martes, 2 de septiembre de 2014

Inmortalizarse

"Si, pues, la mente es divina respecto del hombre, también la vida según ella será divina respecto de la vida humana. Pero no hemos de seguir los consejos de algunos que dicen que, siendo hombres, debemos pensar solo humanamente y, siendo mortales, ocuparnos sólo de las cosas mortales, sino que debemos, en la medida de lo posible, inmortalizarnos y hacer todo esfuerzo para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros".
Aristóteles, ‘Ética a Nicómaco’ (X, 7, 1177b28-1178a).

lunes, 1 de septiembre de 2014

Dossier Especial: 30 Aniversario de ‘Gremlins’, de Joe Dante

El lado más siniestro de la Navidad
El pasado jueves se cumplieron nada más y nada menos que tres décadas desde que se produjera el estreno en España de ‘Gremlins’. Por muy extraño que pueda parecer, una película circunscrita a una celebración tan representativa e invernal como es la navidad y que supuso uno de los clásicos de este período anual se estrenó en España un 28 de agosto de 1984, en pleno estío de aquel calor bochornoso de un año que dejó algunos de los eventos socioculturales más icónicos de una década tan nostálgica y añorada como aquélla. En USA no fue diferente, ya que la ‘premiere’ mundial tendría lugar un 8 de junio, en plena fiebre por el lanzamiento de ‘blockbusters’. La idea primigenia fue la de lanzar el filme producido por Steven Spielberg en Navidades atendiendo al contexto de la cinta. Sin embargo, Warner Bros. cayó en la cuenta de que no tenían un estreno veraniego que pudiera hacer frente a películas como ‘Cazafantasmas’, ‘Kárate Kid’, ‘Tras el corazón verde’, ‘Indiana Jones y el templo maldito’ o ‘Un, dos, tres... splash’… A pesar de lo arriesgado de la apuesta, ‘Gremlins’ sería la cuarta película más taquillera de aquel año tan representativo en el ‘box office’ norteamericano.
El origen del filme procede del imaginario de Chris Columbus, que a la postre escribiera otras joyas como ‘El secreto de la pirámide’, ‘Los Goonies’ y dirigiría las dos primeras entregas de ‘Solo en Casa’ y de la saga de ‘Harry Potter’. Entonces un joven estudiante de NYU que había logrado vender un guión que nunca sería producido. Por aquel entonces Steven Spielberg, alentado por el éxito de la producción de ‘Cuentos asombrosos’ y la traslación al cine de ‘En los límites de la realidad’, se lanzaría al sueño anhelado por los integrantes del Hollywood de principios de los 80: crear una productora de éxito sin las necesidades de otras alternativas como American Zoetrope o Lucas Films LTD. El proyecto empresarial se llamaría Amblin y apalearía a la fantasía con el logo de la silueta de la bicicleta de ‘E.T. El extraterrestre’ surcando una inmensa luna llena.
Convertido hoy en un icono cinematográfico y al amparo de Universal, Spielberg contó con Kathleen Kennedy y Frank Marshall en su aventura de albedrío como productor y formador de nuevas generaciones de directores. Amblin iba a apostar por un cine de objetivos familiares y comerciales, aderezado con efectos especiales y donde se exigía una tarifa de comedia e imaginación que no traicionara las expectativas del sinónimo de calidad que la productora se había marcado como designio. ‘Gremlins’ constituiría el primer envite que luciría por primera vez en su historia el emblemático logotipo para lograr sus objetivos en un corto plazo: erigirse con el secreto y la receta de un prototipo de cine capacitado para vincular afinidades e inquietudes a través de la infalibilidad de sus aventuras, fantasía y diversión y que forma parte de la educación sentimental y fílmica de toda una generación. Títulos como ‘Los Goonies’, ‘El secreto de la pirámide’, la trilogía de ‘Regreso al futuro’, ‘El color púrpura’, ‘Esta casa es una ruina’, ‘El chip prodigioso’, ‘Nuestros maravillosos aliados’, ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’, ‘El imperio del sol’, ‘Hook’ o ‘Parque Jurásico’ son sólo algunos ejemplos de lo conseguido.
Sin embargo, el guión de Columbus no parecía comportar las directrices marcadas por una mirada infantil hacia el fantástico, sino que, al contrario, abogada por la libertad creativa alejada de los estigmas del cine más convencional enfocado a la familia. Cuando Spielberg descubrió la historia, ni siquiera se trataba de un guión al uso, ya que era un ‘spec script’, es decir, un guión especulativo lleno de anotaciones personales que se escribe sin esperar retribución, como si se tratara de una tarjeta de presentación o muestra del talento del guionista. De entre las miles de ideas en este formato que llegan a los grandes estudios, Spielberg siempre afirmó que era una de las propuestas más atrevidas y originales que había leído en su vida. El siguiente paso fue contratar al guionista, que entonces tenía veinticinco años, para reescribir junto a él hasta cuatro versiones a lo largo de un año en un ‘bungalow’ de la Universal.
Inspiraciones, directores, calificación y reparto
Los elementos imaginativos del guión de Columbus se definieron en un par de ideas que dieron como consecuencia esta obra de culto inolvidable; por una parte, el cuento de Roald Dahl ‘The Gremlins’, basada en unas legendarias criaturas traviesas muy conocidas dentro del campo de la aeronáutica relacionadas con la Royal Air Force británica que, tras construir una fábrica de aviones en un bosque que servía de hogar para estos seres, éstos respondieron saboteando los aviones ingleses en forma de venganza para terminar alternando este dictamen cuando se trató de combatir contra las fuerzas del III Reich. Estas creaciones serían utilizadas en varias fábulas sobre la II Guerra Mundial, como el corto de Bugs Bunny dirigido por Bob Clampett titulado ‘Falling Hare’, del mismo modo que el episodio ‘Nightmare at 20,000 feet’ de The Twilight Zone protagonizado por William Shatner.
Por otra, según cuenta el propio Columbus, también aludía a unos ratones que vivían de un modo clandestino bajo el suelo de un loft de Manhattan mientras estudiada en la escuela de cine de la Universidad de Nueva York: “Durante el día apenas se percibía su presencia. Sin emabrgo, por las noches sonaban como un ejército de ratones que podían aparecer en cualquier instante en medio de la oscuridad. Lo que me provocaba una sensación espeluznante”.
Spielberg supo apreciar una miscelánea intencional que reunía y relacionaba lo cotidiano y lo inexplicable de un universo dialéctico apoyado en esa ruptura del contexto cotidiano y familiar por una situación imprevista y terrorífica que afecta a sus protagonistas con elementos de corte fantástico. En ‘Gremlins’ lo ficticio y lo mundano se entremezclaban con divertida perversidad, sin dejar escapar la posibilidad de criticar la sociedad tras ese mensaje proteccionista tan arraigado a la cultura estadounidense de no comprar productos foráneos, como advierte Murray Futterman, personaje chovinista, alcohólico y neurótico interpretado por el gran Dick Miller. A la hora de designar al director de un proyecto tan especial, el “Rey Midas” de Hollywood pensó en alguien joven para tomar las riendas de la película. Se especuló con la posibilidad de que Tim Burton, en aquélla época un prometedor cineasta que había triunfado con su cortometraje ‘Frankenweenie’, tomara las riendas de la película. Finalmente su inexperiencia en el mundo del largometraje hizo que se confiara en un autor más curtido.
El elegido fue Joe Dante, dado a conocer desde la factoría de nuevos talentos de Roger Corman que confluirían en una época de esplendor creativo de lo que se llamó nuevo cine americano. Acostumbrado a filmar pequeñas cintas de ‘drive-in’ para pasar a propuestas a medio camino entre la abstracción y lo explícito, la serie B y lo comercial. Dante se granjeó cierto estatus gracias a ‘Piraña’, desenfadada proclamación de amor al ‘Tiburón’ de Spielberg, que bajo la excusa de ese "terror acuático", encuentra una personalidad propia en el desenfado y la rotundidad de sus imágenes. Y otra obra de culto como ‘Aullidos (The Howling)’, donde la licantropía es mostrada mediante la oscuridad atmosférica de un relato de efectos especiales y labor de maquillaje del gran Rob Bottin, subrayada por una apreciable puesta en escena. Estos atributos y el juego de sarcasmo e imaginación que prevalecían frente a la carestía de medios hicieron de Dante el director ideal para llevar a cabo la filmación de la película.
Antes de su rodaje habría de superar otro escollo. ‘Gremlins’ no renunciaba a las estrategias genuinas del género ordenadas dentro de una disposición de corte familiar, sin embargo, a su vez estaba envuelta en un nada disimulado cinismo y violencia que le valieron la clasificación moral de “R”, que significa que un menor de 17 años debía ir acompañado por un padre o tutor legal. Este hecho parecía fulminar el target infantil que venía se ansiaba dentro del sello de garantía y éxito en las futuras de producciones de Amblin. No obstante, Spielberg tuvo la última palabra al sugerir a la MPAA una calificación a medio camino entre “PG” (Guía Paternal Sugerida para menores de diez años) y la restrictiva “R”. De ese escollo nacería el “PG-13” (Guía Paternal Estricta), que fue el ‘rating’ que obtuvo ‘Red Dawn’, de John Milius y que aprovecharía Spielberg no sólo para ‘Gremlins’, sino también para ‘Indiana Jones y el templo maldito’. Y a la vez fue la apertura del cine de acción a un público más generalista y amplio.
Para su reparto, se pensó originalmente en cierto perfil de adolescente comercial como Emilio Estévez y Judd Nelson, pero fue el propio Spielberg quien designó a Zach Galligam por la química que desprendió en la audición con Phoebe Cates. La elección de la actriz fue un tanto controvertida, puesto que su ‘top less’ en ‘Aquel excitante curso (Fast Times at Ridgemont High)’ cuando sólo tenía diecinueve años puso el grito en el cielo. Con los secundarios no hubo ningún problema; Hoyt Axton y Frances Lee McCain tenían una sólida carrera televisiva, Dick Miller ya había trabajado con Spielberg y venía siendo (y todavía lo es) el actor fetiche de Dante y tanto Judge Reinhold como Corey Feldman llegaron al proyecto con la vitola de promesas con futuro asegurado de dentro de Hollywood.
Las tres reglas
