiento cuyos preceptos artísticos se asentaban en la idea de agitar la industria cinematográfica de la época; Gonzalo Suárez, Joaquín Jordá, Juan Marsé, Ricardo Bofill, José Luis Guarner, Antonio Rabinad, Román Gubern, Jaime Camino o Jacinto Esteva fueron algunos de aquellos compañeros que transgredieron con sus trabajos y popularizaron aquel impulso de cambio.
Su primer filme, ‘Brillante porvenir’, co-dirigida junto a Gubern ya exponía un apego por el realismo crudo que ccontinuaría su disposición hacia un inconformismo estético y formal de su segundo trabajo, ‘Fata morgana’, cinta que abanderó la Escuela de Barcelona y que supuso un impacto experimentalista que definió muy bien la actitud y el carácter del director. Aranda mantuvo desde entonces una visión propia del mundo y sus valores, interpretando mediante su fascinante carácter cuando se trataba de rodar, alejado de posturas acomodaticias o forzado rigor didáctico, muchas veces imperando la sexualidad como vía de libertad ante censuras y conservadurismos pretéritos.
Su obra fílmica posee títulos como ‘Las crueles’ (1969), ‘La novia ensangrentada’ (1972), ‘Cambio de sexo’ (1976), ‘La muchacha de las bragas de oro’ (1979), ‘Fanny Pelopaja’ (1984), ‘Tiempo de silencio’ (1986), el díptico ‘El Lute, camina o revienta’ (1987) y ‘El Lute, mañana seré libre’ (1988), ‘Amantes’ (1991), ‘El amante bilingüe’ (1992), La pasión turca (1994), ‘Libertarias’ (1996), ‘La mirada del otro’ (1997), ‘Celos’ (1999) o ‘Juana la loca’ (2001). Varias de estas obras concretaron uno de sus rasgos más coherentes de su perspectiva artística, que no es otro que una dimensión indiscutible como artista capaz de convertir la literatura en imágenes (16 de los 26 títulos que componen su filmografía son adaptaciones), reescribiendo según su percepción esos libros y novelas en experiencias ciertamente personales, más heterogéneas que lo que a priori pueda parecer, sabedor de que a través de la reconstrucción de la realidad del libro, se consigue un sello propio a la hora de revelar la verdad y el énfasis de sus imágenes, sin tipismos y evitando artificios académicos.
Vicente Aranda siempre fue un cineasta indócil, que obedeció a su querencia por historias de cierta complejidad trágica sobre las contradicciones humanas, sujeto a una mirada insobornable de un clásico de nuestro cine irremplazable.

lunes, 25 de mayo de 2015

¡Feliz Día de la Toalla!

