lunes, 20 de junio de 2016

FINALES NBA 2016: Un histórico récord sin premio

Cuando asistimos a la final de la conferencia Oeste contra Oklahoma City Thunder casi todos los aficionados al baloncesto NBA intuyeron que esa serie había supuesto la gran final de este año. La remontada del 3-1 en la historia de los playoffs de la NBA convertía al equipo de los récords en la décima franquicia en conseguir tal gesta. Tras el 73-9, estos Golden State Warriors estaban destinados a rubricar su proeza y escribir su leyenda con letras de oro en una final de campeonato donde esos Cleveland Cavaliers de LeBron James, el equipo que había destruido a sus rivales de la Este, venían confiados y sin apenas sufrir contra ningún rival hasta su flamante llegada a este último examen de la temporada.
Los Westbrook, Durant, Ibaka, Adams y Roberson habían fraguado un desafío memorable ante unos San Antonio Spurs fulminaban el récord de victorias en casa del Boston Celtics de 1986 y conseguían su mejor registro histórico (67-15). Gregg Popovic, alabó la pericia de los de Billy Donovan, pero persistió en su crítica al estilo de juego de este equipo destinado a marcar un antes y un después en la mejor liga del mundo. Atribuía esa magia del tiro exterior a una especie de derivación circense, de Globbetrotter. Esta noche todo eso pareció un espejismo.
El desprecio de “Pop”, de un LeBron (acostumbrado a hacer de menos a sus rivales) o de Westbrook hacia el único jugador en la Historia que ha sido unánimemente elegido como MVP de la liga parecía convocar a los astros para un reto mucho mayor. El récord arrebatado a los legendarios Chicago Bulls enfrentaba a los de Kerr (miembro de aquél equipo de ensueño) a demostrar que la consecución de esa proeza tendría su rúbrica en un anillo que todos daban por hecho. Los Golden State pasaron a la final definiendo su estilo ante un equipo lustroso capaz de esgrimir ese ‘big ball’ con dos interiores utilizando a Adams, Ibaka y Kanter y fundamentando su agresividad anotadora en dos fuera de serie como son Durant y Westbrook.
Y los Thunder casi arrebatan su opción de gloria a esos demiurgos que le han birlado el concepto de “mejor equipo de la Historia” a Michael Jordan, Scottie Pippen, Dennis Rodman, Phil Jackson…. Y Steve Kerr. Esa final de conferencia había marcado la que ha sido una serie para el recuerdo por parte de estos imparable Warriors capitaneados por los ‘splash’ brothers Stephen Curry y Klay Thompson. Eso sí, se ha visto que lo mejor estaba por llegar.
Comienzo de serie arrollador
Los Cavs del siempre autodenominado “The King” habían barrido a sus rivales con la oposición de unos Raptors que disputaron nada menos que quince encuentros durante la fase final y cayeron ante un equipo que volvía un año después a procurar su primer campeonato bajo el mandato de esa estrella multitarea que es LeBron. Tyronn Lue, que sustituyó al israelí David Blatt a mitad de temporada por obra y gracia de un destino sinsentido, contrarrestó el ‘fit-out & fit –in’ de los Cavaliers con un formato ‘small ball’ que emulaba al de Kerr. En los dos primeros partidos de la serie parecía un ‘sparring’ desdibujado que hacía presagiar un 4-0 o 4-1 para los campeones de 2015. Los Warriors demolieron su estructura colocando un 3-1 que parecía definitivo en esta final.
No obstante, esos Cavaliers reservaban varias sorpresas; fundamentalmente, el juego agresivo en defensa y un juego ofensivo consistente en el movimiento rotacional sin balón y provechando las defensas de Curry contra LeBron para buscar tiros liberados. Sucedió en el tercer partido, en el que los Cavs pasaron por encima de los chicos de la Bahía. Y no fue la primera vez, por supuesto. Ésa constancia evitó la circulación de la bola, pero a su vez provocó que este tipo de jugadas invadieran cada ataque. El factor determinante que hizo que los de Ohio resucitaran en el quinto choque tuvo un nombre propio: Kyrie Irving, cuyos números atribuyeron que el ritmo ofensivo sustentado en él y en el lógico protagonismo de LeBron dinamitaran el juego alegre de los Auckland que, además de ver liberado el colapso defensivo de su oponente, sumó la ausencia de Draymond Green y la lesión de Bogut cuando el equipo empezaba a generar algo de juego.
Lo de Green siempre quedará como un factor controvertible en esta final. Su sanción de un partido apartado de las pistas ha hecho que los Warriors quedaran expuestos ante el juego de los Cavs, perdiendo un elemento trascendente en el sistema colectivo en una decisión posterior al partido. Su ausencia ha sido clave en esta serie, por encima de la exhibición de cualquier jugador de Cleveland. No obstante, los Warriors dejaron demasiados espacios en rebote, lo que suministró esa renta de 41 puntos de anotación del tándem Irving-LeBron. El formato de ‘extra small ball’ hizo aguas y la conexión con Curry y Thompson ejecutó puntos con el segundo. A Kerr se le desmoronó cualquier experimento de supervivencia y los Cavs les pusieron contra las cuerdas sin aparente resistencia.
Una final intensa e imprevisible
El regreso Draymond Green en el sexto encuentro no fue suficiente para frenar las expectativas de los Cavs. No funcionó nada, ni siquiera esa jugada que habilita el famoso bloqueo directo entre Curry y el 23 de los Warriors más allá del perímetro para que el MVP acomodara su letal muñeca creando él mismo una pantalla sobre el rival o buscando el pase para dejar espacio a Green para buscar canasta o una asistencia fácil. El contraste de juegos defensivos, de la dinamización de la ‘death lineup’ de los Warriors no fue suficiente y fue un extraordinario LeBron sometió con su poder a los campeones con 42 puntos, 8 rebotes y 11 asistencias, permitiéndose otra de sus habituales demostraciones de engreimiento altivo al hacer un tapón a Curry y desafiarle de forma chulesca con la mirada, despreciando al contrario como suele hacer en estos partidos de gran alcance mediático.
No es nada nuevo. Ya lo hizo en el tercer partido. La polémica de las faltas al MVP marcó que Curry perdiera los nervios y se fuera del campo expulsado, la primera vez en su carrera. No hubo desajuste de líneas sin exprimir el ‘small ball’ para restar recursos a los de Leu, ni Love ni Irving aparecieron. Con Tristan Thompson y un sobrenatural “King” había sido suficiente. Los Cavs habían llegado vivos y con opciones al último partido, el séptimo, contra todo pronóstico.
Anoche, Green (32 puntos, 15 rebotes, 9 asistencias, 6/8 en triples) parecía tocado por la varita mágica de la providencia y su presencia hizo creer que el récord histórico tendría esa guinda que muchos intuían. Ningún equipo había perdido un séptimo partido después de liderar una serie final 3-1. Cleveland había conseguido convertirse en el tercer equipo de la historia de las finales en forzar ese séptimo encuentro tras los New York Knicks de 1951 y los Lakers del 1966. Pero Oracle Arena era el peor escenario para lograr la machada ante un equipo cuyo entrenador no había perdido tres partidos seguidos en sus dos años al frente de ese equipo supersónico que han sido estos Warriors que, por si fuera poco, tenían a favor los números estadísticos de una eliminatoria que se ponía de su lado.
No obstante, la portentosa actuación del 23 de los locales no encontró a sus dos máximas estrellas. Tanto Stephen Curry como Klay Thompson diluyeron su célebre efectividad en una apatía que sólo refulgió a fogonazos dentro de un equipo lastrado por la ausencia de Bogut y donde Varejao y Ezeli perjudicaron los intereses de su equipo. Irving volvió a estar a un nivel excepcional y Kevin Love, discreto en el último y definitivo ‘round’, aportó rebotes fundamentales en el devenir del campeonato y con un JR Smith al que le bastan dos triples complicados para insuflar aire a su equipo en los peores momentos. Tampoco hizo falta una zona dominada un Tristan Thompson desaparecido, pero tan vital en las tres victorias anteriores de los Cavs. Dellavedova ni jugó y Shumpert enchufó alguna canasta importante. El sistema vertical ofensivo de LeBron y los suyos iban mellando las tímidas acometidas de unos Warriors que no transmitieron la certeza de un triunfo final más que en pinceladas y brochazos contrarrestados por la insistencia de los Cavs en aguarles la fiesta.
El demiurgo físico del baloncesto moderno fue inscribiendo su nombre como patrimonio estructural de un sistema ofensivo que se ha revelado imparable. El de un equipo capaz de convertir un simple partido de baloncesto en una demostración de fuerza para suscribir esa ambición capaz de menospreciar al rival con miradas, gestos y aspavientos siempre a favor de su causa. LeBron era el primer jugador en lograr un Triple Doble en el S.XXI en unas finales con 27 puntos, 11 rebotes y 11 asistencias. Eso sí, con una renta de 9/24 en tiros de campo. Suficientes para derribar al coloso de los récords, otorgando a los Cavs un título deportivo en las grandes ligas para la ciudad de Cleveland, ciudad que lleva 52 años de sequía sin lograr una gesta después de que los Browns se hicieran con la Superbowl en 1964.