El filme exhibe desde su inicio una clara intención narrativa referida a los cuentos de tradición oral por medio de Rand Peltzer: “Soy inventor y tengo una historia que contarles. Sí, ya sé… ¿quién no tiene una historia que contar? Pero nadie tiene una como esta”. Se trata pues de un cuento infantil transmutado en una pesadilla, con una cosmogonía particular que acerca al espectador a los bajos fondos de la Chinatown de San Francisco bajo una atmósfera onírica y misteriosa, donde las reglas comunes del universo visible dejan de funcionar y la magia es una realidad. Dejándose llevar por un chaval asiático hasta la tienda de un viejo comerciante, mientras intenta colocarles su invención más prometedora (el compinche del aseo), el hombre encuentra el regalo ideal para su hijo. Se trata de un “mogwai”, una mascota de la que se advierte que implica muchas responsabilidades. Pese a la negativa del anciano, el chico consigue venderle la criatura bajo unas estrictas reglas que debe seguir a rajatabla:
1. “Que no lo dé la luz. Odia la luz brillante, sobre todo la del sol. Le mataría”.
2. “Que esté lejos del agua, que no se moje”.
3. “Pero lo más importante y que nunca debe olvidar… es que por mucho que llore, por mucho que suplique, nunca, nunca, debe comer después de medianoche”.
Obviamente, ya instalados en el día a día del idílico Kingston Falls, el descubrimiento del pequeño “mogwai”, al que llaman Gizmo, provocará que, paulatinamente y a excepción de la primera, se rompan las otras dos directrices de forma involuntaria. Tras salpicar un vaso de agua en el encantador espécimen surgen cinco nuevos “hermanitos” que estimularán la infracción de la tercera regla, transformándose de peluches encantadores en pequeños monstruos verdosos que sembrarán el caos y el pánico en la Nochebuena de un pueblo que vivirá su peor tragedia colectiva.
Llegados a este punto, el caos colectivo se corporeiza en los temores compartidos y los materializa hasta convertirlos en un emblema con el rostro unificado de unos turbadores seres que rezuman rebeldía y proponen una forma radical de actitud contestataria contra lo establecido, contra las normas y el automatismo que rige una sociedad encaminada hacia la conformidad de códigos de conductas y de vida homogénea. La llegada de los gremlins supone una especie de movimiento ‘punk’ llevado al extremo. De ahí, que el líder de este enjambre de monstruos esté liderado por uno que luce una carismática cresta blanca e invoque a la rebeldía a todos los demás, atribuida a la mitología del movimiento contestatario musical circunscrito a una actitud independiente y transgresora a la hora de romper las normas estipuladas y los estigmas sociales.
Se produce un choque entre la realidad sumergida en la fantasía que pervierte la nomotética de lo cotidiano, en una cínica ficción repleta de humor negro en la que la idealización de la sociedad se fragmenta con la llegada de estas alimañas que aportan una multiplicidad de lecturas, subvirtiéndolas hacia una parábola moral desde la perversión. La naturaleza imprevista de ese “mogwai” provoca una metamorfosis de sus hermanos, generados espontáneamente a través del contacto con el agua, pasando por una fase de pupación o periodo de incubación. La consecuencia es la transformación de estos lindos animales en auténticas bestias salvajes con aviesas intenciones por poner al descubierto todo el horror inherente a los valores típicos que definen la sociedad moderna y las relaciones sociales que, dicho sea de paso, tan poco han cambiado desde entonces. Como se dice, “para romper las reglas hay que conocerlas”.
Estereotipos y críticas metafóricas
En su acepción asiática, “mogwai” significa demonio o diablo. En la primera versión escrita por Columbus, este fascinante y suave animal con piel de terciopelo se transformaba con la ingesta de comida en el mismísimo Stripe, pero Spielberg sabía que en pantalla el público iba a reclamar la presencia de la criatura de carácter positivo e hizo que se optara por la dicotomía entre el bien y el mal que existe entre Gizmo y Stripe (con la voces de Howie Mandel y Frank Welker, respectivamente). Si algo tenían claro Columbus, Spielberg y Dante era que ‘Gremlins’ no iba a esconder sus cartas a la hora de exponer a la audiencia esa sutil crítica ideológica bajo su condición de ‘fantastique’.
La ostentación del estereotipo americano que se presenta con ese municipio perfecto llamado Kingston Falls se asienta en el tópico de ciudad sublimada en la idealización burlando deliberadamente cualquier resquicio de realidad. De hecho, el escenario es reconocible en otras películas y series de televisión clásicas como ‘Vivir de ilusión’, ‘Rebelde sin causa’, El sheriff chiflado (The Dukes Of Hazzard), ‘Tarantula’ o posteriormente por ser también otro mítico enclave como el Hill Valley de ‘Regreso al futuro’. Quizá por eso, no es de extrañar que, de inmediato, se identifique con aquel Bedford Falls del clásico cinematográfico del subgénero navideño ‘Qué bello es vivir’, con la que ‘Gremlins’ comparte ciertas referencias y espacios, ambas basadas en la concepción de esa pesadilla vivida en un entorno idílico dentro de la celebración navideña alterada por una variación de corte fantástico.
Si en la obra maestra de Frank Capra, la historia de George Bailey se entreveía como una excusa para lanzar una dura crítica al ‘New Deal’ de Roosevelt bajo un cuento con esencia de Dickens para hablar entre líneas de una filosofía individualista, de un hombre cuya generosidad ha convertido su vida en un fracaso luchando por el bienestar colectivo, en ‘Gremlins’ el objetivo principal fue la sátira “demonizante” del consumismo, con un mundo occidental en medio de la recesión por la no regulación económica del libre mercado. El trasfondo socioeconómico de esta cinta de 1984 no está muy lejos de lo que sucede en este momento a nuestro alrededor, como si se lanzara un mensaje no exento de mala uva con el lema “lo que se siembra se cosecha”, lanzando sus dardos hacia la competencia capitalista frente al idealismo o la pugna entre el ‘american way of life’ del individualismo y el materialismo, en pugna contra una amenaza natural (puede decirse que ecologista) de los instintos primarios.
Con ello, la prosperidad dentro del filme se fragua en esa bruja del cuento, la señora Ruby Deagle (Polly Holliday), una mujer rica y ferozmente mezquina que ansía matar al perro de Billy y que no es más que un modelo a medio camino entre Ebenezer Scrooge, la Malvada Bruja del Oeste y Henry Potter. La revelan como viuda de cierto empresario millonario llamado Daniel Clamp (juego de palabras obvio en Donald Trump) y es axiomática su maldad al sugerir a una pobre mujer endeudada delante de sus hijos que si necesita dinero “ya sabe lo que tiene que pedirle a Santa Claus”. O incluso Gerald Hopkins (Judge Reinhold), un arribista “lameculos” que alardea de sus logros con sólo veintitrés como subdirector de un banco, tiene apartamento de lujo con vídeo y asegura que con treinta será millonario. “El mundo cambia Peltzer y hay que cambiar con él”, le espeta como una frase de banco y paradigma del eslogan del progreso capitalista.
La “era Reagan” estableció un modelo de sueño americano que estaba destinado al fracaso, la destrucción y la decadencia en una época en el que el optimismo americano se profería de un modo omnipresente. Sin embargo, analizando los parámetros de personalidades de ‘Gremlins’, nadie parece tener las cualidades de un antihéroe como modelo ejemplarizante articulado en función del bien común siguiendo los patrones universales del mismo. Todo lo contrario. Billy Peltzer es un perdedor con aspiraciones de ser dibujante de cómics que vive encima del garaje de sus padres, trabaja sin ganas en banco sin futuro y es el soporte económico de su familia. Cierto es que los Peltzer encauzan su vida siguiendo la pauta idealista de cumplir los sueños (“si crees, puedes hacerlo”) que representa su padre, un hombre que sigue luchando por su sueño de ser un inventor de prestigio.
Tampoco Billy parece muy listo y se rige por el credo y los prejuicios comunes al creer que la Navidad es la época más feliz de la vida. En el momento que Kate Beringer le confiesa que no celebra la Navidad, él le responde “¿eres hindú o algo así?”. Sin ir más lejos, descubriremos que como héroe también es un poco inepto, ya que será el pequeño Gizmo quien logre acabar con Stripe ante la incapacidad del joven por finalizar su rol de salvador. En una sociedad basada en el precepto de bienestar colectivo, son los propios gremlins los que parecen evidenciar las falsas premisas que rigen la sociedad estructurada en modelos erráticos, siendo los que sacan lo peor del ser humano y manifestándose como una catarsis, casi de necesidad de quebrantar los códigos sociales en función y defensa de ese vehemente regocijo vandálico.
Se trata de un choque de perspectivas, como una metáfora de libre flotación en la que el célebre monólogo de Kate esgrime un contundente argumento para exterminar el espíritu navideño por medio de una trágica historia que supone el pilar intencional del filme. En él, la chica narra con una frialdad absoluta cómo su padre trató de meterse en la chimenea vestido de Santa Claus para dar una sorpresa a la familia en estas fechas tan señaladas y fue encontrado muerto días después de romperse el cuello en el intento. Un dramático trauma que cae como un jarro de agua fría sobre el espectador y que estuvo a punto de quedar fuera en la sala de montaje. Date lo evitó. Y se glosó como una de las secuencias más recordadas de la película. Tras ese inquietante y macabro sentido del humor, el crítico Rogert Ebert se refirió a él como el cimiento de la substancia crítica de la cinta al adulterar el periodo de las guirnaldas y convertirla en otra tradición bien distinta “la de los chistes oscuros y enfermos de las viñetas de los 50”.
No fueron las únicas lecturas de fondo que se sustrajeron; como las supresiones freudianas en las que se podía percibir una interpretación de la confluencia de horror y comedia con la que el público se reía de las víctimas en confabulación y simpatía con los monstruos. Hay algo cierto en ese cuestionamiento que lleva a cuestionar nuestra naturaleza malévola, haciendo incluso que el espectador nunca se cuestione el origen o la procedencia de estos seres, pero sí llegue a disfrutar y alentar su fechorías. Llevado al extremo del paroxismo, algunos críticos afirmaron tras su estreno que los gremlins no eran más que un reflejo de los estereotipos más negativos de los afroamericanos, considerando ciertas secuencias como la que tiene lugar en el Dorry Tavern parodiaban ciertos estilemas del ‘blaxploitation’, con ese Gremlin que toca el piano con gafas de sol emulando a Ray Charles u otro que baila el ‘moonwalk’ de Michael Jackson que termina por desembocar en la prosapia alegórica de la paranoia suburbana en los años 80.
