jueves, abril 17, 2014

El entierro de Genarín, cada año en Jueves Santo

Hoy es jueves Santo, el primer día del Triduo Pascual, jornada en la que la Iglesia Católica conmemora la institución de la Eucaristía en la Última Cena de Jesús dentro de una semana donde la tradición católica celebra la muerte de Cristo, la pasión como bien dejó para la posteridad fílmica el ínclito rumí cristiano Mel Gibson. Pero hay otras conmemoraciones, en este caso paganas y heterodoxas, que avivan una afinidad para aquellos a los que la zambra y el embriaguez les motiva para profesar su dogma hacia la baraúnda tumultuosa. O lo que es lo mismo, la fiesta jaranera sin freno donde el alcohol es la deidad a venerar.
Esto es lo que sucede en la Semana Santa Leonesa, en esta noche de Jueves Santo, donde miles de leoneses y potenciales odres llegados de toda España invaden el casco antiguo de la ciudad, el popular Barrio Húmedo, para celebrar el Entierro de Genarín, una romería que se determina por ser estridente, picaresca y de carácter beodo en todas sus dimensiones. Una procesión desplegada a la gloria de Genaro Blanco, más conocido como Genarín, un personaje de principios de siglo que ejercía de pellejero y que vivió en León. Era conocido por ser bajito, caricaturescamente feo, tunante artero, diletante de los lupanares (es decir, un putero en toda regla), pero sobre todo ha pasado a la historia como un gran borracho. Así de fácil. y sencillo Un buen día, mientras se acercaba dando tumbos hasta la Avda. de los Cubos (una de las calles más populares de la ciudad), el primer camión de la basura de la ciudad de León le atropelló y acabó con su bulliciosa vida en marzo de 1929.
Cada año, como manda el ceremonial, la comitiva se desplaza desde la Calle de la Sal (siguiendo la liturgia de los 30 pasos, oratorias de romances e ingestión de grandes cantidades de orujo de la tierra) portando en las espaldas de los cofrades (ya mamados) un paso que acarrea un barril de orujo con una corona de laurel y velas hasta la Plaza del Grano, donde se prosigue con los romances y los desmedidas degluciones de orujo hasta que el hermano colgador de la cofradía de Genarín se encarga de escalar la muralla y colocar en lo alto una botella de orujo, queso, pan de hogaza y dos naranjas, que simbolizan el alimento para el espíritu de Jenaro, el Genarín.
Entonces entona los siguientes versos:
Y antes de ser declamadas para gloria de este mundo,
siguiéndote en tus costumbres, pues nunca ganasteis lujos,
bebamos a tu memoria una copina de orujo,
que fue lo que más chupaste antes de ser difunto.
Y así termina esta vía-crucis, con todo el mundo ebrio, brindando con orujo.
Una entrañable fiesta, sin duda alguna, que muchos tachan de sacrílega e irreverente. Pero a los fieles de esta tradición “que les quiten lo bailao”. Un ritual en el que no falta laurel, queso, una hogaza de pan, naranjas y una botella de orujo en honor a este santo no reconocido por la Iglesia.

miércoles, abril 16, 2014

Los orígenes de la GoPro y el sistema POV

A estas alturas de la tecnología moderna a nadie le sorprende la grabación de imágenes desde un punto de vista subjetivo, siguiendo la tradición del sistema POV (point of view). Es habitual ver imágenes en movimiento desde la perspectiva única de la primera persona, como vivencia directa de todo lo que está sucediendo en todo tipo de deportes (sobre todo, en los extremos), para filmar vídeos colectivos, en fiestas y demás eventos donde cada día se multiplica el efecto protagónico de esta tendencia en boga.
Sin embargo, no siempre fue así. Desde la década de los 60 se buscó la forma de hacer sentir esta experiencia captando imágenes desde el propio protagonista. En Wikipedia nos remiten al origen de esta modalidad de retransmisión, conocida también con otros nombres más allá del ahora archiconocido GoPro, como o ‘lipstick camera’, al 28 de junio de 1986, durante el Nissan USGP 500 World Championship de motocross disputado en Burbank. Durante la carrera, Dick García llevó un casco con una cámara que envío la imágenes a la ABC como nunca antes se había visto.
Aunque… esto no es cierto. Porque el 14 de abril de 1960, ya se experimentó con este tipo de filmaciones con el legendario piloto de Fórmula 1 Jackie Stewart en varias ocasiones. Primero sujetando mediante cuerdas y arneses a un cámara que filmaría al piloto durante unas pruebas automovilísticas. Después, utilizando una cámara acoplada a su casco y finalmente durante Gran Premio de Mónaco en 1966, utilizando este método con una cámara de vídeo. Son los tiempos de estas proto-GoPro que abrieron la posibilidad de hacer sentir al espectador esa experiencia subjetiva de la velocidad y sentir en primera persona la emoción de lo que está pasando.