Hoy se celebra el décimo aniversario de la creación del Día de la Toalla. O lo que es lo mismo, de la muerte del autor literario Douglas Adams, cuya obra ‘La guía del autoestopista galáctico (The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy)’ sirve de base para esta no tan esperpéntica celebración. Los fans de uno de los mejores y más delirantes libros de ciencia ficción buscaron la forma más idónea de hacer ofrenda al literato adoptando uno de los elementos más identificativos de su gran obra, es decir, la toalla. En el capítulo 3 de la novela, el personaje de Ford Perfect le revela a Arthur Dent la importancia de una toalla a la hora de hacer autostop interestelar para que una nave extraterrestre lo recoja instantes antes de que los Vogons acaben con la tierra. Los fans de Adams se reparten por el mundo con ese número 42 que representa la respuesta del Pensamiento Profundo que llega después de siete millones y medio de años meditando sobre la gran pregunta, haciendo una ofrenda a este libro y a sus personajes. Así que recuerda que hoy debes llevar una toalla a todas partes y colgar ese eslogan originario de la portada del libro de Adams ‘Don’t panic’ si no quieres ser condenado a escuchar los poemas del capitán vogón de una nave espacial enloquecida.
“Dicen que una toalla es el objeto de mayor utilidad que puede poseer un autoestopista interestelar. En parte, tiene un gran valor práctico: uno puede envolverse en ella para calentarse mientras viaja por las lunas frías de jaglan Beta; se puede tumbar uno en ella en las refulgentes playas de arena marmórea de Santraginus V, mientras aspira los vapores del mar embriagador; se puede uno tapar con ella mientras duerme bajo las estrellas que arrojan un brillo tan purpúreo sobre el desierto de Kakrafun; se puede usar como vela en una balsa diminuta para navegar por el profundo y lento río Moth; mojada, se puede emplear en la lucha cuerpo a cuerpo; envuelta alrededor de la cabeza, sirve para protegerse de las emanaciones nocivas o para evitar la mirada de la Voraz Bestia Bugblatter de Traal (animal sorprendentemente estúpido, supone que si uno no puede verlo, él tampoco lo ve a uno; es tonto como un cepillo, pero voraz, muy voraz); se puede agitar la toalla en situaciones de peligro como señal de emergencia, y, por supuesto, se puede secar uno con ella si es que aún está lo suficientemente limpia.
Y lo que es más importante: una toalla tiene un enorme valor psicológico. Por alguna razón, si un estraj (estraj: no autoestopista) descubre que un autoestopista lleva su toalla consigo, automáticamente supondrá que también está en posesión de cepillo de dientes, toallita para lavarse la cara, jabón, lata de galletas, frasca, brújula, mapa, rollo de cordel, rociador contra los mosquitos, ropa de lluvia, traje espacial, etc. Además, el estraj prestará con mucho gusto al autoestopista cualquiera de dichos artículos o una docena más que el autoestopista haya "perdido" por accidente. Lo que el estraj pensará, es que cualquier hombre que haga autoestop a todo lo largo y ancho de la galaxia, pasando calamidades, divirtiéndose en los barrios bajos, luchando contra adversidades tremendas, saliendo sano y salvo de todo ello, y sabiendo todavía dónde está su toalla, es sin duda un hombre a tener en cuenta”.
Fragmento de 'Guía del autoestopista galáctico', de Douglas Adams.
Página 16. Capítulo 3
ISBN 978-84-339-7310-8
Además, hoy se celebra el trigésimo cuarto aniversario del estreno ‘Star Wars - IV A New Hope’, el 25 de mayo de 1977 que supone además la génesis del Día del Orgullo Friki.
No será por celebraciones.

jueves, 21 de mayo de 2015

Industrial Light & Magic: 40 años de efectos especiales

La experiencia cinematográfica basada en el espectáculo y el ‘blockbuster’ como sentido de ilusión y sortilegio en pantalla probablemente no se entendería sin la Industrial Light and Magic de George Lucas. La factoría de efectos especiales más conocida por el público nació en 1975, ideada para delinear todo el universo visual de la saga ‘Star Wars’. Desde entonces, ha ido incrementando a su alrededor un imperio de fantasía, un mundo de rentabilidad que ha alimentado la nostalgia de los millones de espectadores que conocieron la empresa gracias a la temática legendaria de una saga que adquirió una dimensión equiparable a toda una religión y clave en el cine contemporáneo. Pero no sólo eso, sino que la compañía ha ido creciendo a través de las décadas hasta cumplir cuarenta años desde que arrancara en un almacén en Van Nuys (California) convirtiéndose en la pionera en utilizar ordenadores para la creación de efectos visuales con protagonismo destacado en muchas de las supeproducciones.
Para celebrar esta onomástica, la revista ‘Wired’ acapara los rostros que han ido gestando mediante superproducciones la hazaña pirotécnica que han convertido a la ILM en una factoría de sueños inimaginables cuando emergió como pequeña compañía fundada por un auténtico visionario. Desde la mencionada saga galáctica, gran parte de la filmografía de Steven Spielberg, ‘Star Trek’, ‘Cristal Oscuro’, ‘Los Cazafantasmas’, ‘Poltergeist’, la trilogía de ‘Regreso al futuro’, ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’, ‘Willow’, ‘Abyss’, ‘Forrest Gump’, ‘Terminator 2’, ‘Corazón de Dragón’, ‘Titanic’, las sagas de ‘Harry Potter’, ‘Piratas del Caribe y ‘Iron Man’, ‘Transformers’… y un largo etcétera sin el cual el sentido lúdico y comercial del cine no existiría.
A modo de entrevistas y anecdotario Alex French y Howie Kahn han realizado un exhaustivo análisis de la compañía mediante las palabras y atribuciones de gente como el propio Lucas, Dennis Muren, John Dykstra, Steven Spielberg, Kathleen Kennedy, J.J. Abrams, Ron Howard, Ed Catmull, James Cameron, Stefen Fangmeier, Lynwen Brennan, Michael Bay, Gore Verbinski o Guillermo del Toro, que repasan la historiografía de uno de los modelos de negocio más rentables de los fastos del cine. La ILM sigue su camino trasformada en un mito de los efectos especiales que ha trabajado en más de 300 proyectos de cine y un sinfín de ‘spots’ comerciales de televisión, video juegos y otros tantos proyectos. Una factoría que ha creado algunas de las imágenes más icónicas de la gran pantalla y han impulsado los límites del arte y la tecnología hasta donde la imaginación jamás soñó llegar.

