martes, 16 de septiembre de 2014

Los vehículos de Wes Anderson

No es la primera vez que determinados aspectos del cine de Wes Anderson son objeto de detenidos estudios visuales sobre la experiencia estética de su forma de narrar historias o de la exuberante precisión de sus composiciones. Como un enemigo del horror vacui, Anderson ejerce de barroco creador de tapices saturados de concienzuda escrupulosidad que deviene, sin embargo en la cristalización de sus fantasías de un modo profundo e incluso inconsciente y que devuelve al espectador uno de los estilos personales más interesantes de Hollywood.
Esa transgresión de la canalización simbólica del arte de rodar encuentra multitud de ejemplos, como ya hemos visto en el este blog. Y entre ellos, destaca la querencia del punto de vista en primera persona a la hora de filmar el desplazamiento en vehículos. Jaume R. Lloret ha confeccionado un montaje en el que podemos apreciar, siempre sin perder esa constante simetría tendente a la retórica del vacío, los distintos medios de locomoción utilizados por Anderson en su filmografía.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Mundobasket España 2014 (y II): USA recupera el cetro en un mundial para el olvido

En este Mundobsaket disputado en España se había especulado (y dado casi por hecho) con dos coyunturas que, a priori, iban a marcar este campeonato; la primera era que España, tras unos amistosos y una primera fase con pleno en victorias se había dispuesto como el equipo a batir, como el gran favorito. Jugaban en casa y habían alcanzado triunfos cómodos con abultados marcadores pese a percibir algunas carencias en ciertas parcelas del juego. No importaba, porque la euforia colectiva y del seleccionador Juan Antonio Orenga eran máximas. Segundo, la selección denominada como Team USA de Coach K. (o lo que es lo mismo Mike Krzyzewski), llegaba sin estrellas de primer orden, algo que hizo advertir al colectivo de la NBA como un equipo ‘B’ muy diferente al de los Juegos Olímpicos de Londres de hace dos años. Kevin Durant había abandonado a sus compañeros por motivos comerciales, más bien digamos que de estado físico, que es lo oficial o que Paul George dejase una de las lesiones más escalofriantes de los últimos años.
La plantilla, con estos términos, parecía menos potente que su precedente. Pues bien, España se fue a las primeras de cambio ante Francia en un partido bochornoso que tardará mucho tiempo en olvidarse y los USA han demostrado un grado de implicación colectiva y de esfuerzo muy por encima de lo que se había vislumbrado. Y con un equipo delineado únicamente para un hipotético encuentro final contra España, no lo olvidemos. No tenían a K.D., Westbrook, Kobe Bryant, LeBron James, Dwyane Wade, Blake Griffin o Carmelo Anthony. Tampoco se les ha echado de menos. Tanto es así, que el equipo yanqui ha desplegado un ejemplar progreso de mejora con una elevación de su rendimiento productivo tanto en el juego exterior como en el interior, dejando claro que si había un equipo con la etiqueta de favoritos eran ellos. Y así lo han manifestado. Y con una rotundidad inmutable.
Tras el batacazo monumental de ese catatónico equipo nacional que ha decepcionado a propios y extraños, el Mundobasket había tomado como alternativa de pugna antiamericana a una Serbia que se ganó el puesto de rival a batir consolidando su juego a través de un sistema de juego directo asentado en la rapidez y en jugadores clave como Teodosic, Nenad Krstic, Bjelica, Raduljica o Bogdanovic. Los balcánicos eran la opción de atacar el cetro de los americanos. De hecho, Djordjevic había insistido unas horas antes de la final que “los milagros eran posibles”. El resultado ha justificado que la realidad acaba imponiéndose siempre a la ilusión de una forma bastante cruel. Estados Unidos 129 - Serbia 92. Así de lapidario. USA, acostumbrada a imponer un ritmo de juego más asfixiante a partir del tercer cuarto, ejerció su hegemonía cuando el técnico norteamericano pidió un tiempo muerto a los cinco minutos, cuando los serbios habían empezado sorprendiendo con un 7-15. Parecía que habría una final para enmarcar.
Ese tiempo muerto supuso el final de la utopía. En pocos minutos, la final ya tenía dueño. 15-0 de parcial y festival anotador de Irving, que empezó a enchufarlas desde todo el parquet. Harden no quería ser menos y se apuntó a la fiesta de los triples. Klay Thompson también. Las circulaciones de Serbia eran aplacadas con la efectividad de los americanos dirigidos por Faried y Cousins como dueños y señores de la zona. Y ahí se acabó todo. USA pasó por encima de Serbia como una apisonadora. Sólo Kalinic hizo por despegar lo infranqueable. Y así… terminó el partido. Se acabó el Mundobasket y los Estados Unidos devolvieron a este deporte a la potestad y supremacía de hace tres décadas, cuando cualquier equipo americano era prácticamente inexpugnable. Así se mostró el equipo de Krzyzewski, sin dar opciones, sabedor de su superioridad y ganando otro oro que recupera la soberanía de las barras y estrellas al deporte de la canasta. Ayer nadie echó de menos a Durant. Su estrella era un Kyrie Irving que se alzó con el MVP del campeonato y que dejó para la galería esos 26 puntos y 6/6 en triples en la final. En cualquier caso, cuando un equipo de la NBA gana un anillo, ellos mismos lo denominan ‘World Championship’ y ahora han recuperado la primacía de este otro campeonato del mundo que hasta hace bien poco consideraban secundarios.
Lo mejor de estas dos semanas ha sido que los aficionados al baloncesto hemos disfrutado baloncesto de alta competición, a pesar de la inicial incompetencia de Mediaset y su desprecio por la retransmisión de muchos de sus partidos. En cuanto a jugadores, el estadounidense Kenneth Faried ha encontrado su escaparte para emerger como una superestrella de la mejor liga del mundo. Por el contrario, este Mundobasket nos ha dejado la descafeinada sensación de apatía y de insuficiencia en cuanto a grandeza muy por debajo de lo esperado. No sólo por esa triste despedida de la Generación ÑBA, sino porque los grandes equipos no han estado tampoco a la altura a excepción de Serbia o Francia. Brasil apuntaba a medalla, pero ni Varejao, ni Nene Hilario ni Splitter pudieron acrecentar las buenas sensaciones que apuntalaron con su apabullante victoria ante una Argentina en decadencia. Grecia completó una sensacional primera fase, pero no encontró continuidad y terminó cayendo contra Serbia después de llegar invicta a la segunda ronda. La falta de gente como Diamantidis, Sofo o Spanoulis fue concluyente en ése aspecto. Los croatas también pasaron desapercibidos y Angola abandonó su carisma y esperanza de buen baloncesto para caer en primera ronda y hacer mejor equipo africano a Senegal. Y una última duda… ¿Qué ha pasado con Derrick Rose? Dentro del conjunto yanqui todos han tenido una actuación más o menos destacada, pero el base estrella de los Bulls ha abierto una tremenda incógnita sobre su futuro y posible rendimiento de cara a la próxima temporada.
Todo esto ha sido decepcionante, pero sin duda alguna lo peor de este mundial ha sido la retransmisión torpe y muy controvertida de un Siro López oxidado y trasnochado por sus apariciones ridículas en los late nights deportivos de verduleras que rebautizaba nombres de jugadores como hablaba de fútbol y de madridismo sin venir a cuento, no se enteraba de los resultados, llenando sus retransmisiones de gazapos y absurdos varios sólo compensados por la profesionalidad y la cercanía de un tótem como es el imprescindible Antoni Daimiel. Se ha echado la magia del basket, se ha echado de menos a Andrés Montes, se han echado de menos tantas cosas… que este Mundobasket de España es, tristemente, un mundial para el olvido. Por estas y otras muchas razones.

'3665' se lleva dos premios en la XVII edición del Certamen Nacional de Cortometrajes “Ciudad de Astorga”

Siempre es gratificante recoger un premio por el trabajo colectivo que representa haber rodado un cortometraje en el que tanta gente ha participado de forma desinteresada. Pero es doble satisfacción cuando también reconocen tu aportación individual dentro del proyecto. Es lo que ha sucedido este pasado fin de semana, cuando ‘3665’ ha sido galardonado con los galardones al mejor realizador y mejor cortometraje de Castilla y León en la XVII edición del Certamen Nacional de Cortometrajes “Ciudad de Astorga” 2014. Todo un logro que se ha unido al hecho siempre enriquecedor de reencontrarte y conocer gente del medio y compartir un par de días con profesionales del sector y cortometrajistas en un ambiente de cordialidad en el que cabe destacar la dedicación del presidente del evento Luis Miguel Alonso Guadalupe, al que agradezco desde aquí el trato recibido.
El certamen, que se ha celebrado del 4 de septiembre hasta el 14 del mismo contó con la presencia en la Gala de Clausura con la entrega de los premios de honor con dos pesos de altura del cines español; el gran cineasta vasco Pedro Olea, director de títulos imprescindibles en la cinematografía española – ‘El bosque del lobo’, ‘Tormento’, ‘Pim, pam, pum... ¡Fuego!’, ‘Un hombre llamado flor de otoño’, ‘Akelarre’ o ‘Morirás en Chafarinas’ y el conocido actor Carmelo Gómez y ganador de dos Premios Goya (‘Días Contados’, ‘Tierra’, ‘Secretos del corazón’, ‘El portero’ o ‘El método). Además ha contado con un curso de interpretación y teatro impartido por Assumpta Serna y Scott Cleverdon y con la exhibición de un Ciclo de Cine Brasileño compuesto por una muestra de veintitrés de los mejores cortometrajes del país carioca.