lunes, abril 14, 2014

‘This Is Iceland’ o la infinita belleza de las auroras boreales

¿Qué tendrán la auroras boreales que nos atraen tanto? ¿Qué habrá en esa emulsión de colores flotantes que producen las luminiscencias naturales nórdicas para fascinar la vista del ser humano desde tiempos inmemoriales? Pocos eventos producen tanta magia como ese telón a modo espiral de luz que forma una continuidad de luces celestes provocadas por el fenómeno que se produce al colisionar las partículas eléctricas procedentes del Sol con el campo electromagnético de la Tierra.
Un lapso de tiempo en que la belleza natural produce uno de los prodigios más hermosos de cuantos se puedan ver y que en la antigua miología nórdica representaba un puente de fuego mágico entre la tierra y el cielo de los dioses. En realidad, se trata de un golpe de efecto entre algunas ráfagas de partículas solares que chocan contra la atmósfera, haciendo que las moléculas de aire generen una luminosidad de frecuencia, desprendiendo esos colores variables. El fotógrafo Oli Haukur Myrdal ha capturado la impresionante belleza de la aurora boreal sobre el cielo de Islandia con un ‘time lapse’ que recoge los mejores instantes de este fenómeno durante el invierno de 2014. El resultado es el siguiente.

sábado, abril 12, 2014

El adiós del Windows XP también lo es del 'Bliss', de Charles O'Rear

Esta semana se ha hecho público que jubilan al Windows XP y las herramientas de ofimática Office 2003. Reconozco que hasta hace unos meses, cuando decidí comprarme un nuevo ordenador para poder editar vídeos y abrir una nueva vía de opciones laborales (ignorante de mí), seguía usando este sistema operativo de Microsoft por su fiabilidad y buen funcionamiento. Sin embargo, a partir de ya mismo este XP (que venía de la palabra eXPerience) queda obsoleto y abierto a los riesgos que desencadena esta anunciada desatención que dejará de lado cualquier actualización de seguridad, parche de errores o mejoras de contenido técnico. XP, hace un año, estaba instalado en casi el 40% de los ordenadores de los usuarios, que se habían acostumbrado a las bondades de este SO.
Pero si por algo echaremos de menos el icónico y longevo sistema es por aquella pantalla de inicio predeterminada. Se trata de una obra del fotógrafo Charles O'Rear, con una fotografía tomada en los entornos del condado de Sonoma, California, en un día de 1996. La instantánea se tomó con una cámara Mamiya RZ67, en uno de sus viajes a San Francisco, donde vivía su novia. El fondo de pantalla Microsoft Windows XP nació a partir de esa foto. Obviamente, se trata de una imagen universal que pasará a la historia como tal. La despedida de este familiar contexto informático merece una pequeña ofrenda. Y aquí está.

jueves, abril 10, 2014

Review 'El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel)', de Wes Anderson

