lunes, 31 de agosto de 2015

Wes Craven, adiós al maestro del terror

(1939-2015)
Aunque no es una historia oficial, más allá de lo apócrifo de ésta, Wes Craven comentó en múltiples ocasiones que Freddy Krueger, una de sus más célebres criaturas y la que le proporcionó uno de sus éxitos más recordados, fue inspirada por el brasileño Jose Mojica Marins y su oscuro Zé do Caixão, insinuando que aquellas inmensas uñas fueron el origen al diseñar las afiladas garras del asesino de sueños con el rostro quemado. Una anécdota que da cuenta de las influencias del cine de terror más allá de lo habitual en el cine norteamericano, porque si algo caracterizó al realizador de Cleveland fue una inusual pasión por la genealogía del terror en todas sus vertientes y que acabó por transformarle en uno de los más destacados realizadores de una venerada generación de maestros del cine sangriento como George A. Romero, Tobe Hooper, Joe Dante, Sean S. Cunningham, John Carpenter, Larry Cohen, Bob Clark, Don Coscarelli o William Lustig, entre muchos otros.
Craven ha fallecido a los 76 años esta pasada madrugada y deja un legado de películas de terror a las que confirió una personalidad fílmica que comenzó desde su primera película ‘La última casa a la izquierda’, revocando cualquier metodología tradicional para proponer una especie de documental que brutalizaba sus objetivos violentos con tintes realistas al rechazar cualquier complacencia en la ambigüedad moral y salvaje deshumanización que vertebran el filme, dejando un poso metafórico de ironía frente a las preocupaciones de la época, de la contracultura, del ‘hippismo’, de la guerra de Vietnam… que tuvieron su continuación en ‘Las colinas tienen ojos’, el terror psicológico de ‘Las dos caras de Julia’, el fanatismo religioso ‘Bendición Mortal’ o la adaptación del cómic ‘La cosa del pantano’, que precedieron el inicio de la saga ‘blockbuster’ que hizo de Craven el maestro del terror consolidado dentro del cine comercial de los 80. ‘Pesadilla en Elm Street’, subversión del cine juvenil llevado a unas posibilidades oníricas de inventiva perversa para llevar a cabo la venganza de ultratumba, generaron un carismático icono cinematográfico inmortal: el eterno Freddy Krueger.
Con una narrativa que constituye su máxima como cineasta, se convirtió en un referente y relativizó el éxito de la película para seguir indagando en otros aspectos y ámbitos terroríficos como en ‘Shocker, 10.000 voltios de terror’, ‘La serpiente y el arco iris’ o ‘El sótano del miedo’ que supondrían una especie de inmersión en las claves de su propia visión del género con alternativas que no satisficieron las expectativas comerciales (reforzando su polifacética figura con la serie televisiva ‘Más allá de los límites de la realidad’) y provocaron su regreso a la saga pesadillesca cuando Krueger había agotado su presencia cayendo en todo tipo de caricaturas. ‘La nueva pesadilla de Wes Craven’ era un juego que alternó realidad y ficción y que descompuso el mito para erigirlo y dignificar la representación icónica en la memoria del aficionado.
Tras el traspié al incidir en un nuevo rumbo hacia la comedia de tintes terroríficos con la fallida ‘Un vampiro suelto en Brooklyn’ que no logró resucitó el potencial cómico de una estrella en declive como Eddie Murphy, Craven encuentró en Kevin Williamson el aliado perfecto para revolucionar el cine de género de los 90 con las saga ‘Scream’, que fomentó no sólo una reformulación conceptual del cine de terror, sino la satirización de las reglas del ‘slasher’ para parodiar desde la inteligencia una normativa comercial de los éxitos de esta raigambre, desde la fiebre por las secuelas, la vulgarización de los ‘remakes’ y la recaída de calcos cuando un producto se convierte en un taquillazo. Una obra de ingenio y diversión que abogó por los cauces del respeto que sólo podía encontrar en Craven el guía de un cine capaz de retroalimentarse de su propia obra, además de ofrendar un autohomenaje que sirve de base para nuevas generaciones. Algunas de sus últimas obras como ‘Vuelo nocturno’, el drama lacrimógeno ‘Música del corazón’, ‘La maldición (Cursed)’ o ‘Almas condenadas’ no deben empañar ni menoscabar la trayectoria de un director influyente que desde su aporte marginal logró reinventarse a sí mismo una y otra vez mediante el reciclaje de temática muy apegada a un sarcasmo de violenta y desagarrada contundencia que definió su ambición al abrir nuevos caminos dentro del género: “no se trata sólo de que la gente quiere tener miedo. Se trata de que la gente sienta el miedo”.
Se ha ido un maestro de maestros.

jueves, 27 de agosto de 2015

La barba más allá de espurias modas

"No cortaréis en redondo el borde de vuestras cabezas ni dañaréis la punta de vuestra barba".
(Levítico,19:27-28).
Para muchos, la barba es una cuestión de moda, una corriente estética inventada por las revistas que han creado etiquetas de lo más rimbombante y absurdo y que, curiosamente, mucha gente asume y ostenta bajo estúpidos designios; ‘hipsters’, ‘lumbersexual’, ‘leñasexual’ o la cuestionable nueva acepción ‘merman’, para aquéllos descerebrados que se tiñen de colores llamativos el pelo y sus frondosas barbas. Sin embargo, más allá de una ambición ‘trendsetter’, el hecho de llevar barba como signo de identidad constituye una tradición de siglos en algunos hombres que veneran como parte de su personalidad y abogan por la dejación de la hojilla y el afeitado a favor del crecimiento de los folículos pilosos en el rostro. Lejos del ‘lifestyle’ transitorio, es muy dudoso que gente en la historia como Jesucristo, Santa Claus, El Cid, Grigori Rasputin, Charles Darwin, Charles Dickens, Karl Marx, Fidel Castro, Stanley Kubrick, Steven Spielberg, Alan Moore, Osama Bin Laden, los ZZ Top o James Harden lucieran este distintivo en forma de crin facial como una corriente estética para estar a la moda de su tiempo.
En torno a este vestigio estético se han erigido diversas supersticiones y relatos, como la atribución de sabiduría y respetabilidad, de potencia o impotencia sexual, de estatus social, de falta de higiene, de excentricidad o de compromiso religioso. Por ejemplo, los egipcios eran acérrimos enemigos de la barba, enfrentados a los semitas de Babilonia y Mesopotamia o a los hebreos, que lucían unas barbazas del quince. También se cuenta que es una demostración de fortaleza del sistema inmune que afianza cierta potestad subjetiva que pugna contra esa no demostración aparición de ácaros y parásitos. La historiografía de la barba pasa de la devoción por este uso fisonómico hasta la demonización que apuntaba que este hecho era un signo de decadencia.
Hay quien dice que los hombres con barba tienen menos probabilidad de casarse y que, normalmente, ejercen profesiones en las que no se exige buena presencia. Incluso hay estudios falseados que apuntan a que los barbudos tienen un mayor riesgo de derrames cerebrales o infartos de miocardio producidas por concentraciones de hormonas sexuales circulantes en el cuerpo que podrían influir en el proceso de formación del ateroma, una placa de grasa que se deposita en las arterias. Todos los tópicos que abogan por el progresismo de las barbas, aquellas tendencias que denotan un prototipo de capacidad intelectual o de dejadez siguen siendo pura apología de extraña inventiva acerca de este estilo masculino.
En mi caso tampoco responde a un acto de simbolismo que aluda a un plus de agresividad, aparente madurez, de ningún tipo de estatus social y menos de una moda. Más de dos décadas trasquilando mi barba, unas veces pulcra y otra más abandonada a su suerte, no responde tampoco a ciertos modelos de jerarquía o multitud de categorías que definan ningún estilo dentro de esa tendencia de desambiguación que comenzó en la Francia del reinado de los Valois y que inundan las revistas de moda masculina de peluquería.
Simplemente, ha pasado a formar parte de mi vida y de mi personalidad desde hace tanto, que no recuerdo cuál fue la primera vez que emergió como parte de mi imagen. En mi caso particular, valedor durante de años de esta afinidad capilar, he encontrado un reconfortante y poderoso afianzamiento en mi rutina y doctrina estética de vellosidad fisonómica. Se trata, nada menos, que la indescriptible complacencia descubierta en que tu hijo de casi cuatro meses se interese por ella y te estire entre risas y curiosidad. Sólo por ese hecho, merece la pena el empeño de su incontestable perpetuidad.
¡Larga vida a la barba!