Las lágrimas del 23 de Akron, tan impostadas como producto de un estudio de marketing que imita a otros modelos baloncestísticos, encajaban un ‘knock out’ a los Warriors que les ha dejado fuera del Olimpo.LeBron tiene su tercer anillo en siete finales. Un campeonato que, ante la insaciable pretensión de grandeza del jugador mejor pagado de la NBA, se antoja una conquista muy exigua si se le compara a auténticos dioses del deporte de la canasta como Bill Russell, Sam Jones, Tom Heinsohn, K. C. Jones, Kareem Abdul-Jabbar o referentes más contemporáneos como Magic Johnson, Michael Jordan o Kobe Bryant.
Nadie le va negar su condición de MVP en estas finales. Lo que está claro es que, como él mismo ha dejado patente con muchos de sus compañeros y rivales, la indiferencia a sus logros y alabanzas a su juego pueden volverse en contra cuando consigue títulos. Y para muchos, eso sucedió anoche. Su leyenda contra los Warriors es merecida y su actuación en estas finales ha convertido a los Cavs en el primer equipo que remonta un 3-1 adverso en una final. Sin desmerecer la brillante consecución del anillo, se recordará cómo un equipo con un récord de 73-9 perdió un campeonato liderando la serie con tanta ventaja. Sí, en la memoria estará presente “El Rey”, “El elegido”, esos sobrenombres que especifican la condición soberbia de un jugador diferente. Aunque eso… es otra historia.
El equipo de los récords… ¿para qué?
Mucho se había hablado de aquélla camiseta de Scottie Pippen que lució durante los Playoffs de 1995 en la conquista de aquel 72-10 que encumbró a los Bulls como uno de los mejores equipos de la Historia. “Don't mean a thing without the ring shirt (Nada tiene sentido sin el anillo)”. Era la sombra alargada de estos Golden State. Los pupilos de Phil Jackson pasaron a la final arrasando en la final de Conferencia a Orlando Magic (4-0) y llevándose aquel sexto anillo de la franquicia ante los Seattle Supersonics (4-2). Los Bulls de aquel año consiguieron 87 triunfos en una temporada, sumando los playoffs. Nunca antes se había acercado alguien ni atrevido a superarles. Golden State se ha quedado en 88 victorias con otro récord superado, el enésimo en esta temporada, pero finalmente no ha podido levantar ese codiciado Trofeo Larry O'Brien con la victoria número 89. Muchos derivarán la culpa de esta desastrosa derrota a la obsesión por batir a aquellos Bulls y al sobreesfuerzo físico durante la temporada regular que se han exigido para alcanzarlo. Aunque lo cierto es que, como gran equipo, la franquicia no ha estado a la altura en su recta final.
Kerr, gestor de egos, sabedor que en la administración personal dentro del vestuario ha sido clave para un colectivo que juega en equipo y han demostrado cómo y cuánto se necesitan unos a otros para funcionar. Los Warriors han estado a punto de coronarse como el mejor equipo de la Historia. Han expuesto un juego basado en la sutileza, en la agilidad ofensiva marcada por los tiradores, asumiendo un manejo de lo táctico y haciendo que la comentada motivación colectiva sea la esencia de un equipo con una lectura de juego que va más allá de las posibilidades abiertas a la grandeza no escrita dentro de este deporte ¿Ha sido suficiente? Si desatendemos el resultado final de esta final, no hay duda.
De nuevo, la adopción de estrategias basadas en análisis, la interacción del equipo, ajeno a estrellas como Curry, Green o Thompson, se han visto favorecidas por la circulación de balón con precisión ofensiva que responde a algo tan simple como el “acción-reacción” desde su base, desde que el balón sale de sus manos hasta que encauza su acción a canasta; bien sea desde ese perímetro donde suena “CHOF” (en palabras de Guillermo Martínez) o desde dentro de la pintura. Los Warriors han definido su grandeza en el control de la bola sobre el contrario, dejándole respirar y atisbando sus puntos débiles. Menos en los cuatro partidos que han perdido en este mes.
Su juego productivo con el poder del tiro exterior ha respirado grandeza en cada tiro estratosférico, buscado y estudiado desde un prisma de praxis en el que sus lanzadores destructivos no han sido suficientes porque esa tónica se ha ido licuando con la presión del favorito, anulando sus recursos cuando un par de factores han desaparecido de la pizarra (en especial, un Bogut mucho más trascendente de lo que se pensaba). Ahí está la clave de esta derrota de los Warriors. Su verticalidad apresurada, sintetizada en un ritmo de alto nivel, donde la versatilidad anotadora era el mejor arma ante el rival al contraataque, no ha funcionado.
Estos Warriors que han logrado lo inimaginable con esa pizarra, estrategia y arquitectura de juego de un Kerr secundado por Luke Walton, Ron Adams o Jarron Collins, hombres que creen religiosamente en jugadas de ‘pick & roll’ frontal que delimitan espacios a sus rivales y aprovechan el dinamismo de ataque en el trance ofensivo, han visto cómo su búsqueda del límite físico y la racha de unos tiradores superdotados no hayan sido capaces de desgastar moralmente a los Cavs en los últimos partidos, haciendo que un equipo con parciales de recuperación que fácilmente reflejan 10-0 en menos de dos minutos no se haya recuperado a las embestidas de LeBron y sus secuaces. Eso y que Leu ha sabido mover a la perfección sus peones para frenar con éxito a esos héroes llamados a escribir la página de oro en los fastos de la liga.
El reinado de James
LeBron ha sido determinante y el mejor jugador de una final en la que las estrellas de los favoritos se han ido apagando con cada partido. Su PER (Player Efficiency Rating) en estas finales es uno de los más altos que se recuerdan, liderando cada una de las parcelas estadísticas del juego. Su exhibición ha sido muy apabullante y su recompensa, además del anillo, es haberse transformado en el quinto jugador que logra al menos tres anillos y tres MVP’s de las Finales tras Michael Jordan (6), Shaquille O’Neal (3), Tim Duncan (3) y Magic Johnson (3). LeBron se fue por dinero a Miami a ganar por títulos. Regresó por más dinero y dos anillos en sus dedos con la promesa de conseguir un título con el equipo que una vez que abandonó. Hoy nadie recuerda cómo aquélla ciudad le odió y quemó camisetas en sus calles. Anoche, aquello estaba olvidado. El 23 había cumplido su promesa y Cleveland vuelve a adorar a su hijo pródigo porque les ha devuelto la gloria deportiva.
La épica de la final superó cualquier expectativa. Sin ser un partido brillante, a falta de un minuto el resultado era de 89-89 (el cómputo global de los siete partidos era idéntico: 699-699). Nadie en las dos franquicias parecía querer el anillo o todo lo contrario. Casi cuatro minutos pasaron para un equipo anotara. Apareció Kyrie Irving para meter la canasta que dio la victoria a los de Ohio con un triple ante Curry que desapareció sin sus triples imposibles, perdiendo balones y sin ningún recurso de leyenda. Ni Iguodala, ni Thompson, ni Barnes, ni Livingston… Las ganas de pasar a la Historia se difuminaron en ese miedo a perder que acabó dejándose someter por la presión. La ausencia de referencias interiores (aunque en momentos puntuales sean imprescindibles hombres altos de fiabilidad con el rebote defensivo/ofensivo y grandes pasadores bajo aro) provocó que la apertura de sus referentes buscaran continuos tiros alejados del aro.
Nada funcionó en ese decisivo choque. Ezeli desaparecido, Varejao fuera del partido, los ‘Splash’ Brothers con pequeñas ráfagas insuficientes y siempre bajo la proyección de un Draymond Green soberbio y espectacular. Ese equipo que ha cerrado la temporada con un 73-9, con un registro a domicilio de 34-7, con un porcentaje de tiros de campo elevados a un 56.3%, que ha metido más de 13 triples por encuentro (una locura), con una posesión del balón y con un ataque situado entre los más eficientes de la historia NBA, con un ‘net rating’ de casi 50 puntos apoyado en ese histórico PER de Stephen Curry que le ha equiparado al mísmisimo Michael Jordan y que ha logrado superar la imposible marca de los 402 triples anotados en una sola temporada… Ese equipo sobrenatural, se ha quedado sin título. Y así de dura es la realidad. Habrá más ocasiones de alzarse con el título, pero no de forma tan contundente. Ha sido un fracaso en toda regla. La esperanza no está perdida. Estos Warriors seguirán escribiendo más páginas de oro en las hazañas de la NBA. LeBron, visto lo visto, también. Aunque a saber en qué equipo ¿Cleveland de nuevo? Veremos.

