martes, 28 de julio de 2015

‘El quimérico inquilino (Le locataire)’: El conspiratorio descenso a la locura

Un hombre permanece sentado en una corroída silla del Jardín del Palacio de Luxemburgo, bajo el frío de invierno de París. Observa a unos niños que juegan con unos barcos junto al estanque. Uno de ellos comienza a llorar desconsoladamente porque, a simple vista, su barco se ha alejado mucho de la orilla. Una joven que parece su madre llega para consolarle, hablándole y tratando de que el infante se calme. El hombre se estremece, vigilando atento la situación. La chica desaparece de plano, mientras el hombre se levanta directo al pequeño. Éste le mira absorto. Inesperadamente, el hombre le increpa: “Filthy litlle brat! (¡Pequeño y sucio mocoso!)”. Y sin más, le propina una terrible bofetada y se marcha por donde ha venido, dejando al niño llorando ante lo bizarro de la situación. Es el punto de no retorno de la locura de un hombre en pleno proceso de paranoia y conflicto de personalidad. Roto y confuso por los acontecimientos que se le han venido encima en los últimos días.
¿Quién es este hombre? Se trata de Trelkovsky, el protagonista interpretado por Roman Polanski en ‘El quimérico inquilino (The Tenant)’, la que es, hasta el momento, su mayor obra maestra como director. Trelkovsky es un joven empleado de banca que busca un apartamento de alquiler en la céntrica Rue des Pyrénées. En el momento de echarle un vistazo al piso, la portera le cuenta que la antigua inquilina, Simone Choule, es una mujer que permanece en coma al haber intentado suicidarse saltando al vacío por la ventana. Interesado en la salud de la misteriosa mujer, cuando entra a vivir en el apartamento los sucesos se precipitan hacia un aparente complot del propietario y los vecinos para que él también siga los pasos que lo llevarán a un demencial suicidio siguiendo los pasos de Choule.
‘El quimérico inquilino’ comienza con un planteamiento social, en el que Polanski presenta un problema que se repite a lo largo de los años, del de la difícil búsqueda de una vivienda de alquiler céntrica y en condiciones, para transformarla rápidamente en una progresiva pesadilla claustrofóbica y malsana. Su estilo grotesco, directo y sucio provoca el imaginario desasosiego de una angustia atmosférica opresiva y turbia gracias al ojo fotográfico de Sven Nykvist, que es perfecta para exhibir un sádico e incómodo humor negro, donde lo surreal y macabro es introducido en un marco realista que termina por incitar a la confusión y al terror.
El mejor filme de Polanski se perpetúa a lo largo de su metraje con una trastornada excentricidad, que tiene su inicio en el modo en que la portera del inmueble, interpretada por la gran Shelly Winters, se descojona al mostrarle a Trelkovski las consecuencias en el mobiliario vecinal que ha dejado la caída de Choule en su intento de suicidio y sacudiendo la retina del espectador la primera vez que vemos la momificada figura de Choule lanzando un desgarrador grito de pavor ante la visión de Trelkovski y la que será la personificación de la sexualidad carnal y sugerente en el rostro de la hermosa Stella (Isabelle Adjani), mujer con la que Trelkovski no puede terminar de consumar el acto sexual, por mucho que ambos lleven la situación al extremo. Todo resulta turbador dentro del marco progresivo de sus encuentros, desde ese primer contacto, con la incursión de un fragmento de ‘Operación dragón’, protagonizada por Bruce Lee, que incluye esa secuencia tan febril como erótica en la que Stella calienta a Trelkovski ante la mirada lasciva de un voyeur accidental hasta el clímax que pone punto y final a su relación, con el pequeño polaco perdiendo la razón y destrozando el apartamento de la joven absorbido por la locura de su oscura y terrible metamorfosis.
Polanski es capaz de transmitir la enfermedad con desequilibrada maldad, zarandeando el filme con un humor negro insostenible, lleno de desequilibrada psicología que evoluciona hacia la perturbación más abyecta. El mórbido ambiente va arrastrando al espectador a través de imágenes imborrables, como ese diente escondido en un agujero de la pared tras un armario, en continuo aumento hacia la demencial psicopatía que va empapando su esencia con un sugerente éter venenoso, la visión amenazante de los vecinos, intimidantes y “normales” a la vez, que llevan al aprensivo Trelkovski a meterse en una obsesiva espiral de identificación con la antigua inquilina del piso. Un personaje incorpóreo que se alza como la gran protagonista de la función.
Una presencia constante, espectral y enigmática llamada Simone Choule, haciendo que su espíritu se apodere de él en un proceso de pérdida de identidad que termina por asumir su personalidad ficticia para travestirse física y psicológicamente con esta desconocida mujer, llegando hasta unas consecuencias totalmente insanas y fatales. Trelkovski comienza a caer en sus redes con la fascinación de un fetiche como es una bata de raso, a la que sigue el fisgoneo de sus enseres personales, comenzando la locura identificativa en la extraña visión de aquellos hombres y mujeres que utilizan el baño común, detenidos en el tiempo, mirando congelados hacia ningún sitio.
En el bar de la esquina, a Trelkovski parecen imponerle las mismas costumbres que seguía Choule, sustituyendo sus habituales cigarrillos Gauloises por los Marlboro que fumaba la difunta inquilina en un cambio de hábitos sutil y terrorífico. Polanski sabe invertir muy pronto la normalidad de Trelkovski en un descenso a los infiernos, que nace en una Iglesia, la del funeral de su futuro ‘alter ego’, cuando se escucha subjetivamente un sermón acusatorio del cura que despierta el sentimiento de culpa de Trelkovski. Va creando insólitas visiones que se dan en el edificio, como la basura que va cayendo por las escaleras para luego, en su regreso, descubrir que ha desaparecido, el ruego que le hace una vecina con su hija discapacitada para evitar que la desahucien, esa portera le entrega la correspondencia de Choule y sobre todo la temible Sra. Dioz que, llegado un momento de paroxismo mórbido, le intenta estrangular en el rellano del portal cuando es él mismo quien se agarra el cuello.
Pero si algo llama la atención del entramado críptico de ‘El quimérico inquilino’ es ese inquietante trasfondo de civilización egipcia, en el trance onírico de Trelkovski hacia el aterrador baño común, en el que descubre inscripciones y jeroglíficos de esta ancestral cultura y desde dónde se puede ver a él mismo observándose desde su habitación. Pero también en la figura de ese ex novio llorica que le confiesa que no pudo decirle a Choule que la amaba o el otro conocido que le prestó el libro ‘El Romance de la Momia’ y que aparece en casa de unos amigos de Stella durante una fiesta. Es el engranaje perfecto para el devenir en paranoia de Trelkovski, en el alcance contemplativo de la locura del nuevo y quimérico inquilino con imágenes que perturban por lo lóbrego y atractivo, como esa cabeza que bota como un balón apareciendo y desapareciendo en la ventana o las manos que intentan sujetarle entre el armario y la ventana. Un entramado perfecto, un guión paradigmático sobre la conspiración imaginaria y que ayudan a entender un pilar básico en la obra de Polanski: la pérdida de la identidad, que va dejando una sucesión de hechos que termina por desembocar en la obsesión que distorsiona un entorno corregido por el espejismo de una mente enferma. Cuando la claustrofobia mental abre al subconsciente la posibilidad confundir realidad y la locura. Una cinta memorable en la que la transformación psíquica del personaje evoluciona hacia una transformación morbosa y peligrosamente atractiva.
‘El quimérico inquilino’ es una magnífica composición de miedos y temores, realmente intemporal que traduce mediante la alineación de un individuo el comportamiento humano normal en una pesadilla apócrifa, mediante la sutilidad con la que se exagera y se transforma la realidad en insana fantasía de locura y complot, asedio y la locura. En el fondo, una crítica mordaz de una sociedad parisina profundamente conservadora e hipócrita, donde la apariencia esconde monstruos dispuestos a acabar con aquel que no cumpla las normas. Una visión siniestra del ser humano que tiene su mejor aliado en la música angustiosa de Philippe Sarde. Una película que se cierra con la incógnita de la reencarnación estimulada por la perspectiva conspiratoria, de cómo Simone Choules pudo tomar el cuerpo de Trelkovski para volver a suicidarse, de cómo una posible metempsicosis ha transmigrado el alma de la suicida para sumirle en un laberinto pesadillesco del que el protagonista no podrá salir jamás.