lunes, 24 de agosto de 2015

'Forajidos (The Killers)', de Robert Siodmak

Perdedores entre sombras
Dos matones profesionales emergen de la oscuridad en busca de alguien. Indagan sobre el paradero de Pete Lund, que ahora es Ole Anderson, también conocido como “El Sueco” (Burt Lancaster). Pese a ser avisado por un compañero que trabaja con él en una gasolinera de un pequeño pueblo de Estados Unidos, el hombre, cansado de huir del recuerdo, de la traición provocada por una bella mujer, asume su destino sin esquivar la muerte siendo acribillado por estas amenazadoras y anónimas figuras. Así comienza ‘Forajidos (The Killers)’, una obra cumbre dentro del denominado cine ‘noir’, subgénero que acuñó el crítico italiano Nino Frank. En el recuerdo, un pañuelo verde bordado con unas arpas doradas que iniciará la clave de la investigación llevada a cabo por Edmond O’Brien (James Reardon), un agente de seguros encargado de la resolución de la póliza contratada por este enigmático individuo y que irá desgranando la verdad sobre un oscuro caso de traición y delincuencia.
‘Forajidos’ se inscribe en un incomparable nivel dentro del terreno de la dramaturgia, de la puesta en escena y del sugerente poder de la imagen inspirado por ‘Los asesinos’, un cuento de Ernest Hemingway sobre un hombre decente atrapado en las redes de una mujer fatal por la que arruina su vida. Pese a que Anthony Veiller fue acreditado como guionista, John Huston tejió hábilmente una variedad de pesquisas para desvelar y reconstruir las razones que originaron la causa del asesinato de Pete Lund. Nunca el ‘flashback’ fue tan sutil y estuvo tan bien llevado como en esa concentración de motivaciones dentro subconjunto narrativo que van descubriendo paulatinamente las razones del fatal devenir de un boxeador que termina siendo condenado por una peligrosa red de gánsteres.
El eje del drama encuentra su detonante cuando después de recibir su última paliza sobre ‘ring’ (tiene fraccionada la mano y aún así ha conseguido pelear) asiste con su novia Lily Harmond (después Lubinsky –Virginia Christine-) a la fiesta de Jake, el libertino propietario de un restaurante donde se reúne la peor calaña de la ciudad. Ella parece remisa a disfrutar de la velada, pero “El Sueco”, ajeno a cualquier conversación, fija su mirada en un espacio concreto del salón. Lou Tingle toca el piano apartado en un rincón. Junto a él, una misteriosa dama llamada Kitty Collins (Ava Gardner) canta unas estrofas que rezan “Cuanto más sé del amor, menos lo conozco…”. Cuando “El Sueco” ve por primera vez a Kitty todo se derrumba, las miradas se suspenden como si fueran ‘ralentís’, la tensión se hace insostenible, la conversación es, como no podía ser de otro modo, radical.
“El Sueco” quiere impresionarla afirmando que es boxeador. Tras él, Lily atestigua haber visto todos sus combates y la pragmática respuesta de Kitty es demoledora: “No soportaría que alguien pegara a la persona a la que amo”. Esto deja al boxeador hipnotizado, aceptando su condición de perdedor voluble y sometiéndose sin rémoras a una mujer que se intuye egoísta, frívola, pero irresistiblemente hermosa y atrayente. No es la única vez que admita el aciago destino por culpa de su enamoramiento, ya que por ella ingresa en prisión encubriendo el robo de un broche del que se hace responsable y por ella se ve inmerso en la participación del robo de un millón de dólares procedentes de los salarios del personal de una fábrica de sombreros.
La convergencia de estilos demostrada por Robert Siodmak fluctúa entre el equilibrio visual de un estilo expresionista, dramático y subrayado de forma sutil y una visión holística que a menudo permitió al cineasta manejar varios impulsos estéticos simultáneamente. Fotográficamente influenciada por el célebre ‘Nighthawks’ del artista estadounidense Edward Hopper, que tomó como referencia el cuento de Hemingway en el que se basa la película, ‘Forajidos’ envuelve la incógnita de esa polinización cruzada y circular de un caso como nunca antes, a excepción de ‘Rashomon’, de Kurosawa, se había conseguido en el cine, aportando una disparidad de puntos de vista de un mismo acontecimiento con un efecto atenuante y dialécticamente vistoso y cinematográfico. La arquetípica fatalidad de “El Sueco” se propone, incluso hoy en día, como una lección magistral de cine a muchos niveles; estética, argumental, interpretativa, de dualidades de moral (más propensas al cainitismo), de tipologías antihéroicas y éticas y en último término del cine en su esfera más dilatada. ‘Forajidos’ es una obra maestra, un clásico inextinguible.