miércoles, 20 de mayo de 2015

No es televisión, es HBO

Innovación y diferencia catódica
La cadena estadounidense ha terminado por convertirse en un modelo de negocio basado en ofrecer una televisión de calidad y exclusiva para sus clientes copiado por sus competidores.
Hoy en día, todo el mundo sabe qué es HBO. Más allá de sus bondades y catálogo de series que han ido estableciendo una pequeña parcela en la memoria colectiva, la cadena se alzado con la hegemonía y el prestigio de las cadenas americanas ¿La razón? Un modelo de eficacia probada que ha hecho sombra a sus competidoras. Empecemos por el principio. La historia comienza cuando Charles F. Dolan acudió a Sterling Manhattan Cable, un operador multisistema financiado, en gran parte, por la todopoderosa Time Inc. Su propuesta era la de crear un canal de pago llamado ‘Green Cable’ que ofreciera programación propia, estrenos cinematográficos y deportes en exclusiva para suscriptores. La iniciativa revolucionaria la televisión americana e internacional de todos los tiempos.
Fue el nacimiento de la HBO (Home Box Office). Su puesta de largo se produjo en 1972 y fue el primer servicio de televisión comercial que integró vía satélite y cable en sus emisiones. Todo un pionero, pese a que sus inicios fueron inestables y la cadena sufrió pérdidas económicas. Uno de sus primeros pelotazos de audiencia se produjo con la adquisición de los derechos del último combate por el título de los pesos pesados que disputaron Muhammad Ali y Joe Frazier en 1975 durante el llamado ‘Thrilla in Manila’ de Filipinas. Un primer acierto que fue configurando la importante plataforma basada en seductora oferta en su programación que con el paso de los años fue ganándose a pulso la etiqueta de lo que dio en llamar “televisión de calidad”. En sólo un año, de 1976 a 1977, se pasó de 15.000 a 600.000 suscriptores. Un hecho que ha ido acrecentando su reputación y ganando adeptos con el paso del tiempo.
Uno de los pilares de esa revolución se sustentó en la creación de un renovador concepto llamado “transmedia storytelling”, que no es más un sistema muy específico de promoción en torno a sus programas. Consiste en generar información a través de múltiples medios con el fin de crear expectación entre los telespectadores. Esta estrategia, fundamentada en metas como el posicionamiento en el mercado, el estilo y su contenido o innovación tecnológica, provocó algo que los expertos definieron como “el efecto HBO”. El afianzamiento de programas autoproducidos y la ampliación de la cadena en el panorama de la televisión estadounidense llegó de inmediato como logro en la exploración de nuevas perspectivas desde un estudio sobre los hábitos de visionado del consumidor.
La brújula que guía estos productos para que estén a la altura de lo esperado no es más que un cúmulo de ideas inmersas en la red de “post-televisión”, en la que los contribuyentes son partícipes del proceso de producción y la creación de un producto de marca. Sin esto, la HBO no hubiera contribuido al cambio que se ha forjado en los últimos quince años respecto en la forma de ver las series y que han adoptado otras cadenas. Tampoco hubiera existido series como ‘Sigue soñando’, ‘Oz’, ‘Hermanos de sangre’, ‘Deadwood’, ‘El séquito’, ‘Carnivàle’, ‘Treme’, ‘Mad men’, ‘Roma’ o ‘Boardwalk Empire’, entre muchas otras.
Rompiendo las reglas