martes, 21 de julio de 2015

Review 'Del revés (Inside Out)', de Pete Docter y Ronaldo Del Carmen

Érase una vez… la vida
Siguiendo sus habituales cánones de maestría, la factoría Pixar vuelve a crear otra propuesta compleja y arriesgada sobre el sentido universal de los sentimientos a través de una pirueta imposible protagonizada por las propias emociones.
Incluso antes de que comience ‘Del revés’ (desafortunada transcripción de su título original ‘Inside Out’), Pixar evidencia el punto cardinal de sus historias con un cortometraje musical titulado ‘Lava’, la historia de un volcán en erupción perdido en el océano que es capaz de cantar canciones de amor y expresar de un modo coherente y realista emociones, soledad y deseo de amar. Un pequeño aperitivo que afianza la importancia del engranaje y modelo de trabajo denominado “Braintrust”, conformado por creativos y ejecutivos como John Lasseter, Andrew Stanton, Brad Bird, Pete Docter o Lee Unkrich, entre otros, que han hecho que el cine de animación recuperase su estatus de arte cinematográfico y evolucionara hacia un nivel que parece no encontrar nuevos peldaños en la excelencia. No se trata de humanizar lo imposible, ni de redundar en ideas afines a la compañía, se trata, como designio creativo, de construir un espíritu reconocible desde una cierta visión antropológica, con un sentimiento colectivo basado en la mejora.
Y es lo que ha ido erigiendo a través de su sello. El refuerzo colectivo y la retroalimentación con el proceso iterativo han dado como consecuencia quince largometrajes en los que el espectador ha vivido auténticos torrentes de sentimientos con pluralidad de matices a través de las aventuras de juguetes, insectos, peces, superhéroes, coches, monstruos, una rata, robots, un octogenario y un niño… A estas alturas nadie pone en duda la capacidad visionaria de un sello propio (por mucho que Disney asome primero en los créditos) que ha puesto de manifiesto unos valores con los que han sabido transmitir su conceptualización del entretenimiento infantil, transformándolo en una filosofía única con la que abordar terrenos en la animación que nunca antes se habían emprendido por lo aparentemente irracional de tamaños desafíos.
Es así como ‘Del revés’ abre un nuevo pliegue en la modélica construcción narrativa de sus guiones, suponiendo un innovador giro en la artesanía revolucionaria que magnifica la animación para llevarla a una privativa esfera donde las reglas del entretenimiento y la imaginación parecen no tener límites. Bajo las órdenes de Pete Docter (‘Up’, ‘Monsters, S.A.’) y la codirección de Ronaldo Del Carmen, la nueva película de Pixar se las ingenia no sólo para evocar esa grandeza de espíritu cuya capacidad para sondear el profundo conocimiento de la naturaleza humana es asequible, sino para lograrlo mediante la sorpresa narrativa que no renuncia jamás a la fe infantil, donde cualquier mundo inimaginable es posible, incluso alternativas paralelas que suplanten lo terrenal, como sucede aquí. Los nuevos límites inexplorados se ciñen a cinco emociones que protagonizan el filme; la ira, el asco, el miedo, la tristeza y la alegría, que se coordinan dentro de la personalidad de Riley, una niña de once años, con la misión de dar forma a su vida exterior y reaccionar en su convivencia con el mundo, con la rutina, con su afición al hockey sobre hielo y con los cambios que supone una inesperada mudanza de Minnesota a San Francisco, dejando atrás las experiencias de sus primeros años de vida.
Lo que podría ser un intrincado desafío insostenible a la hora de mostrar en pantalla, como es el de establecer un complicado conjunto de reglas definiendo las personalidades de los roles y este nuevo horizonte interior de la niña, se determina bajo sutiles pinceladas, ágiles fragmentos de la vida de la pequeña y su relación con sus padres y con su día a día en apenas cinco minutos. Algo que, por otra parte, recuerda a la hermosa síntesis de ‘Up’, en la que una prodigiosa elipsis repasaba una vida plena de amor y vivencias, sueños comunes y truncados de esa pareja formada por Carl y Ellie. Con asombrosa sencillez, ‘Del Revés’ repite esta fórmula para constituir de inmediato un vínculo emocional entre el espectador y los personajes e iniciar una aventura apasionante.
El viaje por este mundo intrínseco es mostrado como espacio perceptivo que explora un ciclo vital ineludible mediante unas emociones que gobiernan el flujo de la conciencia para moldear el modo en que se reacciona ante la percepción del mundo y sus obstáculos, pero también en la forma de expresarse, responder o reflexionar ante algunos de los momentos definitorios de la vida. En ese sentido, una película de riesgo como esta, no traiciona sus planteamientos y cuestiona desde el primer instante el orden simbólico dentro del género. Así, nos encontramos cómo las emociones ejecutan su labor desde el pensamiento racional, cuando se presupone que éstas siempre han sido enemigas de la racionalidad, consideradas elementos de alteración en las relaciones sociales.
Desde “la Central” de Riley, a modo de una cabina espacial de control, los sentimientos antropomórficos se enfrentan al desafío de asumir un cambio vital hacia el desarraigo, un primer mal día imborrable en la nueva escuela o una prueba deportiva catastrófica que marcan la deriva con la carencia de la alegría y la tristeza, perdidas en un mundo de recuerdos del pasado que van acumulándose según su importancia dentro de la mente. Con esta premisa se establece un doble periplo; el de una desmotivada Riley y su apática conexión con su nuevo entorno y el de estas dos últimas emociones, que van a asimilando el funcionamiento y la forma en que el mundo afecta a la optimista inocencia de los primeros años de la niña, encaminado hacia un imprevisible cambio de personalidad motivada por su crecimiento sentimental.
‘Del revés’ supone una montaña rusa de multiaventuras que sostiene, precisamente, en la curiosa relación a modo de ‘buddie movie’ entre alegría y tristeza, dos conceptos antagónicos destinados a entenderse y a luchar por el mismo fin común, alejados de las otras tres emociones que no saben reaccionar ante los cambios, al igual que la propia Riley. Es decir, asumiendo ese cambio de vida y la pérdida de la estabilidad con miedo, ira y asco. En este periplo, van transitando nociones de una brillantez apabullante que no dejan de aparecer en el desarrollo de la historia, creando de paso un vocabulario y una dialéctica comprensible para adultos y niños a la hora de plantear temas como la química del cerebro o la depresión situacional. Desde los recuerdos esenciales que activan con sus distintos aspectos islas de personalidad temáticas que aglutinan los factores importantes sobre los que se sustenta el bienestar (las payasadas, la honestidad, la amistad, el deporte o la familia), pasando por el subconsciente de miedos ocultos, el vasto páramo de experiencias enterradas en el olvido, el tren del pensamiento y esas introspecciones abstractas que originan una increíble metamorfosis que pasa por las fases artísticas de lo digital a lo figurativo… describen dispositivos relacionados con la mente infantil con una inspiración imaginativa en un estrato de ocurrencia increíble. Y de entre todos ellos, uno circunscrito a Fantasialandia, Bing Bong, el amigo imaginario de niñez olvidado y perdido en la memoria que se revela determinante dentro de la fabulación como epicentro modélico de personaje característico de Pixar, que nutre la esencia fantástica de sus películas y que, unido a la recreación psicológica de las demás emociones, da como resultado una estructura de valores universales respecto a la narración.
La importancia de la palabra “agridulce”
Sin embargo, ‘Del revés’ va más allá en su descriptivo funcionamiento de la parte más importante de la materia gris, con esa metodología reductiva para acercarse a esta experiencia emocional sorprendentemente sofisticada. Si a priori, este viaje al fondo del pensamiento plantea una dirección de pleno respeto hacia lo turbulento e importante que es la vida interna de un niño, más lo es el valiente acercamiento a la gradual desaparición, casi imperceptible, de la infancia y su paso a la adolescencia por medio de la aceptación de la frustración y la tristeza que no se pueden evitar por mucho que se quiera. Frente al carácter alegre y esperanzador, se impone la realidad que determina el crecimiento, dejando que la memoria vaya perdiendo recuerdos en la insignificancia y abrir un proceso de madurez con nuevas facetas de la identidad de la niña.
¿El resultado? Lograr transmitir que la felicidad y la alegría no lo es todo en esta vida, condicionado por duros trances y dramas personales necesarios para evolucionar como personas. De un modo continuista, ‘Del revés’ muestra ese paso complejo de la infancia a la adolescencia marcada por la pérdida del sentido de pertenencia a un lugar, de la pérdida de los amigos, de la rutina ante un vendaval de novedades que generan un estado contrario al carácter marcado. La felicidad, parece querer decirnos el filme, se construye con momentos de tristeza, aquéllos que motivan una aceptación de la pérdida y la necesidad de conectar con los demás para superar los trances.
En definitiva, reanudan el discurso acerca del difícil viaje hacia el mundo adulto, sin obviar temas espinosos orientados al público más pequeño sin necesidad de recurrir a factores exógenos que representen a un villano corporeizado más allá de los miedos infantiles de la niña que pasan desapercibidos dentro del cómputo vital que se expone. Tampoco se esquiva una progresión gradual hacia un tono oscuro y grisáceo que se apodera del cromatismo en conjunción al devenir de los acontecimientos, de las decisiones reales de los personajes marcadas por las emociones. Al fin y al cabo, se está hablando de la vida como un trasformación personal terriblemente triste, pero feliz al mismo tiempo, instruyendo sobre el valor de la palabra “agridulce”. Crecer significa ir perdiendo alguno de los recuerdos más felices y haciendo que otros que lo eran pasen a ser dolorosos. Por eso la nostalgia siempre apela a la amargura de lo perdido.
La cinta constata esa mágica combinación de imaginación, ingenio, brillantez y temeridad que sigue superando barreras y haciendo imposible adjetivar tanto potencial fílmico. Con un sentido lúdico y profundo, estamos ante una hermosa aventura y nada complaciente, que impone una realidad más allá que la de un examen de proceso de maduración del mismo modo que manifestó recientemente ‘Boyhood’, Richard Linklater. En algo aparentemente irrealizable como plasmar el cerebro de una pre-adolescente, Docter y Del Carmen, recuperan la doble perspectiva impuesta por la marca de la casa; hacer reír a los niños y llorar a los padres, esta vez sin esa reconocible tenue moralina, desplegando una inventiva sin fronteras y sin perder de vista numerosos hallazgos en la creación de magia visual y sensibilidad emocional al sondear las cuestiones más profundas sobre lo que importa en la vida.
‘Del revés’ incluso se permite el lujo de burlarse de algunas leyes de la narración cuando los personajes tienen que recurrir, literalmente, a "manuales del cerebro” para saber qué hacer. Sin dejar espacios a los tiempos muertos o acciones innecesarias, la dinámica del filme expresa, de forma paradójica, cómo importa más la experiencia y no la imaginación, produciendo varias capas invisible a su discurso psicológico, como el hecho de diversas interpretaciones acerca del género de las cinco emociones según varíe el personaje que abre una diatriba más profunda e interesante sin dejar omisiones pragmáticas en cuanto a la perspectiva argumental que viene ofreciendo Pixar a lo largo de los años. Una obra maestra que deja la etiqueta y condición genérica de excepcional película de animación para convertirse, con todo merecimiento, en un clásico instantáneo que permanecerá en nuestra memoria y quedará para siempre en ella, como ese ‘jingle’ del anuncio de chicles Triple Dent Gum dentro de la mente de Riley.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015