sábado, 4 de junio de 2016

Muhammad Ali: se ha ido “el más grande”

(1942-2016)
“Soy tan rápido que anoche antes de acostarme apagué la luz y me metí en la cama antes de que la habitación estuviera a oscuras”.
Más allá de la figura deportiva, del hombre… Cassius Marcellus Clay Jr. pasará a la historia como una leyenda, como uno de esos inextinguibles mitos con un eminente hueco dentro de las páginas de la Historia. Todo porque Clay, al que todos hemos conocido como Muhammad Ali fue mucho más que un boxeador y que el mejor campeón que ha conocido el universo del boxeo. Dentro y fuera del ring el aurea de revolucionario que forjó su destacada figura siempre estuvo presente desde que en 1960 ganara la medalla de oro en los JJ.OO. de Roma con una sucesión de victorias por K.O. que hasta ese momento habían pasado desapercibidas. Su carisma le llevó a ser una de las personalidades más destacadas en el ámbito sociocultural de una época en la que Clay dictaba las reglas con una gloria ganada puñetazo a puñetazo, pero también con una retórica y filosofía que, bajo el estigma de líder mediático, logró persuadir a las masas con su obstinado ímpetu por defender la igualdad racial en lucha contra el régimen político adocenado y pétreo contra alzamientos de voz como la de este insurrecto campeón.
Su estilo seguía los preceptos de Sugar Ray Robinson y de su célebre “libra por libra”, con un movimiento en el cuadrilátero basado con rápidos movimientos que buscaban la victoria por la vía rápida, definida en una marca ofensiva tan potente como su ‘jab’ y directo con la derecha. Así fue escribiendo su hazaña histórica frente a Patterson, Cooper, Liston, Frazier o Foreman. Hablar de Muhammad Ali va más allá del cuadrilátero, ya que siempre que mencionemos su nombre, sin quererlo, estamos hablando de un hombre transformado en deidad a golpe de “rope a drope” y que, según sus palabras, logró sacudir al mundo. Un adalid de ese bofetón de verdades y coherencias que defendió durante su vida desde su privilegiada posición de héroe mundial gracias a un físico portentoso. Fue campeón del mundo de los pesados con sólo 22 años, en febrero de 1964, en un combate en el que Sonny Liston tiró la toalla. Fue cuando, vinculado a la ideología rebelde y radical de Malcolm X, Cassius Clay dejó de llamarse por su nombre para, abrazando la Nación del Islam, pasar a ser Muhammad Ali.
Y ahí arrancó su hazaña vital y contestataria contra las injusticias del sistema; se negó a ir a la Guerra de Vietnam, insubordinación por la que pasó cinco años inhabilitado, perdiendo su título y cinturón de campeón. Sin embargo, regresó con una única idea: “flotar como una mariposa y picar como una avispa” y recuperó su cetro en 1974 en Kinshasa, Zaire, respaldado con ese céfiro de defensor de los derechos raciales, protector de la coherencia humanista con frases y apotegmas que legitimaron su condición de provocador. Contra un George Foreman que había ganado, nada más y nada menos, que cuarenta combates consecutivos, protagonizó el histórico ‘Rumble in the Jungle’ celebrado el 30 de octubre de 1974 en Zaire, se elevó a los altares del pugilismo mundial con aquel ‘knockout’ en el octavo round que le llevó a ser una leyenda bajo el grito de “bumaye”. Suponía su tercer título de los pesos pesados y a su vez la consecución de un glorioso imperio que sólo tendría otro objetivo deportivo: derrotar con su vigencia de campeón a Joe Frazier, con el que protagonizó una larga y polémica dialéctica fuera de los rings.
Desde aquel instante, aquellas fuerzas de la naturaleza se reunieron en el no menos trascendental ‘Thrilla in Manila’ de Filipinas en 1975. Fue el primer evento retransmitido en versión de pago por la HBO y supuso un cruento espectáculo de golpes, asfixia y calor que dejó como ganador a un Ali que, sin saberse vencedor de la pelea, cayó al suelo fulminado como su rival. Épica deportiva en estado puro. Contra todo pronóstico, Ali elogió a su contrincante de una forma inusitada y pidió perdón públicamente por la arrogancia verbal con la que había tratado a Frazier durante años (le llamaba “Magilla, el gorila”). Después de aquello, perdió su reinado ante Leo Spinks en Las Vegas. Pero como en las grandes gestas de superación, lo volvió a recuperar contra el mismo rival en un recordado combate en Nueva Orleans, aunque no recibió el título porque Ali anunció su retirada.
Ahí zanjaba su proeza dentro del cuadrilátero: 61 combates disputados, 56 victorias (37 por KO) y sólo 5 derrotas. Sólo tres años después fue diagnosticado con la enfermedad de Parkinson, que nunca desvirtuó al genio del ring, si no que le erigió como una figura pública en constante demostración de un espíritu de lucha y superación humana extraordinarios. El boxeador fue siempre un icono que desafío los límites, que se encumbró con su controvertida arrogancia para abandonar ese estatus de altanero dómine cuando su figura continuó haciéndose grande, después de abandonar el deporte y subrayar su grandeza de epopeya transmutando su nombre en inmortal.
Muhammad Ali quedará en nuestras retinas como el mejor boxeador de todos los tiempos, contrastada su efigie casi superheróica con aquel hombre domesticado y enfermo que encendió la llama Olímpica en los Juegos de Atlanta de 1996, el mismo que fue nombrado por la ONU mensajero de la paz al iniciarse en nuevo milenio y que fue condecorado con la Medalla Presidencial a la Libertad. Más allá de eso, Ali será recordado como el más grande y por ser uno de los contribuyentes de que el deporte contemporáneo haya alcanzado diversas cotas de grandeza. Se ha ido EL MEJOR, EL MÁS GRANDE.

jueves, 5 de mayo de 2016

Un cumpleaños muy especial

Justo hoy hace un año se produjo en nuestras vidas el acontecimiento más importante de las mismas. Tal día como hoy, venía al mundo nuestro hijo Iván. Parece mentira. Posiblemente haya sido un año tan especial que cuesta asimilar tanto cambio, desde el acelerado paso del tiempo que ha ido dejando pequeños instantes que no se podrán olvidar jamás, hasta ese maravilloso día a día que impone tanto esfuerzo y compromiso a tiempo completo. El crecimiento de un hijo es una experiencia insustituible reflejada en la constante dinámica de aprendizaje, cambio y exploración en el universo de ese pequeño en constante actitud de exploración y búsqueda. Un año que ha impuesto muchas transformaciones vitales tanto en términos educativos y afectivos como personales y que dictaminan un paso crucial para reflexionar de una forma más consciente sobre la propia experiencia personal, las metas y las necesidades de la familia antes que las de uno mismo.
Mucho antes de nacer, Iván se había convertido en el epicentro de nuestra existencia, pero verle crecer fundamenta una apasionante aventura que se vive intensamente, haciendo que cada avance en su proceso de crecimiento; cada gesto, cada gateo, todas sus sonrisas o sus balbuceos emerjan como motivos suficientes para que cualquier día sea diferente al resto y supongan una hazaña ganada en el absorbente desarrollo de sus recursos autónomos como niño. Pequeños logros que te hacen sentir orgulloso y que van dilatando ese amor irreductible y sin límites. Hoy es un día muy especial que habrá que celebrar como otro más. Como cada día que pasamos a su lado.
¡Felicidades, mi pequeñín!