miércoles, 19 de agosto de 2015

El Athletic y la Supercopa, un título 31 años después

Siendo coherentes, llevados por la dictadura de la lógica, hasta los athleticzales más puristas y esperanzados sabíamos que esa Supercopa se antojaba, como poco, como una misión poco menos que imposible. Después de perder otra Copa del Rey recientemente contra el mejor Barça de los últimos años, nada hacía prever que el destino tuviera reservada al equipo del Botxo esa sorpresa en forma de regalo y reencuentro con las mieles históricas que suponen la consecución de un título menor, sí, pero también de un título oficial. Tras el primer e inesperado resultado que diluía las opciones reales de un superequipo venido a menos, en Bilbao se despertó el optimismo y se reivindicó la grandeza de ese símbolo que va más allá del fútbol. De repente, toda contención frustrada tras años de dolorosas derrotas, encontraba su culmen de la pasión en un fútbol de choque que hizo que los de Luis Enrique hincaran la rodilla antes de tiempo ante el asombro de propios y extraños. Era la hora de desempolvar lo tangible del sueño zurigorri.
Desde el doblete de Liga y Copa de la temporada 1983-1984, al que se sumó la Supercopa adjudicada entonces al club rojiblanco de manera automática como vencedor de ambas competiciones, se podía sumar otra copa a las vitrinas de San Mamés ¿Cómo aquél entonces era necesario jugar este partido? No hay debate al respecto. Atendiendo a cuestiones publicitarias y advirtiendo que el fútbol actual responde únicamente a un espectro económico, era de recibo pelear por ello. La historia casi dejaba sentenciada la eliminatoria después de ese 4-0 que suponía, no sólo la mayor goleada encajada por este Barça de la última temporada en cualquier competición, sino que igualaba tan abultado marcador en esta competición (igualando el resultado del Real Sociedad-Real Madrid en 1982 y el F.C.Barcelona-Sevilla hace cinco años) y dejaba al club catalán sin la opción de hacer pleno en todas las competiciones y finales disputadas.
Esa ideología que parece desgastada a fuerza de repetirla, de los once aldeanos, la del sentimiento común más allá del deporte, del sentimiento arraigado a un sentido de pertenencia a un gran club que se lleva dentro, estaba a punto de escribir una nueva página para la Historia. Es reiterativo, cierto, pero no por ello de ser una verdad como un templo. Los muchos desengaños de esa gente que sueña con ver a su equipo levantar una copa después de más de tres décadas llegaba a su fin cuando Aritz Aduriz asestó el gol del empate en el minuto 74 de un partido de vuelta que algunos quieren ver como polémico y controvertible, pero que con el reglamento en la mano no excusa a Gerard Piqué para insultar gravemente al juez de línea y querer hacer ver cualquier signo de injusticia valdía.
El 20 rojiblanco es el único delantero desde mayo de 2005 (en aquélla ocasión Diego Forlán en las filas del Villarreal) que logra encajar al todopoderoso titán de la ciudad condal un ‘hat-trick’. En ninguna otra competición, ningún artillero ha sido capaz de conseguir la gesta. Aduriz ha sido el valedor de este torneo a dos partidos, la luz de un equipo que sigue los pasos de un delantero que lucha contra el paso de los años evidenciando una imposible evolución física y mental sin parangón. No hay debate posible. El Athletic fue mejor en los dos partidos y es justo merecedor del trofeo. La deuda futbolística para con el Athletic se había saldado de forma imprevista. Como en un sueño, la evocación de los mejores años se había vuelto a instaurar en un club que no ha dejado de luchar y llegar a finales en los últimos años. Por fin se podía escuchar ese desgarrador grito de “Campeones” que resonó desde el Camp Nou hasta el rincón más recóndito de Bizkaia.
El consuelo de las nuevas generaciones tiene una recompensa en un título que muchos otorgaban al rival, a la omnipotente multinacional del fútbol, antes de tiempo. Se dice que en el mundo del fútbol siempre existe una probabilidad para la sorpresa, por muy incierta que ésta parezca. Y el pasado viernes se produjo. El trasunto futbolístico del club rojiblanco añadía una nueva muesca a su palmarés y, en un instante, ya no hacía falta mirar al pretérito histórico para ver cómo un capitán levantaba un trofeo. Cuando Carlos Gurpegi alzó la Supercopa, todos los fantasmas parecieron disgregar la maldición de las finales. Y lo que es más importante, asumiendo con esperanza el futuro de una generación de jugadores (de los que sólo tres habían nacido antes del doblete del 84) que mira hacia delante con la solvencia férrea y la precisión de un concepto futbolístico con la que los leones han sabido identificarse en la convicción de interiorizar un aspecto ganador que han sabido insuflar, primero Joaquín Caparrós, después Marcelo Bielsa y ahora en el representativo mandato de un Ernesto Valverde, una ilusión que convida a la certidumbre de continuar disfrutando de grandes sorpresas.
Quizá a partir de este nuevo triunfo se llegue a encontrar la seguridad necesaria para ir recuperando la confianza y asumir, como siempre ha sido realidad, que el Athletic es un club más grande, diferente y único que ningún otro, siempre en pugna contra el resto del fútbol. Los miles de chavales seguidores del club (entre los que espero que esté mi hijo) ya tienen una instantánea para el recuerdo sin necesidad de escuchar hazañas de padres y abuelos. La celebración multitudinaria superó las expectativas de una ciudad volcada con su equipo, con su filosofía y sus colores. Ésa es la lectura más importante que hay que consumar después de la efímera gloria del lunes.
La Gabarra tendrá que esperar. No era la hora. Sin embargo, todos los que llevamos al Athletic en el corazón tenemos la certeza de que antes o después, la célebre embarcación icono de las conquistas rojiblancas surcará el Nervión anunciando otros logros mayores. Esta Supercopa es un punto y seguido. Y a buen seguro que las vitrinas de una parroquia que nunca deja de alentar a su equipo, por muy mal que vayan las cosas, sumará más títulos.
Hasta entonces, los valores y la pasión despertada por este equipo seguirán identificando su escudo con la salvaguardia de unas señas de identidad que defienden un estilo ajeno a la marabunta de intereses en la que se ha convertido el fútbol moderno. Y lo haremos esperando con humildad, desde la honestidad de esa idea que cohesiona el compromiso con la tradición, con el rugido del león y las bufandas al viento en la Catedral del fútbol.
GU GARA. Beti Zurekin.
SUPER TXAPELDUNAK!!