La noche del sábado en el teatro diocesano se celebró una particular gala que simulaba un divertido y enloquecido vuelo en una imaginaria línea llamada ‘Astorjet’, de la mano de Alberto Díaz e Inés Diago, que ofrecieron momentos cómicos que promovieron el ambiente festivo de una platea volcada con el festival. Subí dos veces en representación de todo el equipo y los productores de ‘3665’, pero hubo más premiados; el gran primer premio del jurado recayó en el gran ganador de la noche ‘Ficción’, de Miguel Ángel Cárcano, que también se llevó el premio al mejor guión y al mejor actor para Font García por su estupenda interpretación en este cortometraje. Natalia Mateo fue nombrada como mejor actriz por el cortometraje ‘Sin Respuesta’, de Miguel Parra, que también obtuvo el Segundo Premio del Jurado y Julián Merino se alzó con el premio a la mejor ópera prima con el corto ‘Absolutely personal’. Javier Marco, también hizo doblete, al designarse como mejor comedia y primer premio especial del público por ‘Casitas’. Finalmente, ‘La Gallina’ obtuvo el de fotografía y ‘Onemoretime’, de José González, Tonet Calabuig y Elisa Martínez, el de mejor cortometraje de animación.
‘3665’ pone así un broche de oro a su carrera de selecciones dentro de los festivales más importantes nacionales e internacionales como la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI), Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao (ZINEBI), Aguilar de Campo, Medina del Campo, SGAE en corto de Madrid y en Sudáfrica, Chile, Colombia, Roma, Londres o Estados Unidos entre otros tantos. Seguimos nuestro camino con la complacencia de haber sido laureados en un festival importante. No podíamos empezar mejor la semana.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Diez años de textos abismales (IV): Máscaras. Los rostros camuflados del cine (22/06/2005)

Ocultos tras el antifaz
“Es la mirada que no mira y mira” aseguraba Octavio Paz haciendo alusión a las máscaras. La máscara como símbolo cultural, la ocultación de la identidad mediante otra representación del otro ‘yo’ de la misma persona, ha sido usada desde los tiempos más remotos. La máscara permite asumir otra fisonomía, una diferente de la propia, la máscara oculta y devela al mismo tiempo, encadenando pasado y presente, como extraños eslabones dentro de la composición de las culturas y sus mitos.
El antifaz es un eufemismo ambiguo de la dualidad humana que se enlaza con aquellos ritos que permiten ocultar incógnitas personales, atemorizar, impartir justicia, enmascarar venganzas y, metafóricamente, como fondo común, el hecho de manipular mediante la apariencia, que es la máscara más habitual vista en la actualidad: la de los insidiosos políticos que se reparten el poder a lo largo y ancho del planeta. La máscara disfraza la identidad de quien la usa, un fascinante objeto que, ensamblado con el rostro, se adhiere hipnóticamente a los deseos escapistas con cierto halo artístico, el del encantamiento que provoca una libertad impune a las utopías e ilusiones hipodérmicas. Un valor de metamorfosis temporal que a veces es ineludible debido a malformaciones faciales.
Recientemente hemos podido asistir en ‘Star Wars. Episodio III’ a la transformación de un joven ambicioso llamado Anakin Skywalker, convertido en el tenebroso Darth Vader, uno de los iconos cinematográficos más importantes de la Historia del Cine. Como el Mago de Oz, como Orson Welles tras su impostura de voz para amedrentar al mundo con ‘La Guerra de los Mundos’, el primer paso para llegar a lograr una desbordada respetabilidad y el miedo de los semejantes es utilizar un efecto de ópera proveído de críptico esoterismo a medio camino entre un Pantocrátor y el rostro de un ídolo multicultural. El gran villano creado por George Lucas, inmortalizado en señorial efigie, metálica y umbría, escondía tras su maldad imperial un padre de familia deseoso de eximirse de sus pecados. Y es que detrás de toda máscara hay una vida, un ser humano que merece la pena ser descubierto.
Es uno de los numerosos ejemplos que habitan en los fastos cinematográficos en una galería imposible de referir y que evoluciona a través del cine según la cultura, la época, el pueblo, la espiritualidad, el significado y procedencia de su utilización. Cierto es que en el caso de Vader la máscara (un casco oscuro) le escuda de sus terribles heridas, como también la utilizaron por el mismo motivo personajes como Eric en ‘El fantasma de la ópera’, Christiane Genssier en ‘Ojos sin rostro’, el lacónico ‘Darkman’ o recientemente Edward Norton dando vida al Rey Balduíno IV en ‘El Reino de los Cielos’.
Todos ellos víctimas de un vaporoso aislamiento tras una careta que esconde la monstruosidad devenida en desfiguración de sus rostros. Sin embargo, también existe ese gambox terrorífico para esconder los más bajos instintos que suelen incorporar los temibles asesinos de identidad oculta, que utilizan su anonimato para perpetrar los crímenes más sanguinolentos y macabros. ‘Psycho-killers’, en definitiva, como Michael Myers, Jason Vorhees, Leatherface o el más reciente Ghostface, iracundas bestias humanas protegidas por una máscara que les ha otorgado una condición sobrehumana, de atroces monstruos sin entrañas.
En contraposición a esta apariencia prestidigitadora para sembrar el mal con los crímenes como sangriento pasatiempo, existe la fórmula antitética de la máscara, la del superhéroe, tan popularizada en el cine actual debido a la inagotable fuente de las adaptaciones cinematográficas de cómics. Desde el Batman que triunfa ahora mismo en la cartelera (o sus predecesores) hasta Spiderman, como dos de los ejemplos definitorios y verosímiles del ‘dramatis personae’ que denotan con sus trajes o disfraces que ocultan a su vez el cambio de identidad, insoslayable y transmutada, para romper con el estado de insatisfacción interior y propugnar así una lucha contra el mal, pasando por los mitos de una cultura tan nigromántica como la mexicana, donde encontramos a los localistas Santo Enmascarado de Plata y Blue Demon, hasta llegar a ‘La sombra’, ‘La Máscara’, ‘Las tortugas ninja’, ‘Daredevil’, ‘Catwoman’ o la familia de ‘Los Increíbles’, todos han recurrido al antifaz para llevar una doble vida.
Son sólo algunos ejemplos de películas de superhéroes en las que también, por oposición, los villanos aportan con su máscara un toque de confrontación de dualidades, significados en el Joker, ‘El Duende Verde’, Jonathan ‘El Espantapájaros’ Crane o el entrañable Síndrome, perversos antagonistas que bajo su mordaz máscara esconden un perdedor con ganas de revancha social. A este grupo habría que unir al clásico de William Castle ‘Mr. Sardonicus’, interpretado por Guy Rolfe, un hierático sujeto que quedó deforme y forzado a un rictus de sonrisa permanente, sin olvidar, por supuesto, a nuestro nacional Morpho, el comparsa del malvado Dr. Orloff creado por Jess Franco para ‘Gritos en la noche’.
Pero no sólo las máscaras imperan en la insondable y maniquea pugna entre el Bien y el Mal a unos niveles de fabulación heroica y mistificada, delimitada a su vez a los superhéroes y villanos de cómic. En un contexto más tangible y terrenal se emplaza su uso a la figura del ladrón, del delincuente de ganzúa o pistola en mano y megalómano plan bajo el brazo en su perseverante tentativa de sustraer el peculio ajeno de los bancos, como Sterling Hayden dando vida a Johnny Clay en ‘Atraco perfecto’, los esbirros de De Niro en ‘Heat’, los ex presidentes de ‘Le llaman Bodhy’, esa olvidada pero fantástica película de Kathryn Bigelow e incluso los barriobajeros irlandeses de la más actual ‘Intermission’. Películas que tienen como elemento común la máscara de carnaval para cometer los robos.
La rama sicalíptica, en la vertiente más perversa y libidinosa, tampoco podía faltar en una galería de máscaras dentro del cine. Acercándonos a un concepto de contracultura sexual, podríamos decir que se ha realizado una rigurosa genealogía de elementos iconográficos y antifaces surgidos del sadomasoquismo y el esclavismo, definidos para la tortura ya sea propia o de la víctima, como elemento de placer insano. Así, todos recordamos al drugo Alex (Malcolm McDowell) de ‘La naranja mecánica’ vejando a un matrimonio bajo las notas de Beethoven o las patadas a un borracho de tripas blep-blep o plañideras bevoshkas para brutales ‘mete-saca’ y aberraciones no menos dolorosas que las aplicadas a la princesa Asa de ‘La máscara del demonio’, de Mario Bava.
No anda muy lejos ese tipo de insania enfermiza la que llevaban a cabo los inmundos racistas del Klu Klux Klan en ‘El nacimiento de una nación’, de Griffith, en su confortante afición razzia de exterminio segregacionista o el Frank Booth de ‘Terciopelo Azul’, de Lynch, el cual recurría constantemente a una mascarilla con líquido amniótico para evadirse del mundanal ruido y cavilar así sobre su malsana afición al útero materno.