martes, 14 de julio de 2015

Algo se muere en el alma…

“Hay que superar los malos tragos. La birra continúa y hay que beberla”.
(Anónimo).
Hay veces en esta vida que sufres percibiendo que un mal día, algo que te hace feliz desaparecerá de repente. Ese instante de pérdida para el que no estás prevenido es muy difícil de asimilar. Enfrentarse a la dura realidad de que algo que forma de tu vida diaria, con lo que disfrutas y aplacas otras cuestiones mucho más trascendentales, se esfuma de tu existencia dejando un dulce recuerdo no es tan fácil de digerir como lo eran las miles de latas que he engullido. “Mientras haya una Aurum bien fría, los problemas serán menos problemas”, solía decir, autoengañándome ante la castastrófica situación personal que vivimos.
Se había convertido en un lema vital, en un signo emblemático dentro de esta casa, de todos los que han pasado por aquí y que han catado el néctar propio de este hogar. Los que me conocen bien saben que mi idilio con esta cerveza de marca blanca de los supermercados Eroski va más allá de la fidelidad y la predilección incondicional. Se dice que la tristeza es lo que uno siente al saber quiere algo y que sufre por perderlo. Y esa coyuntura ha llegado si avisar, imponiendo un cruel adiós.
Ya a finales de 2013, el baquetazo de la crisis anunciaba un derrumbe parcial de la empresa, originada por la pérdida de las aportaciones subordinadas financieras emitidas por Fagor y Eroski, lo que obligó a la cadena de supermercados a tener que cerrar el 38% de sus supermercados; 144 vendidos a DIA por 135,3 millones. Algo que obligó a su red a abogar hacia el franquiciado si quieren poder pagar sus deudas. Desde hace dos días, Salamanca se ha quedado sin Eroskis. Y sus empleados sin trabajo. Además de esa tribulación por este terrible infortunio laboral (que realmente es lo que importa), a nivel personal he sentido un dolor especialmente profundo por la pérdida de mi cerveza favorita, la de todos los días, la que me ha acompañado en los últimos once años.
No estaba preparado para esta pérdida tan drástica. Soy un fulano muy arraigado a costumbres inamovibles y no sobrellevo bien los cambios drásticos. Tendré que hacerme a la idea de este menoscabo y continuar adelante aplicando a mi fervor cervecero una gran capacidad de resiliencia. Es difícil aceptar este nuevo revés que no es más que la metamorfosis siniestra de otros desarreglos mucho más profundos que me afectan en un entorno más terrenal. Cuando abra el frigorífico, ya no reposarán una ristra de Aurums esperándome con esas gélidas gotas para deshacerse y resbalar por su borde metálico, destinadas a proporcionarme ese instante de desconexión con el rostro menos amable del día a día. Cuando mire al cielo, será con otra marca de lúpulo en mi mano, a la que no podré profesar un apego tan especial.
Cerveza Aurum, has sido una gran consorte que ha iluminado mi alma en los peores trances y tu pérdida emplaza una herida emocional que tardará en curarse. Te echaré de menos, compañera de fatigas, de viajes y de muchas e inolvidables alegrías, celebraciones y brindis sinsentido. Antes o después, nuestros caminos volverán a encontrarse. Hasta entonces… a ver quién te sustituye. Será duro trance. Sólo me queda dar las gracias a la fábrica de Font Salem (Grupo Damm) que ha hecho posible que en la última década, mis sorbos de cerveza se hayan hermanado a la identidad característica de una cebada tan barata y no por ello carente de calidad. Siempre llevaré esta cerveza en mi corazón y en el evocación de mi hígado. Es un día de duelo, un periplo que tardaré en superar y que nunca olvidaré.
¡Hasta la próxima, amiga Aurum!

miércoles, 8 de julio de 2015

El proceso hacia un cambio de vida tecnológico

La revolución tecnológica ha avanzado en nuestra sociedad de una forma sigilosa, sin apenas darnos cuenta y con ese factor de riesgo inadvertido que significa convivir con ella sin conocer su verdadero alcance, poder e influencia. Más que una optimización de métodos y formas, esta aceptación de tanta innovación ha formulado un papel determinante de un par de décadas hasta el día de hoy. Tanto es así, que los sistemas socioculturales, socioeconómicos, políticos e incluso educacionales han ido condicionando su evolución a la tecnología. Actualmente, el imperativo de estos nuevos aparatos han acaparado diferentes ámbitos y macrocontextos sociales. Además ha transformado la interactuación moderna y sobre todo se ha transformado en un medio de comunicación fundamental y, en cierto modo, adictivo.
Sin embargo, esta tecnología ha tardado en implantarse y concibe en su colonización una fase de adaptación que, cierto es, paulatinamente es más vertiginosa y precipitada. La sociedad parece no darse cuenta del proceso espontáneo de crecimiento que está desarrollando este fenómeno. Aunque no siempre es así. Cuando los hermanos Wilbur y Orville Wright volaron por primera vez en 1903, nadie les hizo mucho caso. Los pioneros de la aviación tuvieron que esperar otros cinco años para ser reconocidos a nivel estatal y algo más para obtener el prestiogo mundial. El ser humano tarda en asimilar este tipo de adelantos. Ahora lo vemos todo normalizado, pero con cierta retrospectiva ¿quién nos iba a decir que íbamos a depender de un teléfono de las características que poseen los ‘smartphones’ hace treinta años? Ahora lo vemos como algo instaurado en nuestro día a día, pero no pensamos mucho en aquellos armatostes móviles y primigenios de finales de los 90. El coche, como elemento de primera necesidad, en su origen, no era más que un costoso lujo sólo al alcance de los bolsillos más opulentos, por lo que su adquisición e interés no vendría dado hasta varias décadas después de su invención. Al igual que el Dr. Alexander Fleming que, con la fórmula sobre la estructura química de la penicilina y con un sentir profesional que apuntaba a que este hallazgo no tenía mucho futuro, no pudo estar disponible en cantidades suficientes para la investigación médica a bien entrada la Segunda Guerra Mundial, dos décadas después. Entonces, fue cuando se reveló como una medicina básica y trascendental para la humanidad. Sin ir más lejos, en 1985, el New York Times rehusó a instaurar ordenadores portátiles para que sus redactores ganaran tiempo. Lo veían algo costoso y sin sentido.
Que los avances tecnológicos se constituyan como algo ineludible y que cambien nuestra forma de vida conlleva un cierto tiempo de adaptación. Y no es tan fugaz como creemos. Al menos, así lo cree Nicholas Negroponte, director del MIT Media Lab., que apunta una serie de pasos evidenciados en nueve frases que conforman el proceso por el que se pasa antes de su institución como elemento vital para la sociedad:
1.- “Nunca había oído hablar antes de eso”.
2.- “Sé qué es, pero no lo entiendo”.
3.- “Lo entiendo, pero no veo que tenga mucha utilidad”.
4.- “Puede ser divertido para la gente con dinero, pero no para mí”.
5.- “Lo uso de vez en cuando, para entretenerme”.
6.- “Creía que no, pero le veo varias utilidades”.
7.- “La verdad es que sí lo uso”.
8.- “Es necesario y un avance para nuestra rutina”.
9.- “¿Cómo podía vivir la gente sin esto antes?”.
Obviamente son pautas que no siempre responden a un patrón, pero que demuestran ese principio básico que, en líneas generales y sobre todo para la gente que no pertenece a la generación tecnológica del presente y el futuro, parecen ir asumiendo de un modo gradual. Alguna de estas frases se han manifestado, de alguna forma, en la aparición de la televisión, el vídeo doméstico, el ordenador personal, Google, servicios de streaming de música o televisión, el wifi, las redes sociales y, por encima de todo, los ‘smartphones’. En este momento, en algún garaje, en alguna casa, un individuo o un grupo de amigos puede que estén inventando o a punto de descubrir algo que cambiará por completo nuestra vida. Sin embargo, es probable que no sepamos nada de ellos durante muchos años.