martes, 4 de agosto de 2015

'Hysterical Literature', placer y lectura

Desde 2012, el fotógrafo y videoartista Clayton Cubitt se ha granjeado cierta fama, sobre todo dentro del universo Youtube, por llevar a cabo un proyecto cuanto menos arriesgado y plagado de lecturas y unos cuantos sentidos. Se trata de ‘Hysterical Literature’, una composición de varios vídeos grabados a mujeres que leen fragmentos literarios de sus obras favoritas mientras, fuera de plano, son expuestas sexualmente a un vibrador de Hitachi Magic Wand con control de velocidad, que busca que éstas lleguen al orgasmo. Un proyecto que, según su autor, involucra a una visión diferente del feminismo, de esa dualidad contrapuesta que ejercen el cuerpo y la mente.
La escritora Toni Bentley ha formado parte de este experimento, tomando como obra elegida ‘El Retrato de una dama’, de Henry James, describiendo con todo lujo de detalles la experiencia de participar en esta ‘literatura histérica’ en las páginas de 'Vanity Fair'. En él, narra las dudas que surgieron a la hora de involucrarse en el tema, de combinar sexo y lectura, yuxtaponiendo lo erótico con el universo de las palabras, mezclándolo como extraño contraste entre cultura y sexualidad. “¿Quién ganaría esa guerra inevitable? ¿La parte superior de mi cuerpo o la inferior? ¿la lógica o la lujuria? ¿la corteza prefrontal o el hipotálamo? O, tal vez, puede ser que en realidad se anexaran ambos conceptos; la literatura y el sexo, la dicotomía dentro de un experimento fusionado como nunca antes se ha visto. El proyecto de Cubitt ofrece en cada vídeo un monólogo leído y escrito por el clítoris de forma gestual, como una especie de monólogo de la vagina meramente aspiracional. Para una mujer capaz de erotizar y derogar su vergüenza, esta experiencia supone una apoteosis de coalescencia entre la poética y una poderosa mezcolanza de exhibicionismo-voyeurismo, como ese 'folie à deux' de locura compartida por dos elementos…”.
Aquélla “histeria femenina” tratada en la época victoriana por el doctor británico Joseph Mortimer Granville, que estudió esta absurda patología con técnicas de lubricación vaginal con la invención de un dispositivo médico electromecánico, que resultó ser de gran eficacia con excelentes resultados curativos a la hora de paliar en las mujeres su ansiedad, irritabilidad, insomnio, nerviosismo o alteración de humor es el punto de partida de todo el proyecto. Más allá de una enfermedad circunscrita a unos años pacatos en cuanto al tema, nada menos que le consecución del orgasmo femenino. Era lo que aplacaba lo que se llamaba “paroxismo histérico” y que Michel Foucault expondría posteriormente en su “hipótesis represiva”.
Con este proyecto, la cámara esgrime visualmente una radiografía del cuerpo y del placer sexual mediante la contención lectora, uniendo los ambas acciones. En 2011, la directora Tanya Wexler ya trató la historia de Granville en su largometraje ‘Histeria (Hysteria)’. Un año después, Clayton Cubitt toma como genésis esta anécdota para explorar y reivindicar el sexo y el arte sin mostrar en ningún instante ningún elemento pornográfico. La actriz de cine adulto Stoya, poco amiga de los vibradores y protagonista del primer vídeo de ‘Hysterical Literature’ (y a su vez, el más multitudinario de todos), expuso su experiencia en un texto en el que describía el ensayo artístico como “una sensación de ralentización del mundo que habitamos, como si se acercase lentamente para, como una goma elástica estirada, se contrajese súbitamente y golpeara todo el cuerpo con un orgasmo”.