El hotel de los líos
Anderson vuelve a explotar esa capacidad narrativa en otra descripción de valores estéticos, fundamentándose en la nostalgia y donde utiliza la metaligüística, el ritmo, la comedia y una consolidación de su estilo que la convierten en su obra más personal y representativa.
Con su octava película, Wes Anderson sigue articulando esa visión idiosincrática y original tan controvertida como divisoria con el gusto del público y, sobre todo, de la crítica. ‘El Gran Hotel Budapest’ sigue un firme continuismo en la prevalencia de un mundo onírico y ficticio, en el que se deduce un esteticismo abstracto y minimalista que Anderson cuida hasta el más mínimo detalle. El resultado sigue siendo el mismo que en sus anteriores obras; una cinta que amplia la sofisticación académica desde la extravagancia y lo absurdo, llegando a lo ‘naïf’ y ‘vintage’, narrada desde una envidiable libertad que conglomera una historia de filiaciones y necesidades humanas con el absurdo y lo excéntrico.
Como viene siendo marca de la casa, el director de ‘Life Acuatic’ compone un lienzo donde la geometría encuentra su perfecta articulación de tiempo y forma de nuevo en la frontalidad de un imaginario inagotable que fulgura colorido y despierta las ínfulas manieristas de ese universo propio creado desde la más absoluta ambigüedad, incapaz de inscribirse a un género concreto, mostrándose en todo instante ingenioso y extrañamente poético desde un prisma pictórico. El puente de contacto de esta historia definida como un retablo de casa de muñecas se inspira en la obra de Stefan Zweig, escritor vienés opositor antinacionalista y pacifista que combinó en su narrativa una extraña mezcla de sensibilidad, rebeldía, esteticismo y pesimismo histórico.
En los albores de la gestación de un conflicto global y ubicada en un lujoso hotel de ecos germánicos dentro de un país ficticio de la Europa del Este llamado Zubrowka transcurre ‘El Gran Hotel Budapest’, desvelado por la memoria de un escritor (Tom Wilkinson) al evocar el momento en el que siendo joven (Jude Law) conoció al propietario del resort de lujo, el enigmático Sr. Moustafa (F. Murray Abraham), que es la vía conductora de la narración, el hombre que cuenta cómo llegó a heredar el hotel y sus inicios como mozo de portería (Tony Revolori). Pero sobre todo, se trata una elegía al conserje jefe, Gustave (Ralph Fiennes), un exigente y hedonista ‘bon vivant’ que precisa de tanta meticulosidad laboral como imprudencia a la hora de mantener relaciones sexuales con sus huéspedes más ancianas y ricachonas.
Una de ellas, Madame D. (irreconocible Tilda Swinton) muere dejándole de herencia un valioso cuadro titulado ‘Muchacho con la Manzana’, que levanta las iras de la familia, encabezada por su vengativo hijo Dmitri (Adrien Brody) y su secuaz y despiadado sirviente Jopling (interpretado por un inquietante Williem Dafoe). A través de una estructura definida en el género de aventuras y comicidad habituales en Anderson, explota esa capacidad narrativa, de pericia y delicadeza en la descripción de los valores estéticos y la elegancia de un microcosmos alegre y lleno de vida, empalidecido por las fuerzas monstruosas que se avecinan por diversos flancos.
Es la evocación vibrante de una época pasada, de una Europa de aristocráticos hoteles, funiculares y ferrocarriles, en un tiempo apacible amenazado por las sombras de la guerra. Anderson logra traducir su aventura de comedia y enredo con una sensación generalizada de anhelo por el pasado, cercano a una especie de nuevo clasicismo, como si el cineasta evidenciara su deseo de aferrarse a un concepto merecedor de ser preservado. De ahí esa apariencia de ofrenda por lo analógico, al servicio de la alegría y vocación del cine clásico o la literatura olvidada, de su recargamiento por la decoración de época y la nostálgica mirada hacia la tecnología anticuada. Es así como enfatiza en ese aspecto de ratio de 1.33:1, pasando de sustituir los efectos digitales por perceptibles ‘stop-motions’ artesanales, como todo tipo de ‘mate paitings’ y retroproyecciones. No es algo nuevo en su cine, pero aquí, lejos de confinar sus valores visuales, logra incluso una espontaneidad mayor que en sus anteriores películas. Y si hay algo que potencia respecto a su anterior impronta es el constante movimiento, lo estrafalario a la hora de concebir y tejer una estructura vehemente y estimulada por el ritmo enloquecido a la que impulsa toda la narración.
Podría equipararse a ese ‘courtesan au chocolat’ que se cita en la película, una especialidad de repostería de Mendl’s de compleja elaboración cuya receta se compone de treinta pasos y aglutina cuarenta ingredientes. A ello contribuye un sentido metalingüístico de una película que gira en torno a una narración inmersa en otra misma, de esa una fábula dentro de otra que cuando da comienzo, parece que todo ha acabado, con un triste halo de pesadumbre; como esa historia de amor adolescente que evoca la melancolía romántica (Saoirse Ronan) y a la vez un drama inolvidable. Como si el paso del tiempo estuviera sujeto al lastre que conlleva. Por eso Anderson aboga por escapar a la realidad histórica, sin esquivar la aciaga visión de los trágicos acontecimientos que se ciernen en el fuera de campo y que se patentiza con el sutil giro cromático hacia el blanco y negro de uno de sus finales, traicionando a la realidad y asumiendo la esencia fabuladora del relato. Es el reflejo de inevitabilidad política y la nostalgia de una época.
‘El Gran Hotel Budapest’ se mueve por dioramas caleidoscópicos, en los que caben instantes caricaturescos limítrofes en la violencia, de puro ‘slapstick’, acompañado siempre de un componente de humor negro. Sin embargo, si por algo destaca este filme es por el amor que profesa el director a todos y cada uno de los personajes que desfilan por este cuento de tintes europeístas, por muy pequeña que sea su aparición (Mathieu Amalric, Jeff Goldblum, Harvey Keitel, Bill Murray, Edward Norton, Léa Seydoux, Jason Schwartzman, Owen Wilson…). Y aunque impere esa hermosa relación sobre la amistad, la lealtad y el heroísmo paternalista por parte de un expatriado que encuentra en todo el entramado una oportunidad de huida y de búsqueda de su destino, ejerce una particular visión mucho más amplia del mundo que describe.
La acción, que emerge como un carrusel por habitaciones de hotel, compartimentos de tren, intercambio de teleféricos o persecuciones de trineos, encuentra un punto medio de comunión en la que la música de Alexandre Desplat, el diseño de producción de Adam Stockhausen o la luminosidad de Robert Yeoman proponen como clave de la estética una vinculación con predecesores de refinamiento clásico como Lubitsch y Ophüls, pulsando la jerarquía de pintura, poesía y psicoanálisis con el idiosincrásico estilo de un autor que alcanza aquí su película más representativa.
Estamos ante una comedia de aventuras envuelta en una melancólica delicadeza de fantasía alpina, irreverente y muy divertida, que da como resultado una fascinante filiación agridulce hacia la película más personal de Anderson y que resucita, y de qué manera, al mejor Ralph Fiennes, elocuente, canalla y seductor, eso sí, siempre con el perfume L’air de panache dentro de esta preciosa confección que ilumina los destellos de esa “civilización que queda en este matadero sanguinario que una vez fue conocido como humanidad”.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014