Las máscaras, al fin y al cabo, no dejan de ser otro recurso que expone una variación moderna y analíticamente psicológica para plantear si la identidad humana es unitaria o múltiple en una época posmodernista donde las identidades múltiples ya no están al margen de la anormalidad. La doble cara social refleja en el cine algo indudable; que los héroes viven una ilusión, la de haber encontrado o emprendido la búsqueda de una identidad más conforme a sus deseos, una identidad que permanecía oculta o frenada por un sinfín de adeudos o límites reales y sociales y que acaban dando como fruto una extraña figura quimérica.
La máscara es el recurso que separa lo individual y lo social, simbolizado esto último por un estado, por una familia o simplemente por un antagonista. La máscara es la grafía de la dualidad ambigua que el ser humano lleva consigo.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Mundobasket España 2014: La derrota más dura y el ocaso de una generación irrepetible

La hecatombe baloncestística que se produjo en la noche ayer tardará mucho tiempo en olvidarse. La cicatriz abierta por la selección francesa se escindió aún más después de que los hombres de Vincent Collet ya arrebataran a esta generación de oro española la posibilidad de disputar el título en el pasado Eurobaket de Eslovenia el año pasado. Otra vez Francia. Otra vez surgieron los fantasmas de una selección española que contaba con la madurez suficiente y los partidos precedentes para hacer pensar que estábamos ante la mejor selección de baloncesto de la historia. Sobre el papel, así era. Sobre la pista, ya en los partidos de Irán y, sobre todo, Senegal, España había evidenciado algunas grietas en su juego que ponían sobre aviso el hecho de que todo pareciera demasiado sencillo hasta llegar a la final contra los todopoderosos NBA’s del Team USA que parecía la final soñada. Ése era el propósito de este Mundobasket jugado en casa, con la sensación de superioridad como gran aliado. Y precisamente ese contexto, y contra todo pronóstico, también ha sido un hándicap para asumir la derrota de ayer por trece puntos (65 –52) dando un esperpéntico espectáculo en el que los hombre de Orenga hicieron poco menos que el ridículo en la cancha. Dábamos por hecho que estaríamos en la final. Y esa actitud es la enemiga más cruel en la derrota.
Ayer España no fue ese colectivo unido que basa su éxito en un juego laborioso y diligente, en la calidad de sus mejores hombres y que ha acostumbrado a entregar al espectador recitales técnicos y visuales, aunque menos estratégicos. De hecho, ayer, ni siquiera se atisbó esa hambre voraz por recuperarse ante la caída, faltos de ideas e ilusión a excepción de un gran Pau Gasol que nada pudo hacer ante la debacle de sus compañeros. La circulación de balón fue inexistente, obligados a lanzar triples cuando la estadística en este campo fue catastrófica (acabó con 2/22 en este segmento), incapaces de sostener los ataques de pizarra de Francia, sin oponer resistencia mediante aclarados o bloqueos y despreciando cualquier tipo de diseño de rotaciones o alguna solución táctica que remediara el infortunio. Sólo el inicio del tercer cuarto surgió una chispa que alumbró un resquicio de esperanza, haciendo que los franceses desordenaran su juego y forzando tiros o agotando la posesión del rival. Fueron los mejores minutos de los Golden Boys.
Incluso cuando España se puso por única vez por delante en el marcador, la táctica francesa supo desequilibrar los nervios motivando una trifulca cuando Pietrus lanzó un manotazo a Llull y detuvo la reacción de los nuestros. Corría el minuto 25 y España ganaba 39-40. Pero fue un espejismo. Y se notaba en el juego. Sin un dibujo exterior dinámico y fluido tampoco hay posibilidad del éxito interior. Y ésa fue una de las claves ya anticipadas en anteriores partidos. Rudy Gobert, Boris Diaw o Joffrey Lauvergne siguieron con lo suyo, empeñados en que la pintura fuera un eje fronterizo infranqueable mientras que Diaw y Thomas Heurte lideraron la anotación que le faltó a España. A esa apatía se unió una afición sin euforia que parecía acompañar el espíritu del equipo. Sólo se encendió en los minutos previos al pitido final y cuando llegó la hora de señalar al responsable pidiendo su dimisión. Algo vergonzoso esa recriminación al entrenador en vez de aplaudir y seguir animando contra viento y marea a esta selección histórica. Al fin y al cabo, jugaban en Madrid, en la cancha del primer equipo de la ciudad.
En los días previos, Collett había estudiado con obsesivo esmero un partido que tenían muy difícil de ganar, atendiendo sobre todo a aquella semifinal de Eslovenia que solventaron en una prórroga agónica. Llegaron al Mundobasket sin Parker, Noah, De Colo, Mahinmi o Seraphin en sus filas y asumían que tendrían que hacer un partido muy completo ante España. Nosotros, sin embargo, nos preparábamos recuperando a Gasol, haciendo descansar a sus hombres más castigados por los minutos y con asuntos publicitarios y personales ajenos al baloncesto. Los de Orenga se habían acostumbrado a ganar los partidos desde la defensa con despliegue exterior para culminar con los hombres de interior. Pues bien, ayer eso lo hizo Francia, que anuló a una selección previsible y sin ideas. Los galos sabían que había que ganar a España con un proyecto trazado y una estrategia estudiada al milímetro que terminó funcionando pese a no consumar un partido en absoluto brillante. Por el flanco español, se sabía que tenían que ganar para estar en la final contra USA (porque ni se había pensado en que había semifinal), pero no sabían cómo. Y ahí estuvo la gran diferencia que marcó el choque.
La solución: Orenga debería irse por donde ha venido
Orenga ha dejado claro que no sabe gestionar un equipo de estas condiciones, su nulidad a la hora de derrochar la entereza de sus mejores hombres en partidos de preparación u otros dentro del campeonato ganando de treinta puntos evidencian las carencias como técnico de un hombre que no sabe rotar un banquillo lleno de estrellas, que no encuentra una capacidad de reacción ni desarrollar el bloque. Este equipo mostró ayer que con unos mimbres estructurales envidiables se puede cimentar un resultado horrendo, con una falta de nivel defensivo incoherente en los momentos cruciales, lo que limitó su creatividad y energía atacante. Anoche, cuando Marc fracasó de manera rotunda como jugador referente y Pau (que venía tocado, no lo olvidemos) no pudo asumir todo el peso de un equipo perdido en el desánimo, Ibaka, Felipe o Abrines miraban desde el banquillo abatidos por la impotencia. Cuando Ricky no funcionó y Rudy o Navarro parecían estar fuera del partido, Orenga optó por mantenerlos en pista y sacar a José Manuel Calderón de escolta. O seguir obstinado en lo que ha venido haciendo en este campeonato, que es despreciar el revulsivo de un hombre como Sergio Rodríguez.
Francia vapuleó a España en todas las parcelas del juego, pero en especial en la de los rebotes. 50 rebotes contra 28 de los nuestros. Sin embargo, Felipe vio el partido desde el banquillo. La ineptitud de un seleccionador sin experiencia, sin palmarés, sin visión de juego y señalado a dedo por José Luis Saéz, un acomodado mostrenco que debería haber dejado los lujos de la federación hace tiempo, debe ser apartada de los objetivos reales de la selección. Ya en el Eurobasket de Eslovenia, Orenga demostró su poca índole ante el mando del equipo; recordemos: España volcó sus inseguridades con Eslovenia, reiteró sus errores ante Grecia y sucumbió de un modo similar contra Italia, jugando una prórroga desastrosa. El colofón fue hasta perder la semifinal contra Francia. Sólo hay que echar un vistazo a aquélla crónica para comprobar cómo se las juega Orenga en un partido que ganaba de catorce y acabó perdiendo en una prórroga por la obstinación de un entrenador falto de sentido común, de lectura para saber asumir la adversidad. “No hemos preparado bien el partido”, declaró Juan Carlos Navarro nada más acabar el partido. Poco más que añadir a este respecto.
Y ahora… ¿El futuro?
El desastre de Madrid es un acontecimiento que se plasmará por derecho propio en el recuerdo colectivo como una de las gestas más aciagas de la historia del baloncesto español. Un descalabro que hace prever el fin de ciclo con un futuro bien distinto al que ha deslumbrado hasta ahora. Esta misma mañana Orenga ha manifestado su deseo de que esto no suceda. Se engaña a sí mismo, como ha venido haciendo con los jugadores y con los aficionados. La renovación tendrá que ser radical porque habrá nombres imborrables en este deporte que hayan disputado su último partido con la selección española. Una generación que será imposible de sustituir, la de Lisboa, la que ganó un Mundial de forma heroica en Saitama en el Mundial de Japón 2006, consiguió una meritoria doble plata olímpica en dos finales antológicas contra Estados Unidos (Pekín 2008 y Londres 2012), además de dos oros (2009 y 2011), dos platas (2003 y 2009) y un bronce (2013) en el máximo campeonato continental. Anoche pudo continuar el camino hacia la gloria, poniendo punto y final a ese merecido culmen y reconocimiento que, muchas veces, está por encima de las injusticas deportivas como el mazazo de ayer. A cambio, observamos atónitos el ocaso de este grupo de brillantes jugadores que ya ha escrito con letras de oro su propia leyenda.