Más allá de esa predilección conspiranoide, ‘Gremlins’ supone una exhortación ilustrativa y aleccionadora sobre la irresponsabilidad del ser humano, destinado en todo momento a destruirse a sí mismo y a todo lo que le rodea. No es más que una película alegórica que funciona en gran parte como una fábula moral dirigida a los adolescentes sobre las consecuencias de no seguir las reglas. Como expresa en su discurso final el viejo Mr. Wing (Keye Luke): “Ustedes han hecho con Mogwai igual que su sociedad ha hecho con todos los dones de la naturaleza. Ustedes no entienden. No están preparados”.
Dante y la codificación cinéfila de sus propósitos
La elección de Joe Dante fue un acierto en toda regla, pues había demostrado que era un artesano centrado en el interés romántico por seguir estrictamente la metodología clásica del guión estructurado en tres actos, pero sin que esta pauta fuera un óbice para desplegar dentro de ella una fumigación de rebeldía satírica poco menos que irresistible en esa ruptura de convenciones desde el estereotipo. Siguiendo las pautas de un alejamiento del sentido lírico para establecer su eficacia en la sencillez y frontalidad de sus imágenes al margen del narrador clásico, Dante supo crear con ‘Gremlins’ lo que ya tanteó con ‘Piraña’ y ‘Aullidos’. Basándose en la creación de una arquitectura fílmica asentada en la dosificación de los instantes de terror que se producen con una armonía encaminada al flujo del humor negro, lograba desgranar el equilibrio de su nivel discursivo a través de una puesta en escena que significó el mejor trabajo de este autor a reivindicar.
Aquí, Dante mantiene una progresión dramática establecida en el metodismo, sin perder de vista la esencia terrorífica del fondo del relato, sabiendo jugar en todo momento con el suspense y la expectación generada en el espectador y utilizarlo como una ventaja para anticiparse a lo concebido dentro del género. Si a ello añadimos la representación distintiva y ejemplarizante del ‘slapstick’ cercano al ‘cartoon’ de Frank Tashlin, Tex Avery, Friz Freleng o Chuck Jones (que tiene un cameo en la película como habitual de la taberna), ‘Gremlins’ supone un hallazgo generacional en ese tratamiento distante y átono, abordado desde una perspectiva de diversión en la deformación de la bestia como un pequeño ser salvaje desvergonzado que disfruta llevando el mal hasta extremos de divertida e insana locura con ciertas reminiscencia artísticas. Es lo que estimula la subversión desconcertante del jolgorio de estos bichos verdosos que desvelan no sólo el escepticismo hacia los medios, sino un profundo respeto por el espectador. Algo que tendría su continuidad en las excelentes ‘Matinee’ y ‘Pequeños guerreros’.
Es como si su propósito fuera contaminar la mencionada idoneidad sentimental de ‘Qué bello es vivir’ con esas criaturas violentas, sádicas y anti-sociales que devienen en la ruptura de esas reglas irrazonables y arbitrarias. A todo esto hay que añadir una mixtura de referencias cinéfilas codificadas que adquieren su propio sentido dentro del desarrollo de la trama; desde la alusión puntual de títulos clásicos y por entonces modernos, como la emisión de ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’, un poster del ‘Mad Max’ de George Miller, la máquina del tiempo de ‘El tiempo en sus manos’ durante convención de inventores, donde vemos al mismísimo Spielberg junto a Robby, el mítico robot de ‘Planeta prohibido (Forbidden Planet)’ hasta el golpe de efecto de una película como ‘Indianápolis’, película de carreras de coches con Clark Gable que sirve como elucidario para consumar el final del maléfico Stripe.
Sin olvidar esa vena autorreferencial al universo incipiente del cine de Spielberg que llevó a ver en los cines de Kingston Falls el anuncio en cartelera de dos títulos como ‘A Boy’s Life’ o ‘Watch Skies’, dos títulos que escondió ‘E.T. El extraterrestre’ para mantener el secretismo del rodaje. O el rótulo del programa radiofónico de Rockin' Ricky Rialto, que remite directamente al logotipo de ‘Indiana Jones’ y que no es otro que el rostro de Don Steele. Pero si por algo recordaremos ese testimonio de cine dentro del cine es por el poder de fascinación cinematográfico que tiene en su punto culminante cuando la horda de ‘Gremlins’ descubre el séptimo arte a través de ‘Blancanieves y los siete enanitos’, dejando intuir que es el cine es el arte que despierta la candidez y el apaciguamiento de la bestia.
Como se ha señalado a lo largo de este extenso estudio, ‘Gremlins’ evidenció una capacidad sorprendente para convertirse en una deconstrucción de la tradición americana del ‘blockbuster’, gracias, entre otras cosas, a su rango de falsificación de la posmodernidad, abarcando los estatutos de las grandes cintas comerciales para conferir una calidez especial con un aire de cinta de serie B incluyendo como reclamo marionetas, modelaje y ‘animatronics’ sin el obsesivo prejuicio de que lo que desfila por la pantalla fuera dotado de un realismo verosímil. El trabajo a ese respecto de Chris Walas es absolutamente maravilloso. Hay algo en ‘Gremlins’ que la hace diferente. Y es la inteligente culminación por crear ilusiones con la consecuencia de la invisibilidad de las costuras y los trucos, haciendo factible el lema de las tarjetas de visita de Rand Peltzer: “Ideas fantásticas para un mundo fantástico. Hacer de lo lógico lo ilógico” y revertirlo, como hace el propio Dante, conquistando una mayor credibilidad y cercanía que las actuales y mastodónticas creaciones digitales ambicionan sin conseguirlo.
Otro de los aspectos que contribuyen en gran medida a su modélico corolario reverencial es esa profusión de violencia que dispensa un sentido del espectáculo tamizado con filtro salvaje y anárquico cuyo el resultado final acabó siendo original e imprevisible. La aparición de esas crisálidas con el componente de suspense que va forjando desde su incógnita por la apariencia de los bichos es el mejor ejemplo del imperceptible filo que separaba que ‘Gremlins’ fuera demasiado aterradora para los niños o complaciente con el género para los más adultos. Así, siguiendo ese equilibrio narrativo, el público asistió a algunas de las secuencias más voraces vistas en una cinta de este calado familiar; como a esa madre, víctima y verdugo de los primeros ejemplares de gremlins, con cuchillo en mano, triturando a uno de ellos en una licuadora, salpicando con la explosión dentro de un microondas de otro o decapitando con una espada medieval a otro más. Lo que pocos saben es que en el primer guión que Columbus presentó a Spielberg incluía una retahíla de escenas que no se llegaron a plantear por lo truculento de su naturaleza; desde que los pequeños y bestiales seres verdes se comieran al perro familiar y tuvieran inclinaciones caníbales, hasta que uno de estos agresivos bichos cortara la cabeza de la madre de Billy y que ésta cayera rodando por las escaleras. El rey Midas aconsejó reconducir estos excesos circunscritos al ‘gore’ hacia otro tipo de violencia más rebajada.
Sin embargo, lo que hizo de estos destructivos gremlins atrajeran la confabulación y el guiño con el público fue el asentamiento reconocible de su insubordinación a las normas, del ‘carpe diem’ que se despliega en un descenso a las profundidades de la fiesta, de la ingesta de alcohol hasta perder el conocimiento, del divertimento sin fin, de convertir esa apacible ciudad en una algarabía desordenada en la que cabe asaltar casas cantando villancicos, sabotear los semáforos de la ciudad, conducir una máquina quitanieves hacia las casas prefabricadas o atacar la misma comisaría de policía en la que unos funcionarios patanes comen donuts y han desoído la advertencia preventiva que Billy les acaba de confesar. Muchos observadores culturales de la época tildaron ‘Gremlins’ como una obra reaccionaria, apelando a la paranoia estadounidense y atacando la lección de conducta moral y social que se podía leer entre líneas. El derivación comercial fue radicalmente opuesta.
La consagración de una obra de culto
Pese a que hay grandes incógnitas dentro de la historia (¿por qué Billy lleva a su perro al trabajo? ¿los niños de Kingston Falls tiene clase el día de Nochebuena? ¿Por qué el padre asiste a una convención de inventores en una fecha tan comprometida?), ‘Gremlins’ fue un éxito sin parangón, fomentado por el revuelo que levantó el hecho de que muchos padres salieran escandalizados e indignados por esa disposición de un filme familiar caracterizado por el hervor sádico de esas grotescas criaturas verdes. Vehemente y sugestiva, su éxito primordial reside en la dimensión que ha adquirido en nuestro subconsciente como esa representación del lado oscuro navideño, desde la subversión de la imaginación o el sentido de la observación y la crítica social traducida en una fantasía de tintes realistas de horror viscoso. Tanto es así, que tuvo una ramificación como fenómeno cultural dentro del cine de serie B, con la aparición de multitud de ‘rip offs’ de inferior abolengo con sagas como ‘Critters’, ‘Ghoulies’, ‘Troll’ o películas de similar temática como ‘Munchies’ u ‘Hobgoblins’.
La película de Joe Dante constituye una propuesta que va más allá del cine de entretenimiento, siguiendo la tradición más antigua del cuento infantil e historia mágica categorizada como una comedia de humor negro que circunvala la barbarie capaz de compensar el hartazgo de almíbar, las luces de neón y consumismo que supone el periodo navideño. ‘Gremlins’ quedará en la memoria colectiva punteada bajo esa inolvidable banda sonora de Jerry Goldsmith cargada de ‘leit motives’ sintetizados que supone otro ingrediente insustituible dentro del cómputo global de la película. Una obra maestra provocadora que fue la última película rodada con película Eastmancolor 125T, como otro atributo más para la nostalgia cinéfila, la verdadera naturaleza de esta película que ha cumplido tres décadas y que mantiene el mismo vigor que desde entonces.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014