martes, 30 de junio de 2015

Calor

Ha llegado el verano. Mucha gente lo celebra con la algarabía de la inconsciencia. Con él también ha venido esa bofetada insoportable de sofocante calentamiento, de bochorno en forma de masa de aire sahariano que anula cualquier resquicio físico y mental, sin modo de frenarlo. La alerta roja dispara las alarmas que avisan sobre los riesgos de estas insoportables olas de combustión ambiental. Esto es el infierno, donde el sudor y la desesperación del bufido por lo insoportable del ambiente se derrite ante el tormento al que somete el implacable termómetro.
Sin embargo, hay fórmulas para paliar este suplicio medioambiental. Un pequeño resquicio de esperanza para escapar de esta averno sin límites. Se trata de una estúpida y sencilla sensación de fruición en busca de algo de brisa sedante que no es otra que la que provoca esa incursión en un centro comercial cuando sus puertas automáticas se abren. Ese instante frugal de felicidad, de cambio de la insoportable canícula al frescor en forma de divino golpe hacia un mundo paradisiaco ajeno al verano. En ese momento en que se franquea el umbral y se nota el radical cambio de temperatura que provoca el paso del sofoco al intenso frío procedente del aire acondicionado. Ah… qué efímera felicidad transmite ése golpe de aire divino, qué deleite más pusilánime, qué pequeños momentos de la vida.
Llevo días yendo y viniendo a distintos centros comerciales, a grandes espacios neurálgicos destinados al desatar capitalista, a varios supermercados sin el objetivo de comprar absolutamente nada, a tiendas de moda que jamás visitaría por ningún otro motivo. Entro y salgo varias veces para comprobar este zafral efecto adictivo, haciendo caso omiso a las advertencias sobre los catarros inoportunos por la brusquedad del cambio, sintiéndome como una cobaya en busca de su hedonista recompensa.
Ayer por la tarde, mientras estaba disfrutando como un crío, regocijándome de modo impulsivo, saliendo y entrando en uno de estos negocios globalizados, abanicándome al son del sonido de las puertas automáticas, me di cuenta de la amenazante presencia de un guarda de seguridad que lanzó su animadversión en forma de mirada reprendedora hacia mí. Inmediatamente, disimulé con torpeza, fingiendo haber olvidado algo, rebuscando en mis bolsillos, sacando el móvil para hacer que hablaba con alguien y salí del recinto con gesto adusto y amenazador, por si alguien había advertido mi infantil juego.
Hoy pretendo volver y desafiar a los elementos. Cualquier cosa por no soportar este terrible calor que llena espacios informativos, incendia zonas forestales, amenaza la salud de parte de la población, es el centro de conversaciones vacías de ascensor y que cada año licúa cerebros y deshace suelas de zapato en el ardiente asfalto.

sábado, 20 de junio de 2015

El mundo de la literatura pierde a James Salter

Los dos vivían en la misma habitación, pero de un modo completamente platónico. En la mano de ella, advirtió él, no había alianza, ni ningún tipo de joya. Tampoco llevaba nada en las muñecas.
—A él no le gusta estar solo —le dijo—. Se debate con su obra.
Se refería a una novela. Aún faltaba mucho para que la concluyera, pero las partes escritas eran extraordinarias. En Roma le habían publicado un fragmento.
—Se titula El Goetheanum —le dijo—. ¿Sabes lo que es eso?
Intentó recordar aquella extraña palabra, pero ya se disolvía en su mente. Las luces del interior de la casa habían empezado a iluminarse bajo la noche azulada.
—Es la gran obra de su vida.
El hotel del que hablaba ella era pequeño, con habitaciones pequeñas y letras amarillas cruzando la fachada. Había muchos edificios así. Desde el lado oscuro de la catedral se podía ver en medio de estos edificios, algo más abajo y hacia el río. Y también a través de los escaparates de las tiendas de anticuarios y los callejones.
Dos días después volvió a verla a lo lejos. Era inconfundible. Se movía con una gracia indiferente, como una bailarina cuya carrera ha terminado. La gente no le hacía ningún caso.
—Ah, sí. ¿Qué tal? —le saludó.
Su tono era distraído. Estaba convencido de que ella no le había reconocido, y no supo muy bien qué decir.
—He pensando en algunas de las cosas que me dijiste... —empezó él.
Ella se había detenido mientras la gente la empujaba al pasar, los brazos llenos de paquetes. La calle se hallaba en plena actividad. Ella no había entendido quién era él, de eso estaba seguro. Había salido a hacer unos sencillos recados, los de una pareja remota y santa.
—Perdona —dijo ella—, la verdad es que no caigo.
—Nos conocimos en casa de Sarren — explicó él. —Sí, ya sé.
Siguió un silencio. Él quería decirle algo sencillo, pero ella se lo impedía.
‘La destrucción del Goetheanum’.
Fragmento de ‘Anochecer (Dusk and other histories)’ (1988).

miércoles, 17 de junio de 2015

FINALES NBA 2015: el triunfo del 'Small Ball'