Sin embargo, este amargo recuerdo no debe empañar las hazañas memorables de un grupo de chavales que han crecido deportivamente entregando la excelsitud inalcanzable que sugiere este apasionante deporte, proponiendo con su juego de fantasía a la afición española los mejores y más recordados logros de la historia reciente del deporte español, sea en la disciplina que sea (incluido el fútbol). Nadie puede reprocharles a estos héroes su compromiso, profesionalidad, sacrificio, generosidad, confianza y respeto que han mostrado en todo momento por la selección y su responsabilidad. Ni siquiera en este campeonato. Ni siquiera ayer. Esta selección ha enorgullecido a un deporte que lleva siendo un referente primordial de nuestros éxitos a todos los niveles. Y pese a que la España de anoche no fuera la selección que nos malacostumbró a la victoria y a la celebración, merece nuestra reverencia, nuestro aplauso y un lugar predilecto en nuestro corazón.
Por eso hay que darle las gracias a esta generación impetuosa por haber ofrecido tantas horas de juego, de júbilo, de espectáculo y furia imparable. Gracias por dejarnos vivir ese vendaval de emociones y lágrimas junto a vosotros. Puede que no haya un colectivo de amigos tan talentosos e importantes en el futuro… Es casi imposible. Pero debemos recordar, hoy más que nunca, aquélla palabra tan magnánima que gritó Pepu Hernández (un hombre que jamás debió abandonar el banquillo de la selección) bien alto y claro en aquélla explosión de júbilo de Plaza de Castilla en Madrid cuando esta selección ganó el Mundobasket de Japón en 2006. Sólo una palabra: “!Baloncesto!”. Y vosotros habéis hecho el milagro realidad.
Gracias por todo, GOLDEN BOYS.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿El regreso de Bill Murray a Saturday Night Live?

Según Splitsider.com, Bill Murray podría regresar a Saturday Night Live en alguno de los primeros programas de la temporada número 40. La última vez que ejerció de anfitrión del mítico show televisivo fue en 1999. Y claro, Internet se ha puesto a cien con la noticia.
"According to several sources -- including news posts yesterday by local NBC affiliate sites that have since been taken down -- the one and only Bill Murray will be making a glorious return to SNL to help ring in its 40th year on the air, while fellow SNL alum Sarah Silverman and TV-turned-movie star Chris Pratt will host the second and third episodes, respectively".

Las genialidades de A Large Evil Corporation

Conocido por sus trabajos en la BBC, donde se granjeó una gran reputación como realizador, Edgar Wright saltó al estrellato británico con ‘Spaced’, una surrealista sitcom que ya tenía un sus filas a un grupo de amigos entre los que figuraban Simon Pegg y Nick Frost, parte inevitable de todo el conjuro cinematográfico que se ha popularizado como la “Trilogía Cornetto”. Un concepto cristalizado a raíz de tres filmes que abordan entre sí géneros muy diferentes, pero con elementos y significaciones muy comunes. ‘Zombies party’ (Shaun of Dead)’, ‘Arma fatal (Hot Fuzz)’ y ‘Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End)’ son esos tres sabores que se relacionan a tres colores distintos, en función del helado que los roles de Frost ansíe conseguir en cada película: rojo con sabor a fresa, vinculado al color de la sangre distintiva del ‘gore’ y cine de zombies, el azul, con sabor a vainilla de connotaciones policiales y ‘buddy movies’ y por último, el verde, con sabor a menta que constituye el sinople de los extraterrestres y la ciencia ficción.
Bien, el post no va de eso… Si no de la reproducción de esos personajes de la fantástica trilogía en figuras creadas a partir de vinilo por A Large Evil Corporation, una productora dedicada en gran parte a la publicidad que se ha consagrado gracias a elaborar pequeños cortometrajes y campañas publicitarias para marcas como Now TV, Genetal Mills, Kraft, Digital UK, KIA Motors… En su web no sólo podemos encontrar una muestra de su estupendo trabajo, si no que contribuyen a su imaginería con un blog en el que, además de avanzar sus logros como empresa, van exhibiendo su talento con la creación de otras figuras reconocibles de la televisión o del cine; entre otras, los protagonistas de ‘The IT Crowd’, ‘El Resplandor’, ‘Un hombre lobo americano en Londres’ o el mísmisimo David Bowie.
Unos artistas fuera de serie estos chicos de A Large Evil Corporation.

martes, 9 de septiembre de 2014

Diez años de textos abismales (III): Dossier especial INDIANA JONES (22/05/2008)

El regreso de la legendaria épica de Indy
Desde hace mucho, demasiado tiempo… esta semana y este día han tenido un nombre propio. De hecho, lo que llevamos todo el año pasado y parte del que está en curso lo lleva teniendo. Desde el mismo instante en el que George Lucas y Steven Spielberg confirmaron el rodaje de una nueva entrega de la Saga de aventuras más importante de la Historia del Cine contemporáneo. El retorno de Indiana Jones a la gran pantalla ha despertado la nostalgia y ha resucitado al mito de toda una generación que espera este filme con la esperanza de reconquistar la ilusión comercial y fílmica del eterno personaje interpretado por Harrison Ford.
La petición pública y la nostalgia han logrado desempolvar una de sus legendarias figuras más lucrativas, asumiendo que, en los turbulentos y aburridos tiempos de Hollywood, era necesario dar una nueva lección de hegemonía por parte de los dos pirotécnicos más listos del mundo del cine, de devolver a la actualidad a una de las supremas efigies en cuanto comercialidad clásica se refiere. Ni Lucas ni Spielberg iban a dejar pasar la oportunidad de ofrecer al espectador una aventura más del arqueólogo más famoso de todos los tiempos. Y aquí está, diecinueve años después. Como si por él no hubiera pasado el tiempo.
El vitalista icono imperecedero, arquetipo del acrisolado héroe clásico, reanuda sus hazañas desde que en 1989 se alejara de la aventura después, eso sí, de alterar y revolucionar la concepción mercantilista del cine, de haber insuflado un transformación y una aplastante ruptura en todos los aspectos, no ya sólo en un entorno cultural y estético, sino como aportación de un mito de carácter universal. Indiana Jones vuelve al cine para restituir el crédito del cine de entretenimiento, de la magia de unos años evocados con melancolía. Spielberg, inmerso en una evolución temática y estilística que no tiene límites, no podía dejar pasar la oportunidad de recordar sus mejores y viejos tiempos y retorcer hasta el génesis de su propia genialidad, cuando era apodado como “Rey Midas” y avasallaba con su talento, supeditando al espectador a la sortilegio cinematográfico como nadie lo había hecho hasta el momento.
Es la hora, por tanto, de aparcar prejuicios y lanzarse de lleno a la esfera escapista y fantástica de la ficción, aquella que convirtió a este personaje en una reconocida figura de fisonomía y rasgos inmortales. La hora de que Indy ofrezca lo mejor de sí mismo en otro ‘tour de force’ de descomunal vigor y luminiscencia dentro del apagado panorama del cine entendido como distracción, como arma de ocio. Del mismo del que tanto echan de menos los ‘blockbuster’ actuales, sin lustre. Es la hora de que Steven Spielberg rescate al niño que todos llevamos dentro y reformule la embrionaria entidad de su cine, la inagotable capacidad autóctona de deleitar al público y manifestar por enésima vez su brillante inventiva visual, esta vez de la mano de un guionista en racha como es David Koepp.
Echar un vistazo al génesis de Indiana Jones es reiterar un cúmulo de anécdotas, efemérides e historias alrededor de su consecución, de su origen y prosperidad. Desde ese encuentro vacacional, según cuenta la leyenda, en el Hotel Mauna Kea de Hawai, por parte de Lucas y Spielberg tras el agotante rodaje de ‘Star Wars’ y el fiasco comercial de ‘1941’, respectivamente, la Saga pasó a ser de una idea brillante a una optimista realidad. La idea inicial fue adoptar una ciencia como la arqueología para transformarla en otra categoría bien diferente, la de un universo de hazañas y riesgos que, obviamente, está fuera de cualquier raciocinio. Indiana Jones (nacido Indiana Smith), debía aportar un aire fresco al cine comercial, simbolizando a un antihéroe canalla y socarrón, sin muchos prejuicios morales en su ‘modus operandi’, un profesional que trabaja al margen de sus funciones laborales. Indiana Jones debía ser un hombre escéptico de métodos disidentes e iconoclastas, pero con gran sentido del humor y gran atractivo de cara al gran público.
Desde su creación, la arqueología ha sido otra de las muchas excusas que han configurado la personalidad del épico rol, símbolo innato del héroe ‘spielbergiano’. No hay una intención antropológica en las aventuras del héroe del látigo, puesto que en vez del estudio teorizante sobre el pasado de aquellas reliquias que rastrea el intrépido aventurero, de la funcionalidad social de los vestigios culturales o la exhumación histórica, se encuentra la simple función del espectáculo expuesto como un gran juego de artificio, muchas veces en contra de la realidad y de la Historia, pero sin olvidarse de ella. Jones es la antitesis de los arqueólogos elitistas y decimonónicos, dotado con la dualidad característica de todo superhéroe, consistente en la dualidad. Por una parte, del erudito hombre que ejerce como docente universitario. Por otra, de intrépido viajero que dedica su tiempo libre a recuperar la historia perdida para que repose en los museos abordando con aticismo el riesgo que pueda haber en sus misiones.
Steven Spielberg consideró al personaje como el icono homérico ideal que otorgar desde su particular visión del cine narrativo e ilusorio, dotado con esencia épica. Era oportunidad de oro para desarrollar una inventiva visual inexplorada hasta la fecha. El cineasta, genial narrador de sobrado talento y oficio, ya en los años 80, define en pantalla al personaje con admirable soltura, sin perder de vista el tono clásico, proporcionando las dosis de acción con sutilidad y contundencia, siempre en función de una exigente correlación entre el espectador y el espectáculo al que es sometido, al sufrimiento físico al que es sujeto un arqueólogo que padece, sufre, sangra, suda y corre cuando está en peligro. Aspectos muy alejados de la reciedumbre e imbatibilidad del arquetipo heroico tradicional.