sábado, 16 de abril de 2016

NBA 2015-2016: El adiós de “La Mamba” y el año del récord de los Warriors

Sin duda alguna, este final de campaña en la NBA ha deparado instantes que deben ser recordados como históricos, tanto por su caldo sentimental como su trascendencia global a nivel deportivo. Como un azote a la memoria y al paso del tiempo, Kobe Bryant cerró su carrera con Los Ángeles Lakers después de veinte años liderando el mítico equipo angelino. Lejos queda aquel 1996 en el que la estrella en ciernes debutó siendo el ‘rookie’ más joven en jugar en la liga profesional y que en sólo dos años pasó a ser el jugador referente de un equipo donde la sombra de Shaquille O’Neal era tan alargada. Con Phil Jackson llegaron los títulos en 2000, 2001 y 2002. Después llegaría la batalla de egos entre los dos colosos de aquel histórico equipo y el posterior declive que se vivió con aquel frustrado ‘fab-four’ ante Detroit con un superequipo también integrado por Karl Malone y Gary Payton.
Tras unos años siendo un referente en la anotación y el espectáculo del mejor basket del mundo, en un momento de cambio y estilo de juego en la NBA, aquella gesta en 2007 con sus 81 puntos en un partido ante los Raptors definían el intervalo del antes y el después del devenir de un baloncesto profesional a unos niveles de fisicidad en los que Bryant respondía con el ‘old style’ heredado de su pasión idólatra por imitar todos y cada uno los movimientos de esa deidad que siempre será Michael Jordan.
Llegarían dos anillos más, con la llegada de un hermano blanco como Pau Gasol en un ‘back to back’ en 2009 y 2010 fue cerrando su carrera con un equipo difuso, carente de piezas fundamentales que fraguó sus peores registros con la marcha del español y la lacra de las lesiones que amenazaron la continuidad de “la Mamba” en lo más alto de las estadísticas. La carrera de un icono gestado en las postrimerías de un baloncesto legendario dejaba el Staples Center anotando 60 puntos contra los Jazz, ante la mirada de un Jack Nicholson retirado de la esfera pública y de rostros de la ciudad del oropel, con el apoyo y la admiración de todo planeta. El antiguo 8 y el actual 24 de los Lakers dejaba escrita su propia leyenda trazada con un estilo y cualidades dignas de los nombres de oro en los fastos del baloncesto.
La metrópolis californiana se queda sin su héroe, ese guerrero cansado y tocado que deja el testigo a una nueva generación de un equipo clásico que necesita urgentemente una reestructuración. Kobe ha demostrado a lo largo de estas dos décadas ser no sólo el único heredero de Jordan, sino el emblema de la competición y el ídolo de una generación de chavales convertidos en hombres que no han conocido la NBA sin el rostro cínico e inconformista de Bryant, de su demoledora actitud en la pista, de su ambición y su acrobático arte con el balón.
MVP de la temporada 2008, dos medallas de oro en los JJ.OO. de Pekín 2008 y de Londres 2012, los mencionados cinco anillos de campeón de la NBA, 18 veces en el quinteto titular del All Star (15 de ellos de forma consecutiva), ha jugado 48.618 minutos en los que ha anotado 33.643, situándose en tercer lugar en toda la historia por detrás de Kareem Abdul-Jabbar (38.387) y Karl Malone (36.928), ha metido más de 50 puntos en 25 partidos a lo largo de su carrera, nueve veces elegido en el mejor quinteto defensivo… Y se va con esos 60 puntos que suponen la anotación más alta de la temporada. Los ‘flash-backs’ de tantos instantes de gloria quedarán como legado de una carrera monumental e irrepetible. Kobe se ha ido y ahora el relevo tiene un rostro y un nombre propio. Y todos sabemos quién es.
Golden State Warriors: La Nueva Era
Por supuesto, no es otro que Stephen Curry. Superado el dinamismo físico de esa era transitoria de LeBron James, el otro acontecimiento que ha marcado el final de esta temporada ha sido el imposible récord establecido por la franquicia de Golden State Warriors, que le ha arrebatado a los Chicago Bulls de la 1995-1996 aquella marca supuso dos cosas; por un lado la consagración del que sería considerado como uno de los mejores equipos de la historia (si no el mejor), y, por otra, la apoteosis de la figura demiúrgica de Michael Jordan en el zénit de su carrera como inalcanzable mito de todos los tiempos. Los de Seve Kerr (integrante de aquella hazaña única) lograron el pasado miércoles llegar al increíble 73-9, en una memorable y escandalosa demostración de poder ante unos Memphis Grizzles que vieron otra marca de locura, la del propio Curry, que superó los 400 triples anotados en una misma temporada.
Estos Warriors están destinados a alimentar los anales de una NBA cuya podadura se esgrime en un cambio radical de juego, de estrategia y de alucinación que abren una nueva dimensión a la mejor liga del mundo y a un estilo de juego que destroza cualquier vía de éxito antes vista. Los de la Bahía de San Francisco imponen con su demoledor juego un eslabón que se aleja del ‘one hit wonder’ que muchos auguraban tras el triunfo del campeonato obtenido el pasado año. Los números dan la razón a la lógica de una nueva potestad dentro de la liga; estos Warriors son capaces de perpetuar durante años esa inmortalización de la gloria con armas que sutilizan la grandeza del juego colectivo y versátil, desde el juego en ataque letal caracterizado por el acierto sin límites en el tiro exterior, la producción combinada de juego grupal, con una efectiva composición del bloque defensivo que genera un juego determinante dentro y fuera de la pintura. Estos Warriors producen un juego basado en la continuidad del eje Curry-Thompson-Green, apoyado en la contributiva aportación del resto de excelentes jugadores para los que los retos van en función de una fiesta a modo de pandilla que sabe conectar fuera del vestuario, algo inaudito en las grandes franquicias. El elemento diferenciador reside en ese espíritu de compañerismo que parece haberse diluido en le resto de la liga con la llegada de los nuevos tiempos.
Los de área de la Bahía de San Francisco comienzan un nuevo período en el que la sensación generalizada es que estamos ante un logro imposible de repetir, haciéndose un lugar entre las dinastías más legendarias de todos los tiempos. Ese ‘small-ball’ desenfadado y divertido, definido en la verticalidad y el ritmo endiablado, basado en el contraataque derivado de una estudiada defensa asfixiante de la línea exterior, sin un pívot claro y fundamentado en la velocidad y la efectividad de la anotación imponen un nuevo esquema que, hasta el día de hoy, ejerce su hegemonía en la mejor liga baloncestística del mundo.
Falta saber si con estos elementos, los Golden State Warriors obtendrán ya no sólo su segundo anillo consecutivo, sino el hecho de establecer un antes y un después en la NBA. De momento, su imprevisibilidad y una identidad diferenciadora del resto de franquicias están redactando un tiempo señero desde el Oracle Arena. Están escribiendo presente y el futuro de este deporte, marcando a fuego su época, su momento. Esta es la era de los Warriors. Y, como esas dos décadas de carrera de Kobe Bryant, vamos a tener el privilegio de haber vivido. Que siga el espectáculo. Y disfrutemos mientras podamos.

miércoles, 13 de abril de 2016

El paso del tiempo y Phil Collins

"Todos deseamos llegar a viejos, y todos negamos que hayamos llegado".
(Francisco de Quevedo).
La vida transcurre rauda ante nuestros ojos y el ciclo de vida impone el inexorable paso del tiempo como causa y efecto de la existencia humana. Como reflejo de ello, el fotógrafo Patrick Balls ha tomado como ejemplo a Phil Collins para, a través de la actualización fotográfica de las portadas de sus discos, evidenciar el pasado y el presente, mostrando el transcurso temporal visible en el antes y el ahora del rostro del cantante.
Algo que Camilo Jose Vergara también muestra en su proyecto ‘Trackin time’, atendiendo a la trasformación urbana en diversas ubicaciones norteamericanas como Los Angeles, Harlem, Detroit o South Bronx, donde ha ido repitiendo la misma foto en el mismo espacio tomadas en diversas décadas con el objetivo de mostrar el cambio evolutivo que también sufren las ciudades con el paso del tiempo.

martes, 5 de abril de 2016

Final NCAA 2016: "el mejor final de la Historia"

Una final de la NCAA, la liga universitaria estadounidense, es, ya de por sí, un evento que paraliza todo el país y se transforma en el foco de aquéllos amantes del baloncesto que saben que este partido es una cita ineludible. Tanto es así, que la propia NBA no tiene jornada el día que se enfrentan las dos facultades que han merecido jugar el colofón de esta ‘march madness (locura de marzo)’ cuya Final Four proclama al mejor conjunto universitario del mundo. Este año los elegidos para la gloria eran Wildcats de Villanova y los Tar Heels de Carolina del Norte.
Más allá del duelo, más allá de la pizarra o de los favoritismos y especulaciones, del impresionante primer tiempo de los Tar Heels desde el perímetro y de la poca circulación en asistencias del balón por parte de los Wildcats, más allá de la recuperación del equipo de Radnor en el segundo tiempo, confiados ante la universidad con la que Michael Jordan (que asistió en persona al evento) se proclamó campeón. Más allá de todo eso, hay que quedarse con uno de los finales más apasionantes y espectaculares que ha dado la historia no sólo del torneo, sino del baloncesto moderno. Ya se ha llamado “el mejor final de la historia”. Puede resultar exagerado, pero no es para menos.
Pongámonos en situación. Quedan 13,5 segundos y Josh Hart encesta los dos tiros libros que colocan a los de Villanova con un 74-71 que pone todo a favor para su equipo. El tiempo muerto por parte de Carolina es inmediato. Cuando salen a la pista, el desajuste parece evidente y Marcus Paige, en un alarde de valentía improvisada, decide lanzar a canasta en un rectificado imposible y anota un triple estratosférico con sólo cuatro segundos para la conclusión. La prórroga estaba servida. Los aficionados de los Tar Heels enloquecen. Michael Jordan no puede creerlo y lanza los brazos al aire.
Sin embargo, no todo estaba escrito. Ahogados por el tiempo, el base Ryan Arcidiacono, a posteriori elegido MOP (Most Outstanding Player) de la final, sube la bola sorteando a todo rival que se le pone por delante para pasar el balón a Kris Jenkins que, con un segundo para finalizar el encuentro, lanza sin oposición en un triple que desmontó de forma fulminante las esperanzas y alegría recién adquiridas por los Tar Heels. Villanova era el nuevo campeón de la NCAA y el NRG Stadium de Houston devolvía la corona a un equipo que no ganaba desde 1985, en una final donde la universidad de Georgetown plagada de estrellas cayó ante esta institución conducida por el legendario entrenador Rollie Massimo que, emocionado, asistió desde la grada a este final de infarto.
El contraste de rostros reflejaba la atroz antítesis de este tipo de finales. La épica del ganador dejaba así las lágrimas y el sufrimiento del que había perdido la final cuando unos segundos antes habían acariciado la prórroga. Roy Williams se quedó sin su tercera corona. Desde 1983, nunca una final se decidió en el último segundo, cuando los N.C. State de Jim Valvano vencieron a los Houston Cougars de Clyde Drexler y Akeem Olajuwon en una última jugada en la que Lorenzo Charles falló un triple lejano que cogió en el aire Dereck Whittenburg y la machacó hasta el fondo en el último suspiro. Aquella final es Historia del baloncesto. A partir de hoy, todos recordaremos como la sangre fría de Kris Jenkins dio la gloria a los Wildcats de Villanova en un partido memorable.