domingo, 20 de julio de 2014

Desconexión 2.0: Fin de temporada abismal

A lo largo de lo que llevamos de este año, este blog está batiendo récords de actividad y regularidad que se remiten a las épocas doradas, cuando la demanda que congregaba casi dos mil quinientas visitas únicas diarias, allá por 2005, 2006 o 2007, hacía necesaria tal intensidad. Tanto es así, que en siete meses de este 2014 se han superado con mucho la totalidad de las entradas de 2013 y va camino de doblar las de 2012. Y claro, esta locura sin retribución alguna debe frenar para no cauterizar ni el mecanismo de escritura ni provocar un colapso mental o un síncope de pesimismo venidero.
En cualquier caso, llega el momento de detener, como casi todos los veranos, la actividad de este blog. Y, sobre todo, tanta saturación de redes sociales. Hay que saber cercenar esa abducción a la que nos vemos sometidos con este paraíso falsamente reconfortante llamado comunicación 2.0 que nos arrastra y consume paulatinamente como una droga cualquiera. Esta vez no me tomo vacaciones precisamente. Tampoco se trata de sugerir el abandono del blog, como estuvo a punto de suceder hace dos años. Aunque es algo que sigue latente, aunque aletargado en espera de acontecimientos.
Se trata de esa despedida momentánea, sin embargo no bajo el concepto de “merecidas vacaciones” o de cierre de una maravillosa temporada que el Abismo no vivía hace años. La servidumbre hacia el trabajo sin tregua seguirá su curso, enfocando este intervalo de tiempo de ausencia hacia otros derroteros, otros proyectos que requieren de este tiempo y que fundamentan su trascendencia en la inversión del ánimo y el esfuerzo al servicio de ellos. Tampoco voy a ver un euro de todo. Llevo más de cuatro años sin un contrato laboral, pero a su vez cada día de esos cuatro años me he acostumbrado a arrastrar poco menos de una media de seis horas de sueño para abordar cada jornada del día escribiendo, creando proyectos e insistiendo estérilmente en encontrar un hueco en los diversos sectores en los que me he especializado y desarrollado mis aptitudes, que son muchas y variadas.
Forma parte del juego de supervivencia cabrón y despótico al que me humillo a cada hora, a cada día, a cada mes y a cada año. La facundia escrita se encauza hacia otra forzosa evasión por sacar adelante otros planes. En síntesis: voy descansar para trabajar. Por tanto, seguiré dejándome la piel para intentar emerger de este lodazal de desesperanza que consume el espíritu en la carestía laboral y que deriva en tantos problemas y ahogos, procurando que no diluyan las expectativas puestas en los diversos frentes, para que algún día la estabilidad se transforme en realidad. Sin respiro.
Regresaré si algún suceso trascendente impera como post en el histórico del blog. Y sobre todo para celebrar como es debido un par de cumpleaños; el del aniversario del estreno de una película legendaria a finales de agosto y, posteriormente, el de este espacio que celebra una década desde su nacimiento el día 5 de septiembre de 2004, mes en el que la actividad regular del blog volverá a su cauce. Una década ya, quién lo diría. Diez años en los que habéis ido y venido, habéis descubierto el blog u os habéis asomado a este Abismo del absurdo. Y, por supuesto, los que siempre habéis estado ahí para leer o echa un vistazo a las 2.216 entradas que se han acopiado con los años.
Hasta entonces, bebed cerveza helada, disfrutad de la vida y nunca bajéis las escaleras con las manos en los bolsillos. Os deseo un feliz verano a todos y gracias, de todo corazón.