martes, 28 de julio de 2015

‘El quimérico inquilino (Le locataire)’: El conspiratorio descenso a la locura

Un hombre permanece sentado en una corroída silla del Jardín del Palacio de Luxemburgo, bajo el frío de invierno de París. Observa a unos niños que juegan con unos barcos junto al estanque. Uno de ellos comienza a llorar desconsoladamente porque, a simple vista, su barco se ha alejado mucho de la orilla. Una joven que parece su madre llega para consolarle, hablándole y tratando de que el infante se calme. El hombre se estremece, vigilando atento la situación. La chica desaparece de plano, mientras el hombre se levanta directo al pequeño. Éste le mira absorto. Inesperadamente, el hombre le increpa: “Filthy litlle brat! (¡Pequeño y sucio mocoso!)”. Y sin más, le propina una terrible bofetada y se marcha por donde ha venido, dejando al niño llorando ante lo bizarro de la situación. Es el punto de no retorno de la locura de un hombre en pleno proceso de paranoia y conflicto de personalidad. Roto y confuso por los acontecimientos que se le han venido encima en los últimos días.
¿Quién es este hombre? Se trata de Trelkovsky, el protagonista interpretado por Roman Polanski en ‘El quimérico inquilino (The Tenant)’, la que es, hasta el momento, su mayor obra maestra como director. Trelkovsky es un joven empleado de banca que busca un apartamento de alquiler en la céntrica Rue des Pyrénées. En el momento de echarle un vistazo al piso, la portera le cuenta que la antigua inquilina, Simone Choule, es una mujer que permanece en coma al haber intentado suicidarse saltando al vacío por la ventana. Interesado en la salud de la misteriosa mujer, cuando entra a vivir en el apartamento los sucesos se precipitan hacia un aparente complot del propietario y los vecinos para que él también siga los pasos que lo llevarán a un demencial suicidio siguiendo los pasos de Choule.
‘El quimérico inquilino’ comienza con un planteamiento social, en el que Polanski presenta un problema que se repite a lo largo de los años, del de la difícil búsqueda de una vivienda de alquiler céntrica y en condiciones, para transformarla rápidamente en una progresiva pesadilla claustrofóbica y malsana. Su estilo grotesco, directo y sucio provoca el imaginario desasosiego de una angustia atmosférica opresiva y turbia gracias al ojo fotográfico de Sven Nykvist, que es perfecta para exhibir un sádico e incómodo humor negro, donde lo surreal y macabro es introducido en un marco realista que termina por incitar a la confusión y al terror.
El mejor filme de Polanski se perpetúa a lo largo de su metraje con una trastornada excentricidad, que tiene su inicio en el modo en que la portera del inmueble, interpretada por la gran Shelly Winters, se descojona al mostrarle a Trelkovski las consecuencias en el mobiliario vecinal que ha dejado la caída de Choule en su intento de suicidio y sacudiendo la retina del espectador la primera vez que vemos la momificada figura de Choule lanzando un desgarrador grito de pavor ante la visión de Trelkovski y la que será la personificación de la sexualidad carnal y sugerente en el rostro de la hermosa Stella (Isabelle Adjani), mujer con la que Trelkovski no puede terminar de consumar el acto sexual, por mucho que ambos lleven la situación al extremo. Todo resulta turbador dentro del marco progresivo de sus encuentros, desde ese primer contacto, con la incursión de un fragmento de ‘Operación dragón’, protagonizada por Bruce Lee, que incluye esa secuencia tan febril como erótica en la que Stella calienta a Trelkovski ante la mirada lasciva de un voyeur accidental hasta el clímax que pone punto y final a su relación, con el pequeño polaco perdiendo la razón y destrozando el apartamento de la joven absorbido por la locura de su oscura y terrible metamorfosis.
Polanski es capaz de transmitir la enfermedad con desequilibrada maldad, zarandeando el filme con un humor negro insostenible, lleno de desequilibrada psicología que evoluciona hacia la perturbación más abyecta. El mórbido ambiente va arrastrando al espectador a través de imágenes imborrables, como ese diente escondido en un agujero de la pared tras un armario, en continuo aumento hacia la demencial psicopatía que va empapando su esencia con un sugerente éter venenoso, la visión amenazante de los vecinos, intimidantes y “normales” a la vez, que llevan al aprensivo Trelkovski a meterse en una obsesiva espiral de identificación con la antigua inquilina del piso. Un personaje incorpóreo que se alza como la gran protagonista de la función.
Una presencia constante, espectral y enigmática llamada Simone Choule, haciendo que su espíritu se apodere de él en un proceso de pérdida de identidad que termina por asumir su personalidad ficticia para travestirse física y psicológicamente con esta desconocida mujer, llegando hasta unas consecuencias totalmente insanas y fatales. Trelkovski comienza a caer en sus redes con la fascinación de un fetiche como es una bata de raso, a la que sigue el fisgoneo de sus enseres personales, comenzando la locura identificativa en la extraña visión de aquellos hombres y mujeres que utilizan el baño común, detenidos en el tiempo, mirando congelados hacia ningún sitio.
En el bar de la esquina, a Trelkovski parecen imponerle las mismas costumbres que seguía Choule, sustituyendo sus habituales cigarrillos Gauloises por los Marlboro que fumaba la difunta inquilina en un cambio de hábitos sutil y terrorífico. Polanski sabe invertir muy pronto la normalidad de Trelkovski en un descenso a los infiernos, que nace en una Iglesia, la del funeral de su futuro ‘alter ego’, cuando se escucha subjetivamente un sermón acusatorio del cura que despierta el sentimiento de culpa de Trelkovski. Va creando insólitas visiones que se dan en el edificio, como la basura que va cayendo por las escaleras para luego, en su regreso, descubrir que ha desaparecido, el ruego que le hace una vecina con su hija discapacitada para evitar que la desahucien, esa portera le entrega la correspondencia de Choule y sobre todo la temible Sra. Dioz que, llegado un momento de paroxismo mórbido, le intenta estrangular en el rellano del portal cuando es él mismo quien se agarra el cuello.
Pero si algo llama la atención del entramado críptico de ‘El quimérico inquilino’ es ese inquietante trasfondo de civilización egipcia, en el trance onírico de Trelkovski hacia el aterrador baño común, en el que descubre inscripciones y jeroglíficos de esta ancestral cultura y desde dónde se puede ver a él mismo observándose desde su habitación. Pero también en la figura de ese ex novio llorica que le confiesa que no pudo decirle a Choule que la amaba o el otro conocido que le prestó el libro ‘El Romance de la Momia’ y que aparece en casa de unos amigos de Stella durante una fiesta. Es el engranaje perfecto para el devenir en paranoia de Trelkovski, en el alcance contemplativo de la locura del nuevo y quimérico inquilino con imágenes que perturban por lo lóbrego y atractivo, como esa cabeza que bota como un balón apareciendo y desapareciendo en la ventana o las manos que intentan sujetarle entre el armario y la ventana. Un entramado perfecto, un guión paradigmático sobre la conspiración imaginaria y que ayudan a entender un pilar básico en la obra de Polanski: la pérdida de la identidad, que va dejando una sucesión de hechos que termina por desembocar en la obsesión que distorsiona un entorno corregido por el espejismo de una mente enferma. Cuando la claustrofobia mental abre al subconsciente la posibilidad confundir realidad y la locura. Una cinta memorable en la que la transformación psíquica del personaje evoluciona hacia una transformación morbosa y peligrosamente atractiva.
‘El quimérico inquilino’ es una magnífica composición de miedos y temores, realmente intemporal que traduce mediante la alineación de un individuo el comportamiento humano normal en una pesadilla apócrifa, mediante la sutilidad con la que se exagera y se transforma la realidad en insana fantasía de locura y complot, asedio y la locura. En el fondo, una crítica mordaz de una sociedad parisina profundamente conservadora e hipócrita, donde la apariencia esconde monstruos dispuestos a acabar con aquel que no cumpla las normas. Una visión siniestra del ser humano que tiene su mejor aliado en la música angustiosa de Philippe Sarde. Una película que se cierra con la incógnita de la reencarnación estimulada por la perspectiva conspiratoria, de cómo Simone Choules pudo tomar el cuerpo de Trelkovski para volver a suicidarse, de cómo una posible metempsicosis ha transmigrado el alma de la suicida para sumirle en un laberinto pesadillesco del que el protagonista no podrá salir jamás.