martes, abril 08, 2014

‘2001: Una Odisea del Espacio’: En las entrañas de un rodaje revolucionario

“A finales de 1964, Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke habían terminado un resumen de 130 páginas de la película. Sus “encabezamientos de capítulos”, que aparecerían en la película terminada – ‘El amanecer del hombre’, ‘Misión Júpiter: 18 meses más tarde’ y ‘Júpiter y más allá del Infinito’- señalaban las secuencias “no sumergibles” en las que se basaba. Louis Blau, que cada vez funcionaba más como agente, abogado, portavoz y director de negocios de Kubrick, envió una copia a Robert O’Brien, que se había convertido en presidente de la MGM dos años antes. Empezando como pensaba seguir, Kubrick le dijo a O’Brien que tenía tres días antes de que le ofreciera el proyecto a otros estudios”.
El anterior párrafo es un pequeño fragmento de la biografía de Stanley Kubrick escrita de John Baxter en 1996 y publicada en nuestro país tres años después por TandB Editores. Sus palabras estimula el origen de la que sería una de las películas más importantes del Siglo XX. ‘2001: Una Odisea del Espacio’ supone un asombroso viaje utópico que simboliza (entre la multitud de interpretaciones escritas al respecto) una denuncia a la brutalidad cruel y atroz del mundo contemporáneo en un futuro nada alentador que está por venir, pero que de alguna manera, se está gestando desde el inicio de los tiempos. Es la constatación visual de Clarke y Kubrick sobre la Historia de la Humanidad, en clave críptica y metafísica, filosófica y alegórica, utilizada como una lectura y lección de índole moral.
Casi cinco décadas después de su estreno, esta fascinante galería fotográfica ejemplariza los momentos más destacados vividos en un rodaje donde las vicisitudes y el secretismo que rodearon su filmación revelan lo arduo de una producción que  empezó presupuestada en 4,5 millones de dólares y acabó costando más de 10, debido a la innovación y revolución técnica exigida por Kubrick. Es el ‘backstage’ privado de esa gestación histórica acerca del Monolito como efigie metafórica de un Dios omnipotente y creador o de contribución evolutiva indirecta que puede aludir a significaciones alienígenas, la trágica muerte de HAL, una máquina más humana que los componentes de la misión espacial. Un viaje involutivo que da como consecuencia el hijo de las estrellas que vuelve en el eterno retorno a la Tierra o la vida (según diversas perspectivas) o la digresión que apuntala que ninguna civilización puede sobrevivir a su tecnología, el mito de Prometeo…

lunes, abril 07, 2014

Paul Roustan y la falsa percepción del arte

La Eumorpha pandorus es un tipo de esfíngido dentro de la familia de lepidópteros crepusculares sin rango taxonómico que también es conocido como Pandorus Sphinx y que se asemeja a la Acherontia atropos, que no es otra que la esfinge de la calavera o de la muerte, también de las Sphingidae y que todos recordaréis por la película de Jonathan Demme 'El silencio de los Corderos'. Pues bien, el artista Paul Roustan la ha utilizado esta polilla como motivo de una creación sorprendente para el espectador, cuya complicidad y contemplación es necesaria para detectar su auténtica e inquietante valía. Observando detenidamente la obra, se trata de una composición en blanco y negro que, sin embargo, más allá del dibujo oculta a una mujer camuflada con la técnica del ‘body paint’.
Roustan es un experto en esta disciplina, con la elaboración de complejas pinturas corporales integradas sobre otros conceptos artísticos. Así, la pintura cobra vida cuando la modelo abre los ojos y descubre el ardid visual, delatando el increíble detalle y la textura mezclada con la morfología de la polilla, fusionada como una increíble ilusión.
El vídeo no deja lugar a dudas de la maestría y la genialidad del arte de Roustan.