El cine español llora la muerte del gran Álex Angulo

(1953-2014)
Uno tarda en asimilar el impacto que supone entender que una persona como Álex Angulo haya muerto. Un duro golpe que ha sacudido a toda la familia del cine español, que llora su muerte como la de un familiar. Y es que Álex era una persona extraordinaria que se había ganado el cariño de todos los que le habíamos conocido con su afabilidad y cercanía, con dulzura y sencillez. Tuve la gran suerte de conocerle a través de mi amigo y socio Asier Guerricaechebarría y de trabajar con él en ‘3665’, donde puso la voz que narra la odisea apocalíptica que contamos en él.
Una sugestiva experiencia que me dio la oportunidad de colaborar con alguien tan especial, entregado y profesional, con un sentido del humor inconmensurable que despertaba un afecto tan inmediato como espontáneo. Todo el mundo quería a este grandísimo actor con una dimensión interpretativa que transmitía una normalidad muy difícil de conseguir, desprendiendo una ternura extraordinaria, una vis cómica innegable o el porte dramático apoyado en su voz enérgica, según fueran sus roles. Siempre al servicio del personaje, la presencia de Álex reforzaba cualquier reparto con su aportación.
Su trayectoria se fragua dentro de los términos de ese tan poco valorado rol de actor de reparto, nunca secundario, capaz de cautivar al público con esa mirada que transformaba según fuera el género que abordara. Desde 1981, con ‘La fuga de Segovia’, de Imanol Uribe, fue ennobleciendo el cine español y la profesión en algunas de las más trascendentales películas de nuestro cine al lado de los mejores cineastas nacionales; ‘Tu novia está loca’ y ‘Todo por la pasta’, ambas de Enrique Urbizu, ‘El anónimo’, de Alfonso Arandia, ‘El Rey pasmado’, de nuevo con Uribe, ‘Acción Mutante’, de Álex de la Iglesia (que le convirtió en un talismán desde su cortometraje ‘Mirindas asesinas’ y con se encumbraría como protagonista de ‘El día de la bestia’ –el padre Ángel Berriatúa pasará como una de las mejores creaciones de la historia de nuestro cine- y posteriormente en ‘Muertos de risa’ y ‘La habitación del niño’), ‘Hola ¿estás sola?’, de Icíar Bolláin, ‘Así en el cielo como en la tierra’, de José Luis Cuerda, ‘Matías, juez de línea’, de La Cuadrilla, ‘Sólo se muere dos veces’, de Esteban Ibarretxe, ‘Carne trémula’, de Pedro Almodóvar, ‘Los años bárbaros’, de Fernando Colomo, ‘El coche de pedales’, de Ramón Barea, ‘Bosque de sombras’, de Koldo Serra, ‘El Gran Vázquez’, de Óscar Aibar, ‘El laberinto del Fauno’, de Guillermo del Toro o ‘Los muertos no se tocan, nene’, de José Luis García Sánchez, entre muchas otras. Tres nominaciones al Goya y premio de la Unión de Actores se antoja un escaso palmarés para la valía de uno de nuestros mejores actores.
Su paso por televisión tampoco pasó desapercibido; desde sus primeros pasos en ETB, ‘El peor programa de la semana’, ‘Villarriba y Villabajo’, ‘Periodistas’, ‘Aquí no hay quien viva’, ‘14 de abril. La República’, ‘Toledo’ o ‘Gran Reserva’ también contaron con Angulo. Se nos va un magnífico actor, que se comprometió con el cine vasco y con directores noveles con sueños dentro de en un mundo tan difícil como el cortometraje, en el que Álex se volcaba si creía en el proyecto, ofreciendo su rostro y su gran talento para la causa. En esta faceta, se acumulan en su filmografía infinidad de trabajos de corta duración que hicieron de su rostro todavía un reclamo familiar en la comunidad de cineastas noveles y circuitos festivaleros. Con su fallecimiento prematuro, nos deja una tristeza que aúna el sentimiento de un cine español que echará de menos a este entrañable hombre y gran persona. Después de conocerle, supe que en mis siguientes proyectos tenía que contar con él, fuera como fuera, para seguir conociéndole y disfrutar de ese espíritu alegre y pacificador. No podrá ser posible. Álex, estés donde estés, te echaremos de menos.
D.E.P.
Foto: Ana B. Robles.