martes, 29 de marzo de 2016

Locky, el virus que encriptó una década de mi vida

Seguro que os habrán contado historias de gente que, afectados por un virus informático, han perdido determinada información valiosa, documentos de extrema valía personal o material fotográfico de un largo periplo de su vida. A estas alturas, permanecemos ajenos a estos dramas con la constante advertencia de un posible contagio que dé al traste con aquello que guardamos en nuestro ordenador o dispositivo informático. Cuando uno lo vive en primera persona no deja de lamentarse y de pensar en pluscuamperfecto con el temido “si hubiera…”, signo de que bajamos la guardia pensando que somos cautos a la hora de proteger nuestros datos y documentos.
La verdad es que nunca es suficiente la alerta en este tipo de imprevistos. Ni siquiera con varias copias de seguridad instaladas en otros discos duros externos. Hace un par de semanas un virus llamado Locky entró en el hardware de mi ordenador y en menos de quince minutos fue capaz de encriptar años de textos y archivos con una rapidez fulminante. Había cifrado guiones, artículos, ideas, bocetos, ensayos, relatos, documentos personales de gran valor sentimental… eso tan terrible que se escucha de vez en cuando, pero instalado en mis archivos. La rapidez de reacción hizo que el virus no encriptara la totalidad de todos los archivos.
¿Qué es Locky? Pues un virus que entra a través de un correo electrónico que contiene un archivo adjunto comprimido y que es, en realidad, un programa malicioso. En este caso, advertía sobre la revisión de un envío postal, algo que hace dudar debido a la actividad de compras en diversas tiendas on-line. Con un encabezado que sugería la información sobre un envío, el texto rezaba lo siguiente: “Estimado cliente. Su pedido será enviado en breve, le pedimos disculpas por los inconvenientes. Por favor, revise la factura en el archivo adjunto para comprobar que es todo correcto”. Y casi sin querer, uno cae en la trampa, máxime si se espera la llegada de alguna compra.
Con el doble click se activó un protocolo de macros que descargaron el virus bloqueador en el sistema. La empresa de seguridad estadounidense Trustwave, través de su blog Spiderlabs, ya avisaba hace poco del grado nocivo de este virus: “Se han emitido cuatro millones de mensajes de ‘spam’ con este malware en los últimos siete días. 200.000 emails en sólo una hora. Esta categoría de malware representa en su conjunto el 18% del total de spam que llega a nuestras bandejas de entrada”. Resulta, además, que este virus proviene de la misma ‘botnet’ que hace un tiempo estuvo infectando miles de sistemas con otro malware llamado Dridex o Bugat para robar dinero de las cuentas bancarias de usuarios y entidades de todo el mundo. Se trata de virus denominados ‘ransomeware’ y su poder de búsqueda es tan potente que en poco tiempo puede cifrar más de 160 tipos de archivos distintos, incluyendo discos duros, códigos fuente y bases de datos.
Bajo un código polimórfico que puede variar su funcionamiento según opera con una estructura de firmas, el virus tiene como objetivo codificar los archivos mediante un cifrado AES, lo que impide al usuario el acceso a la información guardada. Es así como Locky cambia el nombre y la extensión de todo archivo original que encuentra a su paso, sustituyéndolos por otros cifrados de cada uno de los archivos de los discos HDD o SSD pertinentes. Una vez que el virus ha hecho su trabajo, se autodestruye. El objetivo de los ‘hackers’ no es otro que secuestrar los archivos de sus víctimas para pedir un rescate por ellos. En todas las carpetas en las que el virus ha operado se instala un documento de texto con las indicaciones específicas para recuperar la información. En él se pide dinero en forma de ‘bitcoins’, una criptodivisa creada por Satoshi Nakamoto en 2009 ajena a bancos y gobiernos.
Cada una de estas monedas virtuales cuesta 372 euros (415 dólares) y los ciberdelincuentes exigen un pago indefinido de este dinero electrónico por una clave que supuestamente permite abrir y recobrar los archivos cifrados. A un usuario normal le cobran entre medio y dos ‘bitcoins’. Sin embargo, según la NBC, “al Centro Médico Presbiteriano de Hollywood, infectado por Locky el pasado febrero, los atacantes pidieron 9.000 ‘bitcoins’ por valor de 3,7 millones de dólares para desencriptar todas sus bases de datos”. Con esta forma de extorsión, los delincuentes están trazando un plan estratégico que se extiende por todo el mundo con 4.000 nuevos casos de infección por hora, llegando a los 100.000 por día.
Desagraciadamente, los afectados por Locky no podremos recuperar los archivos encriptados por el momento. Y si es que hay una futura solución, parece que no será pronto. Existen, por tanto, tres únicas opciones.
  1. La primera es ceder al chantaje y pagar los ‘bitcoins’, algo que desaconsejan rotundamente por evitar dar continuidad a estos delitos y sufragar así el desarrollo de este tipo de software. Eso, y que nadie garantiza que todos los archivos se restauren.
  2. Otra es que una empresa de recuperación de datos intenté reestablecer la información. Aunque desde Clínica de Datos ya avisan sobre la complejidad de este proceso: “al tratarse de un virus nuevo requiere algo de tiempo, siendo este virus tan agresivo que difiere del malware tradicional en que es capaz de mutar de cifrado para que se imposible acceder a ellos si no es por medio de la clave del hacker”. Sabemos que este método de recuperación también es muy elevado, aunque fiable.
  3. La última es esperar a que, pasado un largo periodo, se pueda descifrar la encriptación y poder recuperar los datos. Es recomendable, por tanto, guardar todos esos archivos con la extensión del virus aguardando una buena noticia por si acaso.
Respecto a esta última alternativa, para algunos miembros del conocido ForoSpyware, fundado por Marcelo Rivero, si Locky ha irrumpido en tu sistema “corres el riesgo de perderlos para siempre y es probable que si te ha afectado de un modo íntegro, tengas que formatear el PC y comenzar desde cero”. Sin embargo, el experto en seguridad informática Juan Carlos Castro Ortiz abre un resquicio a la esperanza asegurando que “es posible que se descifre el patrón de firmas que usan para encriptar y desencriptar, por lo que a medio-largo plazo se pueda recuperar la información”.
La mayoría de software de seguridad de hoy en día no puede proteger en su totalidad los sistemas informáticos de este tipo de virus ‘ransomeware’. Hay que andarse con mucho ojo. Por cierto, los que defendían la idea de que los ordenadores Mac y su gama Apple eran infranqueables a este tipo de virus, deben saber que el destructivo Locky ha logrado transgredir ese férreo muro, como lo ha hecho con Windows, OS X o Linux. “En España (señala Castro Ortiz) no existe una campaña activa de Locky por el momento. En Francia, por ejemplo, ha sido distribuido haciéndose pasar por un correo que incluía una supuesta factura adjunta de uno de los principales operadores de telefonía de internet. Esto sí es una campaña de distribución activa que multiplica el número de infectados de forma increíble”. También señala que “de momento, el número de infecciones es "bajo" y "tolerable", teniendo en cuenta que el número de contagios es escaso debido a la taxonomía del correo, que se encuentra en inglés y bajo un remitente no familiar de la víctima”.
Pero ojo a esto último. En mi caso el texto estaba en castellano, por lo que el temor que suscita este ‘ransomware’ de que en nuestro país se difunda bajo el nombre del algún operador de telefonía, agencia de mensajería y logística o multinacional de gran calado popular no es tan descabellado.
Finalmente a uno no le queda más remedio que asumir el error de abrir el e-mail y aprender una dolorosa lección que a buen seguro no volverá a suceder. No se trata de asustar a nadie, sino de crear una conciencia colectiva sobre los riesgos de este tipo de ataques informáticos. La semana pasada fui yo, pero mañana podríais ser cualquiera de vosotros. La opción más segura y eficaz de cara a este problema sigue siendo no descargar ningún archivo adjunto sin haberlo escaneado con un buen antivirus, evitar enlaces extraños y, sobre todo, no abrir correos de desconocidos. Tampoco estaría de más habilitar la funcionalidad de control de cambios de Microsoft Office y deshabilitar los macros de forma predeterminada. Con ello, sólo espero que mi pérdida de diez años de textos sirva de aviso a otros que estén a tiempo de salvaguardar sus archivos y documentos.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Review 'Spotlight (Spotlight)', de Tom McCarthy