Por supuesto, en una Saga como esta, no falta el elemento fantástico, la nigromancia de las ciencias ocultas o las creencias teologales que imponen una cierta incógnita al devenir lógico de los acontecimientos. En las aventuras de Indiana Jones, la aventura afecta a todos los grados de la narración. Es el factor que mueve a sus personajes, muy por encima de todos los demás aspectos sobre los que gravitan los argumentos, logrando la difícil tarea de esquivar sutilmente la complejidad subjetiva del rol, aportando pequeñas ráfagas de profundidad íntima del personaje, reducido a algunos retazos biográficos; como su fobia a las serpientes, su irónica visión ante algún que otro aspecto de la vida o de su profesión, puntualizadas en breves retazos anecdóticos de su pasado.
Es la quintaesencia del cine de aventuras, donde Spielberg supo contribuir al Cine de los 80 el gran secreto de su éxito: la sencillez con la que se utiliza el esquema clásico, donde el héroe inicia un viaje en busca del tesoro y en cuyo camino se enfrentará a temibles enemigos que también quieren lo mismo, contando para ello con aliados y una chica que le acompaña en su hazaña. La poderosa iconografía de Indiana Jones simboliza, en su fin más inmediato, un concepto de heroísmo universal, que concreta sus aventuras en un contexto atemporal y se desvincula de sus antecedentes con un estilo cimentado en el ritmo, en la cadencia sin freno de los acontecimientos, en la mera improvisación. Indiana Jones se transformó así, en el héroe más carismático del Cine y sus andanzas arqueológicas se convirtieron, con el paso de los años, en las aventuras cinematográficas más grandes jamás contadas.
Llegados a este punto, es cuando toca echar mano del tópico documentalista; de recordar que Indiana se debe al nombre del perro del propio George Lucas o que Spielberg fue quien lo apellidó Jones, que Marion era el nombre de la abuela del guionista Lawrence Kasdan. Pero también de evocar que el personaje, como tal, nace de nombres como Jim Steranko, títulos como ‘Terry y los piratas’, ‘The seven cities of Cibola’ o géneros provenientes de la literatura ‘pulp’ y las funciones de ‘matinees’ de aquellos sábados que tanto influyeron en Lucas y Spielberg en sus respectivas infancias. Indiana Jones nace de la nostalgia aventurera, de los seriales de los años 30 y 40, con reminiscencias del Fred C. Dobbs de Bogart en ‘El tesoro de Sierra Madre’ o el vestuario Charlton Heston de ‘El secreto de los Incas’ y la inevitable influencia clásica de cineastas del crédito de Siodmak, Tourneur, Ford, Lang o Curtiz, sin relegar la idea primigenia de homenajear al James Bond de Ian Flemming.
La efigie de Indiana Jones, luciendo un fedora de copa alta de Herbert Johnson comprado en la tienda Saville Row de Londres, proyectada como una sombra es, hoy en día, una de las imágenes más representativas e iconográficas de los fastos cinematográficos. La leyenda de ese vestuario con cromatismo desértico, chaqueta de piel roída, eterna bandolera y un látigo como arma distintiva ha pasado a determinar una imagen imborrable y reconocible en cualquier parte del universo.
La inicial disposición de la historia que defendió en el cine clásico Cecil B. DeMille, la de comenzar con una explosión de intensidad que vaya ‘in crescendo’, con la fuerza de un terremoto, ha sido siempre la pauta estatutaria de la Saga, de su esencia frenética por hacer un homenaje y ofrenda al cine de siempre. Sin embargo, Indiana Jones se convirtió en algo mucho más importante, haciendo de su leyenda el máximo exponente del cine americano. El personaje responsable, como era de prever y con todo el merecimiento posible, de que Steven Spielberg alcanzara, a la precoz edad de 35 años, la divinidad cinematográfica y el Olimpo de Hollywood.
‘En busca del Arca Perdida’ (1981)
Tras el monumental fracaso de ‘1941’, comedia ambientada en la II Guerra Mundial y que urdió un inesperado decrecimiento en el crédito de Spielberg dentro de la gran industria después de que la precedente ‘Encuentros en la Tercera Fase’ fuera considerada a su vez una obra excesivamente temeraria, a George Lucas le costó convencer a los peces gordos de la Paramount que su amigo Steven y él podrían abarcar el proyecto inaugural de la Saga de Indy con tan sólo 20 millones de dólares. ‘En busca del Arca Perdida’ podría haber sido pasto de la televisión, pero la perseverancia de ambos acabaron por insuflar la vida necesaria al proyecto y sacarlo adelante en una tenaz negociación con los directivos de la Paramount Pictures, que terminaron aceptando el reto propuesto.
Se ha contado mil veces que actores como Tim Matheson, Peter Coyote y, sobre todo, Tom Selleck (que estuvo a punto de llevarse el papel), fueron los candidatos más importantes para interpretar a Indiana Jones. También que George Lucas no quería que Harrison Ford se encasillara en sus producciones como Robert De Niro lo había hecho en las películas de Martin Scorsese, así como que que fue Spielberg el que insistió para que fuera el no menos mítico Han Solo el encargado de dar vida a Indy. El gran valor de Ford fue el de adaptar el rol a su personalidad, de aportar desde el principio una línea carismática y caricaturesca identificativa y reconocible por el gran público. Asimismo es conocido por todos que tanto Sean Young como Debra Winger podrían haber encarnado a Marion Ravenwood, pero fue Karen Allen, después de su sensacional y cómica presencia en ‘Desmadre a la americana’ quien acomodó el vigoroso carácter de la heroína del filme a su pecoso rostro. No hay que olvidar en este recuerdo historiográfico que el director y guionista Philip Kaufman fue quien concibió al Arca de la Alianza como el principal elemento argumental que más tarde Lawrence Kasdan materializaría el libreto de la primera de las aventuras del arqueólogo.
La cinta arranca en una frondosa jungla de América del Sur en 1936. Ya en su comienzo se presenta un elemento gráfico que acompañará a la trilogía, el de jugar con el logotipo de la Paramount integrándolo dentro de una imagen que da inicio a las cintas. La acción se centra en un prólogo donde Indiana Jones busca una figura de la diosa azteca Tlazolteotl, con los indígenas hovitos pisándole los talones y sin saber que su acompañante Satipo es un traidor que se vende al mejor postor. En un comienzo magistral, la película muestra a un villano encantador, otro arqueólogo francés llamado Rene Belloq (Paul Freeman) y una huida del peligro pintoresca y determinante en la forma de actuar del héroe. Un bloque que da como consecuencia la presentación del aventurero que sirve de pretexto para afrontar con ritmo y sin demora la nueva aventura del héroe; la búsqueda del Arca de la Alianza, lugar en donde se cree que los hebreos depositaron los mandamientos que Dios había otorgado a Moisés y cuya leyenda atribuye un invencible poder. Un hecho por el que Hitler y los nazis quieren obtener a toda costa.
El detallismo con el Spielberg siempre ha cuidado la puesta en escena tiene su apogeo en la definición con la que están rodadas las escenas de acción, contribuyendo aquí con un tonelaje narrativo que deviene en emoción, haciendo que la historia transmita una viveza que no pierde su continuidad a lo largo de todo el metraje. ‘En busca del Arca Perdida’ nunca decae y muestra la capacidad de Spielberg para amplificar un estilo apenas invisible, pero de una autoritaria pujanza dentro de la adrenalítica acción, reforzada siempre por la fanfárrica presencia de un proverbial John Williams que supo extraer musicalmente la entidad genérica con unas partituras memorables.
Pese a ese otro reconocible elemento narrativo de la saga, la de las transiciones elípticas de los viajes a través de un mapa del globo terráqueo, Spielberg jamás escatimó en localizaciones, enriqueciendo así la ubicuidad geográfica del héroe en sus aventuras a lo largo y ancho del mundo. Con ello, en Indiana Jones, como otro de sus factores intrínsecos, destaca la importancia del viaje más allá de la consecución de la pieza arqueológica de turno, lleno de peripecias y experiencias, como en el ‘Ítaca’, de Konstantínos Kaváfis, en un trayecto cargado de características trampas mortales que buscan una y otra vez la sofisticación más sorpresiva.
Es el ejemplo más paradigmático de la capacidad sin límites de Spielberg como director, como creador de sublime esencia cinematográfica. Una película que juega constantemente a sorprender al público, con un incandescente ánimo de profanación de los clásicos con los que él y Lucas soñaron con llevar a la gran pantalla. Para el recuerdo quedarán la destrucción del arquetipo de mera comparsa atractiva que acompaña al héroe, la eterna Marion, con la nostalgia de Irene Dunne y Carole Lombard en el recuerdo, en la secuencia de la taberna nepalí tumbando a un bigardo en una puja de beber chupitos, las persecuciones por las calles de Egipto, la entrañable amistad forjada entre Indy y Sallah (John Rhys-Davies), la burla a los nazis y su saludo fascista que hasta un mono puede reproducir, el disparo de Indy a un gigantón egipcio que le reta blandiendo una espada cimitarra, el malévolo Toht (Ronald Lacey) y el ‘gag’ del instrumento de tortura que resulta ser una percha o todos los términos bíblicos (ésa ciudad de Tanis, el bastón de Ra, el Pozo de las Almas…) que suceden a la descripción perfecta por parte de uno de los agentes de inteligencia de Indiana Jones “profesor de arqueología, experto en ocultismo y… ¿cómo se dice?... ‘conseguidor’ de antigüedades raras”.