sábado, abril 05, 2014

Veinte años sin Kurt Cobain

Dos décadas se han cumplido de la muerte de Kurt Cobain, icono de una toda generación que hoy sigue recordando aquel día. Como cita memorística que unió en la reflexión a un mundo impactado con aquella noticia. Todos podríamos responder a la pregunta “¿Dónde estabas tú el día que murió Kurt Cobain”, como a cualquier otra vinculada a otro acontecimiento histórico mucho más trascendente. Y lo haríamos sin dudar y con total precisión. Una jornada extraña en que el cantante de Nirvana cayó como víctima sacrificial de sus propios fantasmas y de la estela de éxito de una figura contracorriente que no supo sobrellevar ni su talento ni las continuas depresiones que arrastró a lo largo de su torturada vida. Supuso el final de aquellos terroristas culturales cuya música abanderó, junto a grupos como Alice in Chains, Screaming Trees, Sonic Youth, Soundgarden o Pearl Jam, el movimiento ‘grunge’. Nirvana dejó de ser minoritario muy pronto y se convirtieron en el rostro ‘mainstream’ del movimiento. Uno de los motivos que alcanzaron de forma imprevisible a esa personalidad frágil de Cobain espoleada por tal exposición pública.
El líder del grupo y su actitud subversiva y silenciosa se transformaron en un modelo simbólico trazado a través de una adolescencia y juventud desorientada, que se identificó con la confusión e ira que marcaban unas letras en las que la espiritualidad acentuaba todo tipo de emociones réprobas y de fracaso, encaminadas hacia la incomprensión, la frustración o la soledad, que imponían una perspectiva reflexiva, rebelde e iracunda contra una sociedad incompatible. Fue una época de viajes a lo decadente, a las esperanzas destruidas por la realidad, al regreso y la partida final de Cobain y de Nirvana, pero también de una época. Desde el instante en que el mundo lloró la desaparición de aquel mártir de la música, su figura se convirtió en una efigie espectral eterna y triste, irreemplazable en la canonización de celebridades o iconos de camisetas populares, pasando a formar parte junto a figuras que murieron con esa misma edad cuando disfrutaban del culmen de su éxito; Robert Johnson, Brian Jones, Jimmy Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison.
Todos, a su manera, damnificados y fagocitados por la misma bestia devoradora que habían construido a base de clarividencia y talento. Nirvana supuso un hallazgo representativo de un modelo de juventud en una época concreta, que señalaba las airadas reivindicaciones y confusiones sentimentales específicas de una década de los 80 que murió exactamente en 1994, cuando Kurt Cobain nos dejó para siempre.
A partir de ese momento, esa evolución de la que rehuyó Cobain, empezó a fraguar una sociedad deshumanizada, procesada bajo el yugo de la nueva tiranía, del capitalismo abusivo, de la falta de libertades y de todo aquello que Nirvana aludió como signo de repulsa y advertencia en sus discos. El grito de angustia vital se apagó y ni siquiera la insistencia de los otros dos integrantes de la banda, Chris Novoselic y Dave Grohl, para que intentara salir de la espiral de depresión y drogas, ni Courtney Love o la figura de su hija Frances Bean, pudieron convencer al cantante para que no llevara a cabo su punto y final en este mundo.
Después de aquel 8 de abril de 1994, cuando fue encontrado sin vida en su casa ubicada en un barrio suburbial de Seattle, en el estado de Washington, se especuló con diversas teorías conspiratorias sobre aquel sórdido final, con la imposibilidad de un suicidio con una escopeta en un estado catatónico tras la ingesta de grandes dosis de heroína, involucrando, por su actitud obstruccionista, a su propia esposa en complicidad con su amante, un ‘white trash’ de bajo perfil llamado Eldon “El Duce” Hoke, de la banda The Mentors. Sin embargo, su destino estaba escrito. Kurt Cobain nunca quiso suicidarse, porque ya llevaba mucho tiempo muerto, como dijo William S. Burroughs. Y cumplió con su predestinación dejando al mundo huérfano de aquella voz rota que ha sido, desde entonces, insustituible.