viernes, 18 de julio de 2014

‘El quimérico inquilino (The Tenant)’, de Roman Polanski: Conspiración y locura

Un hombre permanece sentado en una corroída silla del Jardín del Palacio de Luxemburgo, bajo el frío de invierno de París. Observa a unos niños que juegan con unos barcos junto al estanque. Uno de ellos comienza a llorar desconsoladamente porque, a simple vista, su barco se ha alejado mucho de la orilla. Una joven que parece su madre llega para consolarle, hablándole y tratando de que el infante se calme. El hombre se estremece, vigilando atento la situación. La chica desaparece de plano, mientras el hombre se levanta directo al pequeño. Éste le mira absorto. Inesperadamente, el hombre le increpa: “Filthy litlle brat! (¡Pequeño y sucio mocoso!)”. Y sin más, le propina una terrible bofetada y se marcha por donde ha venido, dejando al niño llorando ante lo bizarro de la situación. Es el punto de no retorno de la locura de un hombre en pleno proceso de paranoia y conflicto de personalidad. Roto y confuso por los acontecimientos que se le han venido encima en los últimos días.
¿Quién es este hombre? Se trata de Trelkovsky, el protagonista interpretado por Roman Polanski en ‘El quimérico inquilino (The Tenant)’, la que es, hasta el momento, su mayor obra maestra como director. Trelkovsky es un joven empleado de banca que busca un apartamento de alquiler en la céntrica Rue des Pyrénées. En el momento de echarle un vistazo al piso, la portera le cuenta que la antigua inquilina, Simone Choule, es una mujer que permanece en coma al haber intentado suicidarse saltando al vacío por la ventana. Interesado en la salud de la misteriosa mujer, cuando entra a vivir en el apartamento los sucesos se precipitan hacia un aparente complot del propietario y los vecinos para que él también siga los pasos que lo llevarán a un demencial suicidio siguiendo los pasos de Choule.
‘El quimérico inquilino’ comienza con un planteamiento social, en el que Polanski presenta un problema que se repite a lo largo de los años, el de la difícil búsqueda de una vivienda de alquiler céntrica y en condiciones, para transformarla rápidamente en una progresiva pesadilla claustrofóbica y malsana. Su estilo grotesco, directo y sucio provoca el imaginario desasosiego de una angustia atmosférica opresiva y turbia gracias al ojo fotográfico de Sven Nykvist, que es perfecta para exhibir un sádico e incómodo humor negro, donde lo surreal y macabro es introducido en un marco realista que termina por incitar a la confusión y al terror.
El mejor filme de Polanski se perpetúa a lo largo de su metraje con una trastornada excentricidad, que tiene su inicio en el modo en que la portera del inmueble, interpretada por la gran Shelly Winters, se descojona al mostrarle a Trelkovski las consecuencias en el mobiliario vecinal que ha dejado la caída de Choule en su intento de suicidio y sacudiendo la retina del espectador la primera vez que vemos la momificada figura de Choule lanzando un desgarrador grito de pavor ante la visión de Trelkovski y la que será la personificación de la sexualidad carnal y sugerente en el rostro de la hermosa Stella (Isabelle Adjani), mujer con la que Trelkovski no puede terminar de consumar el acto sexual, por mucho que ambos lleven la situación al extremo. Todo resulta turbador dentro del marco progresivo de sus encuentros, desde ese primer contacto, con la incursión de un fragmento de ‘Operación dragón’, protagonizada por Bruce Lee, que incluye esa secuencia tan febril como erótica en la que Stella calienta a Trelkovski ante la mirada lasciva de un voyeur accidental hasta el clímax que pone punto y final a su relación, con el pequeño polaco perdiendo la razón y destrozando el apartamento de la joven absorbido por la locura de su oscura y terrible metamorfosis.
Polanski es capaz de transmitir la enfermedad con desequilibrada maldad, zarandeando el filme con un humor negro insostenible, lleno de desequilibrada psicología que evoluciona hacia la perturbación más abyecta. El mórbido ambiente va arrastrando al espectador a través de imágenes imborrables, como ese diente escondido en un agujero de la pared tras un armario, en continuo aumento hacia la demencial psicopatía que va empapando su esencia con un sugerente éter venenoso, la visión amenazante de los vecinos, intimidantes y “normales” a la vez, que llevan al aprensivo Trelkovski a meterse en una obsesiva espiral de identificación con la antigua inquilina del piso. Un personaje incorpóreo que se alza como la gran protagonista de la función.
Una presencia constante, espectral y enigmática llamada Simone Choule, haciendo que su espíritu se apodere de él en un proceso de pérdida de identidad que termina por asumir su personalidad ficticia para travestirse física y psicológicamente con esta desconocida mujer, llegando hasta unas consecuencias totalmente insanas y fatales. Trelkovski comienza a caer en sus redes con la fascinación de un fetiche como es una bata de raso, a la que sigue el fisgoneo de sus enseres personales, comenzando la locura identificativa en la extraña visión de aquellos hombres y mujeres que utilizan el baño común, detenidos en el tiempo, mirando congelados hacia ningún sitio.
En el bar de la esquina, a Trelkovski parecen imponerle las mismas costumbres que seguía Choule, sustituyendo sus habituales cigarrillos Gauloises por los Marlboro que fumaba la difunta inquilina en un cambio de hábitos sutil y terrorífico. Polanski sabe invertir muy pronto la normalidad de Trelkovski en un descenso a los infiernos, que nace en una Iglesia, la del funeral de su futuro ‘alter ego’, cuando se escucha subjetivamente un sermón acusatorio del cura que despierta el sentimiento de culpa de Trelkovski. Va creando insólitas visiones que se dan en el edificio, como la basura que va cayendo por las escaleras para luego, en su regreso, descubrir que ha desaparecido, el ruego que le hace una vecina con su hija discapacitada para evitar que la desahucien, esa portera le entrega la correspondencia de Choule y sobre todo la temible Sra. Dioz que, llegado un momento de paroxismo mórbido, le intenta estrangular en el rellano del portal cuando es él mismo quien se agarra el cuello.
Pero si algo llama la atención del entramado críptico de ‘El quimérico inquilino’ es ese inquietante trasfondo de civilización egipcia, en el trance onírico de Trelkovski hacia el aterrador baño común, en el que descubre inscripciones y jeroglíficos de esta ancestral cultura y desde dónde se puede ver a él mismo observándose desde su habitación. Pero también en la figura de ese ex novio llorica que le confiesa que no pudo decirle a Choule que la amaba o el otro conocido que le prestó el libro ‘El Romance de la Momia’ y que aparece en casa de unos amigos de Stella durante una fiesta. Es el engranaje perfecto para el devenir en paranoia de Trelkovski, en el alcance contemplativo de la locura del nuevo y quimérico inquilino con imágenes que perturban por lo lóbrego y atractivo, como esa cabeza que bota como un balón apareciendo y desapareciendo en la ventana o las manos que intentan sujetarle entre el armario y la ventana. Un entramado perfecto, un guión paradigmático sobre la conspiración imaginaria y que ayudan a entender un pilar básico en la obra de Polanski: la pérdida de la identidad, que va dejando una sucesión de hechos que termina por desembocar en la obsesión que distorsiona un entorno corregido por el espejismo de una mente enferma. Cuando la claustrofobia mental abre al subconsciente la posibilidad confundir realidad y la locura. Una cinta memorable en la que la transformación psíquica del personaje evoluciona hacia una transformación morbosa y peligrosamente atractiva.
‘El quimérico inquilino’ es una magnífica composición de miedos y temores, realmente intemporal que traduce mediante la alineación de un individuo el comportamiento humano normal en una pesadilla apócrifa, mediante la sutilidad con la que se exagera y se transforma la realidad en insana fantasía de locura y complot, asedio y la locura. En el fondo, una crítica mordaz de una sociedad parisina profundamente conservadora e hipócrita, donde la apariencia esconde monstruos dispuestos a acabar con aquel que no cumpla las normas. Una visión siniestra del ser humano que tiene su mejor aliado en la música angustiosa de Philippe Sarde. Una película que se cierra con la incógnita de la reencarnación estimulada por la perspectiva conspiratoria, de cómo Simone Choules pudo tomar el cuerpo de Trelkovski para volver a suicidarse, de cómo una posible metempsicosis ha transmigrado el alma de la suicida para sumirle en un laberinto pesadillesco del que el protagonista no podrá salir jamás.

jueves, 17 de julio de 2014

‘Francesca Da Rimini’: robótica y proyección por mapeo

Con los más sofisticados avances técnicos audiovisuales de última generación, puestos al servicio de un arte tan estético y bello como es el ballet, se produce un milagro como el que ha conseguido el director Tarik Abdel-Gawad, especializado en tecnología creativa que se confabula en un híbrido entre el arte y la ciencia al servicio del desarrollo de la imagen en movimiento. De este modo, combinando la robótica y proyección por mapeo, ha logrado mediante la utilización de una cámara robótica filmar concienzudamente la pieza de danza ‘Francesca Da Rimini’, coreografiada por Yuri Possokhov en la que Abdel-Gawad utiliza este tipo de estudio de captura de movimiento para trazar de forma exacta los pasos de los bailarines Maria Kochetkova y Joan Boada y con esta información informatizada, sincronizar la cámara para lograr el objetivo de esa visualización perfecta del baile. El resultado es un cortometraje hermoso titulado como la obra musical creada por el gran Pyotr Ilyich Tchaikovsky y que refleja la manifestación máxima de los cuerpos en movimiento bailando como forma de expresión universal. En el pequeño ‘making of’ ‘Ballet Meets Robotics’ se puede apreciar una perfecta definición de su desarrollo y praxis.
No es la primera vez que este visionario desafía el séptimo arte con esta técnica; ya lo hizo con ‘Box’, en el que utilizó la proyección por mapeo en superficies en movimiento para desdibujar la línea entre el espacio bidimensional y tridimensional y crear una ilusión de composición de objetos que se cruzan, se elevan y transforman en una misma esfera. También es uno de los responsables de la utilización del ‘Bot and Dolly’ en ‘Gravity’, de Alfonso Cuarón, que divulgó hacia el cine comercial la evolución de esta plataforma de control de movimiento basado en el hardware de la robótica industrial con la integración con Autodesk Maya y que propició, a su vez, el desarrollo del revolucionario ‘Lightbox’ utilizado por Emmanuel Lubezki en la película del director mexicano.