El Demonio sin rostro
‘Spotlight’ escarba, a través de testimonios de víctimas de abusos sexuales, en el suceso destapado por The Boston Globe a principios de siglo que sacó a la luz cientos casos por parte de clérigos que extendió su gravedad a un patrón global solapado por la alta cúpula de la jerarquía católica.
A estas alturas, el conocimiento de miles de escándalos de pederastia en el seno de la iglesia rebela el enquistado y propagado padecimiento en las entrañas de esta milenaria institución con millones de adeptos. Según los versículos 19:14 del capítulo de Mateo en la Biblia, Jesucristo exhortaba aquello de “dejad a los niños se acerque a mí y no les impidáis que vengan, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos”. Una monserga malentendida que ha servido para que el abuso sexual por parte de la cohorte sacerdotal se haya saldado con miles de mártires que han caído en la redes de un patrón global solapado por la más alta cúpula de la jerarquía católica.
El Vaticano, escudado en la argucia de encubrimiento que se extiende a múltiples y diversos niveles, sigue esgrimiendo hoy en día que los obispos no deben ser obligados a denunciar el maltrato a menores, dejando en mano de las víctimas o sus familiares la decisión de requerir medidas policiales y jurídicas al respecto. Mientras tanto, dentro de esta oscura red piramidal se dedican a seguir amedrentando a sus fieles bajo las consignas de un dogma amenazador que ha conseguido construir una coraza chantajista con los casos de pederastia de la Iglesia.
‘Spotlight’, reciente ganadora del Oscar a la mejor película de 2015, recoge el valiente testigo de cineastas como Amy Berg, directora nominada en 2006 por su documental ‘Líbranos del Mal’, que narraba el escalofriante caso de Oliver O'Grady, un párroco que sodomizó a cientos de niños mientras se escondió sin éxito en la defensa de los altos mando de la iglesia americana o ‘An Open Secret’, que no abandona la temática para sumergirse en otro terrorífico acontecimiento como son los abusos sexuales cometidos en los castings de Hollywood por reconocidos profesionales del medio. Tom McCarthy, junto al guionista Josh Singer, adaptan a la gran pantalla un hecho real acaecido entre 1999 y 2002, cuando el equipo de investigación periodístico del diario The Boston Globe llamado Spotlight destapó el escándalo enmascarado de abusos a menores en la archidiócesis de la ciudad, que trató de ocultar la información llegando a un acuerdo extrajudicial con las víctimas para silenciar sus acusaciones.
Con la llegada en 2001 de Marty Baron, el nuevo editor del periódico, se recuperó la investigación que sacó a la luz la sistemática iniquidad de eclesiásticos pederastas a través de 600 casos de abusos, topándose con la negación por parte de las altas esferas políticas y sobre todo católicas dentro de los círculos más selectos de Massachusetts. Finalmente, The Boston Globe consiguió que 249 sacerdotes fueran llevados a juicio por graves delitos sexuales, a pesar de que la red católica silenció muchos de ellos.
Sobre un tema tan espinoso, ‘Spotlight’ ejemplifica una estructura que se ciñe a la línea de investigación del equipo periodístico a través de testimonios de víctimas que esgrimen sus recuerdos de una inocencia arrebatada, sin deleitarse en el dolor o traicionar la verdad en su traslación cinematográfica. Dentro de las pesquisas de los reporteros, se evidencia el duro trabajo no sólo por la resistencia de la Iglesia y sus aliados en los tribunales, la justicia y el gobierno, sino también porque muchos de los violados por curas y sacerdotes se mostraron reacios a revivir aquel denigrante capítulo de sus vidas.
La cinta de McCarthy acerca al espectador a ese trabajo de campo de unos miembros del equipo obstinados en escarbar en un lodazal de oscuras confesiones mediante traumas psicológicos con el fin concreto de garantizar los derechos civiles de información y libertad de expresión. Si hay algo que subraya la voluntad de verismo del filme es que nada se sale de la pauta del realismo que persigue en todo momento. Aquí nadie subestima el valor de una pregunta directa por decreto del guión, sin evasiones de la autenticidad del tenebroso fondo que se denuncia. Los periodistas son humildes trabajadores de la información que se dejan la piel y parte de su vida por cambiar el mundo en busca de reflejar lo que sucede más allá de las apariencias y la falsa legalidad.
McCarthy y Singer, lejos de cualquier tipo de idealización o heroísmo, enfrentan al público a un demonio sin rostro, a un enemigo encubierto que permanece en todo instante en la sombra, sin ninguna representación acusatoria de los altos estamentos católicos más allá de un sacerdote que evidencia la cobardía y el mutismo cómplice de sus acólitos. La personificación del mal, en este caso, es sutilizado como un escorpión venenoso escondido y seguro en la penumbra, esperando picar e infectar a crédulos infantes que verán rota su vida mientras otros devotos católicos giran la espalda y prefieren negar la evidencia, los mismos que imploran compromiso y fe eclesiástica y rezan cada noche por sus intereses. ‘Spotlight’ no es abrasiva e hipócrita con un tema tan delicado. Cuando se destapa el asunto, el Globe recibe del departamento de comunicación de la diócesis de Boston una respuesta que evidencia esa cortina de humo que esconde los pecados y rehúsa cualquier refutación: "No tenemos ningún comentario al respecto".
En consecuencia, se deja entrever hasta qué punto la iglesia es más impenetrable que otros cenáculos como el gobierno federal o influyentes ‘lobbies’. Su poder va más allá, debido a que la insularidad y trascendencia en la sociedad responde a cuestionamientos morales implantados en lo sobrenatural de la Biblia. Cuando Sacha Pfeiffer, una de los componentes de Spotlight le pregunta a una víctima por qué dejó que el cura abusara de él con su consentimiento, su respuesta no deja lugar a dudas: “¿Cómo se le puede decir "no" a Dios?”. Todo el entramado bostoniano del momento va desvelando cómo una cantidad ingente de sacerdotes y curas se aprovecharon de niños procedentes de hogares con carencias económicas y familias fragmentadas, sin obviar cómo el periódico no fue capaz de publicar tal ponzoñoso y patógeno universo hasta que no consiguió la justificación acerca del conocimiento de la jerarquía de la iglesia sobre la magnitud de los hechos y su ocultación.
El periodismo como requisito de libertad para cualquier sociedad
En todo el entramado inculpador, McCarthy nunca cae en el sensacionalismo o un discurso maniqueo sobre una realidad que emerge como un cadáver en un río a medida que las piezas van encajando como un complejo puzzle a modo de tela de araña que enfrenta al equipo de investigación a abogados representantes de decenas de víctimas silenciados por órdenes judiciales de confidencialidad o a otros bien distintos que callan por orden expresa de sus protegidos presbíteros. ‘Spotlight’ se limita a adaptar unos hechos reales fundamentados y contrastados, con intersticios silenciosos que equilibran la intensidad y el impacto emocional que proviene no tanto de ninguna imagen gráfica, sino de la narración oral de las víctimas, sin tener que recurrir a ‘flashbacks’ demonizadores ni a recursos visuales escabrosos más allá de los rostros impotentes e indignados de esos hombres y mujeres que fueron despojados violentamente de su infancia y que viven en el silencio y la renuncia sometidos a una tortura de por vida.
En el aspecto atmosférico, McCarthy y su director de fotografía Masanobu Takayanagi, aportan un sentido de clásico de la complejidad y del tempo fílmico, sin adornarse con malabarismos ni estéticos ni coreografías innecesarias en un cine frontal cuya fotografía afila su visualidad escudada en tono monocromático que persigue la cotidianidad y el naturalismo de lo que se cuenta. Con ello, ‘Spotlight’ aprovecha a la perfección ese estupendo catálogo de protagonistas intercambiables, en el que cada reportero sigue la pista de diferentes derivaciones de un laberinto enmarañado y cruel, sin ahondar en sus conflictos ajenos a la investigación más allá de alguna sutil pincelada de su vida privada.
De este modo, los preceptos de esta película adeudan un compromiso con el ‘thriller político’ de los años 70, sobre todo con ese sentido corrosivo de la inmediatez por mostrar la labor y frustración humana involucrada en la producción de un periodismo veraz, como el de Alan J. Pakula en la referente ‘Todos los hombres del presidente’, pero también cercana a cintas tan distintas como ‘Yo creo en ti’, de Henry Hathaway o ‘Veredicto final’, de Sidney Lumet. ‘Spotlight’ es, además, una obra de brillantez interpretativa al servicio de la historia, en la que McCarthy confía en sus actores todo el potencial dramático que logra un culmen colectivo donde todo su elenco brilla con intensidad; desde Michael Keaton a Mark Ruffalo, Rachel McAdams, John Slattery, Stanley Tucci o Liev Schreiber. Todos están sensacionales y a un nivel superlativo.
No se trata de desacreditar o cuestionar la fe o las creencias arraigadas al folclore fanático instauradas en el conservadurismo más retrógrado, sino de evidenciar la necesidad de hacer valer la libertad y protección de la infancia sin necesidad de temer a una doctrina esgrimida en valores que esconden los intereses de una institución parasitaria que fundamenta su grandeza enarbolada en una economía institucional tan poderosa como irreductible. ‘Spotlight’, en ese sentido, deja ver cómo la lealtad y sometimiento instituyen pactos inescrutables que impiden que los grandes poderes puedan ser derruidos por parte de cualquier jurisprudencia.
Más allá de las críticas y negaciones de las evidencias que han movido a contar esta historia, se trata de una radiografía reveladora que ampara el cuarto poder y la primera enmienda para lanzar un aviso sobre los medios de comunicación y el periodismo de investigación, que no deben ser un lujo, sino una necesidad para todas las sociedades. Por mucho avance tecnológico y multiplicación de voces subjetivas, no debe perderse ese ‘stablishment’ mediático que continúe en su lucha hurgando de forma profesional en la verdad dentro de ese nuevo modelo de comunicación más plural y disperso. Y más, en estos tiempos de “leyes mordazas” empeñadas en vulnerar la libertad de expresión y restringir gravemente derechos fundamentales y principios jurídicos.
Por mucho que la cara amable y artificiosa de la Iglesia imponga con su aceptación la temática y denuncia de la película a través de comunicados para intentar lavar la imagen de pedofilia con una intención de cambio para erradicar los abusos sexuales, ‘Spotlight’ deja una vía de advertencia con una inacabable lista final de delitos semejantes en multitud de países de todo el mundo en los que se exenta de la ley bajo la excusa de ser hombres de Dios. Con esa negligencia, gente como cardenal Bernard Law, uno de los principales acusados de encubrir a cientos de pederastas en Boston, fue enviado clandestinamente a Roma, donde reside con todos los lujos bajo la férrea protección de las altas esferas de la Santa Sede. Peter Saunders, miembro de la comisión vaticana contra la pederastia, señalaba a tenor de casos como este la pasividad del pontífice Jorge Mario Bergoglio, contradiciendo su apócrifa proclamación al decir que “Dios llora por los abusos sexuales de los niños”. Seguramente sea cierto. Al igual que a buen seguro también llora cuando se mira el exorbitado presupuesto operativo del Vaticano, sus beneficios fiscales, ayudas subvencionadas y exención de impuestos en la casi totalidad del mundo católico que opera con libertad bajo los límites de la ley.
McCarthy ha conseguido poner sobre la mesa esa cultura de la ‘omertà’ de la mafia dentro del catolicismo, un estamento que bien podría representar a la Iglesia que protege a individuos que expresan, escudados en una creencia, su confusión al diferenciar entre la actividad sexual consensuada entre adultos y el abuso infantil de niños desprotegidos. Es otro de los graves males del sistema, que seguirá dejando que diáconos y clérigos marquen con su ignominia a pequeños inocentes que podrían ser cualquiera de nuestros hijos y que nunca tendrán una vida normal por esta causa. Y por mucho que se quiera, esta lacra inhumana del catolicismo institucional nunca podrá ser redimida. Llegados a este punto, es donde la denuncia de esta magnífica película es tan sólida e irrebatible como implacable.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2016