viernes, abril 04, 2014

1984: Tres décadas después

Hace 30 años… sucedieron muchas cosas. 1984 está considerado como un año vital dentro de la comedia cinematográfica norteamericana con la eclosión de varios de los ‘blockbusters’ inesperados que se transformaron en clásicos de culto. Aunque haciendo un breve repaso, la cantidad de películas de calidad que impusieron un listón de grandeza fílmica muy reconocida posteriormente produce escalofríos; cintas como ‘Los Cazafantasmas’ (al que le dedicaré un dossier extenso y exhaustivo para celebrar su trigésimo aniversario como se merece), ‘Superdetective en Hollywood’, ‘Indiana Jones y el templo maldito’, ‘Gremlins’ (lo mismo), ‘Karate Kid’, ‘Loca Academia de policía’, ‘Pesadilla en Elm Street’, ‘Un, dos, tres... splash’, ‘Tras el corazón verde’, ‘Footlose’, ‘Terminator’ reventaron el ‘box office’ con una cifras que hicieron de aquel año uno de los más rentables cinematográficamente hablando. No sólo eso, hubo otras tantas otras capaces de generar un círculo de seguidores que las convirtieron en instantáneos ‘cult-movies’; ‘Juego secreto’, ‘Las aventuras de Buckaroo Banzai’ (de estas también habrá que escribir en este 2014 ¿no?), ‘Juegos de Guerra’, ‘Dieciséis velas’, ‘Extraños en el paraíso’, ‘La mujer de rojo’, ‘La historia inolvidable’, ‘Repo Man’, ‘Starman’, ‘En compañía de lobos’, ‘This Is Spinal Tap’, ‘Top Secret!’, ‘Calles de fuego’, ‘Conan, el destructor’ y películas que sobresalieron con unas pautas artísticas que hicieron de ellas clásicos del celuloide, como ‘Érase una vez en América’, ‘Cotton Club’, ‘Amadeus’, ‘Doble cuerpo’, ‘Los gritos del silencio’, ‘París, Texas’, ‘Adiós a la inocencia’, ‘Bajo el volcán’, ‘Cuando el río crece’, ‘Birdy’…
Ese mismo año tendría lugar el debut de los hermanos Coen con ‘Sangre fácil’, se produciría un golpe de efecto por parte de John Milius en Hollywood con ‘Amanecer Rojo’, que sería el filme que le apartaría de la dirección, el lanzamiento al estrellato de Tom Hanks con ‘Despedida de soltero’ o el año en que Corey Haim se trasladaría a Hollywood desde Canadá para que el destino le uniera  a Corey Feldman. Sin olvidar nuestro cine, por supuesto, con un buen puñado de títulos imprescindibles en la gesta de obras magnas patrias; ‘Epílogo’ ‘Feroz’, ‘Fanny pelopaja’, ‘Río abajo’, ‘Sesión continua’, ‘Tasio’, ‘Akelarre’, ‘La muerte de Mikel’, ‘El Pico 2’, ‘El jardín secreto’, ‘Los Santos Inocentes’, que le daría, de forma compartida, el premio al mejor actor del Festival de Cannes a Alfreso Landa y Paco Rabal.
Pero 1984, aquel año que George Orwell en 1949 profetizó dando título a su obra más conocida y trazando una sociedad totalitaria y distópica, no se corresponde con aquellos 365 días bastante profusos en acontecimientos que surtirían la memoria cultural de una generación que creció en constante aprendizaje y privilegio televisivo, musical, audiovisual y deportivo. La sociedad 'orwelliana' se observa con cierto rigor anticipativo hoy en día. El 1984 real parecía ajeno a la crisis y a la desolación que vivimos, tan análoga a las páginas de la novela y que tan bien definen nuestra sociedad actual. Fue cuando pasábamos las tardes en frente de la televisión, sintiéndonos uno más de la familia de los Seaver en ‘Los problemas crecen’ u otro hermano Huxtable en ‘La hora de Bill Cosby’. Deseábamos poder entrar en aquel bar de la calle Beacon Street llamado ‘Cheers’, donde pasar un rato y tomar algo con Sam Malone, Diana Chambers, Ernie Pantuso, Cliff y Norm o acudir a un tribunal junto al honorable juez Harry T. Stone en ‘Juzgado de Guardia’. Por aquel tiempo, ‘Canción triste de Hill Street’, volvía arrasar por cuarto año consecutivo en los premios Emmy y se puso de moda el detective con el rudo rostro de Steacy Keach en ‘Mike Hammer’.
Sin embargo, estaba muy lejos de la sofisticación y el lujo de Richards Tubbs y Sonny Crockett de ‘Corrupción en Miami’. Había mucho más… ‘Hart to Hart’, ‘The master’, ‘Muelle 56’, ‘Autopista hacia el cielo’, la constatación de un extraño fenómeno televisivo como ‘Webster’, haciendo de Emmanuel Lewis una pequeña gran estrella, la adicción a las sobremesas absortos disfrutando como si no hubiera mañana con ‘El Equipo A’, cuando ‘Dinastía’ y ‘Dallas’ se disputaban la atención ‘culebresca’ de la parrilla o el último año de ‘Apartamento para tres’. 1984 es también el año de dos series de misterio que marcaron una impronta personal y copiada hasta la extenuación posteriormente; ‘Alfred Hitchcock… presenta’ y ‘Se ha escrito un crimen’, con Angela Lansbury dando vida a Jessica Fletcher que, allá donde iba tenía resolver un crimen.