Un filme que, extendido a sus dos secuelas posteriores, en su retrospectiva temporal, simbolizan un tiempo y una forma perdida de hacer cine con mayúsculas, creando un personaje y un mundo desde el admirable tamiz de la artesanía, donde los efectos especiales, las maquetas y los trucos de prestidigitador convirtieron a Spielberg (heredada esta peculiaridad de Lucas) en lo que hoy es.
‘En busca del Arca Perdida’ es, en la actualidad, un emblema del Cine que, más allá del género de acción, puede considerarse como una de las obras maestras más poderosas de la década de los 80. Y, por qué no, de los anales del Séptimo Arte.
‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ (1984)
La película llegó después de que Spielberg se consolidara como el nuevo mecenas dentro de Hollywood, no sólo por su afianzamiento comercial y estilístico con la gran obra maestra ‘E.T. El extraterrestre’ (los nostálgicos de esta película, que entren aquí), sino por empezar a perfilarse como uno de los productores con mayor olfato comercial de la década. ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ era la segunda de las tres películas que Lucas y Spielberg habían apalabrado con Paramount con el arqueólogo como protagonista.
Dado el éxito de ‘En busca del Arca Perdida’, las expectativas con respecto al futuro de Indiana Jones eran una incógnita. El nivel de exigencia era muy alto y tanto productor como director sabían que no podían fallar. El objetivo era no decaer en los propósitos de entretenimiento del filme original. Lucas, que pasaba por una época personal de altibajos debido a su divorcio, insinuó que la secuela de Jones podría ser la más oscura de las tres, como lo había sido su ‘Episodio V: El Imperio Contraataca’ dentro de ‘Star Wars’, pero sin perder el ritmo estilístico y narrativo, conservando el humor cínico de Jones y alguna que otra situación de absurdo, pero en los términos preestablecidos, incluso yendo un paso más allá en el expresión visual de la aventura.
‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ se muestra, tras el prólogo que introduce a Indiana Jones vestido como el Agente 007 en el Club Obi Wan de Shanghai en 1935 (es decir, que estamos ante una precuela), como la muestra más contundente de cine de acción de Spielberg por aquella época. Pese a comenzar con un colorista musical a lo Busby Berkeley coreografiando el ‘Anything goes’, de Cole Porter, cantado en chino por la sensual Willie Scott (Kate Capshaw -a la postre, esposa de Spielberg-) y una trama de trapicheos con diamantes y reliquias orientales con pelea caótica de taberna que recuerda al estilo de Victor McLaglen, pronto el espectador descubrirá que el filme tiene dos partes muy diferentes. El doble comienzo da la sigue los patrones de un filme visiblemente aparatoso y opulento. Y no es para menos. La aventura está ideada como una distracción frenética, vibrante y envolvente, donde impera el sentido del humor, la identificación del espectador infantil a través de los ojos de un niño chino que conduce coches y que responde al nombre de Tapón (Jonathan Ke Quan), encargado de compartir aventuras con el arqueólogo. Se sustenta además gran parte de la comedia inicial en la confrontación típica del ‘Screw Ball Comedy’ clásico de Hollywood entre Indiana y la bella Willie con varios ‘gags’ de lucha de sexos, que se rompe por completo cuando se desvela el verdadero periplo de riesgo para los personajes.
La diferencia de ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ no sólo radica en una drástica ruptura argumental y cromática en relación a su antecesora, sino que esa disolución rupturista se da dentro de la propia secuela. Indiana, con sus dos antagónicos ‘partenaires’ de hazaña descubren en su camino a Delhi el pueblo de Mayapor, de donde ha sido robada una de las piedras de Shankara (aquellas que otorgan a su poseedor “Fortuna y Gloria”) por parte de un grupo de fanáticos ‘thuggees’ seguidores de la diosa de la muerte hindu Kahli, liderados por el despiadado Mola Ram (Amrish Puri) en una mina secreta construida en el interior del palacio de Palacio de Pankot, en cuyas entrañas se han esclavizado a niños robados de las aldeas a trabajar y realizar con ellos sacrificios humanos en nombre de su diosa.
Spielberg aprovecha la coyuntura con entusiasmo y cognición fílmica, haciendo que la mixtura de géneros sea equilibrada por la fuerza de unas imágenes que desfilan por el ojo del espectador, sin dar tregua. Musical, acción, comedia, aventura y momentos de humor absurdo dan paso a una oscura narración de terror, de un trama de contenido sangriento y oscurantista. De repente, los escarceos entre Indy y su gritona y caprichosa compañera femenina que representa el espíritu de las atractivas acompañantes del héroe del cine clásico de los años 30 o el humor sobrevenido del pantagruélico menú del maharajá Zalin Singh (serpiente con sorpresa, sopa de ojos, sorbete de sesos de mono…), se transforman en una oscura pesadilla donde no faltan ritos satánicos, malos tratos infantiles y esclavitud, alternadas con secuencias de vudú e incesantes peleas hasta el clímax en el que se descubre al Indiana Jones del Arca Perdida. El hombre vulnerable que asume su condición de arquetipo y logra salir adelante, no sin ciertas dificultades, en un fin de fiesta apoteósico con la extensa secuencia de las vagonetas en la mina, en una suerte de montaña rusa donde prolifera el exceso de ritmo impulsivo y sin respiro en una exhibición de énfasis visual e inmediatez de montaje por parte de Spielberg y su socio en el departamento de edición Michael Kahn.
Lucas y Spielberg fueron muy inteligentes al solicitar a los guionistas Willard Huyck y Gloria Katz (que ya habían trabajado con el primero en ‘American Graffiti’) la sorprendente concesión de introducir un rol infantil entre tanta turbiedad argumental, consiguiendo una efectiva identificación de Tapón con respecto al espectador infantil, para, sin previo aviso, reemplazar la comedia por una cinta de horror y tragedia. ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ es la película más arriesgada de la Saga y fue criticada por el exceso de truculencia de muchos de sus capítulos. Algo que, años después, Spielberg ha reconocido incluso con cierto arrepentimiento. Ya se sabe que ahora Spielberg aboga por no mostrar gratuitamente el contenido violento. Pero a la postre, continúa siendo su mejor y más reconocible baza, una perversa revisión de ‘El flautista de Hamelin’ que, ya desde sus primeros compases, escapa a las constantes tipológicas del género que no sean las preconcebidas por la propia saga, donde sigue persistiendo la autoparodia, la diligencia y el espíritu de un Indiana Jones que se, pese a que no obtuvo los mismos resultados que su filme anterior, aseguró la continuidad de la saga en una última función que tendría lugar con la finalización de la década.
‘Indiana Jones y la última cruzada’ (1989)
Tuvieron que pasar cinco años para que Harrison Ford volviera a vestir la cazadora de Indy y ponerse su Fedora en busca de nuevas aventuras. Era ya uno de los actores mejores pagados de Hollywood, ya que en este lapso de tiempo recrearía algunos de sus más recordados personajes en ‘Único testigo’, ‘La costa de los mosquitos’, ‘Armas de Mujer’ o ‘Frenético’, tal vez papeles que le separasen del papel de héroe de acción que retomaría con más ímpetu que nunca. Spielberg, por su parte, volvió a saber lo que era el fracaso con dos obras también con intenciones artísticas muy alejadas de la Saga de Indy; por una parte el monumental batacazo con la romántica ‘Always’, y por otra, el rechazo comercial de un magnífico retrato bélico sobre la infancia con la adaptación de la biografía de J.G. Ballard en ‘El Imperio del Sol’.
Lucas, por su parte, tampoco había afinado mucho en sus proyectos como productor, ya que películas como ‘Howard, el pato’, ‘Ewoks’ o el proyecto de su amigo Francis Ford Coppola ‘Tucker, un hombre y su sueño’ tampoco habían contado con el apoyo del gran público, aunque sí funcionaran ‘Dentro del laberinto’ o ‘Willow’. ‘Indiana Jones y la Última Cruzada’ significaba así la vuelta a por los fueros comerciales y un reconstituyente para los tres nombres propios de la franquicia. Una jugada segura.
Para esta tercera (y última, por aquel entonces) parte de la trilogía, Lucas y Spielberg llevaron a la gran pantalla el guión de Jeffrey Boam, que hasta el momento había adquirido cierto prestigio con el éxito de algunos de sus libretos como los de ‘La Zona Muerta’, de Cronenberg o algunas cintas más comerciales de la época como ‘El Chip prodigioso’, de Joe Dante y ‘Jóvenes Ocultos’, de Joel Schumacher. Como esta nueva entrega debía ser un éxito sin concesiones al riesgo, se jugó sobre seguro y no se dejó espacio para la filigrana multigenérica, como se había hecho en ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’. Se centró la atención en algo que hasta entonces había permanecido ajeno al personaje; su propia exploración dentro de una ampliación biográfica que se valía del habitual prólogo ubicado en Utah, en 1912, para mostrar al espectador el entusiasmo arqueológico de un adolescente Indiana interpretado por el malogrado River Phoenix, dando ciertas pistas de claro corte nostálgico sobre algunos de la grafía iconográfica del héroe, presentando a un padre incorpóreo absorto en sus estudios que no tiene tiempo para escuchar las historias de su hijo al que hace contar hasta veinte en griego.