lunes, 29 de febrero de 2016

Especial 88ª Edición de los Oscar

Reivindicaciones raciales, insulsez, DiCaprio y sorpresa final
El carácter reivindicativo y la polémica habían marcado de forma previsible el signo de esta gala correspondiente a la 88ª edición de los Premios Oscar. Desde el ‘lobby’ afroamericano instaurado en el Hollywood más poderoso se habían alzado las voces porque intérpretes de enjundia como Idris Elba por ‘Beasts of No Nation’, Michael B. Jordan por ‘Creed’, Samuel L. Jackson por su extraordinaria composición en ‘The Hateful Eight’ o Will Smith, el más discordante ante este tema, con ‘Concussion’, habían quedado fuera de la carrera final por la estatuilla. Eso y que sólo catorce estrellas negras han logrado el galardón a lo largo de la historia de los premios, de los cuales nueve de ellas se han obtenido en el siglo XXI. Si a eso sumamos que el 93% de los más de seis mil miembros de la Academia de Hollywood son de raza blanca y que el 77% son hombres mayores de sesenta años nos da a entender el porqué del malestar en la profesión afroamericana por esa supuesta discriminación racial.
El hecho es que en el instante en que Chris Rcok apareció en el escenario del Kodak Theatre de Los Ángeles toda la gala tomó un cariz de desagravio contra la Academia con cierta libertad e incorrección política para hacer todo tipo de reivindicaciones en torno a ese hastag que encenció las redes sociales, #OscarsSoWhite, como denuncia a la desigualdad racial en los Oscar. El actor afroamericano fue directo al asunto, solicitando con humor y un cinismo incómodo oportunidades para los artistas de color en la industria, con recadito al enfado de Will Smith y su esposa por boicotear este año la velada. Y dejó una perla que todavía debe estar escociendo en las bienpensantes y conservadoras entrañas de estos galardones: “En el segmento ‘In Memoriam’ sólo aparecerá gente negra que ha sido tiroteada por policías”.
Rock fue un anfitrión muy discreto, abordando en sus escasas apariciones una y otra vez el recalcitrante tema étnico y haciendo una segunda versión del número de la ‘pizza’ de Ellen DeGeneres con las galletitas de las ‘girls scouts’ a las que pertenecían, supuestamente, sus dos hijas. A partir de ahí, se puede decir que Rock cumplió su faceta con comedimiento y sin hacer mucho ruido. Muy similar a su presentación de hace once años. Ejerció de anfitrión como esperaba de él. Un maestro de ceremonias funcional y eficaz que hizo prevalecer su etnia y preconizarla a la mínima de cambio. Y sin necesidad de cantar ni de números musicales. Los Goya, en ese sentido, tienen mucho que aprender. Muy correcto y en su papel. Aunque se echó menos más caña después del muy brillante ‘speech’ incial.
El reparto de premios comenzó convirtiendo a la cinta post apocalíptica del veterano George Miller ‘Mad Max: Fury Road’ en una de las grandes protagonistas de la noche. Casi sin que el espectador se diera cuenta, había ganado seis Oscar. Todos técnicos, sí. Pero al fin y al cabo, suponía el reconocimiento subrepticio a una obra arriesgada y contracorriente que ha sido considerada una de las películas más importantes del año pese a su condición de vehemente cinta de acción y adrenalina pura; mejor diseño de vestuario, mejor diseño de producción, mejor maquillaje y peluquería, mejor montaje (la mujer de Miller, Margaret Sixel) y las dos disciplinas de sonido (mejor montaje de sonido y mejor mezcla de sonido), dejaban a la cuarta parte de la saga del guerrero de la carretera como una vencedora moral y como la cinta con más estatuillas de una noche que iba a regalar alguna que otra sorpresa inesperada. Los dos primeros premios a los guiones (Josh Singer y Tom McCarthy por ‘Spotlight’ original y Charles Randolph y Adam McKay por ‘La gran apuesta’ adaptado) comenzaron una palmarés que por previsible no deja de ser justo con los valores artísticos de películas muy destacadas en una estupenda cosecha de películas estrenadas en 2015.
Fue entonces cuando una estupenda (en todos los sentidos) Sarah Silverman dio rienda suelta a su exceso absurdo presentando la canción que a posteriori ganaría el Oscar, ‘Writing’s On The Wall’, de Sam Smith. El tema principal de ‘Spectre’ sirvió a la actriz para hacer comedia y mofa sobre las hipotéticas carencias sexuales y heterosexualidad de James Bond. Puro dislate que dio paso a una desastrosa interpretación de falsetes y gallos por parte de Smith, que cuando ganó avanzada la gala abanderó el movimiento gay reivindicando el orgullo homosexual como una protesta más en una noche de reproches a la Academia (y, de paso, a la sociedad actual occidental).
En este apartado, el cabreo de Anohni (antes Antony Hegarty, de Antony and the Johnsons) por no ser invitado a cantar su canción nominada en detrimento de otros artistas como Lady Gaga que sí cantaron (se supone que por la duración del tema) hicieron que los desafueros de la Academia encontrara otro flanco más de desaprobación en cuanto a su metodología y logística.
Alicia Vikander hizo buenas las apuestas que apuntaban su candidatura como mejor actriz secundaria por ‘La Chica Danesa’, que también protagoniza ‘Ex Machina’, película que no se iría de vacío al obtener el ganador, de modo sorpresivo, a los mejores efectos especiales por encima de otras cintas como ‘El Renacido’, ‘Mad Max’ o la nueva reinvención del mundo galáctico de George Lucas ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’. ‘El renacido’ abría su acumulación de estatuillas con un Oscar muy especial a la mejor fotografía. Era la primera vez que un nominado recibe tres galardones de forma consecutiva. Así, Emmanuel Lubezki pasaba a la historia ganándole la partida a Roger Deakins (trece candidaturas y ni un solo Oscar), John Seale y Ed Lachman. Parecía que la cinta de Iñárritu comenzaba su particular recolección en una noche mágica para su desafío natural que ha conquistado a crítica y público.
La noche ofrecía otra de esas sorpresas inesperadas cuando Mark Rylance se alzó con el premio al mejor actor de reparto por su actuación en ‘El Puente de los Espías’, el filme de Steven Spielberg. Todos daban por hecho que Sylvester Stallone ganaría el Oscar por su composición de Rocky Balboa en ‘Creed’, pero perdió el combate contra todo pronóstico. Chile obtenía su primer Oscar al mejor cortometraje documental por ‘Historia de un Oso’ y ‘Amy’ de Asif Kapadia, sobre la vida de la fallecida Amy Winehouse se llevaba el mejor largometraje documental.
La noche estaba marcada bajo un halo de convencionalismo bastante anodino, con momentos musicales como el de Dave Grohl, que puso música y voz con una versión a capela del ‘Blackbird’ de los Beatles al vídeo que recordó a los profesionales fallecidos el pasado años o la actuación de Lady Gaga al piano, interpretando ‘The Hunting Ground’, poderosa canción sobre el acoso sexual en los campus de Estados Unidos arropada por víctimas de esos abusos y que fue presentado por el vicepresidente del país Joe Biden. Antes László Nemes se llevó a Hungría el Oscar a la mejor película de habla no inglesa por ‘El hijo de Saúl’, otro de esos premios que estaban bastante cantados.