Cuando comenzó la temporada, el regreso de LeBron James a Cleveland se vivió en la ciudad como la esperanza de volver a recobrar la ilusión de una franquicia con palmarés vacío volcada en su promesa de un anillo. Después de haber logrado dos títulos fuera de los límites del Quicken Loans Arena parecía que era de recibo. Debe ser duro ver cómo uno de los mejores jugadores de todos los tiempos abandona su equipo y deje huérfano de expectativas ganadoras a miles de aficionados para irse por dinero y conseguir dos anillos alejado del equipo que gestó la leyenda. “The King” volvió a su casa en previsión de un pelotazo económico en 2016 cuando se incremente el tope salarial. He ahí la razón de su vuelta.
El propietario de los Cavs Dan Gilbert generó un proyecto basado en su figura, uniéndole al genial base Kyrie Irving un alegro estrella como Kevin Love. Ya estaba compuesto un ‘big three’ junto a jugadores de calidad como Tristan Thompson o Anderson Varejao, construido como dispositivo para intentar asaltar el título. Nadie contaba con que en enero los Cavs iban a la deriva (19-20) y quintos en la Conferencia Este. Hasta que el General Manager, David Griffin, reclutó para el segundo proyecto con LeBron a JR Smith, Iman Shumpert, Timofey Mozgov o Kendrick Perkins en el mercado de invierno. Desde entonces, sólo perdieron dos partidos consecutivos y se fraguó su récord en 53-29. Su presencia en la final dejando a Celtics, Bulls y, sobre todo, Atlanta, definían un poderío a tener en cuenta liderado por esa bestia de la naturaleza llamado LeBron.
Los Warriors, por su parte, comenzaron la liga con nuevo entrenador, Steve Kerr, después de que las buenas sensaciones que dejó en el banquillo Mark Jackson, hicieran de su debut en la elite toda una incógnita. La Conferencia Oeste es hoy en día la más dura. Equipos como Memphis, Portland, Houston o Clippers así lo atestiguan. Las dieciséis victorias iniciales empezaron a despejar las dudas acerca del potencial de los de la Bahía. De repente, se comparaba a este equipo con los Bulls del 96 (récord histórico de 72-10). No lo igualaron, por supuesto. Pero se quedaron en una sorprendente temporada con 67-15, una de las diez mejores marcas de todos los tiempos. Sólo cuatro equipos fueron capaces de ganar en el Oracle Arena. El factor determinante; un juego basado en lo colectivo, gran rapidez en la circulación de la bola y la rotación buscando un objetivo común, la finalización de las jugadas en tiros mediante dobles bloqueos por línea de fondo y sabiendo neutralizar los cambios defensivos. Con los ‘Splash Brothers’ (Klay Thompson y Stephen Curry) como ejes y Draymond Green y Andrew Bogut como baluartes en el cierre del rebote defensivo junto a jugadores de carácter como Harrison Barnes, Leandro Barbosa, el “hombre milagro” Shaun Livingston y el veterano Andre Iguodala fueron capaces de asumir su rol de favorito pasando por encima de New Orleans, Memphis y Houston.
LeBron contra el mundo
Esta pasada madrugada los Golden State Warriors revivieron los laureles de hace justo ahora cuatro décadas, cuando los Warriors comandados por Rick Barry y bajo las órdenes de Al Attles lograron su primer anillo hasta hoy mismo frente a los Washington Bullets de K.C. Jones en un equipo con estrellas como Elvin Hayes, Phil Chenier o Wes Unseld. Tras 82 victorias en lo que va de campeonato, únicamente faltaba la guinda en el pastel, el corolario a una temporada de ensueño. Y lo han hecho pasando por encima de una de las mejores actuaciones de un jugador en la historia de las finales. “El Rey”, el todopoderoso y hercúleo LeBron y sus huestes no han sido suficientes para derribar el bloque de Auckland, constatando que este equipo de futuro asume las condiciones necesarias para destacar como paradigma de lo que es este deporte donde siempre se impone un propósito colectivo sobre lo individual. Esta vez al 23 de los Cavaliers no se le puede achacar su implicación o proyección como la estrella que es. Su condición de titán se ha traducido con unos guarismos fuera de toda lógica en las parcelas de anotación, rebotes y asistencias. Sin embargo, sus números se han ido apagando con las opciones reales de su equipo para lograr un título que, sobre el papel, se antojaba muy complicado.
Si nos atenemos a la pizarra, la estrategia y arquitectura de juego inteligente ha sido el factor irrevocable a la hora de desequilibrar la balanza a favor de los Warriors. Pese a la superioridad incontestable de la plantilla de Golden State, se ha subrayado la importancia de un buen entrenador que pueda reconstruir un equipo sobre la marcha en función de las carencias del rival y afrontando el riesgo de contener a su figura preponderante. Tenían un mayor fondo de armario, algo que no desacredita la valía y el desafío de Kerr ante un David Blatt al que muchos han cuestionado su voz de mando dentro del vestuario. El sistema romántico del ex jugador de los Chicago Bulls y ganador de cinco anillos (hoy ya seis) se sustenta en unos mimbres de juego que le han llevado a la excelencia del gremio.
Los Cavs de LeBron han caído con la dignidad de un equipo amparado en un timonel excepcional, obligado a exprimirse con un involuntario individualismo provocado por las lesiones dentro un esquema que ha tenido que ajustarse para llegar con cierto optimismo a estas finales. Los aspavientos, melindres y puñetazos al aire de la victoria del segundo partido que mantenía la esperanza de los de Cleveland desataron la frustración de un genio del deporte empeñado en seguir soñando con su tercer anillo, hasta dejarse, literalmente, la cabeza por ser el mejor en el cuarto. Ni con esas ha sido suficiente.
Pese a que dos de los tres primeros partidos acabaron en prórroga y que todos alcanzaron un final emocionante hasta la bocina final, tanto los Warriors como los Cavs dejaron la sensación de estar disputando una final irregular, con partidos cerrados al desacierto y pequeños flashes de juego que aumentaron su interés cimentado en la igualdad total y absoluta en incremento de acierto en juego según iban pasando los minutos, hasta llegar a esos tramos finales donde se desató la emoción de recurrir a sendas prórrogas. La magia de la NBA tiene estas cosas, que hasta el último segundo el espectáculo es la médula que propugna la excelsitud del juego y la emoción del baloncesto en estado puro. En el primer choque, la lesión Kyrie Irving motivó un cambio de planes radical para afrontar el resto de la final por parte de los Cavs. LeBron parecía estar sólo ante el peligro, con un equipo menoscabado por la gravedad de la erosión en el equipo por la falta de Kevin Love y de Irving.
Steve Kerr persistió en una conocida estrategia con la que se han convertido en el mejor equipo de la temporada regular. Sin embargo, lo que parecía que iba a ser un paseo triunfal, sembró la duda ante los resultados posteriores a esa primera prórroga. Los Cavs supieron entorpecer el juego de un equipo errático, acostumbrado a una media de números por encima de los tres dígitos, que vio cómo sus porcentajes de tiro caían por los suelos. LeBron, más animal de la pista que nunca, contó con dos invitados de lujo como Timofey Mozgov y un sorprendente Matthew Dellavedova, que cuajó una grandiosa defensa ante Curry y apareció en momentos clave con una aportación indispensable en el segundo partido, para pasar el elemento desestabilizador en el tercer encuentro. Los Warriors no encontraban su característico juego eléctrico y transmitían una temible sensación de miedo a ganar. Nada funcionaba en el engranaje de Kerr, algún instante de magia de Klay Thompson, la falta de seguridad de Curry que despertaba en los últimos cuartos, unos perdidos Green, Bogut y Barnes… Y para colmo, los Cavs encontraron refuerzos en los habituales destellos de JR Smith y Shumpery, así como la resurrección de Tristan Thompson como recurso ofensivo capturando rebotes importantísimos para sendas victorias de los Cavs.
Un ‘scouting manager’ y un veterano, responsables del éxito
Cuando se especuló ante la posibilidad de que los Cavs encarrilaran la eliminatoria hacia su primer anillo y que ello supusiera un triunfo deportivo para la ciudad de Cleveland 51 años después que los Browns se alzaran con la Super Bowl de 1964, el giro en el juego de los Warriors difuminó todas las dudas vertidas sobre su juego y sus opciones. En el cuarto partido, sucedió algo inesperado. O tal vez no. Kerr necesitaba un cambio drástico en la dinámica de juego dentro de una eliminatoria que se empezaba a complicar después de ese inesperado 2-1 favorable a los Cavs. La reestructura llegó por medio del ‘scouting manager’ Nick U’Ren. El joven asistente se repasó los partidos de la anterior final entre San Antonio Spurs y Miami Heat para dar con la clave en la desactivación de LeBron.
La clave introducida por Greg Popovich: cambiar a Tiago Splitter por el francés Boris Diaw por en el tercer partido. Transmitido el mensaje al ‘assistant coach’ Luke Walton, Keer optó por seguir el consejo. El efecto de reacción y sorpresa ante el rival provocado por Popovich ante Erik Spoelstra, dio los mismos resultados ante Blatt, que se quedó sin recursos para frenar el ‘small ball’ propuesto para neutralizar las embestidas de LeBron. Uno de los movimientos fundamentales fue emparejar a Iguodala con LeBron, como recurso óptimo para neutralizar a la estrella, haciendo fuertes de paso a Green y Lee, que regresaba al parqué después de unos playoffs alejado de las canchas por lesión y sin jugar los dos primeros encuentros de las finales.
El veterano “Iggy” dejó a LeBron en sólo 20 puntos en el cuarto asalto y en unos insuficientes 7 de 22 en tiros de campo. Con esa misma consigna salieron a disputar el quinto partido, con la directriz de exprimir físicamente a la estrella de Akron, que se marcó su segundo triple doble en la final con unos estremecedores 40 puntos, 14 rebotes y 11 asistencias. Una de las más memorables actuaciones individuales de la historia de las finales. Tampoco fue suficiente para detener la tónica de versatilidad impuesta por los Warriors. Livingston, Barnes y Barbosa se unieron a la fiesta del juego colectivo, viendo cómo Shumpert seguía negado con el juego, proponiendo poco menos que un absurdo en cada lanzamiento a canasta o un JR Smith abonado al triple que se fue diluyendo después de agredir con una falta flagrante a Green.
De nuevo, el viejo Iguodala, transformado en el recurso clave de estas series finales, paró con fuerza a LeBron, obligándole a definir o decidir cuando la cuenta atrás del reloj llegaba a su fin. Y entonces apareció la figura etérea que todos esperaban en este show; Stephen Curry, la media parte de los ‘Splash Brothers’, el MVP de la liga. Y demostró porqué ha sido el jugador más determinante de la temporada regular. Su resurrección supuso un hermoso duelo en la cumbre de entre dos hitos del baloncesto moderno haciendo lo que mejor saben. Curry jugó entre líneas y anotó triples que escapan a las leyes físicas (7 de 13), manejando el balón como pocos jugadores han logrado hacerlo. 17 puntos en el último cuarto, 37 en total. LeBron, incombustible y exhausto en el destierro de un equipo que no respondió a su magia, vio cómo el sueño se esfumaba bajando los brazos y delegando la grandeza en un rival incontestable.
En el partido de esta pasada madrugada los fantasmas de Cleveland no hicieron más que personificarse de nuevo en el ‘small ball’ de rápida circulación del esférico, abriendo espacios en el poste y dejando en evidencia a la apagada defensa de un equipo destinada a dejar escapar la oportunidad de librar una nueva batalla en un séptimo encuentro que nunca ha llegado. Un partido de una exigencia física muy dura, que desgastó tanto a un LeBron que ha firmado la peor de sus intervenciones en esta serie final (13 de 33 en tiros de campo y seis pérdidas), como de un equipo fundido ante los sacudidas de unos Warriors que ejercieron su dominio absoluto en el juego en profundidad en la que la intervención de un recuperado para la causa Mozgov y un poco efectivo Tristan Thompson palidecieron ante un rival sin pívots, con Bogut sin disputar ni un solo minuto y con Festus Ezeli como nueva sorpresa para apuntillar a su rival en una fiesta final que terminó con la ilusión ciega hasta el último suspiro de un equipo que ha hecho lo que ha podido.
Estas series finales no sólo han dejado para la retina algunos de los momentos más apoteósicos de espectáculo sobre una cancha, también han dejado una audiencia estratosférica que no se veía desde los tiempos de los Chicago Bulls campeones, superando en un 25% de ‘share’ a las disputadas el pasado año. Muchos apuntan a que LeBron debería haber sido nombrado MVP de estas finales. Razón no les falta. Por mentalidad, físico y juego, sobresale por encima de sus compañeros y rivales. Sin embargo, su némesis sobre la pista, Andre Iguodala fue elegido el jugador más valioso de estas finales. Un jugador que no ha sido titular en todo el curso ha sido concluyente para la victoria de su equipo. Tremenda la final que ha protagonizado esta veterana estrella.
LeBron se queda sin anillo. Una vez más. Aunque de nuevo, su arrogancia señorial, volvió a emerger con esas declaraciones tras perder el quinto encuentro: “No estoy preocupado. Soy el mejor jugador del mundo”, dijo. O en este sexto encuentro buscó la manera de acaparar los objetivos al saltarse el protocolo y felicitar con desgana al rival antes de terminar el encuentro y retirarse al banquillo. El título no ha llegado, pero el mejor jugador en activo ha pulverizado récords históricos inscritos por leyendas como Jerry West u Oscar Robertson en una final, a punto de igualar en triples dobles en unas finales al mismísimo “Magic” Johnson. Eso sí, LeBron habiendo jugado las mismas finales que Michael Jordan y una menos que Kobe Bryant, está lejos de alcanzar a sus referentes. El mejor jugador que existirá jamás en la NBA las ganó todas (6-0), mientras que para alcanzar al escolta de los Lakers debe ganar aún otros tres títulos (5-2). Veremos si el tiempo recompensa la destreza física de un portento auto transformado en un antihéroe que divide al público entre el odio y el fervor.
Lo cierto es que esta finales 2015 nos han dejado un duelo satisfactorio en todos los estratos de un deporte único, haciendo reverdecer el romanticismo de lo clásico, la sensatez de la pizarra, pleno de ideas baloncestísticas y llevando hasta las últimas consecuencias una forma honesta y plausible de entender el baloncesto, como un pequeño guiño a aquel equipo de la Bahía, los orgullosos Bubs comandados por el Run T-M-C (Tim Hardaway, Mitch Richmond y Chris Mullin) que cimentaron las bases de este modelo de juego estético y eficaz que se ha acabado imponiendo a la ostentación individual y de modas basadas en el juego físico. Con la victoria de los Warriors nos descubrimos al mejor baloncesto del mundo, al triunfo de una idea, a la consecución de un proyecto que tiene continuidad en un presente lleno de futuro.