miércoles, 16 de julio de 2014

‘Viaje de Poo’: wáteres, toboganes, zurullos y concienciación

El Museo Nacional de Ciencias Emergentes e Innovación de Tokyo, también conocido como Miraikain, recoge una curiosa instalación artística interactiva centrada en un gigantesco wáter bajo el lema ‘Journey of Poo (Viaje de Poo)’. En ella, el visitante puede acceder a la gran taza del inodoro por unas escaleras e iniciar un trayecto deslizante a través de un tobogán de más de cinco metros. Eso sí, cada uno que quiera disfrutar de esta atracción, deberá ir ataviado con un simpático gorro en la cabeza que representa un característico mojón bien evacuado. Es la estrategia para disfrutar de un evento tan artístico como sensibilización con el medio ambiente.
El objetivo no es hacer sentir al público como una defecación humana, aunque aquí en España sí tendría más sentido con lo identificativo que puede llegar a ser esta simbología de la sociedad para la clase política, sino que nace con la pretensión de alertar y educar sobre de la canalización, la salud y los residuos. Y es que mientras la gran mayoría de la civilización de la población mundial tiene acceso a las ventajas de la tecnología y basa su bienestar en los adelantos como las redes sociales y los teléfonos móviles otro un tercio de la humanidad, en torno a 2,5 millones de personas, ni siquiera tiene acceso a un saneamiento adecuado.
De ahí, que se promulgue esta exposición con el fin de concienciar y divulgar sobre un tema tan serio como es el problema de las heces y el medio ambiente a través de una actividad más divertida e interesante para los más pequeños y también para los adultos, que pueden completar la visita a este ‘Viaje de Poo’ escuchando un coro de tazas de inodoro cantarinas o moldear un buen zurullo de plastilina. La instalación artística permanecerá abierta hasta el próximo 5 de octubre de 2014.

Putokrío: la gran obra de Jorge Riera

Es imposible separar la figura de Jorge Riera de la de Putokrío. Lleva décadas tan apegado a su alter-ego que este cómic-book supone la profundización de los fantasmas creativos de este enloquecido guionista y escritor. Siempre radicalmente transgresor, Riera se ha labrado una consolidada fama de provocador y aquí traduce sus obsesiones personales como un creador que asume valiente la vena más macarra y políticamente incorrecta de su mimesis caricaturesca. En este tomo imprescindible, se autodefine bajo la máscara de un personaje que representa la tradición de esa actitud desarraigada e irónica, de las miserias transmitidas desde una perspectiva con esencia de cómic ‘underground’.
“Jorge nació en una botella de mezcal y nunca pudo salir de ella” se apunta en una de sus páginas. Se podría definir como una radiografía de la propia vida de este autor a través de pequeñas historias sin esconder sus cartas, con un chorro de descaro multidireccional mediante una fórmula que involucra, con gran habilidad, diversas facetas de la decadencia humana que, pese al patetismo cínico que desprenden sus páginas, aporta un carácter reconocible e identificable que no es ajeno al mundo diario en el que vivimos. ‘Putokrío’ atesora un catálogo entrañable de anécdotas autobiográficas (sin renunciar al poso desobediente y gamberro) de manías, poses, despropósitos y dogmas llevados a la hilaridad y la reflexión.
Una madre con cáncer, un padre aficionado al culturismo, la primera corrida al masturbarse, la loca del quinto, el cine quinqui y su influjo nocivo, las relaciones de pareja llevadas al extremo, la identificación de un guionista psiconauta con un abuelo maltratador, necrofilia absurda, fenómenos paranormales pasados por el filtro cañí, las reglas de la amistad, el alcoholismo y diversas vías de escape…  son filtradas desde una extraña y sugestiva honestidad insana hacia el lógico tamiz de esa divertida inmadurez, ruindad y ‘macarrismo’ que se adecúa a las aventuras de un Putokrío que deja su mejor y más completa obra, reflejo de ese aprendizaje cruel y enfermizo dentro de un contexto generacional identificativo de una época de confusión, fracaso y frustración.
De la tinta de algunos de los mejores dibujantes nacionales (por no decir que están todos), Riera exhibe la falsedad de muchos prejuicios ridículos de este mundo en el que subsistimos de forma tan miserable desde su personaje más carismático, llegando al punto cumbre y desnudándose (nunca mejor dicho) en las páginas de un volumen desinhibido, que somete al lector a dejarse llevar por este demencial universo salpicado de sutiles matices en un alud creativo que aceleran el interés de sus episodios autoconclusivos. ‘Putokrío’ es la obra más ambiciosa de este personaje de bigote que ha encontrado en este cómic el medio de comunicación ideal para propagar la esencia de su más representativa creación.

martes, 15 de julio de 2014

La asombrosa reparación de unas gafas de pasta

En diciembre de 2012, con motivo de la presentación del videoclip ‘It’s Alright’ en una radio local junto a mis amigos de Call Me John, dentro del programa ‘Tres Acordes Rock Show’ de Paco Jiménez, tuvo lugar una de las entrevistas más locas y divertidas en las que he participado (a partir del minuto 37:50). Después de aquello, tuve un percance a modo de involuntaria caída que acabó con mi rostro en el empedrado de una calle céntrica con un espeluznante y salvaje golpe que a punto estuvo de dejarme sin un ojo. De aquel incidente me ha quedado una cicatriz de cuatro puntos de sutura y otros tantos de aproximación que tuvieron que aplicar a la herida.
Sin embargo, lo que más me dolió no fue el trompazo, aunque no voy a negar que me asusté por lo aparatoso del golpe y por lo que podría haber sucedido. Lo que más me dolió fue que unas de mis gafas favoritas sufrieron las consecuencias del impacto tanto como yo. Tanto es el aprecio que les tenía, que incluso pregunté en la óptica donde las adquirí con la esperanza de que quedara algún modelo idéntico de montura en los restos de alguna temporada pasada. No hubo suerte. Así que me resigné y asumí la pérdida. En multitud de ópticas pregunté sobre una posible reparación, certificando en todas ellas la imposibilidad de reparo. Imposible. Pero ahí no acaba la historia.
Indagando en la red, pasados estos dos años, descubrí un comercio oftalmológico cuyo reclamo era, precisamente, la posible restauración de este tipo de monturas en su propio taller. Este blog no se caracteriza por publicitar ningún establecimiento ajeno a la temática multimedia que profesa. Esto es diferente. “De todos los trabajos de taller posibles (soldaduras en monturas de metal, reparaciones de varillas…), hay uno en el que somos especialistas: la soldadura de las monturas de pasta. En muchas ocasiones el resultado es espectacular y tu gafa de pasta parecerá como nueva”, se puede leer en su página web.
¿Qué tenía que perder? A tenor de las fotos de algunos ejemplos de arreglos, el resultado parecía casi un milagro. Siguiendo las indicaciones de la web, determinaron el posible remedio y envié mis gafas pagando un precio bastante asequible y con una rapidez fuera de toda duda. Con una gran comunicación con ellos, me enviaron las gafas totalmente reparadas. Como por arte de magia, volvía a tener la montura como si nada hubiese sucedido, a pesar de que en el golpe se perdió un pequeño fragmento de la parte superior derecha.
La óptica se llama Sanluis Óptico y está ubicada en A Coruña.
Desde aquí, amigos, os vuelvo a dar las gracias por vuestro pequeño “milagro” y devolverme mis gafas como si nada de lo narrado hubiera sucedido.