Pero el momento más emotivo y que merece ser recordado en esta edición número 88 de los Oscar fue cuando la platea se puso en pie para ovacionar a la leyenda de la partitura cinematográfica Ennio Morricone, que se fundió en un hermoso abrazo con otro mito del cine, John Williams. Subió emocionado agradeciendo a su mujer todo su apoyo a lo largo de su vida con este primer Oscar a una banda sonora original por ‘Los odiosos ocho’. Había ganado otro, pero fue el Oscar honorífico recibido en 2007. Quentin Tarantino había conseguido que, por fin, la Academia saldara su deuda con uno de los grandes maestros de la historia de la música.
Parecía que todo el pescado estaba vendido. Tan sólo quedaban de entregar las cuatro categorías más importantes de la noche. Y, siguiendo las quinielas, todo cuadraba. Alejandro González Iñárritu ganaba su segundo Oscar consecutivo por ‘El renacido’, un logro que sólo estaba en la mano de deidades de la gran pantalla como John Ford y Joseph Mankiewicz. Lo dedicó a Leonardo DiCaprio y Tom Hardy y recordó el maltrato a la etnia indígena y la erradicación de la discriminación por el color de la piel en los tiempos en que vivimos.
Por su parte, Brie Larson subió resplandeciente a recoger el premio que la designaba como mejor actriz principal por ‘La habitación’ y no se olvidó de recordar no sólo a su director Lenny Abrahamson y al pequeño partenaire Jacob Tremblay, sino a los festivales que fueron dando nombre a una película pequeña e independiente dentro de la gran industria. Y llegó ese momento esperado en la noche. Leonardo DiCaprio, después de cinco nominaciones, por fin obtenía su ansiado premio. Tenía su discurso de aceptación tan bien preparado, que también supuso un emotivo instante medioambiental cuando recordó lo importante que es proteger nuestro hábitat y las consecuencias desastrosas del cambio climático. Sin olvidar, por supuesto, a las comunidades indígenas. Leo ya tiene su Oscar. E iba siendo hora.
Lo que nadie se esperaba a altas horas de la madrugada era lo que estaba a punto de suceder. Lo evidente era que ‘El renacido’ fuera la gran triunfadora de unos Oscar dibujados para ese momento de plétora, con el actor de ‘Titanic’ todavía en el escenario. Sin embargo, cuando Morgan Freeman (el enésimo presentador de color) leyó con su imponente voz el premio a la mejor película de 2015 saltó la sorpresa. Un mayúsculo e inesperado giro de los acontecimientos cuando se hizo pública la gran triunfadora de la noche: ‘SPOTLIGHT’ era la ganadora de estos Oscar. La cinta de Tom McCarthy sobre el escándalo de los abusos a menores cometidos por religiosos que destapó en 2002 un equipo de investigación del Boston Globe le había arrebatado el codiciado premio a la hazaña épica de Iñárritu. Increíble.
Sólo hay un precedente de una película ganadora de un Oscar a la mejor película con dos únicos premios; la anterior procede del año 1952 y se trata de ‘The Greatest Show On Earth’, de Cecil B. DeMille. Un hito histórico que cerraba una gala que se hizo eterna, pero que repartió de forma equitativa sus premios en un palmarés bastante ecuánime. Del mismo modo que la Academia, trazó un show que impartió con la misma equidad sus disculpas a las minorías menos representadas en la industria. El año que viene veremos de qué modo responde Hollywood al enfado colectivo de la comunidad afroamericana y si lograrán encontrar esa vía de comunión que transforme la pose y la frivolidad en verdadera integración. Veremos.
LO MEJOR
— Sofia Vergara, Margot Robbie, Cate Blanchett, Alicia Vikander, Saoirse Ronan, Kate Winslet y, por supuesto, Charlize Theron, por siempre jamás.
— Ver por fin a DiCaprio subiendo a recoger su ansiado y anhelado Oscar. Era su noche y nadie se la arruinó. Ni siquiera que ‘El renacido’ se quedara sin el premio a mejor película.
— La multiplicidad de piezas musicales que daban paso a los presentadores, todos clásicas bandas sonoras premiadas con una estatuilla.
— La esperada foto entre dos íntimos amigos como son Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en la alfombra roja.
— George Miller, que se lo pasó como nadie. Sabía que su película iba a llevarse algún premio técnico y fue a disfrutar. Salió siendo el responsable de la película más premiada de la velada.
— Los numerosos memes y comparativas del pelo afro a lo “mapache asustado” de The Weeknd.
— El abrazo entre Morricone y John Williams. Simplemente antología de la gala.
— La inocente mirada expectante de Jacob Tremblay, el pequeño actor de ‘La habitación’ cuando presentaron los premios de animación Los Minions y Buzz Lightyear y Woody, los protagonistas de los ‘Toy Story’. Antes ya había flipado cuando sobre el escenario aparecieron RD2-D2, C3-PO y BB-8.
LO PEOR
— La duración. Casi cuatro horas para algo tan desaborido y frío no es algo aceptable para esa industria del entretenimiento que es Hollywood. La decadencia cuesta abajo parece imparable con el paso de los años.
El desprecio que la platea de invitados mostró hacia Jenny Beavan, ganadora del diseño a mejor vestuario por ‘Mad Max: Fury Road’, supuestamente por no ir de etiqueta y subir al escenario con una chupa de cuero incompatible al boato y glamour del sarao. Stephen Fry ya fue un maleducado al despedir en los BAFTA a esta mujer: “Solo una de las mejores diseñadoras de vestuario cinematográfico acudiría a una ceremonia vestida como una vagabunda”, expresó. Por lo visto, la libertad de vestuario también está mal vista en Hollywood.
— La falta de rostros veteranos del Hollywood reciente. La renovación de talentos resulta muy aburrida.
— Que no se mencionara a Bill Cosby entre tanta reivindicación racial. O espera… ¡No!
— Que no se enfatizara en que Eddie Redmayne, ganador del año pasado a mejor interpretación masculina por ‘La teoría del todo’, se había convertido unas horas antes en el ganador a peor actor secundario en los Razzies por su bochornosa actuación en la cinta de los Wachowski ‘El destino de Júpiter’.
— Que el bueno de Stallone no se llevara el Oscar por ‘Creed’ y se le quedara la cara… bueno, la misma cara de siempre, pero triste.
— Lady Gaga y ese escote que deja intuir la flaccidez que muchos no deseamos ni maginar.
— La total ausencia de humor, de vídeos o ‘sketchs’ (como el de los actores negros en las películas nominadas) y la circunspección que hicieron que la gala se resintiera por su escasez de improvisación y frescura. Los Oscar carecen de magia, de vistosidad y, sobre todo, de sorpresas.
— Que durante la música de interrupción para meter prisa a los premiados fuera 'The Ride of the Valkyries' nadie gritara antes de irse: "Me encanta el olor a Napalm por la mañana”.
— Josie, el afamado experto (o algo parecido) en moda que desentonó con su pedantería en una mesa de Movistar + que supo llevar con destreza una gala con Raquel Sánchez Silva y Pepe Colubi a la cabeza. Una curiosidad malvada: ¿quién maquilla a los invitados de la plataforma digital? Todos los que desfilaron por la mesa parecían ganchitos o Cheetos de un refulgente color naranja.
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