Fue muy difícil digerir que ‘Dabadabadá’ pusiera fin a su emisión y tener que decir adiós a Sonia Martínez y Paco Micro o los dibujos del genial José Ramón Sánchez, aunque la consternación fue fugaz porque aterrizó en la parrilla española ‘Planeta Imaginario’, con Flip y su amigo imaginario Muc ¿Quién no recuerda las tardes de tardes de ‘Barrio Sésamo’ y los fines de semana imposibles de olvidar con ‘Sherlock Holmes’, ‘Luky Luke’, ‘Raimbow Brite’, ‘El inspector Gadget’ o ‘Los diminutos’? Sí, todo ello tuvo emisión en 1984. Pero si por algo fue especial, y a título personal, fue por la serie que cambiaría mi vida por completo: la adaptación de mi libro favorito, ‘Chocky’, de John Wyndham. Sin olvidar otra de las legendarias obras catódicas que supusiera un exitazo en su momento como ‘El Gran Héroe Americano’. Obviamente, en este recorrido nostálgico sería un pecado no recordar el nacimiento de otro programa generacional que ha pasado con letras de oro a los fastos televisivos patrios: ‘La bola de Cristal’, dirigido por Lolo Rico y que desmitificó cualquier tipo de formato e innovó en un espacio kamikaze que optó por la cultura más radical y libre en su empeño didáctico de tratar a los niños como personas inteligentes y con ansias de aprender y leer. Y vaya si lo consiguieron.
Era una televisión mucho más instructiva y familiar, dotada de unas características basadas en la imaginación y el poder de filiación con el televidente, generando una memoria colectiva, entrañable y de alquimia catódica que jamás se volvió a producir de una forma tan palmaria. El emocionante concurso ‘A la caza del tesoro’, con Isabel Tenaille en el estudio y el intrépido Miguel de la Cuadra Salcedo en plena acción dirigiéndose allí donde los concursantes le indicaban propagaba un entusiasmo en el público que se transmitía a ‘Silencio, se juega’, con Paula Gardoqui y que descubrió a un rostro hoy de sobra conocido José Miguel Monzón, más conocido como “El Gran Wyoming”. O ese final de un programa de entrevistas que tenía por nombre ‘Buenas Noches’ y conducido por Mercedes Milá que dejó instantes que han pasado a la mitología cultural española. Había espacio incluso para un programa tan específico como ‘Jazz entre amigos’, dirigido por Javier Díez Moro y presentado por el inigualable Juan Claudio Cifuentes, “Cifu” para los amigos. 1984 propondría en su oferta otro extraño éxito de temática gastronómica y una sintonía cantada por Sabina y Gloria Van Aersse que ha pasado como un himno rememorado por varias generaciones en algún momento sobre la mesa en alguna celebración. En efecto, ‘Con las manos en la masa’ se hizo un hueco como un espacio que ofrecía al espectador compartir recetas en una cocina con invitados famosos siempre de la mano de la carismática Elena Santonja. Además, el deporte encontraba en el recordado ‘Estadio 2’ otra dimensión que abría un espacio a otras competiciones hasta entonces algo inéditas en la televisión pública con Olga Viza, María Escario, Jesús Álvarez, Pedro Barthe, entre otros.
Por qué no recordar el estrellato en el cine sicalíptico de las mujeres que permanecen en nuestra memoria como las grandes divas debutantes en el porno por antonomasia: Traci Lords, Christy Canyon y Ginger Lynn. O cuando Vanessa Williams renunció a su trono de Miss América cuando Penthouse publicó unas fotografías en pelota picada. Un escándalo nacional entonces. Todo eso sucedió en 1984, cuando los videojuegos comenzaban a ser uno de los negocios e intereses más populares y con futuro del audiovisual. Y es importante porque es también el año en que Steve Jobs entra en juego y decide cambiar el mundo informático lanzando la primera computadora Apple. Las salas recreativas eran uno de los puntos de encuentro de diversión más multitudinarios y los videojuegos como ‘Circus Charlie’, ‘1942’, ‘Punch Out’, ‘Excitebike’, ‘Sabre Wulf’,’ Hyper sports’, ‘Elite’, ‘Balloon Fight’, ‘Daley Thompson's Decathlon’, ‘Paperboy’, ‘Karateka’ algunos de los favoritos del público. Y sí, también fue el año en que ‘Tetris’ salió a la luz.
En la radio americana debuta Howard Stern, poniendo patas arriba el medio con su desparpajo y experimentación al micrófono, mientras aquí, la televisión musical descubría su mejor versión con aquel mítico 'Tocata', que este año incorporó a José Antonio Abellán. Bruce Springsteen pondría música a un ideario ideológico no muy de acuerdo con la política de Ronald Reagan con el mítico ‘Born in the U.S.A.’, David Lee Roth y Van Halen abanderaron un verano musical con su pegadizo ‘Jump’ y Madonna se encumbraría a lo más alto con el ‘Like a virgin’. El ‘Time After Time’ dejaba una de las mejores canciones de Cyndi Lauper y Ray Parker Jr. elevó la canción de ‘Los Cazafantasmas’ a los altares de la antología musical. MTV lanzó los Video Music Awards y en las radios de todo el mundo se podía escuchar lo nuevo de Duran Duran, Phil Collins, Billy Idol, Huey Lewis, Wham!, The Smiths, R.E.M, Depeche Mode, The Pretenders, New Order, Eurythmics, Bronski Beat, Tears for Fears, Cocteau Twins, Echo and The Bunnymen, Prince, David Bowie, ZZ Top, Lionel Ritchie o Bobby Womack. A Michael Jackson se le incendiaría el pelo en un desafortunado accidente mientras grababa un ‘spot’ publicitario de Pepsi al son de la canción ‘Billie Jean’ y daba a conocer su célebre ‘moonwalk’, coincidiendo con la disolución de The Police, a la vez que Metallica publicaba ‘Ride the lightning’. En estos lares, metidos de lleno en la Movida Madrileña. Y mientras se produjo el debate en la Tertulia de Creadores en el Círculo de Bellas Artes de Madrid bajo el concepto 'Narrativa en la Posmodernidad', todos aprendimos la letra de ‘¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?’, de Alaska y Dinarama y sucumbimos a la calidad de los discos de Radio Futura, Los elegantes, Gabinete Caligari, Los Chichos, Golpes bajos, Burning, Siniestro Total, Eskorbuto, Asfalto, La Unión, Objetivo Birmania o los omnipresentes Mecano.