lunes, 14 de julio de 2014

Mundial Brasil 2014: Cuando la “Mannschaf” recuperó el cetro

Finalmente fue la selección alemana de Joachim Löw la que se llevó este Mundial de Brasil 2014, el primero en que una escuadra europea gana un título internacional fuera en América, rompiendo así un maleficio que se había instaurado en la Historia desde sus comienzos. Ha sido posiblemente el desenlace más lógico, atribuido a esa raigambre dominadora que ha encontrado en esta generación de futbolistas una compacta consecuencia del trabajo bien hecho, sustentado en un fútbol solvente que reposa en una variante del mediocentro del campo, con dos pivotes y una línea de tres mediaspuntas, apostando por la verticalidad de una estructura que ha ido en progresión en este mes de fútbol mundialista. De ahí que ayer, cuando Philipp Lahm levantó la Copa del Mundo, nadie podía reprochar la valía y el mérito de esta selección que necesitaba un título de este calibre como testimonio de tantos años de trabajo y en el que sólo la España del triplete pudo ganarle la pugna. Löw atesora una meticulosidad detallista que transmite a sus jugadores y que ha ido variando lentamente hacia un esquema que acentúa el control del balón y el toque en el medio campo y garantiza la estabilidad de unos jugadores comprometidos y correosos con el único fin de ofrecer la imagen que se ha dado en Brasil. La Mannschaf ha sido, desde su inicio, la gran candidata a ganar el Mundial.
La final fue un partido de fuerzas, con Argentina mostrando en los primeros compases un hambre por sorprender a Alemania que hizo presagiar con esos contragolpes desequilibrantes de Messi y Lavezzi que podía haber sorpresas sobre lo esperado y que llegó a su culmen del suspense con un disparo cruzado de Higuaín tras un error de Kroos, pero se perdió por la derecha de la portería de Neuer por muy poco. Cuando Alemania se recompuso, la final empezó a ofrecer un gran duelo de poderes, con alternativas para ambas selecciones, como ese gol bien anulado al “Pipa” que lo celebró como con él hubieran ganado el partido. Y fue en ese punto, donde el juego se fue diluyendo y se acabó Argentina. Alemania siguió a lo suyo, aferrado a su guión y fue recuperando el mando del choque. Incluso estuvo a punto de evitar la prórroga cuando Howedes cabeceó con voluntad y orientación un balón que se estrelló en el palo. La prórroga sirvió de nuevo para alargar el sufrimiento albiceleste, que buscó los penalties a toda costa, como último recurso para ganar la ansiada Copa. Lo hizo templando el partido y esperando un posible contragolpe que llegó en las botas de Palacios en una opción de picar el esférico que malogró de forma catastrófica.
Fue entonces cuando Mario Götze, el hombre sacrificado en el esquema de Löw en la primera fase con la colocación de Lahm como lateral y dando espacio a Klose, ejerció de héroe tras bajar con el pecho un pase medido de Schurrle y remató a la red para inscribir su nombre con letras de oro en la historia de los mundiales. Era el minuto 113, tres menos que cuando Iniesta hiciera lo propio con Holanda hace cuatro años. El fútbol había sido justo con los méritos de los bávaros y esa falta desperdiciada por Messi en los últimos compases, definió al gran derrotado y devolvió la gloria al combinado germano. Veinticuatro años después volvían a levantar la Copa que acredita a esta selección como la campeona del Mundo.
La sorpresa llegó acabado el encuentro, cuando la FIFA le entregó a Messi un balón de oro como mejor jugador del torneo. Sorpresa porque no responde a valoración cabal, porque "la pulga" ha fracasado cuando más se esperaba de él y su presencia ha ido menguando según iban pasando los partidos. Cierto es que el argentino había sido el baluarte clave con algunos goles que decidieron partidos y algún pase que hizo que Argentina haya llegado a la final, pero en Brasil no ha estado a la altura. Más bien todo lo contrario para el que está considerado como el mejor jugador del mundo y que sale muy cuestionado de esta competición.
Instantes para el recuerdo y nombres propios.
Este Mundial ha dejado sensaciones encontradas con equipos que no se consideran grandes y que supieron competir con prestigio y buen juego, desbordando a su rival y mereciendo incluso más suerte de las que el destino les devolvió a la realidad. Selecciones como Colombia, México, Costa Rica, Estados Unidos, Chile, Bélgica… incluso Argelia, Suiza o Nigeria pusieron muchas trabas a las selecciones veteranas que, con el factor de calidad y bastante fortuna, impusieron la circunstancia de ese injusto silogismo que justifica el prestigio de los grandes.
Nombres propios como James Rodríguez, Keylor Navas, Cuadrado, Joel Campbell o David Ospina han brillado por encima de estrellas mediáticas como Cristiano Ronaldo, Diego Costa, Balotelli, Rooney o Neymar, que se han ido por la puerta de atrás dejando una dudosa imagen. Hay otros, por contra, que sí avalan con su presencia la eficacia futbolística; Kross, Neuer, Schweinsteiger, Robben, Benzema… Brasil 2014 además nos dejó los dos goles de Miroslav Klose, que le convertían en el mayor goleador de los mundiales (cuatro disputados y dieciséis dianas) por delante de Ronaldo (quince) y de Gerd Müller (catorce) o con el mismo número de paradas en un sólo partido por parte del guardameta estadounidense Tim Howard, que pasa a la Historia superando un récord que data de 1966 durante el partido de octavos de final contra Bélgica.
También será recordado este campeonato por el lamentable incidente del mordisco de Luis Suárez a Chiellini, un incomprensible gesto del ídolo charrúa que le ha valido una ejemplar sanción de cuatro meses alejado de los campos y nueve partidos sin jugar con Uruguay.  Eso sí, parece inconcebible e ilógico que hayan ejemplificado una multa tan ejemplar con un hecho que queda casi en surreal anécdota si lo comparamos a la acción de Matuidi cuando lanzó una entrada salvaje a Onazi, fracturándole la tibia y el peroné al jugador nigeriano durante el partido entre Francia y Nigeria. Así mismo y en menor medida por la incógnita de la voluntariedad, el tremendo rodillazo de Zúñiga a Neymar que le costó la rotura de una vértebra. Recordaremos la sangre fría de Van Gaal a la hora de sustituir a Cillesen, su portero titular, un minuto antes del lanzamiento de penalties en los cuartos de final contra Costa Rica y convertir al suplente Krul en el héroe insospechado de la noche. Contra Argentina en semifinales no pudo repetir. Y así le fue.
Respecto a la selección española de Vicente del Bosque se puede decir muy poco, tanto como el juego triste y apático que desplegaron en una primera fase para olvidar, donde cayeron estrepitosamente, dramatizando una situación de fin de ciclo ante una Holanda que despertó del sueño a una generación de futbolistas que hicieron vibrar a un país entero. O contra Chile, que se ganó el derecho a ser reconocida como la auténtica y genuina selección llamada “la Roja”. Sin embargo, si por algo recordaremos este mes de fútbol, además de por el sistema GoalControl-4D para evitar los goles fantasmas y la espuma evanescente en aerosol 9.15 para la correcta colocación de las barreras ante una falta, si hay un instante que pasará a los fastos de la memoria colectiva ésa es la hazaña que la selección de Joachim Löw gestó en el estadio Mineirao de Belo Horizonte durante la primera semifinal.
El 1-7 de la humillación brasileña supone el mayor oprobio futbolístico a una anfiatriona dentro de los anales de este campeonato, ensombreciendo y sepultando con esta paliza aquel “Maracanazo” de 1950. El combinado dirigido por Luis Felipe Scolari fue un muñeco en manos de la Mannschaf, que destrozó sin piedad a la ‘canarinha’ para dejar en evidencia todas las debilidades del rival, marcando cinco goles en la primera media hora de encuentro (cuatro de ellos en sólo seis minutos -del 23 al 29-) y dejando esos desarticulados rostros de los aficionados y jugadores ante el desconcierto como la imagen de una severa derrota, del fracaso entre lágrimas de un modelo de fútbol que se vino abajo con pasmosa facilidad, arrasado con crueldad para abrir una herida nacional y deportiva cuyas consecuencias no se pueden prever.
Brasil 2014 ha finalizado emergiendo como un evento global capaz de silenciar a esas manifestaciones de protesta que generó un clima de violencia contra los gastos que el Gobierno del país había destinado al evento deportivo que beneficia a un solo licitador como es la FIFA, ese oscuro espectro salpicado por la corrupción, que compra y vende Mundiales y opera como una auténtica mafia. Un ejemplo que evidencia esas argucuias se vio ayer, cuando por un interés publicitario se le concedió a Messi el Balón de Oro del Mundial, máxime cuando ni siquiera haya sido nombrado en el once ideal del campeonato. Esto es otra historia, quedémonos con esta sobredosis de fútbol que deja un lapso muy corto de descanso de cara a la próxima liga que comienza el mes que viene.
Adeus Brasil, tem sido um prazer.
- Crónica resumen del Mundial de Alemania 2006.
- Crónica resumen del Mundial de Sudáfrica 2010.