martes, 21 de julio de 2015

Review 'Del revés (Inside Out)', de Pete Docter y Ronaldo Del Carmen

Érase una vez… la vida
Siguiendo sus habituales cánones de maestría, la factoría Pixar vuelve a crear otra propuesta compleja y arriesgada sobre el sentido universal de los sentimientos a través de una pirueta imposible protagonizada por las propias emociones.
Incluso antes de que comience ‘Del revés’ (desafortunada transcripción de su título original ‘Inside Out’), Pixar evidencia el punto cardinal de sus historias con un cortometraje musical titulado ‘Lava’, la historia de un volcán en erupción perdido en el océano que es capaz de cantar canciones de amor y expresar de un modo coherente y realista emociones, soledad y deseo de amar. Un pequeño aperitivo que afianza la importancia del engranaje y modelo de trabajo denominado “Braintrust”, conformado por creativos y ejecutivos como John Lasseter, Andrew Stanton, Brad Bird, Pete Docter o Lee Unkrich, entre otros, que han hecho que el cine de animación recuperase su estatus de arte cinematográfico y evolucionara hacia un nivel que parece no encontrar nuevos peldaños en la excelencia. No se trata de humanizar lo imposible, ni de redundar en ideas afines a la compañía, se trata, como designio creativo, de construir un espíritu reconocible desde una cierta visión antropológica, con un sentimiento colectivo basado en la mejora.
Y es lo que ha ido erigiendo a través de su sello. El refuerzo colectivo y la retroalimentación con el proceso iterativo han dado como consecuencia quince largometrajes en los que el espectador ha vivido auténticos torrentes de sentimientos con pluralidad de matices a través de las aventuras de juguetes, insectos, peces, superhéroes, coches, monstruos, una rata, robots, un octogenario y un niño… A estas alturas nadie pone en duda la capacidad visionaria de un sello propio (por mucho que Disney asome primero en los créditos) que ha puesto de manifiesto unos valores con los que han sabido transmitir su conceptualización del entretenimiento infantil, transformándolo en una filosofía única con la que abordar terrenos en la animación que nunca antes se habían emprendido por lo aparentemente irracional de tamaños desafíos.
Es así como ‘Del revés’ abre un nuevo pliegue en la modélica construcción narrativa de sus guiones, suponiendo un innovador giro en la artesanía revolucionaria que magnifica la animación para llevarla a una privativa esfera donde las reglas del entretenimiento y la imaginación parecen no tener límites. Bajo las órdenes de Pete Docter (‘Up’, ‘Monsters, S.A.’) y la codirección de Ronaldo Del Carmen, la nueva película de Pixar se las ingenia no sólo para evocar esa grandeza de espíritu cuya capacidad para sondear el profundo conocimiento de la naturaleza humana es asequible, sino para lograrlo mediante la sorpresa narrativa que no renuncia jamás a la fe infantil, donde cualquier mundo inimaginable es posible, incluso alternativas paralelas que suplanten lo terrenal, como sucede aquí. Los nuevos límites inexplorados se ciñen a cinco emociones que protagonizan el filme; la ira, el asco, el miedo, la tristeza y la alegría, que se coordinan dentro de la personalidad de Riley, una niña de once años, con la misión de dar forma a su vida exterior y reaccionar en su convivencia con el mundo, con la rutina, con su afición al hockey sobre hielo y con los cambios que supone una inesperada mudanza de Minnesota a San Francisco, dejando atrás las experiencias de sus primeros años de vida.
Lo que podría ser un intrincado desafío insostenible a la hora de mostrar en pantalla, como es el de establecer un complicado conjunto de reglas definiendo las personalidades de los roles y este nuevo horizonte interior de la niña, se determina bajo sutiles pinceladas, ágiles fragmentos de la vida de la pequeña y su relación con sus padres y con su día a día en apenas cinco minutos. Algo que, por otra parte, recuerda a la hermosa síntesis de ‘Up’, en la que una prodigiosa elipsis repasaba una vida plena de amor y vivencias, sueños comunes y truncados de esa pareja formada por Carl y Ellie. Con asombrosa sencillez, ‘Del Revés’ repite esta fórmula para constituir de inmediato un vínculo emocional entre el espectador y los personajes e iniciar una aventura apasionante.
El viaje por este mundo intrínseco es mostrado como espacio perceptivo que explora un ciclo vital ineludible mediante unas emociones que gobiernan el flujo de la conciencia para moldear el modo en que se reacciona ante la percepción del mundo y sus obstáculos, pero también en la forma de expresarse, responder o reflexionar ante algunos de los momentos definitorios de la vida. En ese sentido, una película de riesgo como esta, no traiciona sus planteamientos y cuestiona desde el primer instante el orden simbólico dentro del género. Así, nos encontramos cómo las emociones ejecutan su labor desde el pensamiento racional, cuando se presupone que éstas siempre han sido enemigas de la racionalidad, consideradas elementos de alteración en las relaciones sociales.
Desde “la Central” de Riley, a modo de una cabina espacial de control, los sentimientos antropomórficos se enfrentan al desafío de asumir un cambio vital hacia el desarraigo, un primer mal día imborrable en la nueva escuela o una prueba deportiva catastrófica que marcan la deriva con la carencia de la alegría y la tristeza, perdidas en un mundo de recuerdos del pasado que van acumulándose según su importancia dentro de la mente. Con esta premisa se establece un doble periplo; el de una desmotivada Riley y su apática conexión con su nuevo entorno y el de estas dos últimas emociones, que van a asimilando el funcionamiento y la forma en que el mundo afecta a la optimista inocencia de los primeros años de la niña, encaminado hacia un imprevisible cambio de personalidad motivada por su crecimiento sentimental.
‘Del revés’ supone una montaña rusa de multiaventuras que sostiene, precisamente, en la curiosa relación a modo de ‘buddie movie’ entre alegría y tristeza, dos conceptos antagónicos destinados a entenderse y a luchar por el mismo fin común, alejados de las otras tres emociones que no saben reaccionar ante los cambios, al igual que la propia Riley. Es decir, asumiendo ese cambio de vida y la pérdida de la estabilidad con miedo, ira y asco. En este periplo, van transitando nociones de una brillantez apabullante que no dejan de aparecer en el desarrollo de la historia, creando de paso un vocabulario y una dialéctica comprensible para adultos y niños a la hora de plantear temas como la química del cerebro o la depresión situacional. Desde los recuerdos esenciales que activan con sus distintos aspectos islas de personalidad temáticas que aglutinan los factores importantes sobre los que se sustenta el bienestar (las payasadas, la honestidad, la amistad, el deporte o la familia), pasando por el subconsciente de miedos ocultos, el vasto páramo de experiencias enterradas en el olvido, el tren del pensamiento y esas introspecciones abstractas que originan una increíble metamorfosis que pasa por las fases artísticas de lo digital a lo figurativo… describen dispositivos relacionados con la mente infantil con una inspiración imaginativa en un estrato de ocurrencia increíble. Y de entre todos ellos, uno circunscrito a Fantasialandia, Bing Bong, el amigo imaginario de niñez olvidado y perdido en la memoria que se revela determinante dentro de la fabulación como epicentro modélico de personaje característico de Pixar, que nutre la esencia fantástica de sus películas y que, unido a la recreación psicológica de las demás emociones, da como resultado una estructura de valores universales respecto a la narración.
La importancia de la palabra “agridulce”
Sin embargo, ‘Del revés’ va más allá en su descriptivo funcionamiento de la parte más importante de la materia gris, con esa metodología reductiva para acercarse a esta experiencia emocional sorprendentemente sofisticada. Si a priori, este viaje al fondo del pensamiento plantea una dirección de pleno respeto hacia lo turbulento e importante que es la vida interna de un niño, más lo es el valiente acercamiento a la gradual desaparición, casi imperceptible, de la infancia y su paso a la adolescencia por medio de la aceptación de la frustración y la tristeza que no se pueden evitar por mucho que se quiera. Frente al carácter alegre y esperanzador, se impone la realidad que determina el crecimiento, dejando que la memoria vaya perdiendo recuerdos en la insignificancia y abrir un proceso de madurez con nuevas facetas de la identidad de la niña.
¿El resultado? Lograr transmitir que la felicidad y la alegría no lo es todo en esta vida, condicionado por duros trances y dramas personales necesarios para evolucionar como personas. De un modo continuista, ‘Del revés’ muestra ese paso complejo de la infancia a la adolescencia marcada por la pérdida del sentido de pertenencia a un lugar, de la pérdida de los amigos, de la rutina ante un vendaval de novedades que generan un estado contrario al carácter marcado. La felicidad, parece querer decirnos el filme, se construye con momentos de tristeza, aquéllos que motivan una aceptación de la pérdida y la necesidad de conectar con los demás para superar los trances.
En definitiva, reanudan el discurso acerca del difícil viaje hacia el mundo adulto, sin obviar temas espinosos orientados al público más pequeño sin necesidad de recurrir a factores exógenos que representen a un villano corporeizado más allá de los miedos infantiles de la niña que pasan desapercibidos dentro del cómputo vital que se expone. Tampoco se esquiva una progresión gradual hacia un tono oscuro y grisáceo que se apodera del cromatismo en conjunción al devenir de los acontecimientos, de las decisiones reales de los personajes marcadas por las emociones. Al fin y al cabo, se está hablando de la vida como un trasformación personal terriblemente triste, pero feliz al mismo tiempo, instruyendo sobre el valor de la palabra “agridulce”. Crecer significa ir perdiendo alguno de los recuerdos más felices y haciendo que otros que lo eran pasen a ser dolorosos. Por eso la nostalgia siempre apela a la amargura de lo perdido.
La cinta constata esa mágica combinación de imaginación, ingenio, brillantez y temeridad que sigue superando barreras y haciendo imposible adjetivar tanto potencial fílmico. Con un sentido lúdico y profundo, estamos ante una hermosa aventura y nada complaciente, que impone una realidad más allá que la de un examen de proceso de maduración del mismo modo que manifestó recientemente ‘Boyhood’, Richard Linklater. En algo aparentemente irrealizable como plasmar el cerebro de una pre-adolescente, Docter y Del Carmen, recuperan la doble perspectiva impuesta por la marca de la casa; hacer reír a los niños y llorar a los padres, esta vez sin esa reconocible tenue moralina, desplegando una inventiva sin fronteras y sin perder de vista numerosos hallazgos en la creación de magia visual y sensibilidad emocional al sondear las cuestiones más profundas sobre lo que importa en la vida.
‘Del revés’ incluso se permite el lujo de burlarse de algunas leyes de la narración cuando los personajes tienen que recurrir, literalmente, a "manuales del cerebro” para saber qué hacer. Sin dejar espacios a los tiempos muertos o acciones innecesarias, la dinámica del filme expresa, de forma paradójica, cómo importa más la experiencia y no la imaginación, produciendo varias capas invisible a su discurso psicológico, como el hecho de diversas interpretaciones acerca del género de las cinco emociones según varíe el personaje que abre una diatriba más profunda e interesante sin dejar omisiones pragmáticas en cuanto a la perspectiva argumental que viene ofreciendo Pixar a lo largo de los años. Una obra maestra que deja la etiqueta y condición genérica de excepcional película de animación para convertirse, con todo merecimiento, en un clásico instantáneo que permanecerá en nuestra memoria y quedará para siempre en ella, como ese ‘jingle’ del anuncio de chicles Triple Dent Gum dentro de la mente de Riley.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015