También se juega a reconstruir el origen de su cicatriz en la barbilla, de su ofidiofobia o la primera toma de contacto con el látigo y el regalo del sombrero que le acompañará en sus aventuras, el mismo que sirve para situar a Jones en la costa portuguesa persiguiendo la Cruz de Coronado, la misma joya del inicio, conectando tiempos y reiterando la misma estructura que ‘En busca del Arca Perdida’, con la que esta nueva aventura tiene tantos puntos en común. Cabe destacar la introducción de alguna novedad para agilizar y renovar el sentido épico del aventurero, como la disposición de una acompañante femenina que difiere a sus otros dos referentes. Esta vez no es una aliada ni una chica florero, sino que se perfila la ‘femme fatale’ del género negro, sin bando definido más que aquel que sacie sus deseos, en este caso de poder. Una fría mujer austriaca sin principios ni respeto hacia la historia interpretada por Allison Doody.
No obstante, se devuelve al célebre profesor al ambiente universitario y docente de la primera parte, así como la recuperación de personajes desaparecidos en la primera secuela, como Marcus Brody y Sallah y se adhiere a un personaje clave para el éxito del filme, el de Henry Jones, progenitor de Indy, interpretado por Sean Connery, curiosamente el Bond original. Porque ‘Indiana Jones y la Última Cruzada’ aborda la búsqueda del Santo Grial por todo el mundo, hasta su ubicación en Alejandreta o İskenderun (concretamente en Petra, Jordania) con el desarrollo de una leyenda artúrica que mezcla interrogantes sobre la Fe y el teologismo, que no es más que una metáfora del alejamiento paternofilial de Indiana Jones y su padre, de la relación perdida entre ambos y que será solventada con el descubrimiento de la copa utilizada por Jesús en la Última Cena y en donde se supone que José de Arimatea vertió su sangre en la cruz.
La historia de nazis, traiciones, viajes e investigaciones históricas representan, otra vez, la materia esencial de las historia de la Saga; la utilización de un poderoso ‘McGuffin’, ya sea el Arca de la Alianza, las Piedras Sagradas de Shankara o el Santo Grial, excusas argumentales que motivan a los personajes y al desarrollo de una historia que, si bien tienen el peso fundamental sobre estos elementos, en realidad carecen de relevancia por sí mismos. Aquí, poco importa que todos vayan detrás del cáliz santo, ya que lo verdaderamente importante es el reencuentro entre padre e hijo. También se pone a prueba el agnosticismo de Indy, enfrentándolo frente a las firmes creencias de su padre y colisionando en su idea de toda reliquia antigua debe ser expuesta en un museo.
Spielberg utiliza el cuestionamiento paterno, humanizando el héroe a través de los ojos de su padre, para abordar la temática arqueológica, volviendo al funcional esquema narrativo clásico de este tipo de aventuras, proyectada con la omnisciencia del genio visual únicamente siguiendo el camino para conmocionar al espectador mediante la creación de situaciones de acción acumulativas. ‘Indiana Jones y la Última Cruzada’ persiste en una métrica estimulada por las interpretaciones de Harrison Ford y Sean Connery, confrontados en un pasado por la falta de afecto y comunicación, pero unidos en sus discordantes ideologías en un mismo fin.
Aquí, Indy no tiene el mando de la situación, Basta recordar ese plano en el que el padre le da una torta a su hijo como si de un niño se tratase. La figura del padre y del hijo y su relación es retratada desde la comedia, definida en un universo imperfecto donde la búsqueda del tesoro va más allá de la alcance de la pieza histórica de turno y donde no es tan importante la dicotomía entre el Bien y el Mal.
Fue el reencuentro con un cine comercial que ahogaba sus últimas gotas de genialidad con el final de la década, dejando para el recuerdo algunas de escenas de explosiones, persecuciones a caballo entre tanques y bombas o inolvidables ‘gags’ que hicieron de esta última función un homenaje a la propia trilogía, con un afectivo ‘happy end’ que siempre dejó al espectador (convertido en fan de estas tres películas) con ganas de más, como las grandes gestas cinematográficas.
‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ (2008)
La ilusión y expectación despertada por la cuarta entrega de ‘Indiana Jones’ después de casi dos décadas desde que Harrison Ford diera vida a uno de los más importantes y destacados iconos de la Historia del Cine hacia prever que, más allá de todo lo que ha precedido a su consumación, la larga espera, el lógico interés y los innumerables rumores, esta nueva entrega dirigida por Steven Spielberg fuera un filme de conflicto entre los seguidores menos exigentes que finalmente la han recibido con entusiasmo, la irreconciliable contrariedad de los ‘fans’ más exigentes y la indiferencia más o menos positiva de muchos espectadores de las nuevas generaciones que han descubierto en sus postrimerías al célebre arqueólogo.
No era fácil contentar a todo el mundo. Básicamente, porque el nivel de exigencia era tan elevado que la empresa, desde el anuncio de su rodaje, se antojaba como una odisea. De fondo, emergía con gran potestad en el mar de dudas la nostalgia pretérita, el ansia perdida de muchos espectadores por recuperar efímeramente aquella experiencia emocional que vivieron en la década de los 80. Y eso, obviamente, ya era un lastre. Primero, porque el cine, desde hace tiempo, ha perdido aquélla magia de antaño. Segundo, por ni Steven Spielberg ni George Lucas (sobre todo éste) iban a dejar pasar la oportunidad de abarcar a todo tipo de público. Con el tiempo se han convertido en dos de los más poderosos cineastas de Hollywood y su perspectiva se ha visto muy condicionada para llevar a cabo esta propuesta de las aventuras de uno de sus más lucrativos personajes. A ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ le ha pasado, digámoslo ya, lo mismo que le sucedió a la reciente Nueva Trilogía de ‘Star Wars’ de Lucas. Es un filme que recupera un concepto (eso sí, desprovisto de su significación primigenia) para concebir un ‘blockbuster’ estratosférico y titánico, ideado para no defraudar a nadie. Y ésa autoindulgencia es la que acaba por conferir un tufo de desengaño y frustración a una cinta de aventuras que, si bien está por encima de la media en un género poco frecuentado por la gran industria, se traduce en un alarde de recursos tremendamente decepcionante en relación a sus precedentes.
Ya desde su apertura Spielberg y Lucas anuncian que esta gesta heroica será diferente. La nueva película de Indiana Jones comienza a contracorriente, sin un entrañable prólogo que muestre al héroe en un episodio preliminar que meta de lleno al espectador en su nueva ventura. Tampoco hay espacio para introducir el logo de Paramount de forma ingeniosa, sino con un guiño de humor extravagante. A cambio, Spielberg comienza con un alarde de dirección, de conocimiento absoluto del medio, con una secuencia que entremezcla el impulso ‘rocker’ y automovilístico alocado y juvenil de los 50 con una estampa militar que se sumerge en la acción principal, situada muy cerca de Nevada, en el centro de la Nellis Air Force Base, más conocido como Área 51, lugar de experimentación aeronáutica y nuclear, pero también centro secreto donde supuestamente se estudia y experimenta con tecnología de procedencia extraterrestre. Un hecho excesivamente anticipativo para el desarrollo de la hazaña vespertina del Dr. Jones y que entronca las dos grandes pasiones de Spielberg: la aventura y el contacto con seres de otros planetas.
En otro orden de cosas, los malos ya no son los nazis. La Guerra Fría es el escenario de fondo de ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’. Es Stalin quien sustituye a Hitler en su propósito de adueñarse de un ancestral objeto que permitirá a los rusos dominar el mundo. Y, por supuesto, Indy sigue siendo el peón necesario para dar con él. El objetivo carece en esta ocasión de tintes religiosos (el Arca de la Alianza o el Santo Grial), ni siquiera con fundamento extático y nigromántico (como las Piedras de Shankara). Ahora todos persiguen la calavera de cristal de Akator, icono de procedencia maya y azteca que, según la leyenda, cuando completa una serie de trece traerá el conocimiento a la Tierra y detendrá el mundo. A simple vista, la nueva misión de Jones mantiene la ordenación estructural básica de la saga, donde el arqueólogo, apoyado por el joven Mutt Williams, su antiguo amor Marion Ravenwood, su compañero de fatigas Mac y un viejo que ha perdido el juicio se enfrentarán a unos no tan pérfidos soviéticos liderados por la maquiavélica Irina Spalko para seguir la pista de un misterio insondable. En el camino, sortearán varios obstáculos, trampas y encontronazos para impedir que la Calavera de Cristal caiga en las manos equivocadas que les llevará tras la pista de El Dorado y la cuna de Orellana.
Sobre el papel, la cosa no parece tan calamitosa; el guionista David Koepp, marioneta de talento en manos de George Lucas, compone una miscelánea en ofrenda al ‘pulp’ de saldo, en el que no falta el miedo atómico, aventuras selváticas, heroísmo extemporáneo, secretos nacionales, especulación extraterrestre y ciencia-ficción de serie B. Todo muy a tono con los años 50. Aunque también con sobredosis de influencia de Hergè o de Rosinski y Van Hamme. Que la calavera de cristal pertenece a un alienígena es algo tan evidente que cuesta creer que los protagonistas vayan de aquí para allá con un cráneo de metacrilato buscando respuestas. Los preceptos son tan evidentes que el ‘McGuffin’ de turno pierde todo su alcance. En ese sentido, Koepp evidencia que puede ser capaz de ofrecer lo mejor y lo peor, con más grandilocuencia en esto último. Esta cuarta entrega es el episodio más confuso, con falta de conexión entre segmentos y con más graves carencias de profundidad y relación entre los personajes de toda la saga.