Una vez más, todo esto estaba ocurriendo en el 84, cuando los reyes de España realizan la primera visita oficial a la Comunidad de Castilla y León y Fidel Castro hace lo mismo en un viaje a España. Aquí se popularizó aquella frase: “Doctor, yo quiero hablar con usted. La cornada es fuerte. Tiene al menos dos trayectorias, una para acá y otra para allá. Abra usted todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos. Y tranquilo, doctor”. Al día siguiente, una tonadillera muy famosa por su vello facial lloraba su muerte junto a la mitad de los españoles. Aunque claro, 1984 dejó un obituario mucho más trascendental con la muerte de Michel Foucault, Andy Kaufman, Jorge Guillén, Marvin Gaye, Truman Capote, François Truffaut, Vicente Aleixandre o Sam Peckinpah. En el aspecto deportivo, era la era en que Anatoli Karpov y Gary Kasparov se enfrentaron en el que ha sido el duelo más famoso y seguido por una colectividad mundial bastante indiferente ante el tablero y los movimientos de las 32 piezas. Ayrton Senna debutaba en el mundial de Fórmula 1 a los mandos de un Toleman, aunque el mundial lo ganaría Niki Lauda imponiéndose a su compañero de equipo, Alain Prost, por tan solo medio punto. John McEnroe rompía raquetas y profería todo tipo de improperios en las pistas de tenis, pero también demostraba que era un fuera de serie en Wimbledon y U.S. Open.
La guerra fría hizo que URSS no participara en unos Juegos Olímpicos de Los Ángeles (junto a otros trece países que compartieron el complot) que tendrían un nombre propio: Carl Lewis, apodado “el hijo del viento”. De repente sabíamos quién era Hulk Hogan y la World Wrestling Federation (WWF) y el espectáculo de lucha libre. El Athletic Club ganó 1-0 al Barcelona en una Final de la copa del Rey muy polémica con altercados al final del partido que desataron una guerra campal en el Santiago Bernabéu enfrentando a los dos equipos más allá de las manos. El Athletic hizo ese año doblete, logrando ganar también la Liga, popularizando la Gabarra de los campeones. Qué tiempos. En la Eurocopa de fútbol en Francia, tampoco podremos olvidar cómo Arkonada no pudo dejar escurrir aquel primer gol de Platini y que hizo que Francia ganara 2-0 a la selección española. Eric Caritoux ganó la vuelta a España con sólo dos segundos respecto al segundo clasificado, Alberto Fernández y el Tour fue a manos de Laurent Fignon, en aquellas pugnas históricas con Bernard Hinault. 1984 también supuso que los Chicago Bulls seleccionaran a Michael Jordan con el número 3 del ‘draft’ de la NBA y diera comienzo una de las páginas más importantes de la historia del baloncesto o en la que los Detroit Tigers irrumpieron en la MLB y Sparky Anderson comenzó a gestar una de las historias más emotivas de la historia del deporte.
1984… Aquel año ¿Lo recordáis? ¿Cómo confluyeron en un sólo año tantas cosas memorables? Tres décadas después, uno echa la vista a atrás con nostalgia y reivindica aquel espíritu de inocencia perdida y apela a la colectividad de una generación que fue la última en vivir la infancia jugando en la calle con los amigos y la primera en dejarse seducir por las nuevas tecnologías. Un vistazo a un año concreto que evoca los recuerdos de necesaria complicidad y que soslaya, aunque sea de forma provisoria, ese enfrentamiento al presente y a un futuro bastante aciago. El mismo que Orwell describió en su novela. España era otra. Nosotros también. Tal vez idealizamos aquel año y aquella década más de la cuenta, pero sigue siendo nuestro vía de escape a instantes de sosiego y recuerdos. Han transcurrido tres décadas que dejan la sensación de que cualquier pasado siempre fue mejor. Y lo cierto, es que bien podría ser así.

miércoles, abril 02, 2014

Ben Sack: precisión rotulada urbanística

Ben Sack es un artista capaz de bibujar a mano una serie de mapas increíblemente detallados de varias grandes ciudades del mundo, sólo utilizando su mano, grandes dosis de paciencia y un rotulador. La gran capacidad de detalles con la que pormenoriza cada una de las parcelas arquitectónicas logra el propósito de precisar con exactitud milimétrica sus impresionantes panorámicas.
La definición está maravillosamente intrincada en cada calle de estas grandes metrópolis con una descripción sorprendente. Recuerdan mucho a la inspiradora obra del artista de inconmensurable talento Stephen Wiltshire, aquejado con el síndrome de savant (también conocido como síndrome del sabio), capaz de recrear hasta el más mínimo fragmento de una ciudad con sólo mirarla durante unos segundos.
Podéis descubrir la obra de Ben Sack en su página web y en su Tumblr.