miércoles, 3 de junio de 2015

'Black Mirror': La pantalla negra como reflejo distópico

‘Black Mirror’ sugiere una pérdida de sensibilidad social infectada a través de los nuevos modelos de ‘mass media’ dentro de actualidad tecnológica expuesta como un imaginario construido sobre raíces distópicas.
El escritor, humorista y guionista Charlie Broker era conocido en Gran Bretaña por su corrosiva columna de textos incendiarios en el diario The Guardian. Su debut como productor se tradujo en la serie de seis episodios ‘Dead Set: Muerte En Directo’, una especie de miscelánea que, con una clara intención crítica, reunía los ‘reality shows’ y el subgénero zombie en un mismo entorno. Channel 4, que apostó por la idea y debido al éxito que cosechó, accedió a llevar a cabo un segundo proyecto más ambicioso titulado ‘Black Mirror’ estrenado en diciembre de 2011. Hoy en día, la serie se ha convertido en un fenómeno televisivo internacional con tan sólo siete episodios repartidos en dos temporadas y un capítulo especial de Navidad recientemente emitido.
El escenario en el que sitúa la serie es cercano al mundo en el que vivimos, con una plasmación de los adelantos tecnológicos muy familiares, Internet, las redes sociales y los nuevos modelos de comunicación e hiperconectividad que han contagiado a otros contextos como el social y el político. Con ello, se adultera esta actualidad exponiéndola como un imaginario social construido sobre raíces distópicas, con un gran componente de crítica a través de metáforas dispuestas desde una mirada desalentadora sobre nuestro mundo. No es extraño que el camino seguido por la serie se oriente a una representación del cambio que estamos viviendo, con la obligada aceptación de un fatalismo que empieza a resultar evidente.
Cuando Bruce Bethke acuñó el término ‘cyberpunk’ a un subgénero literario, no esperaba que lo especulativo dejara de ser ciencia ficción tan pronto. Gran parte de la esencia de ‘Black Mirror’ llega impuesta por esa reflexión abierta a la interpretación del espectador de las consecuencias sociales que está albergando el modelo tecnológico dentro de la comunicación moderna y su disposición de un nuevo orden. Más allá de una reflexión futurista, el presente no invita a ser optimista ni con el bienestar de una sociedad equitativa, ni con una economía que se desmorona o con la corrupción con la que actúan los gobiernos, ni mucho menos con la instrumentalización por parte de las grandes corporaciones sobre el control social.
Lo que parecían ilusiones futuristas se establecen cada día en nuestra rutina, las redes sociales muestran una alternativa deformadora de la vida real y lo “humano” empieza a cuestionarse con interrogantes. Permanecemos conectados a tiempo total y dependemos de unos patrones de conducta específicos que han sido modificados en los últimos años, en los que la memoria y los recuerdos permanecen almacenados en todo tipo de plataformas tecnológicas; discos duros, móviles, tablets, ordenadores… Todo está vinculado a Internet, la memoria está conceptualizada a un chip y el mundo que nos rodea se transforma bajo una tiranía adictiva. Con sus temporadas (y las venideras) la serie creada por Brooker parece querer insinuar esa pérdida de la sensibilidad infectada a través de los nuevos modelos de ‘mass media’ en la era de Internet, donde el espectador interactúa como cómplice de situaciones bastante abigarradas y controvertidas para especular sobre esos paradigmas sociales como reflejo de una deformación de la realidad que comienza a definir nuestra forma de vida, condicionando nuestros valores y dictando los modos de relacionarse y de opinionar. ‘Black Mirror’ se compone de episodios autoconclusivos e independientes entre sí, que juegan con un mundo no muy diferente al nuestro llevado al terreno de lo hostil.
Desde la crueldad masiva en una situación política de zoofilia gubernamental a los atentos ojos de los ciudadanos que, en circunstancias reales, disfrutarían imaginando una situación parecida (‘El himno nacional’) a la sustitución de un sistema operativo personalizado que reproduzca, a modo de facsímil, a un ser querido cuando éste fallece (‘Ahora mismo vuelvo’), pasando por el oscurantismo al que llevaría una memoria exacta exportada a otros medios ajenos a los propios del ser humano que reporta peligrosas ventajas como la vigilancia y el despertar de la falsa tradición a los sentimientos (‘Tu historia completa’ y ‘White Christmas’) o una democracia frontal instaurada en el “me gusta” como degeneración de un posible sistema de comicios (‘El momento Waldo’) hasta llegar a la cruda visión y pesimista de los ‘realities’ que generan con la misma rapidez falsos ídolos y víctimas de un hedonismo universal donde la ley y los dictámenes vienen impuestos como consecuencias de los audímetros (‘15 millones de méritos’ y ‘Oso blanco’). Es la esencia de una serie reconocible en unas propuestas que definen la visualización de una ficción venidera no muy alejada de estas historias.
‘Black Mirror’ previene con su espíritu crítico acerca de unos valores que pierden su autenticidad con vidas volcadas en aparatos de última generación, capaces de regir las decisiones, la rutina y, en definitiva, la existencia en sí misma. Todos nosotros nos reflejamos como caterva invisible tan dócil como conformista ante las novedades tecnológicas que han impuesto un modo de vida abrazado como un futuro que no es más un placebo, un ese espejo negro al que se refiere el título, que proyecta la sombra de una desvirtualización de la realidad de una sociedad reconstruida bajo el absolutismo tecnológico, deshumanizando la esencia de la libertad y haciendo de los adelantos un régimen opresivo del mundo e incomunicación.
Y es que lo que propone la serie no está tan lejos de un mensaje hipotético, si no que acerca su admonición hacia la hiperrealidad en el que la nueva memoria individualizada está inmersa, en una red mucho más basta que la simple intimidad de cada persona. La serie británica es un dinámico producto, atrevido y provocador, capaz de inquietar e incomodar por medio de la reflexión que provoca, despojada de mensajes maniqueos o subtextos intencionales o demagógicos, sobre el devenir disociado de nuestro tiempo a medio plazo que refleja lo que muy bien podrían ser sus efectos secundarios.