La sombra de Lucas y de Spielberg planean en todo momento en el forzado tono familiar de la historia, de prole disfuncional que representan los acompañantes de Indiana Jones; que si un hijo desconocido, que si el reencuentro con la eterna Marion, la amistad perdida con un ex compañero de facultad que parece su padre con Alzheimer, un amigo que es a su vez agente doble o triple o simplemente un buscador de fortuna... La falta de coherencia parece total dentro de este terreno, delimitando a los roles a una inflexión caricaturesca y lineal, que incluso afecta a un personaje tan poderoso como esa interesante antagonista soviética sedienta de conocimiento. Y esto, factor determinante en cualquier historia, deviene en una indolencia y reiteración que se percibe en una constante búsqueda de la afinidad participativa por parte del público que jamás se llega a producir.
Tan sólo existen cierto efluvio pasado en el personaje de Indiana Jones, más cansado y más viejo, que rememora en ocasiones lo que fue pero que, sin embargo, adolece de un cinismo que se echa en falta. Por supuesto que hay elementos que no podían faltar en una película con Indy como protagonista; como el retórico odio a las serpientes del héroe, el continuo encontronazo con los malos de la función, persecuciones, fugas, explosiones, algún que otro diálogo ingenioso y una proclamación de amor otoñal realmente hermoso y un tanto ñoño… Pero no es suficiente. Koepp (o Lucas, o Spilberg… es lo mismo) es incapaz de adaptar la acción de la saga, a adelantarse al espectador, a jugar junto a él como las anteriores películas. Se opta por un acopio de secuencias ensambladas con cierta pericia, sin ninguna apostura, haciendo gala de una sonrojante escasez de lucimiento argumental, alimentándose de arquetipos propios sin mucho tiento en la parodia de la que bebían sus precedentes. Se dan demasiadas suertes casuales, peleas desprovistas de impacto, negligencia a la hora de aportar el barniz cómico esperado y una serie de requiebros de guión no por sorprendentes incomprensibles. Incluso se muestra rácana en localizaciones internacionales, pues esta vez la acción se limita a explotar la selva amazónica, tras un apreciable intento por marcar diferencias en su incio, en su representación de los años 50 universitarios y sociales.
Que la acción sea aquí el núcleo que acopla a los personajes con el devenir de los acontecimientos ayuda a que esta cuarta aventura del Dr. Jones, Henry Jones Jr., “Jonsey” o como se quiera llamar a este nuevo Indiana Jones, no decaiga en ningún momento en cuanto a parámetros de entretenimiento se refiere, ni siquiera cuando se abusa tanto del “todo vale”, el conocido “más difícil todavía”. Y no es un problema que resida en la verosimilitud. Todos los espectadores de las anteriores cintas conocen de primera mano que la ficción adulterada y sobrexpuesta a la realidad siempre fue uno de los factores de divertimento de estas aventuras.
Parece que con salpicar con algo de humor algo trasnochado las andanzas de Indiana Jones con parajes exóticos, culturas milenarias, artefactos divinos, cráneos de alien multifuncionales que sirven como improvisadas máquinas de tortura y algún guiño nostálgico es suficiente para encubrir la escalofriante oquedad que se percibe en su interior. Eso sí, Spielberg continúa siendo el visionario que fue, brindando una nueva muestra de la maestría que le precede, fiel a su inconmensurable perspectiva fílmica, meticuloso con la responsabilidad visual de la cinta, pero en ningún caso en la reinvención o restablecimiento del arqueólogo de antaño. Uno de los grandes inconvenientes de este nuevo Indiana es que la glorificación del héroe acaba por convertirse en una forma de restarle atributos míticos y reconocibles.
Por no entrar valorar las “irónicas” coceaduras a la historia y al pasado, a su paródico juego con el comunismo y el estalinismo de corte ufológico, la amenaza nuclear, el heroísmo militar y los ya habituales desagravios históricos, que aquí son acentuados por la desinformación absoluta con la que se va hilvanando las partes del filme, apiñando a mayas y nazcas como una tribu común, presentando Cuzco como un pueblo campesino y no costero donde suenan rancheras mexicanas, situando la desaparición de la tumba de Orellana en el año 1500, cuando el descubridor no había nacido… Por si fuera poco, y es ahí donde todo se viene abajo, ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ dinamita la idea de un cine artesanal confeccionado “a la antigua”, un concepto por el que gravitaban las anteriores tres cintas del arqueólogo y que aquí ha no se ha respetado en lo más mínimo, ya que la puesta en escena, las secuencias de riesgo, incluso la propia fotografía de un desorientado Janusz Kaminski están filtradas por el ordenador hasta la saciedad. Son los nuevos tiempos, obligados a recurrir a las avanzadas tecnologías de CGI. Los mismos que hicieron que Lucas confiera esa anacrónica y citada Nueva Trilogía ‘Star Wars’ y que afecta, en gran parte, a Steven Spielberg y a esta obra.
Lo más reprochable es que hayan abusado tanto de las redes de la fantasía digital, dejando la impresión de que esa pose de noción de videojuego moderno es una táctica comercial para abarcar a las nuevas generaciones descendientes de la viodeconsola de última generación. Una idea que choca de bruces con la artesanía y la disposición del cine clásico que mantuvo a lo largo de una década el gran héroe arqueológico visto aquí con un regusto nostálgico, tal vez perdido para siempre. Una razonamiento por parte de sus autores que, en su médula, se percibe como lógica y coherente dentro del Cine Moderno. El mercado y la taquilla lo imponen. Por tanto, ésa puede ser la causa de la disconformidad y el conflicto que suscita esta nueva entrega con su anterior Trilogía.
La película logra funcionar a ratos por algunos de sus ‘set pieces’ bajo unos exiguos requisitos de funcionalidad, demasiado aleatorios y sin ímpetu de trascendencia que pretenden rememorar la quintaesencia de la Saga. No lo consiguen en ningún momento. Tan sólo Harrison Ford desempeña el sugestivo residuo de antaño. Sin mucho esfuerzo, el actor desprende su habitual carisma y recompone con asombrosa comodidad la efigie de la reminiscencia. Ni siquiera importa cómo interprete a su personaje, enfrentado de nuevo al agnosticismo, a la contraposición del cientifismo enfrentado a la teología o que haya una insuficiente tentativa por escarbar en la imposibilidad del ser humano en su elucubración de lo absoluto, como sucedía con Belloq o con Elsa Schneider y Walter Donovan. Él está por encima de todo eso. Él es el único que hace revivir a Indiana Jones. Muy por encima de un reparto que cruza por el filme sin pena ni gloria; desde una Karen Allen a la que los años no han tratado tan bien como a Ford y que aquí interpreta a la heroína con rostro de paranoica como una sombra oscurecida por su pasado, pasando por la eficacia silenciosa del joven talento Shia LaBeouf, el grotesco papel de Ray Winstone o el demencial rol que le ha tocado en suerte al pobre John Hurt.
Tan sólo parece estar a la altura Cate Blanchett, que confirma con habilidad su versatilidad y condición de estrella todoterreno. Por lo demás, esto no es más que un conjunto de secuencias de acción, con un ritmo impecable lleno de ingenio y repleto de efectos especiales donde hay espacio para recrear macacos amigos en inverosímiles persecuciones ‘tarzanescas’, irreales ejércitos de hormigas carnívoras, cascadas a modo de monumental parque acuático o secuenciaciones de calaveras en una sola como conclusión corpórea de todo el meollo. La falta de inspiración afecta incluso a un John Williams incapaz de componer algo destacable más allá de la reiteración de los ‘scores’ más conocidos y celebrados de las anteriores entregas. La sensación final es que ha sido una ocasión desaprovechada en la que tampoco tiene cabida la genialidad de Michael Kahn en la edición. La esencia se ha volatilizado con el paso de los años. Y hay que aceptarlo así.
‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ es un ostentoso juguete que pretende contentar a todos, un gigantesco divertimento que no molesta a nadie y que tampoco duda en utilizar la evocación del héroe de los 80, del aliento del cine de aventuras definido por Spielberg hace dos décadas, como un simple pretexto con el que el espectador pueda introducirse en el deleble histerismo de una nueva aventura digitalizada y totalmente innecesaria. La mercadotecnia ha sido siempre la que ha dictado el pasado, el presente y el futuro del cine. Sólo si uno logra asumir todo esto y dejar a un lado el pasado y los prejuicios es posible disfrutar de esta nueva aventura del héroe por antonomasia, por mucho que haya perdido por completo la substancia original. Lo que sí hay que tener en cuenta es que, y haciendo un símil retroactivo con la ya penúltima parte de la Saga, para Lucas y Spielberg el Grial no es esa copa de carpintero, artesanal y añorada, sino que es un cáliz dorado y lleno de joyas. ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ es ahora una recreación artificiosa de la aventura, donde lo atractivo ya no es la memoria de los viejos tiempos, sino lo que más brilla.