martes, 14 de julio de 2015

Algo se muere en el alma…

“Hay que superar los malos tragos. La birra continúa y hay que beberla”.
(Anónimo).
Hay veces en esta vida que sufres percibiendo que un mal día, algo que te hace feliz desaparecerá de repente. Ese instante de pérdida para el que no estás prevenido es muy difícil de asimilar. Enfrentarse a la dura realidad de que algo que forma de tu vida diaria, con lo que disfrutas y aplacas otras cuestiones mucho más trascendentales, se esfuma de tu existencia dejando un dulce recuerdo no es tan fácil de digerir como lo eran las miles de latas que he engullido. “Mientras haya una Aurum bien fría, los problemas serán menos problemas”, solía decir, autoengañándome ante la castastrófica situación personal que vivimos.
Se había convertido en un lema vital, en un signo emblemático dentro de esta casa, de todos los que han pasado por aquí y que han catado el néctar propio de este hogar. Los que me conocen bien saben que mi idilio con esta cerveza de marca blanca de los supermercados Eroski va más allá de la fidelidad y la predilección incondicional. Se dice que la tristeza es lo que uno siente al saber quiere algo y que sufre por perderlo. Y esa coyuntura ha llegado si avisar, imponiendo un cruel adiós.
Ya a finales de 2013, el baquetazo de la crisis anunciaba un derrumbe parcial de la empresa, originada por la pérdida de las aportaciones subordinadas financieras emitidas por Fagor y Eroski, lo que obligó a la cadena de supermercados a tener que cerrar el 38% de sus supermercados; 144 vendidos a DIA por 135,3 millones. Algo que obligó a su red a abogar hacia el franquiciado si quieren poder pagar sus deudas. Desde hace dos días, Salamanca se ha quedado sin Eroskis. Y sus empleados sin trabajo. Además de esa tribulación por este terrible infortunio laboral (que realmente es lo que importa), a nivel personal he sentido un dolor especialmente profundo por la pérdida de mi cerveza favorita, la de todos los días, la que me ha acompañado en los últimos once años.
No estaba preparado para esta pérdida tan drástica. Soy un fulano muy arraigado a costumbres inamovibles y no sobrellevo bien los cambios drásticos. Tendré que hacerme a la idea de este menoscabo y continuar adelante aplicando a mi fervor cervecero una gran capacidad de resiliencia. Es difícil aceptar este nuevo revés que no es más que la metamorfosis siniestra de otros desarreglos mucho más profundos que me afectan en un entorno más terrenal. Cuando abra el frigorífico, ya no reposarán una ristra de Aurums esperándome con esas gélidas gotas para deshacerse y resbalar por su borde metálico, destinadas a proporcionarme ese instante de desconexión con el rostro menos amable del día a día. Cuando mire al cielo, será con otra marca de lúpulo en mi mano, a la que no podré profesar un apego tan especial.
Cerveza Aurum, has sido una gran consorte que ha iluminado mi alma en los peores trances y tu pérdida emplaza una herida emocional que tardará en curarse. Te echaré de menos, compañera de fatigas, de viajes y de muchas e inolvidables alegrías, celebraciones y brindis sinsentido. Antes o después, nuestros caminos volverán a encontrarse. Hasta entonces… a ver quién te sustituye. Será duro trance. Sólo me queda dar las gracias a la fábrica de Font Salem (Grupo Damm) que ha hecho posible que en la última década, mis sorbos de cerveza se hayan hermanado a la identidad característica de una cebada tan barata y no por ello carente de calidad. Siempre llevaré esta cerveza en mi corazón y en el evocación de mi hígado. Es un día de duelo, un periplo que tardaré en superar y que nunca olvidaré.
¡Hasta la próxima, amiga Aurum!