La diferencia ofrecida fue la de anteponer el entretenimiento y la voz del cliente antes que la venta a toda costa alentada por la publicidad. La independencia de la HBO revolucionó el medio con la llegada de ‘Sexo en Nueva York’, una serie sin tapujos a la hora de abordar cuestiones consideradas tabúes y con la desvergüenza de un formato que irrumpió abriendo el camino a otros dos filones sin los que la historia de la televisión no se entendería. En esa actitud de cambio apareció ‘Los Soprano’. Corría el año 1999 y su emisión y éxito sorprendió, y de qué manera, afianzando esta revulsiva apuesta de riesgo con una estrategia argumental radicalmente distinta en la narrativa y el lenguaje televisivo. Los discursos adultos y su complejidad condujeron sus series hacia una libertad donde tenía cabida de todo; ambigüedad, tramas múltiples, voces narrativas divergentes… ‘Los Soprano’ inicio lo que muchos avanzaron como una “segunda edad de oro de la televisión”. Y no andaban muy desencaminados. “No es televisión, es HBO” sería el lema más recordado de la emisora. Después llegaría ‘A dos metros bajo tierra’, que reforzaría esta idea. Se trataba de otra propuesta de reflexión, más intelectual y estética. ‘Deadwood’, ‘El ala Oeste de la casa blanca’, ‘Curb Your Enthusiasm’ y sobre todo ‘The wire’ seguirían el camino.
La fiesta televisiva reunió una impecable mezcla de formatos, géneros y estilos donde el relato funcionaba muy por encima de unas cualidades técnicas sorprendentes. De repente, dos formas tan diferentes como el cine y la televisión se homogeneizaron con una retroalimentación en el que no se distinguía el nivel de producción de cada uno. De esta forma, la democratización del medio audiovisual también llegó de la mano de HBO. Habían cambiado los tiempos y los derroteros apuntaban a personajes que ya no simbolizaban los códigos de honor y valores morales. En este cambio, la visión pasó a un nivel de identificación que se diluía entre el bien y el mal, en una sociedad perdida en el pesimismo de los nuevos tiempos. Toni Soprano, Don Draper, James MacNulty… incluso los protagonistas de las comedias como Larry David o Louis C. Clark personifican con sus defectos ese doble rostro que dinamitó para siempre los cánones establecidos.
Con la instauración de lo instantáneo y de la inmediatez dictada por Internet, donde la materia televisiva se ha diversificado, la competencia se ha hecho notar dentro del juego de poderes mediáticos. Sin ir más lejos, Netflix, que este mismo año ha superado los 33 millones de suscriptores gracias al modelo ‘streaming’ con series como ‘House of Cards’ y ‘Orange Is the New Black’. La respuesta por parte de HBO no se hizo esperar. Habían creado HBO Go y MAX Go y a ello añadieron un servicio ‘on line’ similar al de Netflix, que alberga gran parte de las series clásicas y de moda así como contenido exclusivo de cine, extendido a un contrato con Universal para rodar filmes con el sello HBO. Por si fuera poco, ha encontrado su nueva gallina de los huevos de oro en la adaptación de ‘Juego de Tronos’, que revitaliza la idea constante de la cadena por prevalecer y ocupar un lugar destacado dentro de la cultura popular y contemporánea. De momento, sigue siendo así. Cuatro décadas después, HBO sigue siendo el referente de la televisión de pago ofreciendo una amplia programación través de múltiples plataformas para sus 114 millones de suscriptores en todo el mundo.