viernes, 29 de mayo de 2015

Final de Copa 2015: la hora de la reconquista

De nuevo estamos en otra final imposible. Por cuarta vez en seis años. El Athletic vuelve a estar en la final de la Copa del Rey tan sólo tres años después de disputar este partido a vida o muerte de la competición que mejor representa al colectivo vasco. Un torneo que, históricamente, pertenece al club del Botxo. La que más ilusión hace en Bilbao. Estos últimos días se apela a aquel 5 de mayo de mayo de 1984, en otra final para la Historia contra el F.C. Barcelona. Aquel día se disputó en el Santiago Bernabéu, cuando el fútbol era equitativo y se medía por los méritos deportivos y no económicos. Cuando las distancias entre clubes ricos y los humildes no eran tan descomunales y diferenciadoras como las que existen hoy en día. El mismo rival y un panorama similar. Por aquel entonces, el Barça de Menotti tenía en sus filas a Diego Armando Maradona como la gran estrella del fútbol mundial. Junto a él, los Schuster, Carrasco, Julio Alberto, Alexanco o Migueli… partían como los grandes favoritos.
Pero la épica le reservaba una sorpresa al Athletic. El gol en el minuto 13 de Endika Guarrotxena sirvió para que los de Javier Clemente levantaran aquel recordado título, salpicado por la tangana final que no pudo empañar aquel día de fiesta, Gabarra y celebración que hoy en día en Bilbao sigue recordándose como uno de las gestas más especiales de cuantas se recuerdan. Zubizarreta, Urkiaga, Núñez, Liceranzu, De Andrés, Goikoechea, Dani, Patxi Salinas, Urtubi, Endika y Argote (a los que hay que añadir a Manu Sarabia y Txetxu Gallego) son nombres que cualquier aficionado vizcaíno recuerda en la actualidad. Hoy el universo del fútbol ha cambiado radicalmente, por lo que refrendar aquella legendaria hazaña se presume aún más compleja. No importa, porque el Athletic pertenece a otra prosapia incomparable, que hace prevalecer la inocencia inconsciente y el sentir de una afición de millones de seguidores que exhibirán bufandas y camisetas tanto en el Camp Nou como en la distancia, que rugirán como si fuera un solo grito, empujando al equipo de Ernesto Valverde hacia el sueño común, traspasando lo meramente deportivo y convertir el acontecimiento en un acto social unificador, como cada partido que juegan los leones.
Hacer realidad un imposible
Si hace 26 años el astro incontestable era Maradona, éste lo es su compatriota y considerado mejor jugador del mundo, Lionel Messi. Como aquél, despliega el respeto y es capaz él solo de levantar cualquier partido con su indiscutible valía. Además, hay que unir el talento de Neymar Jr. (no confundir con su padre), de Suárez, de Iniesta y de tantos otros que han hecho de este Barça un ogro irrebatible. Este equipo aspira, bajo la batuta de Luis Enrique (aunque bien podría ser cualquiera visto el plantel de jugadores del que dispone), que representa el gigantesco equipo globalizado que aspira a redondear otra de esas temporadas al alcance de los grandes imperios futbolísticos. Nada menos que el triplete formado por Liga, Copa y Champions. Parece que es un hecho resuelto antes de jugar. Máxime cuando ya lo consiguieron en 2009. La lógica, el favoritismo y las casas de apuestas dictan que el todopoderoso club de estrellas catalán se llevará este partido y el título se quedará en la ciudad condal.
Nadie va a cuestionar las indiscutibles carencias técnicas del club bilbaíno con respecto ante tan fiero rival, pero en el Athletic saben que las fortalezas más infranqueables también pueden ser destruidas. Si hay un equipo que sabe aferrarse a la teoría de que los milagros en el fútbol son posibles, negando el raciocinio de lo que tendría que suceder en el terreno de juego, ése es el Athletic. Y por si fuera poco, en el Camp Nou, en casa del enemigo. Hay que encomendarse a la Copa del Rey de 1958, la de los “once aldeanos”, en la que se obtuvo el título en Chamartín frente al Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas.
Existen más equidistancias entre ambos clubes. Para el Athletic es algo más que una final. Vuelve a ser la necesidad de reencontrarse con su Historia, de alcanzar el unánime anhelo de un título que parece resistirse. Para el F.C. Barcelona y sus aficionados es un simple trámite, un sencillo paso para conseguir la Champions League, que es lo que realmente les motiva. Esta competición es una menudencia que no despierta su ambición, porque se han acostumbrado a ganar tantos títulos que este trofeo ha dejado de tener un sentido que vaya más allá del hecho de acumular victorias y títulos. El Athletic tiene que garantizar mañana ese hermoso dicho que reza “No ser del Athletic es una oportunidad perdida”. Deberán jugar con el mismo orgullo de siempre, con la raza del león hambriento de un título esquivo y recompensar con su esfuerzo la idolatría de una afición volcada en la esperanza de esta Copa.
No hay límites ni metas inalcanzables, porque somos uno sólo, afición y equipo, que condensa un arraigo encauzado a vivir los encuentros más con el corazón que con la cabeza, ofreciendo una imagen utópica del mundo deportivo a punto de extinguirse. Es la hora de demostrar el instinto de unión, dejando la garganta en cada jugada y transmitiendo la energía de una parroquia que contribuye a la creencia ferviente de un equipo fiel a las raíces que nos representa, que inculca unos valores éticos y deportivos extraordinarios. El Athletic esconde tras su conocida filosofía descrita por prestigioso periódico deportivo francés L’Equipe como “un caso único en la historia del fútbol mundial”, a un pueblo entero y a incondicionales adeptos repartidos por todos los rincones del mundo. Todos ellos sueñan con escribir una memorable página en la Historia de la Copa. Y lo hacemos de forma ilógica e irracional, sabiendo lo imposible del duelo.
Una deuda pendiente
Las nuevas generaciones athleticzales se merecen vivir la emoción de la victoria y la gloria del equipo a orillas de la Nervion, viendo surcar la ría a la Gabarra y jalear cánticos triunfales hasta el Puente de Deusto, donde el colectivo rojiblanco desempolvaría los viejos recuerdos y reverdecería los sueños de la agitación común. Ha llegado el momento de concretar esa ilusión que nos invade desde hace días, de hacer realidad los deseos de unos seguidores cuyas vidas se detendrán durante noventa minutos para dedicarle toda su pasión a que su equipo consiga una victoria histórica. Después de las decepciones de Mestalla, Bucarest o el Calderón, el fútbol tiene una deuda pendiente con el Athletic. Nos debe una. Esta copa tiene que ser la de todos; la de los que nos han dejado y no podrán ver esta final, la de los jugadores que disputaron finales y no la ganaron, la de la memoria de los que sí, la de los que empiezan a ilusionarse desde niños con este equipo, la de los descreídos, la de los seguidores más fanáticos, la de los que llevan dentro ese escudo y que saben que, más allá del resultado, ese sentido de pertenencia permanecerá inalterable, porque el Athletic es algo más que un club.
Pase lo que pase, se ha subido otro peldaño en el testimonio de lealtad ‘zurigorri’ concebida, como la afición por estos colores, bajo el prisma del entusiasmo irrenunciable como vendrá siendo en sucesivas generaciones. Por eso, más allá del resultado, el Athletic seguirá manteniendo su identidad. Y por muchos fracasos que se den, jamás podrán deteriorar la autoestima de San Mamés, ni la de los jugadores ni la de los aficionados, comprometidos con la tradición y con puente de San Antón, el árbol de Gernika y los dos leones que resplandecen en nuestro escudo.
Mañana, los leones tienen que rugir como nunca y preservar la esperanza del milagro, sabiendo que el fútbol sólo es una excusa. No se trata del deporte, ni de un balón, ni de los goles… se trata sentimiento de alianza, como se dice de “una prolongación de nuestra vida”. Matt Le Tissier, ex futbolista inglés con un ejemplar sentido de pertenencia a un club (permaneció toda su carrera en el Southampton - 1986-2002-), pronunció una frase que debe ser el reflejo de la ambición de la final de mañana: “Jugar en los grandes clubes es un bonito desafío, pero es más difícil y bonito jugar contra ellos y ganarles”. Ha llegado el momento de la reconquista y de escuchar en nuestros corazones, bajo el influjo y la voz del inolvidable "Hoss" Iragorri, cómo nuestro Athletic soñó otra vez con ser el David que ganaba al Goliat con algún “bakalao” memorable que trasmitir mediante la tradición oral a nuestros hijos. Por mi parte, lo veré con mi pequeño cachorro, vestidos para la ocasión y disfrutando del momento. Él nació el pasado 5 de mayo, curiosamente, el día que Endika marcó el gol del último título del Athletic. Quiero creer que es una señal. En cualquier caso, siempre recordaré la final de mañana. Independientemente del resultado.
Denok batera... Koparen bila!!

jueves, 28 de mayo de 2015

Review 'Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Road Fury)', de George Miller