miércoles, 8 de julio de 2015

El proceso hacia un cambio de vida tecnológico

La revolución tecnológica ha avanzado en nuestra sociedad de una forma sigilosa, sin apenas darnos cuenta y con ese factor de riesgo inadvertido que significa convivir con ella sin conocer su verdadero alcance, poder e influencia. Más que una optimización de métodos y formas, esta aceptación de tanta innovación ha formulado un papel determinante de un par de décadas hasta el día de hoy. Tanto es así, que los sistemas socioculturales, socioeconómicos, políticos e incluso educacionales han ido condicionando su evolución a la tecnología. Actualmente, el imperativo de estos nuevos aparatos han acaparado diferentes ámbitos y macrocontextos sociales. Además ha transformado la interactuación moderna y sobre todo se ha transformado en un medio de comunicación fundamental y, en cierto modo, adictivo.
Sin embargo, esta tecnología ha tardado en implantarse y concibe en su colonización una fase de adaptación que, cierto es, paulatinamente es más vertiginosa y precipitada. La sociedad parece no darse cuenta del proceso espontáneo de crecimiento que está desarrollando este fenómeno. Aunque no siempre es así. Cuando los hermanos Wilbur y Orville Wright volaron por primera vez en 1903, nadie les hizo mucho caso. Los pioneros de la aviación tuvieron que esperar otros cinco años para ser reconocidos a nivel estatal y algo más para obtener el prestiogo mundial. El ser humano tarda en asimilar este tipo de adelantos. Ahora lo vemos todo normalizado, pero con cierta retrospectiva ¿quién nos iba a decir que íbamos a depender de un teléfono de las características que poseen los ‘smartphones’ hace treinta años? Ahora lo vemos como algo instaurado en nuestro día a día, pero no pensamos mucho en aquellos armatostes móviles y primigenios de finales de los 90. El coche, como elemento de primera necesidad, en su origen, no era más que un costoso lujo sólo al alcance de los bolsillos más opulentos, por lo que su adquisición e interés no vendría dado hasta varias décadas después de su invención. Al igual que el Dr. Alexander Fleming que, con la fórmula sobre la estructura química de la penicilina y con un sentir profesional que apuntaba a que este hallazgo no tenía mucho futuro, no pudo estar disponible en cantidades suficientes para la investigación médica a bien entrada la Segunda Guerra Mundial, dos décadas después. Entonces, fue cuando se reveló como una medicina básica y trascendental para la humanidad. Sin ir más lejos, en 1985, el New York Times rehusó a instaurar ordenadores portátiles para que sus redactores ganaran tiempo. Lo veían algo costoso y sin sentido.
Que los avances tecnológicos se constituyan como algo ineludible y que cambien nuestra forma de vida conlleva un cierto tiempo de adaptación. Y no es tan fugaz como creemos. Al menos, así lo cree Nicholas Negroponte, director del MIT Media Lab., que apunta una serie de pasos evidenciados en nueve frases que conforman el proceso por el que se pasa antes de su institución como elemento vital para la sociedad:
1.- “Nunca había oído hablar antes de eso”.
2.- “Sé qué es, pero no lo entiendo”.
3.- “Lo entiendo, pero no veo que tenga mucha utilidad”.
4.- “Puede ser divertido para la gente con dinero, pero no para mí”.
5.- “Lo uso de vez en cuando, para entretenerme”.
6.- “Creía que no, pero le veo varias utilidades”.
7.- “La verdad es que sí lo uso”.
8.- “Es necesario y un avance para nuestra rutina”.
9.- “¿Cómo podía vivir la gente sin esto antes?”.
Obviamente son pautas que no siempre responden a un patrón, pero que demuestran ese principio básico que, en líneas generales y sobre todo para la gente que no pertenece a la generación tecnológica del presente y el futuro, parecen ir asumiendo de un modo gradual. Alguna de estas frases se han manifestado, de alguna forma, en la aparición de la televisión, el vídeo doméstico, el ordenador personal, Google, servicios de streaming de música o televisión, el wifi, las redes sociales y, por encima de todo, los ‘smartphones’. En este momento, en algún garaje, en alguna casa, un individuo o un grupo de amigos puede que estén inventando o a punto de descubrir algo que cambiará por completo nuestra vida. Sin embargo, es probable que no sepamos nada de ellos durante muchos años.

martes, 30 de junio de 2015

Calor

Ha llegado el verano. Mucha gente lo celebra con la algarabía de la inconsciencia. Con él también ha venido esa bofetada insoportable de sofocante calentamiento, de bochorno en forma de masa de aire sahariano que anula cualquier resquicio físico y mental, sin modo de frenarlo. La alerta roja dispara las alarmas que avisan sobre los riesgos de estas insoportables olas de combustión ambiental. Esto es el infierno, donde el sudor y la desesperación del bufido por lo insoportable del ambiente se derrite ante el tormento al que somete el implacable termómetro.
Sin embargo, hay fórmulas para paliar este suplicio medioambiental. Un pequeño resquicio de esperanza para escapar de esta averno sin límites. Se trata de una estúpida y sencilla sensación de fruición en busca de algo de brisa sedante que no es otra que la que provoca esa incursión en un centro comercial cuando sus puertas automáticas se abren. Ese instante frugal de felicidad, de cambio de la insoportable canícula al frescor en forma de divino golpe hacia un mundo paradisiaco ajeno al verano. En ese momento en que se franquea el umbral y se nota el radical cambio de temperatura que provoca el paso del sofoco al intenso frío procedente del aire acondicionado. Ah… qué efímera felicidad transmite ése golpe de aire divino, qué deleite más pusilánime, qué pequeños momentos de la vida.
Llevo días yendo y viniendo a distintos centros comerciales, a grandes espacios neurálgicos destinados al desatar capitalista, a varios supermercados sin el objetivo de comprar absolutamente nada, a tiendas de moda que jamás visitaría por ningún otro motivo. Entro y salgo varias veces para comprobar este zafral efecto adictivo, haciendo caso omiso a las advertencias sobre los catarros inoportunos por la brusquedad del cambio, sintiéndome como una cobaya en busca de su hedonista recompensa.
Ayer por la tarde, mientras estaba disfrutando como un crío, regocijándome de modo impulsivo, saliendo y entrando en uno de estos negocios globalizados, abanicándome al son del sonido de las puertas automáticas, me di cuenta de la amenazante presencia de un guarda de seguridad que lanzó su animadversión en forma de mirada reprendedora hacia mí. Inmediatamente, disimulé con torpeza, fingiendo haber olvidado algo, rebuscando en mis bolsillos, sacando el móvil para hacer que hablaba con alguien y salí del recinto con gesto adusto y amenazador, por si alguien había advertido mi infantil juego.
Hoy pretendo volver y desafiar a los elementos. Cualquier cosa por no soportar este terrible calor que llena espacios informativos, incendia zonas forestales, amenaza la salud de parte de la población, es el centro de conversaciones vacías de ascensor y que cada año licúa cerebros y deshace suelas de zapato en el ardiente asfalto.