El infierno sobre ruedas
Después de un paréntesis de más de tres décadas, regresa el futuro post-apocalíptico de gasolina y sangre en un filme que se asienta sobre los cimientos reconocibles de la saga añadiendo un trasfondo feminista y épico tan espectacular y excesivo como personal en cuanto a su sello de autor.
Cuando George Miller dirigió en 1979 ‘Mad Max. Salvajes de la autopista’ lo hizo en doce semanas y con un presupuesto muy ajustado (unos 350 000 dólares) para la exigencia de un filme ambicioso y bastante arriesgado. La inspiración llegó por la película de L.Q. Jones ‘2024: Apocalipsis nuclear (Un muchacho y su perro)’, la crisis del petróleo de 1973 en la que la OPEP que decidió no exportar combustible a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra del Yom Kippur y el “Super-Car Scare” de 1972, que concedió controvertibles homologaciones de versiones de coches para carreras construidos en Australia por General Motors-Holden, Ford Australia y Chrysler. Todo estos acontecimientos sirvió de base para crear una película con aspiraciones de cinta de culto pero que pasaría a ser un éxito internacional sin precedentes.
Su historia de venganza sin ningún discurso de conciencia moral, su agresiva influencia 'punk' y ese fondo de cetrería humana con trasfondo de supervivencia en busca de sangre y gasolina fueron el detonante para que el trabajo de Miller traspasara fronteras y generara una saga inmortal. ‘Mad Max’ pasó a elevar a icono a ese policía llamado Max Rockatansky que, habiendo perdido la fe la sociedad, es incapaz de impedir que el mundo se derrumbe en espiral hacia la destrucción. Con la muerte de su familia y una hecatombe cuyo origen no se esclarecería en sus dos secuelas, la franquicia ha pervivido en la memoria hasta este 2015, año en el que se abre un nuevo paréntesis, pasadas más de tres décadas.
‘Mad Max: Furia en la carretera’ no es la continuación lógica de sus antecesoras, sino que recoge ese páramo distópico gobernado por deshumanizados seres con tendencias sádicas en un territorio sin ley. El contexto de esta nueva superproducción se sigue fijando en ciudad descentralizada y autárquica en medio de la nada, poblada por bandas de crueles merodeadores. La catástrofe global es vagamente sugerida por unas pinceladas y unas pocas imágenes de devastación. Una poderosa voz en Off emprende la aventura con un personaje reconocible, Max, el mismo hombre con distinto rostro (Tom Hardy por Mel Gibson). “Mi nombre es Max, mi mundo es fuego y sangre” son sus primeras palabras. Mientras, vemos es el V8 Interceptor, el reconocible y anacrónico coche de sus predecesoras y la infructuosa huida del protagonista ante los “Chicos de la Guerra”. El (anti)héroe, que continúa siendo un nómada que vive para sí mismo con la única doctrina de la supervivencia, se ve inmerso una Ciudadela construida en un valle de piedra gobernada por Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne), un villano con total control sobre el combustible, el agua y leche materna para contrarrestar los efectos de las radiaciones que tiene sometida a la población y esclavizado a todo un ejército.
“Yo vivo, muero y vivo de nuevo” manifiesta ante la famélica multitud que le idolatra y espera algo de agua para subsistir. La acción arranca cuando Imperator Furiosa (Charlize Theron) traiciona a este dueño y señor del destino de sus súbditos al escapar con su harén de cinco esposas (Zoë Kravitz, Rosie Huntington-Whiteley, Riley Keough, Abbey Lee y Courtney Eaton), todas ellas hermosas concubinas dotadas y fértiles para prolongar su legado con un heredero perfecto. En su huida, Max, junto a Nux, un chico de la guerra sublevado (Nicholas Hoult), ayudarán a liberar a esta caravana de mujeres en dirección a la Tierra Verde, un antiguo páramo con esperanza de vida. Sin embargo, el tirano señor de la guerra emprenderá una implacable persecución para recuperar su propiedad con la ayuda de algunos de los más temibles opresores que acompañarán al malvado Immortan Joe en su caza sobre ruedas.
El espíritu del ‘Ozploitation’
George Miller rehabilita el espectro contextual de ese apocalipsis abstracto dentro de un futuro árido de páramos desérticos y dunas sinuosas, orquestando un mundo inhumano con personajes llevados por los instintos más primarios de supervivencia, asemejándolo a un cuadro de El Bosco, con estética acre de desazón anticipatoria. Miller regresa al género de acción con gran inspiración a la hora de poner en imágenes un frenesí que supura acción sin límite, mostrada casi a la velocidad a la que circula la aniquilación moral y espiritual que vertebra la tetralogía. Si hay algo que galvaniza la sustancia de la saga y que alcanza aquí su cota más apoteósica, es el ritmo infernal que propone la cinta. Sin levantar el pie del acelerador, la cadencia parece estar poseída por un denuedo de poder visceral tan sugestivo como agresivo, plagando sus secuencias de acción con acrobacias de cámara a alta velocidad, como una iracunda montaña rusa que incluso en los escasos instantes de calma dramática se percibe una percepción de inminencia con nuevos impactos de intimidación motorizada.
Es evidente que no hay mucho espacio para el diálogo, ya que la palabra se establece a través de la acción sin freno. Miller y sus co-escritores, el autor de cómics Brendan McCarthy y Nico Lathouris, prefieren delimitar el contexto y los personajes a una rápida descripción, sin necesidad que interiorizar ningún tipo de motivaciones e itinerarios sujetos a dictámenes argumentales. Estamos ante una larga persecución de un camión a golpe de rugido de motor que busca un objetivo y una horda de perseguidores sin rostro. Lo que importa de verdad es el ‘tour de force’ de solidez cinética en el que no falta la demostración de acrobacias coreográficas, la velocidad y los encontronazos.
‘Mad Max: Furia en la carretera’ es una película que no elucida sobre preguntas relacionadas con los personajes pretéritos que asolan la conciencia de Max, ni el significado etéreo del Valhalla, ni porqué Furiosa perdió su brazo izquierdo, ni por qué la Tierra Verde ahora está poblada por figuras grises que caminan con zancos sobre el lodo y pervive en la oscuridad plagada de cuervos. El guión no acude a la justificación para describir esa titánica cacería humana ante el chirriante rugido de motores, si no que escudriña sutilmente ese espíritu del ‘Ozploitation’ que articulara un poco conocido género australiano de finales de los 70 y principios de los 80. La gran baza es su aparente sencillez, porque bajo esa especie de ‘freakshow’ con un exceso de ingredientes que rozan lo surreal y lo grotesco (el guitarrista eléctrico colgado a modo de marioneta o la percusión que acompaña los ataques), se esconde un extraño halo de película de autor, tan personal como identificativa.
Y lo hace sin perder la esperada exposición de elementos identificativos de la franquicia; desde la brutalidad, la suciedad, el humor de trazo grueso de las antípodas, los ‘rust buckets’ tuneados o los ‘hot-rods’ imposibles, guerreros kamikazes, gladiadores ‘thrash metal’ y espeluznantes villanos definen una sobredosis de acción trepidante y sangrienta dentro de un imaginario resuelto con una brillantez fuera de toda duda en cuanto a su planificación, casi instintiva, que agradece un montaje que funciona como un mecanismo visual perfecto gracias al trabajo de la esposa de Miller, Margaret Sixel. A ello hay que sumar la luminosa tonalidad visual que John Seale propone con la violenta belleza de sus planos, aprovechando la luz natural de desierto de Namibia, con sus tonos anaranjados y ocres que se confrontan con varias secuencias de “noche americana”, así como la enfurecida música de Tom Holkenborg (o Junkie XL)  y la autenticidad de todo lo que desfila en pantalla, en la que Miller ha restringido el CGI apoyándose en vehículos y escenarios reales, lo que le confiere a la cinta un horizonte de poética esterilidad.
El factor femenino contra el nihilismo futurista
Esa aparente sencillez encubre, sin embargo, un planteamiento ideológico en forma de discurso crítico con los totalitarismos reales disfrazados de democracias que subsisten más que nunca en nuestra actualidad . En la Ciudadela de Immortan Joe las vidas de las personas son comparables a un simple sedante biocombustible o como mero ganado. Este autoimpuesto profeta de autoridad divinizada gobierna a un reducto de trastornados prosélitos que guardan cierto parecido a fanáticos grupúsculos religiosos que anhelan ser recompensados en otro mundo y que no es difícil equiparar a algún otro fundamentalismo religioso que está apegado a nuestra realidad. En un mundo sin esperanza, donde se refuta toda forma de libertad, el legado de desafuero totalitario requiere de nuevas vidas perfectas cultivadas en el odio y el patriarcado con un único objetivo: el continuismo del bienestar del sector tiránico a costa de personas oprimidas en beneficio de sólo unos cuantos privilegiados.
El poder de los patronos rige el destino de las vidas sin futuro de esta distopía que mantiene el fondo nihilista de locura tribal que envuelve toda la saga. Salvo por una excepción radical en cuanto al signo hormonal de ésta. Y es que ‘Mad Max: Furia en la carretera’ revaloriza el papel de la mujer como factor preponderante de este nuevo mundo futuro, con una proclama feminista que responde a una actitud de cambio, puesto que son ellas las que tratan de establecer las bases de una humanidad perdida en contraposición de la barbarie inhumana masculina. Tanto Imperator Furiosa como el resto de las jóvenes representan esa fuerza civilizadora, preocupadas por la fecundidad no sólo en un ámbito humano, sino natural, como signo de vida frente a la muerte. Si en sus precedentes, se revelaba un mundo posnuclear hecho trizas regido por un fiero machismo, en esta ocasión Max deja a un lado su pesimista filosofía de vida (“la esperanza es un error” confiesa en un instante del filme) para variar en su discurso con la certeza de que ese grupo de mujeres pueden abanderar una revolución hacia una expectativa de subsistencia optimista, sin dejar que la renuncia acabe con sus vidas en una huida hacia la nada. Por eso, Furiosa esquematiza ese valor de cambio en Max, que entiende que salvando su vida y la de las demás también tendrá su cuota de exoneración.
Ese esperanzador ‘happy end’ conlleva un mensaje instaurado en la idealización de la utopía, donde se constata un cambio insurrecto sólo cuando se muestra el cuerpo del líder inerte y abatido, desposeído de la iconografía mística y feroz que enmascara a un hombre enfermo, que supura enfermedad y lleva un respirador artificial para mantenerse con vida. El resquicio de esperanza para la especie humana se traduce en la construcción de un modelo de equilibrio social igualitario. Lo femenino generador de vida contra lo masculino devastador. Los roles de Hardy y Theron son almas gemelas que responden a un corte conceptual similar dentro de su designio como personajes, que no es otro que la búsqueda de la redención, asumiendo que la huida no es más que un subterfugio para soslayar la necesidad de heroicidad y enfrentamiento a sus fantasmas. Y, con ello, afrontan la lucha ante Immortan Joe y sus secuaces. Salvo por una pequeña diferencia; Max no es más que el brazo que le falta a Imperator Furiosa. Ella es la auténtica protagonista y los ojos del espectador respecto a la historia.
Un ‘blockbuster’ diferente
Llegados a este punto, es inevitable pensar qué hubiera sido de este ‘power up’ (que no ‘reboot’) con un Mel Gibson en el personaje que le dio la fama, ese Rockatansky arcaico y ceñudo, transformado en un personaje legendario inmerso en una última hazaña de este calibre. Habría sido un retorno al primer nivel de uno de los actores imprescindibles para entender el cine contemporáneo. Una lástima que Miller y Gibson no hayan satisfecho el deseo de los nostálgicos, pero Miller sabe que con la nostalgia como enemigo, ‘Mad Max: Furia en la carretera’ no hubiera sido posible. De aquello queda esa pequeña pieza de caja de música que aparecía en ‘Mad Max 2: El guerrero de la carretera’, como otra de las muchísimas e imperceptibles referencias que van apareciendo silenciosas en pantalla. Tom Hardy no desmerece en absoluto el carisma agreste de ese conductor silencioso y Charlize Theron compone con certeza uno de sus mejores y más complejos roles.
Lo que nos queda es una película desafiante, furibunda, a veces delirante… una experiencia cinematográfica que atribuye un golpe de desfibrilador al cine comercial actual. Dos horas de persecuciones espectaculares y caóticas a través de esa estepa sin esperanza que Miller ha logrado familiarizar con el espectador y alejarse de ella para entregar una nueva aventura a aquel que acuda ajeno a sus antepasados. Como un homenaje deformado de ‘La diligencia’, de John Ford o de ‘Raíces profundas’, de George Stevens, la nueva y alucinógena entrega de Miller es un ‘western’ futurista que renuncia con reciedumbre a admitir los métodos y los códigos propios del género. Con una pulsión operística cimentada en la energía y adrenalina, esta cuarta parte de ‘Mad Max' es una orgía destructiva de un caos de poderosa sugestión, una espectacular experiencia visual de alto octanaje con el genuino sabor de un cine perdido. Tras una larga espera de treinta años, el regusto por los viejos clásicos con aroma de modernidad ha conseguido ir mucho más allá del mero ‘blockbuster’ de acción pre-veraniego. Veremos si este continuismo perpetúa e incrementa la leyenda o afecta negativamente a la saga, como vienen sucediendo con otras muchas franquicias recuperadas del pasado.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2015